¿Tiene límites el arte? por Arturo del Villar

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La opinión por Arturo del Villar.

Planteo la cuestión ante lo sucedido en una de las ferias de arte más importantes del mundo, si no es la mayor, Art Basel, nombre abreviado por el que es conocida la Feria Internacional de Arte de Basilea. Este año cumple medio siglo de existencia, en la segunda ciudad más poblada y de mayor nivel económico de Suiza, en donde se concentra la más importante industria química y farmacéutica del mundo, y muy integrada en la cultura, con un espléndido Teatro de la Ópera, dos orquestas de prestigio internacional, y algunos museos que sólo por visitarlos está justificado un viaje a la ciudad en cualquier momento, pero más durante la celebración de una Feria de Arte, como la inaugurada el pasado día 13 de junio.

Ya que es una ciudad de excelente situación económica, los artistas de todo el mundo se pelean por poder participar en Art Basel. A menudo un millonario caprichoso se gasta una fortuna para adquirir una obra que le gusta, sin discutir el precio. Por lo mismo, conseguir hacerse un hueco en ella resulta un lujo muy caro. Este año participan nueve galerías españolas.

El motivo de esta reflexión acerca de los límites del arte está originado por el panel presentado por la artista norteamericana Andrea Bowers, de 54 años, conocida por su militancia en los movimientos de reivindicación feminista. Expone unas columnas de color rojo sobre las que ha colocado fotografías y datos relacionados con agresiones sexuales. Se define como una artista feminista comprometida, que desea concienciar a los visitantes de la Feria sobre el movimiento #Me Too. Dos columnas están dedicadas al productor gringo Harvey Weinstein, quien al ser acusado de agresiones sexuales prevaliéndose de su posición dominante en el mundo del cine, dio lugar precisamente a la constitución del movimiento #Me Too, ahora extendido por buena parte del planeta con mucha resonancia.

Con intención de denunciar

Nadie discutirá que es positivo cuanto se haga para erradicar esa costumbre muy arraigada en la sociedad, de exigir relaciones sexuales a cambio de favores, en especial relacionados con el trabajo. Lo que me pregunto es si el panel enviado a Art Basel por Andrea Bowers merece ser calificado como una obra de arte, y en consecuencia aceptado en una feria destinada a presentar las nuevas formas estéticas. Ella quiere denunciar un vicio social hasta ahora consentido sin crítica, lo que hemos de aplaudir sin duda, pero también debemos preguntarnos si una denuncia por el mero hecho de serlo puede ser considerada un objeto estético y exponerla como tal.

La intencionalidad confesada por Andrea Bowers al realizar ese panel, ha consistido en delatar públicamente, y con la resonancia internacional proporcionada por una feria como Art Basel, la situación en la que se encuentran muchas mujeres, y también algunos hombres en menor número, al parecer, al tener que someterse a sufrir abusos sexuales para conseguir un trabajo, tanto si es para atender el teléfono en una oficina como para actuar en una película. Por lo tanto, de ninguna manera ha pretendido crear una obra artística con ese laborioso panel, sino airear los nombres de una serie de hombres, y también alguna mujer, que merecen la reprobación general de la sociedad a la que no debieran pertenecer.

Su intención es muy loable, digna de una alta estima, por el hecho de contribuir al conocimiento de unos sujetos inmundos, que se aprovechan de su situacion prominente para esclavizar a pobres seres sin fortuna. Hay que aplaudir a Andrea Bowers por llevar a cabo una labor social necesaria. Sin embargo, no debe confundirse ese trabajo con el que efectúa un escritor o un artista plástico, para crear una obra de arte con su ingenio y el conocimiento de la materia empleada. No existe ninguna relación entre ambas facetas de actividad humana.

