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Viernes, 9 de junio. “Mi útero no es negocio” por Judith Bosch

Mi útero no es negocio 
la teoría feminista parte de una situación de
desigualdad de base: las personas que no se han molestado en formarse y
estudiar qué es el patriarcado, cuándo empieza a reproducirse y qué creencias e
imposiciones lleva consigo, no tienen pajolera idea de la sociedad en la que
vivimos y defienden en nombre de la igualdad lo que no es otra cosa que retraso
social y barbarie. Quiero dejar claro que esto seguirá siendo así hasta que el
origen del patriarcado y sus consecuencias se estudie en las aulas. Hasta que llegue
ese hito necesario, seguiremos moviendo la misma pelota interminable,
seguiremos tratando de concienciar y de formar a mujeres y hombres educados en
la normalización del sexismo y el machismo. Seguiremos explicando lo mismo una
y otra vez, sin concluir en ningún sitio concreto, ya que hoy en día siguen
naciendo españolas y españoles que, con el paso de los años, llegarán al
convencimiento de que defender la legalización de la violencia sobre las
mujeres -prostitución y úteros de alquiler, entre tantas de las barbaries que
nos esperan- es defender la libertad de las personas.
Así que, con el hashtag #MiVientreNoSeAlquila,
encontré alusiones y afirmaciones retrógradas que me gustaría responder aquí
para aportar la pequeña parte que me toca en esta lucha.
Este tipo de respuestas que se tejen desde el
movimiento feminista “son lágrimas en la lluvia”, como rezaba aquel
guión, si no conseguimos una educación comprometida, que lleve a las aulas el
origen de nuestro sistema social y nos dé la capacidad real de cambiarlo con
base en el conocimiento profundo del mismo y en la oportunidad de plantear,
desde el sistema que nos oprime, un sistema que nos permita “ser” a
todas y todos en las mismas condiciones. Por supuesto, ese sistema no interesa.
Los poderes llevan años disfrutando de los beneficios que les genera la
existencia de una masa de hombres concentrada en someter a las mujeres y una
masa de mujeres concentrada en salir a flote y escapar de la opresión
asfixiante y antinatural. Por otro lado, si la molécula de la sociedad está
compuesta por una pareja que convive en desigualdad, es muy sencillo que esta
desigualdad y sistema primario de explotación se extrapolen al resto de formas
de convivencia al rezo de: “Los seres humanos somos así, las desigualdadades
e injusticias forman parte de nuestra esencia”.
Dado que esta educación y esta formación acerca
del patriarcado no existen dentro del sistema educativo, sino que cada cual se
tiene que buscar las peras en caso de que desee conocer, deconstruirse y aportar
al cambio, partiré de una premisa que, si te parece, como estoy harta de
repetirla, copio y pego del artículo Un café con Kim Pérez: hablamos de Sexo,
Sexualidad y Género, punto 1: Un poco de historia. ¿De dónde venimos? Este es
el extracto: La sociedad del Neolítico, cuando las mujeres crean la
agricultura, es matrilineal: la línea de descendencia, que es segura, la marca
la madre. Se sabe que los hijos son de su madre y la madre, que está emancipada
del varón, elige cómo criarlos y educarlos. En la sociedad de la Edad de
Hierro, de los nómadas herederos de los cazadores, que son dueños de ganados y
edifican su sociedad sobre este modelo, empieza a desarrollarse la
patrilinealidad para gestar la línea de descendencia que es insegura, la del
padre. Para asegurarse el control de los hijos, los hombres tienen que
asegurarse el de las madres; los hombres se apropian de las mujeres y de sus
cuerpos, que entienden como vasijas para gestar su simiente. Otras fuentes
convergentes suman a esta visión la aparición de los conceptos adulterio
(vientre adulterado), primogénitos (hijos del padre) y vástagos (hijos no
reconocidos por el padre). Aquí el valor de la mujer como individuo emancipado
desaparece y en lo sucesivo se desarrollan numerosas herramientas sociales que
consolidan la creencia de que la mujer es una cosa a disposición del hombre.
