Se habla mucho de la República por Arturo del Villar

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A cuantos seguimos los comentarios políticos en los medios de difusión de masas nos tienen sorprendidos que se esté hablando constantemente de la República. Es notorio que la mayor parte de las veces se la mencione con la intención de disuadir a los lectores de reclamar un lógico referéndum que nos permita elegir la forma de Estado predilecta de la mayoría de los españoles. Es lógico porque desde el 16 de febrero de 1936 no se ha podido volver a votar en libertad, primero a causa de la guerra derivada de la rebelión protagonizada por los militares monárquicos, después por la dictadura fascista prolongada durante más de 36 años de horror, y finalmente porque se ha cumplido la voluntad del dictadorísimo, de perpetuar su régimen criminal en la monarquía del 18 de julio instaurada por él en la persona de Juan Carlos de Borbón, designado por su omnímoda voluntad su sucesor a título de rey, ahora sucedido por su hijo sin ninguna intervención de la voluntad popular.

A terminarse una dictadura militar es obligado promover un referéndum que dé la voz al pueblo hasta entonces amordazado. Así se hizo en Italia o en Grecia, dos países de cultura semejante a la española, sujetos igualmente a la dictadura fascista. En ambos casos triunfó ampliamente la República, y ahora los dos países son republicanos. Fuerzas poderosas se hallan empeñadas en impedir que España siga su ejemplo.

En los últimos meses los medios de comunicación de masas están actualizando las informaciones sobre las dos repúblicas implantadas en España, por lo general comentando sucesos reprobables, que los hubo, como era inevitable en un sistema que se estrenaba en ambas situaciones y se enfrentaba a poderosos opositores. Sin duda es señal de que el pueblo se halla decidido a proclamar la República, no en su totalidad, sino en una opinión significativamente mayoritaria. Debido a ello se suceden los comentarios negativos acerca del único régimen político estrictamente democrático, en el que todos los ciudadanos son iguales ante las leyes, aprobadas por sus representantes en las Cortes, y eligen libremente a sus gobernantes.

Como en 1931

Nos hallamos en una situación semejante a la vivida en las postrimerías de la  monarquía corrupta de Alfonso XIII, tan nefasto como lo es toda su dinastía. Se adivinaba que el régimen podrido llegaba a su fin, y con el intento de evitarlo se movilizaron las fuerzas ultraconservadoras para conspirar contra la ideología republicana. Se pusieron de acuerdo las opiniones  más reaccionarias: los monárquicos civiles y militares nostálgicos del pasado, los nobles que perderían sus títulos y con ellos sus beneficios, los terratenientes temerosos de una reforma agraria que acortara sus posesiones y sus poderes, los banqueros acostumbrados a imponer su voluntad a los menesterosos, los enriquecidos gracias a los trapicheos facilitados por la monarquía deseosos de continuarlos, y los eclesiásticos intocables en sus privilegios tradicionales de casta por ser el apoyo del trono.

De nuevo se ponen en acción para procurar detener un empuje popular  cada día más impulsivo. A ellos se une la jauría dinástica, refugiada en los partidos tradicionalmente monárquicos, ahora con la añadidura del llamado Socialista Obrero, fundado por Pablo Iglesias Posse, apodado El Abuelo, en 1879 como lo que indica su nombre, en el que van implícitas las características obligadas de aceptación de la República, del marxismo y de la aconfesionalidad del Estado. Así se condujo con dignidad histórica durante un siglo exacto, hasta que su secretario general Felipe González le privó de sus señas de identidad para convertirlo en una mafia criminal, pequeñoburguesa, confesional y dinástica. Muchos de sus dirigentes entraron en la cárcel, acusados de cometer delitos mafiosos condenados por la sociedad. Ahora es una burda caricatura de sí mismo, fidelísimo servidor del rey y de sus instituciones para su propia conveniencia.

Durante esta etapa borbónica la monarquía se ha hundido en el mayor de los desprestigios, a causa de las intolerables maquinaciones de la familia irreal. La mayor deshonra se la ha proporcionado su jefe, el rey Juan Carlos I de Borbón y Borbón, digno sucesor del dictadorísimo fascista que lo elevó al trono. Su biografía es incluso más denigrante que la de su tatarabuela Isabel II de Borbón y Borbón, hasta hace poco el mayor borrón en la siempre triste historia de la desventurada España. Fue tan insoportable que el Ejército y el pueblo se unieron en la Gloriosa Revolución de 1868 para mandarla al exilio. La llamada Corte de los Milagros presidida por la apodada Isabelona resulta honesta en comparación con la Corte de los Malhechores regida por su tataranieto el Comisionista, propietario de unos dos mil millones de euros bien colocados en paraísos fiscales, y poseedor de un harén por el que pasaron unas mil quinientas barraganas complacientes, pagadas con cargo a los Presupuestos Generales del Estado.

No llegó a tanto su hija la infausta Cristina, organizadora de una banda de delincuentes económicos amparados por la inviolabilidad del apellido Borbón, aunque fueron tantos, tan continuados y tan enormes sus delitos monetarios que su marido acabó en la cárcel, y sigue condenado, pero menos, ya que los jueces son muy benignos con él, como familiar muy próximo de los dos reyes existentes en este extraño reino.

Un horizonte republicano

Ahora la mayoría de los españoles se halla anestesiada por el fútbol, ese moderno opio de los pueblos y rémora del progreso. No obstante, los días en los que no se juega ningún partido el pueblo se entera de las borbonidades sucesivas, y unas veces se ríe de ellas y otras se indigna. Sobre todo cuando conoce las cifras escandalosas relativas a la economía nazional, con un déficit impagable creciente, unos desempleados crónicos, unos jóvenes irascibles porque están desesperados, unos jueces aprestados a condenar cualquier comentario sobre los errores cometidos por la familia irreal, y un panorama desprovisto de perspectivas favorables para ningún vasallo de su majestad, excepto sus compinches.

Se habla de la República como única solución para terminar con esta crisis económica, laboral y de valores. Los partidos dinásticos que se suceden en los gobiernos han demostrado su incapacidad para resolverla. Se impone probar otro sistema diferente. Cuando todo ha fallado estrepitosamente y hemos perdido hasta la esperanza de sobrepasar la adversidad, pensamos en la solución anunciada por la República.

Han sonado las alarmas en los palacios borbónicos Sus servilones convocan a los periodistas domesticado para que pongan en marcha una campaña de desprestigio republicano. Se hace a escala nazional, en medios diversos repartidos por todo el reino, y las agencias seleccionan los comentarios más negativos para reproducirlos. Fue el método empleado en 1931, con el fin de evitar la extensión de las simpatías republicanas. Ahora se dispone de muchos más medios para lavar los cerebros disminuidos. Es preciso tomar medidas contra esa operación antirrepublicana, oponiendo las realidades de los dos sistemas políticos.

Arturo Del Villar, presidente del  colectivo republicano tercer milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.
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