Las vanguardias artísticas

Hace ahora un siglo los entonces calificados como vanguardistas, hoy clásicos, destruían los cánones tradicionales con los que se entendía el arte en Occidente, a partir de los modelos consagrados por los griegos de la antigüedad. Cubistas, futuristas, superrealistas y demás cultivadores de los incontables ismos que marcaron la historia del arte en los primeros treinta años del siglo XX, rompieron con el pasado, anunciaron que deseaban quemar las bibliotecas y los museos, y crearon unas fórmulas estéticas innovadoras. Su afán consistía en hacer otro arte sin antecedentes, como si la historia comenzase a partir de ellos porque anteriormente no se hubiera hecho nada. Su modelo interpretativo fue aceptado en Europa y América sobre todo, y aunque en un principio debió enfrentarse a la incomprensión de muchos espectadores y algunos críticos, terminó por imponerse y hoy figura en las bibliotecas y los museos que al final nadie quiso quemar, afortunadamente.

Reclamaban que un tiempo nuevo tuviese un arte nuevo, denunciaban la repetición de temas tradicionales, y creaban una literatura y un arte originales, pero dentro de la consideración de obra estética. Los escritores componían obras literarias sin precedentes, y los artistas plásticos inventaban formas llamativas para expresar sus ideas o deseos o incluso sueños o angustias. No obstante, una novela se reconocía como novela, aunque careciese de argumento; un poema valía como poema, aunque no se entendieran sus palabras, y una pintura como pintura, aunque pretendiese incorporar la tercera dimensión al lienzo. Buscaban un arte contrario al concepto de arte vigente hasta entonces, manteniendo su carácter estético.

Al mismo tiempo en la Unión Soviética se desarrollaba el arte socialista, al servicio del pueblo ignorado e incluso despreciado siempre por los escritores y artistas plásticos. Hasta el siglo XIX no podían comprar cuadros o esculturas más que los reyes, los llamados nobles y los altos dignatarios eclesiásticos. Asimismo los escritores pensaban en quiénes disponían de dinero sobrante para adquirir sus obras, que no eran los trabajadores, siempre mal pagado y además en su mayoría analfabetos.

El triunfo de la Revolución Soviética en 1917 implicó una revolución social que afectó a las artes. Se crearon escuelas para poner fin al analfabetismo, y no solamente se aplicaron la literatura y las artes plásticas a culturizar a los trabajadores, sino que además ellos mismos se convirtieron en protagonistas de esas obras. Era una estética de vanguardia en sentido diferente de la aceptada por la ideología burguesa, destinada a promover la difusión de la cultura entre gentes nunca tenidas en cuenta hasta entonces por los artistas. Se trataba, en consecuencia, de un estilo nuevo, aunque dentro de los cánones clásicos, basado en el trabajo o el deporte principalmente, como señas del ser humano, y en el homenaje a los héroes como muestra de agradecimiento a su tarea.

El arte es creación

Los artistas de vanguardia, tanto si hacían un arte burgués como otro socialista, inventaban una manera original de relacionarse con los lectores o los espectadores, siempre con una intención creadora. Así sabemos que Picasso descoyuntó las figuras humanas y animales para denunciar la barbarie nazifascistas, pero lo hizo en pinturas como el fabuloso Guernica. Cuando Vladimir Mayakovsky quiso explicar el lugar del poeta en la sociedad escribió “Charla con el inspector de Hacienda sobre poesía”, en versos diseminados por la página, pero reconocibles como versos. El teatro dejó de guiarse conforme a las normas inventadas por los griegos clásicos, gracias al distanciamiento introducido por Bertolt Brecht, pero con diálogos representables en los escenarios. Las artes deben expresarse como creaciones estéticas, para lograr esa categoría.

Convendría explicar los límites del arte, los elementos que deben reunirse en una obra literaria o plástica para que pueda ser definida como objeto con categoría estética. No es el caso de los que Picasso denominó “objetos encontrados”, con los que realizaba una obra de arte. Por ejemplo, la famosa escultura de una cabeza de toro creada con un manillar y un sillín de bicicleta, adaptados para transformarse en una pieza de arte. Seguían siendo a todos los efectos un manillar y un sillín de bicicleta, pero la manipulación del artista para convertirlos en objeto artístico nos permite verlos tal como Picasso los recreó. Ahí se daba una elaboración de unos elementos utilitarios vulgares, a los que sin cambiar su naturaleza primaria, se modificaba su entidad para concederles valor de pieza estética creada por la voluntad del autor. La misma finalidad que al fundir una escultura en bronce.