Añado aquí que esta creencia arraigada se manifiesta en la separación entre
madres y putas: las primeras proveen a los hombres de cuidados e hijos, porque
la paternidad se considera un derecho del hombre, “la mujer ha de darle
hijos, si no, no sirve como mujer”. Las segundas proveen al hombre de sexo
cada vez que lo solicite, porque el sexo se considera el derecho del hombre
sobre la mujer, “el hombre tiene unas necesidades sexuales que la mujer ha
de satisfacer”.
En los últimos sesenta años se han producido
cambios sociopolíticos que han colocado a la mujer, por necesidades económicas
globales, en la posición de poder producir y consumir; así, hemos luchado y se
nos ha facilitado la posibilidad de votar, acceder al mundo laboral, consumir
de manera independiente, etc. ¿Estos cambios han tocado y cambiado las raíces
del sistema? NO. Las mujeres producimos y consumimos y formulamos
comportamientos programados por la socialización femenina, cuyo patrón sigue
siendo: mujer pasiva, que consiente, tolera y participa, al servicio del hombre
activo, que propone, impone y lidera. “Juas, juas, juas, y una
mierda”, dirás. “Juas, juas, juas, esto es así y si no tomas conciencia
de ello, mejor vives creyendo que decides y no se te impone nada, pero esto es
así; no nos lo hemos inventado las feministas. Ojalá. Te lo digo sinceramente.
Ojalá las feministas seamos realmente un puñado de locas que ven fantasmas
donde no los hay. No sabes qué peso me quitaría de encima si esto fuera así y
no sabes con qué felicidad abandonaría el feminismo si esto fuera así”.
Hace poco escribí el artículo Autoengaño y Empoderamiento que trata la
controversia entre decisiones y programación, por si quieres echarle un
vistazo, sin ánimo de hacerte cambiar de opinión, conste, soy plenamente
consciente de que en tu lado se vive mejor, compañera.
Volviendo al hecho de que la socialización
sexuada y la estructura patriarcal han incorporado y reajustado sus creencias a
los cambios socioeconómicos de los últimos años, tenemos vigentes dos
cuestiones que confluyen en la legislación del aborto y úteros de alquiler:
La gestación no es una decisión de la mujer
sino una realidad de índole social que se lleva a cabo, inexorablemente, en el
cuerpo de la mujer. Esto es: una vez que la mujer se queda embarazada, su útero
y su cuerpo pasan a ser bienes sociales y no es ella la que tiene plena
decisión sobre este proceso, sino también los demás. Así, nos sumergimos en
charlas interminables, con personas que buscan en las mórulas, embriones y
fetos vida autónoma, con alma, sentimientos e inteligencia, que se sitúen por
encima de los derechos de la mujer embarazada. Somos incapaces de considerar
persona a la mujer embarazada; la consideramos vasija que se debe a ese ser que
carece de autonomía y aún no es ni será hasta respirar fuera del útero. Esto
último lo escondemos bajo alfombras de moral difusa y religiosa. “Pues
haber cerrado las piernas”, rezan algunas personas, y se quedan tan anchas
defendiendo a capa y espada que obligar a gestar a una mujer es completamente
legítimo.
La gestación no es el resultado libre de una
relación social libre entre dos personas o del deseo de una sola, que solicita
óvulos o esperma (sin que esta solicitud afecte en absoluto a la vida y salud
de la persona donante -y sobre esto profundizaremos más adelante- porque donar
óvulos sí afecta a la salud, pero no a la identidad ni a la dignidad de la
mujer). Sino que la gestación es un proceso necesario para llevar a cabo un
derecho, que es la maternidad o la paternidad. Así que serían comparables, bajo
esta creencia, afirmaciones del tipo: “Quiero darle hijos a mi pareja, que
tiene derecho a ser padre”, “Mi pareja tiene que darme hijos porque
tengo derecho a ser padre”, “Las personas que no puedan gestar de
manera natural tendrían que tener derecho a alquilar mi útero”,
“Tengo derecho a usar el útero de una mujer que se preste a ello, ya que
mi pareja y yo no podemos gestar de manera natural”.
