‘Un 14 de abril de Pedro Garfias’ por Arturo del Villar

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Los que conocieron la fortuna de participar en las fiestas populares organizadas el 14 de abril de 1931, para celebrar la proclamación de la República, tuvieron siempre presente ese día. En 1953 los españoles exiliados en Guadalajara (México) se reunieron en un banquete para conmemorar la fecha, como era habitual en muchos lugares de Latinoamérica. En el acto Pedro Garfias leyó un romance de rima original, en el que evocó ese día feliz, oponiendo aquel gozo pasado a la triste realidad del momento.

De familia andaluza, nació en Salamanca el 27 de mayo de 1901, debido al trabajo de su padre, recaudador de impuestos. En 1916 comenzó a cursar los estudios de Derecho, pero le gustaba más la poesía, por lo que se unió al grupo ultraísta, firmó en enero de 1919 el manifiesto de Vltra, y participó en algunos de sus recitales públicos. Con José Rivas Panedas fundó la revista Horizonte, de la que salieron cinco números en 1922 y 1923. Y en 1926 editó a su costa en Sevilla el poemario El ala del Sur.

Apenas tuvo críticas, cosa normal para un primer libro de poesía, pero tal vez este silencio le disuadiera de continuar la escritura en verso. Lo que hizo fue casarse en 1929, e instalarse en La Carolina (Jaén), en donde ejerció el mismo oficio de su padre. Parecía que al poeta se le agotó la inspiración, y como tantos otros vanguardistas se quedaría con un solo libro.

Poesía para la República

Sin embargo, la historia de España cambió el 14 de abril de 1931, y con ella la vida y la poesía de Garfias. Se puso al lado de los campesinos y los obreros en su afán revolucionario. Consecuencia de ello fue su ingreso en el Partido Comunista de España, al que permaneció fiel hasta su muerte.

Colaboró en la revista comunista Octubre, invitado por Rafael Alberti y María Teresa León. Su firma aparece en el manifiesto “En favor de nuestros camaradas. Protestamos contra la barbarie fascista que encarcela a los escritores alemanes”, publicado en Octubre el 1 de mayo de 1933. También firmó un manifiesto de protesta por la detención en 1934 de Manuel Azaña. Ejemplo lírico de su compromiso político puede ser el poema “Huelga revolucionaria en Madrid”, escrito en 1934 en apoyo de los huelguistas contra la represión policíaca,  durante el bienio negro de la República.

Otro cambio histórico tuvo lugar el 17 de julio de 1936, al sublevarse los militares monárquicos contra el orden constitucional republicano. Inmediatamente Garfias se alistó en el Ejército leal, y entonces su poesía encontró la motivación definitiva, en el afán por defender a la República contra los rebeldes, según él mismo lo confesó: “La guerra me volvió a la poesía.” Combatió como miliciano inicialmente, pero pronto fue nombrado comisario político, mientras iniciaba la escritura sobre acontecimientos bélicos. Colaboró en revistas militantes como Milicia Popular y El Mono Azul, a la vez que intervenía en mítines para recitar sus poemas, a menudo no leídos, sino improvisados. El Comisariado General de Guerra del Subcomisariado de Propaganda, instalado en Valencia, le editó en 1937 un folleto con quince poemas, titulado sencillamente Poesías de la guerra.

El título de ese folleto sirvió de subtítulo para un libro impreso en Barcelona al año siguiente, Héroes del Sur (Poesías de la guerra), con ilustraciones de Martínez de León, editado por Nuestro Pueblo. Y el 9 de abril el Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad le concedió un premio de 6.000 pesetas por su libro Poesías de la guerra. No era el folleto editado el año anterior, ni tampoco Héroes del Sur, que llevó ese mismo subtítulo, sino una recopilación de la mayor parte de sus poemas bélicos, incluidos esos dos títulos. Se publicó en México en 1941 bajo el título de Poesías de la guerra española, con prólogo de Juan Rejano. Algunos de esos poemas habían sido musicados, y se cantaban como himnos por los milicianos.

En el exilio

El 12 de febrero de 1939 entró en la República Francesa, que iba ser un verdugo para los republicanos españoles. En uno de los más siniestros campos de concentración, el de Argelès—sur–Mer, fue internado Garfias. Liberado gracias a la mediación del filántropo inglés lord Faringdon, se instaló en su casa en un pueblo británico famoso gracias al poeta español, porque allí compuso el libro Primavera en Eaton Hastings. Se imprimió en 1941 en la capital de los Estados Unidos Mexicanos, en donde ya se había instalado Garfias junto con su esposa.

