‘Una premonición cumplida de Azaña’ por Arturo del Villar

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Como protagonista de la vida española durante la República, Manuel Azaña se hallaba en condiciones óptimas para entender y juzgar su actualidad en cada situación, pero también fue capaz de adivinar cómo podía ser su futuro inmediato, de continuar aplicando los partidos políticos y los sindicatos las mismas decisiones. Nos asombra comprobar una premonición anunciada a su cuñado Cipriano de Rivas Cherif, en carta escrita durante su reclusión en el destructor Sánchez Barcáiztegui, anclado en el puerto de Barcelona como barco—prisión.

Fue una detención ilegal, por no haberse respetado su condición de diputado, basada en la acusación de haber colaborado en la proclamación del Estat Catalá dintre de la República Federal Espanyola, como lo anunció Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Catalunya, el 6 de octubre de 1934. Además de ser ilegal la imputación resultaba estúpidamente falsa, porque Azaña siempre se declaró partidario de la República unitaria, y por ello opuesto a cualquier proyecto federal.

Debió de escribir esa carta en diciembre de 1934, lo mismo que otras seis más fechadas en esos días. Fueron publicadas como apéndice en la edición española de la biografía escrita en la cárcel por Rivas Cherif, titulada Retrato de un desconocido, Barcelona, Grijalbo, 1981.

La República Española se hallaba entonces secuestrada en el conocido como bienio negro, consecuencia de desastre electoral padecido por los partidos izquierdistas el 19 de noviembre de 1933. Se han dado varias explicaciones para ese fracaso: una de ellas que por primera vez votaron las mujeres, y quizá lo hicieron aconsejadas por sus confesores catolicorromanos, enemigos jurados del sistema de libertades propiciado por la República; otra, que la Confederación Nacional del Trabajo recomendó la abstención de los anarquistas por considerar que eran ajenos al ideario de aquella República burguesa, y la tercera que una facción del Partido Socialista Obrero Español, capitaneada por Francisco Largo Caballero, se opuso tenazmente a repetir la conjunción con los partidos republicanos vencedora en las elecciones del 12 de abril de 1931, lo que dio paso a la proclamación de la República dos días después, porque alegaba que la República en la que él mismo había gobernado hasta entonces era burguesa, y los socialistas debían aspirar a conseguir una República socialista.

Un fracaso de la izquierda

Por una u otra razón o por las tres juntas, el resultado fue catastrófico para la izquierda. En realidad fue inconveniente para la democracia, ya que obtuvieron escaños 28 partidos o agrupaciones, lo que convirtió al Congreso en un circo disparatado. Fueron elegidos 473 diputados, con mayoría de 115 escaños para la Confederación Española de Derechas Autónomas, por sus siglas CEDA, agrupación de los partidos de derecha y extrema derecha. En el otro extremo, los partidos que consiguieron un solitario diputado fueron el Comunista, el Republicano Radical Socialista, el Nacionalista Español, el Regionalista de Mallorca, la Falange Española, la Unió de Rabassaires, y los Independientes Pro—Estatuto de Estella. El partido presidido por Azaña, Acción Republicana, alcanzó solamente 5 diputados, y el PSOE se quedó con 59 escaños que no le permitían proclamar la República socialista, pero sí facilitaban el éxito de la coalición derechista, de modo que bien puede afirmarse que se había suicidado.

El presidente de la República, Niceto Alcalá—Zamora, muy contento por haberse librado de Azaña como jefe del Gobierno, porque lo detestaba, encargó la formación del nuevo Gabinete al corrupto Alejandro Lerroux, jefe del Partido Republicano Radical, que a pesar de ese nombre era en realidad una mafia. Quedó constituido el 16 de diciembre de 1933, y se mantuvo hasta el 1 de marzo de 1934. Pero el día 3 el presidente volvió a encomendarle la designación de otro Ministerio

Fue una época de grandes descontentos sociales, crisis institucional, aumento del paro, terrorismo fascista callejero, y un Gobierno entretenido en deshacer todo cuanto se había legislado desde 1931. Especial empeño puso en conseguir que el Congreso aprobara la Ley de Amnistía el 20 de abril, en beneficio de los militares sublevados el 10 de agosto de 1932. Si no fueron sus cómplices, sí sus defensores. Sin embargo, no le gustó a Alcalá—Zamora, lo que propició la dimisión del Gobierno el 25 de abril.

Hacia la dictadura

La inestabilidad gubernativa era tal que el Gobierno siguiente, presidido por el radical Ricardo Samper, solamente se mantuvo del 28 de abril al 4 de octubre, cuando volvió Lerroux a recuperar el poder. Lo hizo cometiendo un gran error, ya que soliviantó a los partidos y a los sindicatos de izquierdas que hubiera incluido a tres ministros de la CEDA en su nuevo Gobierno, lo que motivó huelgas y enorme descontento social. El día 6 Lluís Companys, presidente de la Generalitat, anunció la instauración del Estat Catalá dintre de la República Federal Espanyola. Además los partidos Socialista y Comunista, la Unión General de Trabajadores y la Unió de Rabassaires declararon la huelga general en Catalunya.

La reacción de Lerroux, antes conocido en Barcelona como El Emperador del Paralelo, fue proclamar el estado de guerra y ordenar la detención de todos los implicados, así como de Azaña, que se encontraba de paso en Barcelona, por haber asistido al entierro de Jaume Carner, ministro de Hacienda en su primer Gobierno constitucional. Hubo 3.500 detenciones.

Al mismo tiempo en Asturies se produjo un movimiento revolucionario, que el Gobierno resolvió a sangre y fuego. Intervino el Ejército contundentemente. Los periódicos, pese al duro control gubernativo, denunciaron la feroz represión. El clima en España a comienzos de octubre de 1934 era ya de guerra civil, acaudillada por las fuerzas de extrema derecha.

De estos acontecimientos se enteraba Azaña a medias, debido a la censura. En la carta sin fecha a su cuñado se explayó doloridamente, al ver en qué situación habían colocado Lerroux, la CEDA y sus cómplices a la República que él había contribuido a instaurar. Y expuso un temor que iba a resultar profético, según se lee en la página 655 de la edición citada:

De la cosa política, no espero nada bueno. Será milagroso que esto no desemboque en una dictadura franca.

El milagro no se produjo, de modo que debía llegar inexorablemente la dictadura franca. Y tan franca. Una dictadura que duró 36 francos años, de la que todavía estamos sufriendo las consecuencias francas.

No, Azaña no tenía una bola de cristal para adivinar el porvenir, pero sí sabía que si no se corta a la extrema derecha en los comienzos de su actividad, si se piensa que es tan limitada que no representa ningún peligro, va creciendo con la incorporación de los descontentos, que siempre los hay, hasta convertirse en una dictadura franca. Parece que en España nadie atiende las lecciones de la historia, lo que puede ser francamente preocupante.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio

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