¡Qué grandísimo Borbón! por Arturo de Villar

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Ha tardado su majestad el rey católico Felipe VI nuestro señor en percatarse de la clase de individuo que es su padre, pero al fin ha tenido que enterarse al menos de uno de los delitos de lesa patria que ha cometido. Como él está letiziado no advirtió los desplantes que le ha ido haciendo a su madre durante años, ni siquiera cuando se fue a cazar a Botsuana con una de sus barraganas y resultó cazado al caerse por una escalera una noche en la que había salido a hacer de Tarzán de las  monas. Tampoco tuvo noticia del incremento de su fortuna personal, que debe de superar los dos mil millones de euros con el último regalo de su amigo el tirano de Arabia Saudita.

El problema del rey católico Felipe VI es que vive en su palacio rodeado de sus edecanes, que le presentan los recortes de periódicos con las noticias en su opinión más importantes, que no son las reales del reino, y dado que no le permiten tratar con sus vasallos, de los que le mantienen separado por vallas y gorilas, ignora lo que pasa en el país en el que reina y del que cobra un sustancioso sueldo por el trabajo de letiziar.

Cuando se puedan escribir las tropelías cometidas por Juan Carlos I de Borbón y Borbón, las futuras generaciones pensarán que sus vasallos éramos unos cobardes sumisos dispuestos a soportar en silencio todos los delitos que jalonan su reinado. A no ser que la historia también relate la contundente actividad de las fuerzas brutas represoras del régimen, y la incansable sucesión de condenas impuestas por sus jueces a los cantantes o escritores o dibujantes acusados de injuriar a la Corona, por exponer en público lo que todos sabemos pero no podemos comentar en voz alta.

El escándalo es europeo

Hasta que la Prensa extranjera ha empezado a relatar los delitos económicos y sexuales del rey ahora decrépito, pero durante 39 años entregado plenamente a dos únicas actividades en su provecho: organizar un harén de unas 1.500 barraganas, según cálculo a la baja del hispanista Andrew Morton en su ensayo Ladies of Spain, y cobrar comisiones por su intervención en negocios secretos y sucios, hasta colocar en bancos suizos esos 1.800 millones de euros contados por la revista Forbes como suyos antes.

Cuando el diario suizo Tribune de Genève destapó algo que todos los españoles sabíamos, sin inmutarnos por ello, la existencia de cuentas corrientes secretas del rey dimisionario que sin embargo sigue siendo rey, por una de esas anomalías normales en nuestro reino, otros periódicos extranjeros han continuado con enorme estupor relatando las aventuras de Juan Carlos I de Borbón y Borbón. Y ahora sí su hijo y sucesor se ha creído en el deber de tomar alguna medida con la que paliar el escándalo internacional, porque el nazional no le preocupa: nosotros lo aguantamos todo. Le hemos estado pagando millones de pesetas a las barraganas para que no revelasen las intimidades borbónicas, como si fuera nuestra obligación hacerlo.

El 15 de marzo de 2020, fecha para la historia, la Casa del Rey publicó un comunicado de seis puntos, para asegurar que Felipe VI está en la higuera desde que nació, y debido a ello no sabía nada en absoluto sobre los negocios turbios de su real padre, pero ahora que lo sabe renuncia a la herencia que por ley le corresponderá el día en que fallezca, y tampoco tolerará que llegue un céntimo a su hija mayor y presunta heredera suya.

Inmediatamente los partidos políticos servilones, el que se dice Popular, el que dice representar a los Ciudadanos, y el descaradamente fascista Vox han cantado a coro la excelsitud de esa medida tomada por uno de los reyes, sin pedir responsabilidades al otro. Este país es así. Siento muchísimo que me haya tocado en desgracia tener que soportarlo, y además pagarlo.

Juramento de Borbón

Hace 45 años comenzó a reinar la dinastía borbónica instaurada en 1969 por el todopoderoso dictadorísimo, por su omnímoda voluntad, sin molestarse en preguntar la opinión del pueblo, porque para eso lo tenía sometido.    El 22 de noviembre de 1975 se ofició en el templo madrileño de los Jerónimos, que hacía las veces de catedral, una llamada “Misa del Espíritu Santo”, para impetrarle que bendijera al nuevo rey e hiciese muy próspero su reinado. La historia demuestra que no le dio la santa gana de oír la misa.