Allí encontró su segunda patria, mucho más maternal que la primera, en relación con los camaradas del Partido Comunista y con los escritores exiliados. En un folleto impreso en 1943 reunió cuatro poemas con el título del primero, Elegía a la presa de Dnieprostroi. Esta presa en el río Dnieper era el orgullo de la ingeniería soviética, y en un acto heroico de patriotismo fue volada durante la Gran Guerra Patria para impedir que la aprovechase el ejército invasor. Los otros poemas están inspirados por la histórica victoria de Stalingrado contra el nazismo, una oda a Stalin y una elegía a la muerte del José Díaz, dirigente del Partido Comunista de España.

El mismo año Garfias comenzó a trabajar en la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, organismo que editó en 1948 su libro De soledad y otros pesares, en realidad una antología con solamente 22 poemas nuevos. Y el bohemio de su juventud reapareció en ese mismo año, porque abandonó su trabajo universitario y se dedicó a viajar dando recitales y conferencias, sin dejar de participar en los actos republicanos. De hecho se separó entonces de su esposa, aunque el divorcio se formalizó en 1954.

Otro 14 de abril

En ese período compuso muchos poemas de circunstancias, a menudo repentizados y copiados por los amigos, al mismo tiempo que se editaban antologías de los antiguos. Ahora recordaremos el que leyó el 14 de abril de 1953 a los brindis de un banquete republicano celebrado en la Guadalajara mexicana, recogido en las publicaciones del momento:

 

Era un 14 de abril,

la primavera empezaba

a sonreír.

El viento se alejaba

sin reñir.

España cantaba a son,

era 14 de abril.

Se oía latir al miedo,

al unánime latir

de corazones de España

y su corazón: Madrid.

El pueblo indefenso y mudo

frente a la guardia Civil.

Hay en el silencio cosas

peligrosas de decir,

creo que nadie respira

ese 14 de abril.

 

No hubo sangre, no hubo tiros,

no hubo rencores allí.

Todas las puertas abiertas

para entrar, para salir,

para acomodarse bien,

para huir…

La primavera empezaba

a sonreír

y el invierno se alejaba

sin reñir.

¡Qué bien se sentía España

aquel 14 de abril!

 

Primero los ambiciosos

buscando de qué vivir.

Los demagogos después

con odio de jabalí.

¡En fila los renegados

y el cruel traidor ruin

vendían toda mi España,

hasta el 14 de abril!

 

¡Ay! Nuestras voces dispersas

alejadas del redil.

¡Ay! Cuántas conciencias muertas

con España por vivir.

¿Volveré a sentir un día

lo que aquel día sentí,

o he de morirme esperando

…otro 14 de abril?

Sí, se murió esperando, como tantos otros exiliados, el cambio del régimen español, abandonado por las presuntas democracias internacionales a su mala suerte. Ese mismo año de 1953 los dos estados más antidemocráticos del mundo firmaban pactos de cooperación con el dictadorísimo español: el 25 de agosto lo hacía el presunto Estado Vaticano, y el 26 de setiembre los Estados Unidos de Norteamérica, que nos colonizaron con sus bases militares hasta el día de hoy.

Los siguientes años de Garfias fueron tristes. Perdida toda esperanza de regresar a España, después de ese refuerzo a la dictadura fascista, se refugió en la bebida: estuvo internado en un hospital en 1954, pero no hubo forma de curarle el alcoholismo crónico. Padecía soriasis, tratada con cortisona, un medicamente que deformó su cuerpo, y especialmente su cara hasta extremos grotescos. En mayo de 1967 volvió a instalarse en Monterrey, ya muy enfermo, atendido por los amigos y los camaradas del partido. Allí se encontró con su muerte el 9 de agosto. El Gobierno de Nuevo León costeó los gastos de su entierro y sepultura.

La larguísima dictadura fascista le impidió regresar a España, pero su poesía nunca dejó de estar aquí, aunque durante años de manera clandestina. Una poesía que pasó de la lírica a la épica, al servicio de la República y del ideario comunista. Ya que no logró volver a celebrar el 14 de abril en su tierra madrastra, recordamos hoy su papel en la historia de la poesía española y rendimos homenaje a su memoria.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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