Si analizamos bien estas dos cuestiones,
concluimos en que no son dos cuestiones separadas o contradictorias, nada más
lejos de la realidad. Su base es la misma: considerar el útero de la mujer y la
gestación como bienes colectivos que son usados por y para otras personas,
llámense parejas de esta mujer, clientes, sociedad, religión o lo que sea.
Tomando como partida estas cuestiones, trataré
de dar respuesta breve a las afirmaciones más generalizadas que se lanzaron
contra la campaña #MiVientreNoSeAlquila.
“Si nosotras parimos, nosotras
decidimos… ¿por qué no puedo hacer lo que me salga del coño con mi cuerpo?
¿Abortar sí?”. La expresión “Nosotras parimos, nosotras
decidimos” es un eslogan surgido de la lucha feminista por el derecho al
aborto y se refiere al hecho de que se deje de considerar al útero de la mujer
y la gestación como bienes sociales o bienes para otros. ¿Qué significa
“decidir” en este contexto? Significa integrar la gestación como una
realidad tuya, como mujer, que solo te atañe a ti, por tanto, incompatible con
el hecho de que tu útero pueda ser utilizado por otras personas, ya sea porque
se te presione, porque quieras o necesites dinero o porque se te haga entender
que donar tu útero para el uso de otras personas sea altruista. Defender aquí
el uso de vientres de alquiler en nombre de la libertad es como defender que
deje de prohibirse en el ámbito laboral sobrepasar cierto número de horas
extra, trabajar sin medios de seguridad, rechazar vacaciones, etc. Esta
comparación me la comentó mi pareja hablando de prostitución y aquí también es
aplicable: legislamos en función de la dignidad humana, excepto en el caso de
las mujeres “que podemos elegir no tener dignidad”. Qué majos sois
con nosotras, ¿eh, que sí? Con defensores así, ¡quién necesita enemigos!
“¿Recuerdas cuando los curas te decían qué
hacer con tu cuerpo?”. Esta frase generalizada trata de comparar a las
feministas con los religiosos. Es una comparación falaz, por supuesto:
“Los curas nos dicen qué hemos de hacer o no hacer con nuestros
cuerpos” porque la religión, en este caso, se adueña de nuestros cuerpos
(de hecho, una de las funciones de la religión es someternos y considerar
asuntos divinos las decisiones que toma el patriarcado sobre nosotras). El
movimiento feminista, en cambio, presiona para que el estado y los poderes
económicos no se adueñen de nuestros cuerpos y nos digan, cínicamente, que si
“nosotras queremos” los demás pueden usarnos.
“Se esté a favor o en contra, existe. Así
que o se legaliza ya o las mafias seguirán sacando tajada de las más
pobres”. Esto es como decir “Ya que el asesinato existe desde hace
miles de años, mejor legalizarlo o los asesinos seguirán escondiendo
cadáveres”. Apuntar, por supuesto, que en los países en los que el
alquiler de úteros es legal, el tráfico de personas y secuestro de mujeres
jóvenes para este fin es imparable. La falacia de que legalizar la violencia
contra la mujer reduce la existencia de mafias es bastante común, también en el
marco de los debates sobre prostitución. Por más que digamos y demostremos que
en los lugares en los que la prostitución es legal se ha duplicado la trata de
personas, esta deducción que sale completamente de los límites de la lógica se
sigue exponiendo.
“Los que recogen alcachofas o montan
ferralla no alquilan los brazos y las piernas, los prestan por amor al
arte”. Error de base. Los que recogen alcachofas o montan ferralla
alquilan su fuerza de trabajo sin que ello afecte de manera inherente a su
dignidad (afecta a la dignidad las condiciones en las que se alquila la fuerza
de trabajo, no el alquiler de la fuerza de trabajo en sí). Alquilar tu brazo
sería consentir que alguien lo “use” a cambio de dinero, esto es, que
alguien lo toque, manosee, lo ponga encima de algo, a cambio de dinero, que sí
afecta de manera inherente a tu dignidad. Cuando “alquilas tu útero”
no alquilas ninguna fuerza de trabajo, sino que te conviertes en una vasija al
servicio del “arrendador”, a lo largo de nueve meses en los que
tendrás controlados tus movimientos, salud, relaciones sexuales, etc.
