Visita a Járkov con Miguel Hernández

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Después de tantas amenazas coreadas por los dirigentes europeos y el norteamericano contra Rusia en las últimas semanas, tenía que suceder lo inevitable: a las cinco de la madrugada del 24 de febrero de 2022 el Ejército ruso les ha demostrado contundentemente que está dispuesto a colaborar con la población rusa residente en Ucrania, utilizando los medios tácticos de que dispone. Una de las ciudades advertidas sobre lo desacertado de amenazar a una nación poderosa que incluso posee armamento nuclear ha sido Járkov. Está muy acostumbrada a padecer las consecuencias de la guerra, porque sufrió cuatro batallas entre octubre de 1941 y agosto de 1943, conquistada por los invasores nazis alemanes y liberada a continuación por el Ejército Rojo, en una sucesión de acciones bélicas que costaron muchas vidas humanas y la destrucción de la ciudad.

El nombre de Járkov está unido a la poesía española, porque inspiró un espléndido poema a Miguel Hernández, durante su visita a la entonces llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en setiembre y octubre de 1937, invitado con otros intelectuales españoles a participar en el V Festival de Teatro Soviético. Aquellos día fueron los más felices de su triste vida, marcada por un sino sangriento, como él mismo anunció, que le llevó a morir en una cárcel de la dictadura fascista el 28 de mazo de 1942, hace ahora 80 años: este escrito quiere ser un homenaje a su memoria en este octogésimo aniversario.

En esos días compuso dos grandes poemas, titulados “Rusia” y “La fábrica—ciudad”, incorporados a su libro El hombre acecha, con una historia peregrina porque la primera edición sufrió un bombardeo fascista y solamente se salvó un ejemplar. En “La fábrica—ciudad” relató en magníficos versos su visita a la llamada Malyshev en Járkov. Esta ciudad, la segunda en importancia de Ucrania, después de Kiev, la capital de la República, era el primer centro industrial de la Unión Soviética, y por su producción el segundo del mundo, en plena realización del segundo plan quinquenal organizado por Stalin para incrementar el desarrollo de la metalurgia y la siderurgia, mientras la industria pesada producía armamento para conseguir una defensa efectiva en el caso de una guerra que se suponía próxima, como así sucedió, cuando la pacífica Unión Soviética fue invadida por el agresivo Tercer Reich.

Trabajadores libres para crear

En la fábrica Malyshev se producían tractores, y Hernández quedó asombrado al contemplar la eficiencia de aquel trabajo continuo. Quiso describir la producción de un tractor como el parto natural de una hembra, y así consiguió un poema original de excelente factura, a tono con el perfecto acabado de los tractores. Está escrito en serventesios alejandrinos compuestos por dos heptasílabos separados por la cesura, con rima consonante y a menudo inesperada por su originalidad:

Id conmigo a la fábrica—ciudad: venid, que quiero

contemplar con los pueblos las creaciones violentas,           

a gestación del aire y el parto del acero,

el hijo de las manos y de las herramientas.

La fábrica se halla guardada por las flores,

los niños, los cristales, en dirección al día.

Dentro de ella son leves trabajos y sudores,

porque la libertad puso allí la alegría.

Subraya el ambiente feliz en la fábrica, porque no pertenece a un empresario deseoso de enriquecerse a costa del trabajo sudoroso de los obreros, sino que es de propiedad estatal, es decir, del pueblo soviético sin clases sociales distanciadoras. Por ese motivo descubre que en los talleres se goza de la libertad del trabajo personal realizado con alegría, al no existir amos tiránicos ni salarios minúsculos. Esta fábrica le parece semejante a una ciudad en la que cada ciudadano se dedica a una tarea concreta, sin entrar en colisión con los demás. Todo se halla programado para alcanzar la eficacia en la producción, manteniendo el bienestar de los operarios. En la sociedad soviética manda el proletariado por medio de sus representantes, una constatación que gustó a Hernández y quiso reproducirla en sus versos:

Hornos de fogonazos: perspectivas de lumbres.

Irradian los carbones como el sol, las calderas,         

los lavaderos donde llega la muchedumbre

del metal que retiene sus escorias primeras.

Laten motores como del agua poseídos,

hélices submarinas, martillos, campanarios,

correas, ejes, chapas. Y se oyen estallidos,

choques de terremotos, rumores planetarios.

Así describía la fábrica el pastor que había visto una por vez primera en su vida precisamente en Járkov, y era la principal productora de tractores. Se comprende su asombro, porque también llamaba la atención de los ingenieros que la visitaban, por ser un modelo de la industrialización soviética. Las palabras utilizadas para presentar ante el lector aquel espectáculo rugiente constituyen una exaltación mecánica, en la que hornos, carbones, metales, motores se convierten en objetos fabricados, entre los que sorprende encontrar una mención de los campanarios, porque no debían de ser muchos los producidos en los hornos.

El nacimiento del tractor

De la visita se le quedó audible la sucesión de ruidos atronadores, que el poeta eleva a una categoría convulsa, como de la creación de un mundo, con estallidos, terremotos, planetas en danza, una exageración poética para anunciar el momento de la finalización de un trabajo tan magnífico. La potencia creadora de la fábrica le parecía a Hernández como generadora de un universo metálico realizado por manos humanas libres, capaces de alcanzar categoría semejante a la divina.

En aquella inmensa fábrica se creaban utensilios destinados a dominar la tierra habitada por los obreros convertidos en únicos directores de sus tareas, sin temor al despido o al castigo como fue cotidiano bajo el látigo de los zares. Era una fábrica tan grande como una ciudad poblada por seres liberados de la esclavitud zarista, con posibilidad de crear como si fueran los dioses de las antiguas mitologías. Y así se produce el nacimiento del tractor que hará la tierra más amable para los agricultores:

Ya despliega el rigor su piel generadora         

su central de energía, sus titánicos rastros.

Y los hombres se entregan a la función creadora

con la seguridad suprema de los astros.

La fábrica—ciudad estalla en su armonía

mecánica de brazos y aceros impulsores.

Y a un grito de sirenas, arroja sobre el día,

en un grandioso parto, raudales de tractores.

Es el nacimiento de unos seres mecánicos elaborados por el ingenio humano colectivo. Es fruto de la colaboración de varias personas con obligaciones diferentes, pero todas tendentes a un mismo fin colectivo, sin distinciones sociales, porque en aquella sociedad estaban abolidas las diferencias de clase. Dice el poeta que es “un grandioso parto”, porque no se ha creado una criatura, sino que en la cadena de montaje se alinean “raudales de tractores”. La imaginación del poeta equiparó el nacimiento de una criatura, obra de la conjunción de dos seres vivos, con la producción de tractores en número continuado, en una especie de parto muy múltiple.

Sabía perfectamente Hernández el valor de los tractores para los trabajadores del campo. Y asimismo conocía las dificultades de los campesinos españoles para hacerse con uno. Por ello se emocionó al contemplar cómo se producía en serie en la Unión Soviética para facilitar el pesado trabajo del campo. No era un milagro, sino el resultado de una planificación del trabajo colectivo bajo la acertada dirección de Stalin, en la organización de los planes quinquenales para industrializar a la Unión Soviética. El entusiasmo de Hernández quedó plasmado en ese poema que es un canto al trabajo, y a la vez una muestra de la mejor poesía castellana.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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