“Ultras imparables” por Arturo del Villar

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Madrid está inundada de invitaciones a celebrar, el próximo 28 de marzo, lo que consideran los convocantes el 82º aniversario de la liberación de la capital. Primero con una misa en el Valle de los Caídos, que continúa levantado; después con una concentración ante el Arco de Triunfo, que sigue en pie, y al mediodía con una visita al cementerio de Mingorrubio, en donde la momia del dictadorísimo mantiene su poderío inmortal. Convocan el Movimiento Católico Español y la Acción Juvenil Española. La Delegación del Gobierno presuntamente socialista lo autoriza, en aplicación del “derecho de reunión pacífica y sin armas” garantizado por el primer punto del artículo 21 de la vigente Constitución borbónica.

Aquel 28 de marzo de 1939 se consumó la gran traición al pueblo español, iniciada el 17 de julio de 1936 con la sublevación de los militares monárquicos contra la República legítimamente instalada por la voluntad popular. Los militares leales se opusieron al golpe de Estado, y comenzó la peor de todas las guerras civiles habida en la triste historia española.

La heroica defensa de la villa, que ya no era corte, sitiada y bombardeada por tierra y aire asombró al mundo, que la proclamó Capital de la Gloria. Los madrileños resistían con entereza la escasez de víveres y medicinas, mientras veían la destrucción de edificios a causa de los bombardeos. Enviaron fuera los principales cuadros del Museo del Prado, y cubrieron los monumentos emblemáticos, como el de la Cibeles, apodada por el gracejo castizo La Bella Tapada, título de una popular zarzuela estrenada en 1924 con libreto de José Tellaeche y música del maestro Francisco Alonso. A pesar del riesgo continuo en que se hallaban los madrileños a consecuencia de los bombardeos, no perdieron el buen humor, y la vida continuó en la villa, con restaurantes, bares, teatros y cines a pleno funcionamiento. El hambre se disimulaba con no mencionarla. El miedo no existía.

El gran traidor

La defensa de la capital correspondía al Ejército del Centro, con el coronel de Caballería Segismundo Casado con el cargo de comandante jefe. Fue el Judas que la vendió, imitando a los sublevados de 1936, al originar con su traición una pequeña guerra civil en Madrid, dentro de la guerra nacional. A mediados de enero de 1939 entró en contacto taimadamente con el coronel rebelde Ungría, para negociar la capitulación. El 25 de febrero la Gaceta de la República insertó una orden de Presidencia del Gobierno por la que se ascendía al generalato a Casado, pero él la rechazó, y actuó con lógica en esto, puesto que no reconocía al Gobierno legal de la República.

El domingo 5 de marzo el coronel Casado reunió en el Cuartel General del Ejército del Centro a unos traidores al pueblo, con los que formó un Consejo Nacional de Defensa, encargado de negociar una “paz honrosa” con los rebeldes de 1936. Quedó constituido así: presidente, José Miaja Menant, comandante en jefe de las fuerzas de Tierra, Mar y Aire; Estado, Julián Besteiro, del Partido Socialista Obrero; Defensa, coronel Casado; Gobernación, Wenceslao Carrillo, del Partido Socialista; Hacienda y Economía, José González Marín, de la CNT; Comunicaciones y Obras Públicas, Eduardo del Val, de la CNT; Justicia y Propaganda, Miguel San Andrés, de Izquierda Republicana, sustituido por José del Río, de Unión Republicana, a causa de enfermedad; Trabajo, Antonio Pérez García Ariño, de UGT, e Instrucción Pública y Sanidad el citado José del Río.

Fueron más traidores que los sublevados en 1936, ya que éstos se alzaron contra un Gobierno considerado contrario a sus ideas, mientras que los de 1939 lo hicieron contra un Gobierno presidido por el socialista Juan Negrín e integrado por personalidades de la izquierda. A medianoche hablaron por Unión Radio y Radio España, para comunicar el resultado de su traición a los madrileños fieles a la República, Besteiro, Casado y el teniente coronel Cipriano Mera, de la FAI, jefe del IV Cuerpo del Ejército del Centro.

Los principales partidos políticos y los sindicatos estuvieron representados en el Consejo Nacional de Defensa. La República fue traicionada por quienes parecían sus más fieles defensores, dispuestos a entregar Madrid sin lucha a los sublevados de 1936. Pero hubo un militar que salvó el honor del cuerpo, el comandante Guillermo Ascanio, del Partido Comunista, que se puso al frente del Segundo Cuerpo del Ejército del Centro para defender la capital. Los combates terminaron el 27 de marzo, cuando la superioridad de los segundos rebeldes se impuso por la fuerza a los leales.

El 28 de marzo los consejeros huyeron en avión a Valencia, excepto Besteiro, que esperaba ser recompensado por los fascistas. El coronel Adolfo Prada Vaquero tuvo que rendirse ante el excoronel rebelde Eduardo Losas, y los fascistas entraron en Madrid. La capital fue vendida, que no vencida, en uno de los capítulos más denigrantes de la historia española.

Celebración contra el pueblo

Esto es lo que van a conmemorar los ultras, no una victoria militar, sino una traición de personas pertenecientes a partidos políticos y sindicatos de izquierdas. El deshonor recae sobre sus nombres, no sobre los organismos, porque ninguno se entregó como tal a los rebeldes.

Van a conmemorar el comienzo de la más criminal represión llevada a cabo contra los españoles leales, acusados por los rebeldes del cargo de “auxilio a la rebelión”, según consta en las sentencias a penas de muerte dictadas por los consejos de guerra sumarísimos que se sucedieron. Fue la suprema burla de los vencedores, acusar de rebelión a los fieles a las instituciones republicanas contra las que se rebelaron ellos. Cometieron un genocidio, porque a los republicanos muertos durante el conflicto hay que sumar los asesinados por la legislación fascista de guerra a su final.

La Delegación de Gobierno autoriza esa conmemoración, basándose en la permisividad garantizada por la vigente Constitución borbónica. Es lícito preguntarse si debe permitirse exaltar un acontecimiento tan trágico para la historia. Todo empezó con una rebelión de los militares monárquicos contra las instituciones legítimas de la República, después continuó con una guerra espantosa, y siguió con el genocidio aplicado durante la larguísima posguerra, iniciada y terminada con fusilamientos de patriotas.

Aquel 28 de marzo de 1939 se acabaron las libertades de los españoles, que todavía no hemos recuperado en la monarquía instaurada por el dictadorísimo triunfante en la contienda. Conmemoran los organizadores una sucesión de traiciones contra el pueblo español. ¿Es lícito permitirlo, cuando tantos familiares de los represaliados están ahora mismo buscando sus restos, en los lugares en donde se supone que fueron enterrados? Los rebeldes se comportaron como enemigos del pueblo: asesinaron, violaron, encarcelaron, torturaron, hicieron beber aceite de ricino, escarnecieron a los patriotas leales a la República. ¿Debe permitirse celebrar una fecha trágica para la mayoría del pueblo derrotado, exaltando a los traidores?

Por: Arturo del Villar, presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.
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