“La gestación subrogada es un acuerdo
entre adultos libres con necesidades”. Error de base. Es un acuerdo entre
una persona adulta que quiere o necesita dinero (o se le ha inculcado que su
útero es un bien social) y otra persona adulta que no puede gestar de manera
natural, tiene dinero y se le ha inculcado que ser padre o madre es un derecho.
Este acuerdo, per se, vulnera los derechos de la mujer gestante. En primer lugar,
vulneramos sus derechos desde el cinismo, le decimos: “si quieres ser
usada, puedes ser usada. El Estado no va a protegerte, haz lo que
quieras”. En segundo lugar, vulneramos su dignidad y la de cualquier otra
mujer al considerar la maternidad y paternidad como un derecho. Si tú tienes
derecho a ser madre/padre (y no puedes conseguirlo por tus propios medios),
alguien tiene que tener la obligación de procrear para ti. Y esto último es
aberrante.
“Si prohibimos la gestación subrogada,
también tendríamos que prohibir la donación de semen u óvulos”. Falacia
mayor. No podemos comparar el hecho de donar células de nuestro cuerpo con el
hecho de ceder nuestro cuerpo. Por favor, pisemos tierra y analicemos bien
esto: la donación de semen no afecta a la dignidad del donante ni a su salud,
ni parte de la creencia de que “los hombres sean fábricas de semen y ésa
sea su función más importante y principal en la vida”, que es la creencia
patriarcal que está detrás de la obligación de gestar y el alquiler de úteros.
Las dos caras de la misma moneda, como comentamos antes. La donación de óvulos
sí afecta a la salud de las mujeres, pero no a la condición de todas las
mujeres ni al concepto social que se tenga sobre todas las mujeres; así que
aquí, aunque suponga perjuicios para la donante, sí podríamos hablar de
decisiones individuales. Nadie usa tu cuerpo como tal en su integridad, se te
extraen células y a correr. Por favor, no podemos compararlo con el alquiler de
un útero (mi cuerpo) durante los nueve meses que dura un embarazo, con todo lo
que ello comporta.
Sé que nos queda lucha para rato y debemos
respirar y hacer acopio de paciencia para poder repetir una y otra vez lo mismo
sin desfallecer. Me gustaría recomendar los artículos sobre úteros de alquiler
que están publicando activamente las compañeras de Tribuna Feminista. Aquí
tienes unos cuantos:
Feministas europeas contra los vientres de
alquiler, de Pilar Aguilar Carrasco.
Dones Juristes señala los intereses de lobbies
económicos en el debate del alquiler de vientres, de Redacción Tribuna.
Si de verdad fuésemos tan altruistas, habría
que legislarlo…, de Pilar Aguilar Carrasco y Macarena Aguilar.
Explotación reproductiva, de Gloria Fortún.
Una nueva cláusula del Contrato Sexual: vientres
de alquiler, Laura Nuño.
También recomiendo este artículo de Jesús
Solís, que empieza así: Soy gay. Lo especifico porque, teniendo como tengo
infinidad de círculos sociales en los que participan hombres homosexuales, no
sabía que el tema de los vientres de alquiler o gestación subrogada era tan
trending topic para los gays. Los vientres de alquiler: la cara más brutal del
‘gaypitalismo’
Y quiero acabar recordando por enésima vez, y
perdona que me repita, que debemos reivindicar formación profunda en las aulas.
Desconocer de dónde venimos y los orígenes y consecuencias del patriarcado
supone ser socializadas con una venda en los ojos que pone muy difícil la
capacidad de analizar el sistema de manera crítica y emprender acciones de
cambio. Con esa venda en los ojos es muy natural que defendamos aberraciones en
nombre de la libertad y caigamos en falacias pesadas como elefantes sin que ni
siquiera nos demos cuenta.

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