Por eso parece indudable que el arte exige imaginación, pero puesta al servicio de la estética. El matrimonio de granjeros gringos retratado por Grant Wood con el título de American Gothic es de una vulgaridad aplastante, y sin embargo se ha convertido en un icono de la vida rural americana, al menos en el momento de su creación, 1930, por ser la interpretación artística de una realidad conocida. Hay una elaboración de la vulgaridad por parte del artista, para darle categoría de obra de arte. Es un retrato pintado por un artista, no una fotografía tomada por una cámara. Los ojos de los personajes comunican su psicología, captada por el pintor, a pesar de la apariencia hierática de ambas figuras. Los colores matizados por la luz permiten al espectador imaginar la vida cotidiana de la pareja, carente de historia digna de ser recordada. Pero lo pintura sí merece ese honor.

Valoración del arte

No vale todo en la literatura y las artes plásticas. Es verdad que los vanguardistas del siglo pasado se burlaron a veces de los espectadores, para vengarse del desprecio con que eran tratados por los críticos oficiales y por los espectadores burgueses. Es histórico el desplante hecho por Marcel Duchamp, al enviar en 1917 un urinario a una exposición internacional de arte, con el título de La fuente, pero eso entraba dentro de las provocaciones con las que los dadaístas se reían de sus detractores, una costumbre continuada y aumentada por los superrealistas. Ese objeto utilitario ya forma parte de la iconografía de la vanguardia, por su intención de desestructurar el concepto tradicional del arte. En aquel momento fue considerado como una muestra de hostilidad del artista a los críticos de arte y a los conservadores de los museos, y acabó convertido en objeto artístico expuesto en uno de ellos. Eso ocurrió hace más de un siglo. Ahora ya no nos asusta nada.

La pretensión de los dadaístas y otros artistas de la vanguardia consistía en crear un antiarte, con los elementos tradicionales del arte. El antiarte era así una forma contraria al arte tradicional, desde la perspectiva del mismo arte tradicional. Se precisaba una intervención alerta del creador para lograr un objeto estético. Los espectadores eran conscientes de que algunas exposiciones o representaciones teatrales se montaban para permitir a los autores reírse de su alarma al contemplar ciertas obras extravagantes, pero acudían a verlas por saber que se estaba produciendo de ese modo una revolución estética, que no entendían, aunque les interesaba observar hasta dónde iba a llegar.

La presunción de Andrea Bowers de estimar como obra de arte la fotografía con los datos de una persona es otra cosa. Eso debe clasificarse como un informe simplemente. Es incomprensible que pueda catalogarse como un objeto estético, por ejemplo, una ficha policial con la fotografía y las huellas de un delincuente, o una radiografía con los datos relativos a un enfermo. Las fichas de delincuentes o enfermos son necesarias, aunque difícilmente merecen formar parte de la historia del arte. Quienes las producen, saben que realizan un trabajo generalista, sin connotaciones estéticas.

No es el lugar adecuado

El prestigio de Art Basel, con un condicionante económico muy notable, incita a dar por obra artística todo cuanto allí se expone, y si un millonario suizo o norteamericano caprichoso adquiere una de esas obras la convierte en objeto estético admirable, aunque sea en sí misma una negación de cualquier condicionamiento artístico.

Está claro que Andrea Bowers no ha buscado con sus fichas cuasipoliciales de abusadores sexuales crear una obra de arte, sino llamar la atención de los visitantes de Art Basel acerca de una lacra social muy extendida. Su intención consiste en reunir el mayor número posible de espectadores para efectuar una denuncia pública con la mayor repercusión internacional. No se propuso crear arte, sino que se ha valido de él para conseguir un fin ajeno por completo a cualquier estimación estética.

Si la autora no intentó crear una obra de arte, sino denunciar una situación escandalosa, conocida pero tolerada por la sociedad, es lógico que el objeto realizado por ella no sea considerado una obra de arte. Por ese motivo la colocación del panel no se hallaba en su lugar adecuado. Mejor hubiera estado exhibido en una calle o en un parque, de modo que sirviese de acusación pública contra los depredadores sexuales, y de advertencia para evitar que otros imiten su ejemplo. Sin embargo, los comisaros de Art Basel no lo estiman así, y tal vez tengan razón. Sobre todo si lo compra un millonario excéntrico.

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