Al mediodía celebraron una sesión conjunta en el Salón de Sesiones de las llamadas Cortes Españolas de la dictadura los denominados procuradores aprobados por el dictadorísimo, caricatura de los diputados en unas Cortes verdaderas, y los componentes del Consejo del Reino designados por el mismo personaje todopoderoso. El secretario leyó el texto redactado por el mismo dictadorísimo de la Ley 62/1969, de 22 de julio, por la que se provee lo concerniente a la sucesión en la Jefatura del Estado: en ella se instauraba la monarquía denominada del 18 de julio, por el día de la sublevación militar en 1936, en la persona de Juan Carlos de Borbón y Borbón en cuanto jurase en la caricatura de Cortes de la dictadura lealtad al dictadorísimo y fidelidad a sus leyes genocidas. El designado lo había hecho con mucho gusto en la tarde del día siguiente, y así quedó proclamado príncipe de España con derecho a ser sucesor a título de rey del dictadorísimo. Estaban los dos muy compenetrados en el concepto de España deseable.

A las 12.30 entraron solemnemente en el salón los príncipes de España, con el Consejo de Regencia que gobernaba el país desde la muerte del dictadorísimo. Su presidente, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, falangista cargado de condecoraciones fascistas, presentó al príncipe un ejemplar de los Evangelios, sobre el que puso la mano derecha al tiempo que decía: “Juro por Dios y sobre los santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”, denominaciones con las que se resumía la legislación de la dictadura. Sonó la Marcha real y comenzó el infausto  reinado de Juan Carlos I de Borbón y Borbón.  

El discurso felón

El sucesor a título de rey del dictadorísimo pronunció un discurso en el que anunció las que aseguró serían las normas esenciales que pensaba seguir, y que nos hacen mucha gracia, conocida su trayectoria. Empezó rindiendo homenaje a su padrino, cosa lógica porque le debía el trono: “Con respeto y gratitud quiero recodar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria.” Con ese guía era inevitable que se comportase como un enemigo del pueblo, lo que fue el dictadorísimo genocida. A Juan Carlos no le es posible condenar a muerte, como hacía su maestro, por no permitirlo la Constitución, pero sí llenar las cárceles de vasallos que reclaman libertades, entre ellas la de expresión, poder publicar o cantar lo que piensan.

No es posible entrar en las complicadas evoluciones de su cerebro, aunque al conocer su biografía puede colegirse que no pensaba cumplir ninguna de las misiones que se encomendó a sí mismo. Resulta una norma habitual en la conducta de los borbones, magnificada en el caso de Fernando VII, que al sí tener capacidad para sentenciar a muerte a los disidentes lo hizo costumbre de su reinado.

Por eso Juan Carlos no dudó en leer el texto del escriba como si lo creyese: “El rey es el primer obligado a cumplir con su deber y con estos propósitos. En este momento decisivo de mi vida afirmo solemnemente que todo mi tiempo y todas las acciones de mi voluntad estarán dirigidos a cumplir con mi deber.”  Las únicas acciones por las que se ha interesado Juan Carlos son las de las empresas que incrementan su capital. Ha resultado incansable en el afán por aceptar sobornos para intermediar en contratos, aunque ya disponía de tal cantidad de dinero que no podría gastarlo por mucho que lo derrochase. Está claro que nunca le parecía suficiente lo conseguido. A esa función ha dirigido todo su tiempo y su voluntad, tal como tuvo la desvergüenza de leer en aquel discurso programático de su reinado. Eso es lo que él considera cumplir con su deber real, un real infundio.

Su inmensa felonía desprovista del menor sentido de la ética le permitió añadir para aumentar el escarnio: “Guardaré y haré guardar las leyes, teniendo por norte la justicia y sabiendo que el servicio del pueblo es para mí un deber que acepto con decisión.” Con la decisión inquebrantable de enriquecerse, sin importarle nada la situación de desamparo de sus vasallos, sometidos a unos gobiernos corruptos, lo mismo los llamados socialistas que los conocidos como populares, carentes del recurso de apelar a la Justicia porque también está corrompida, siguiendo todos el modelo impuesto por la conducta del jefe del Estado.

Mintió mucho más, pero no es el momento de glosar íntegro su discurso. Basta lo recordado para entender su personalidad, capaz de cometer todas las infamias posibles con aspecto sonriente, lo que le sirvió para adoptar un disfraz de campechanía ante sus vasallos ignorantes. Hasta ahora los historiadores consideraban a los reinados de Fernando VII, de su hija Isabel II y de Alfonso XIII como los más infaustos de la historia de España, pero los 39 años de Juan Carlos I han superado a todos.

Hasta su hijo reniega de él y renuncia a la herencia económica contaminada que le había legado, aunque no a la herencia dinástica, tan perversa o más todavía, puesto que él la recibió de un militar golpista traidor a la patria y genocida del pueblo. En un país civilizado no se aceptarían ni al padre ni al hijo, pero España es diferente, como afirma el eslogan publicitario de la dictadura para atraer al turismo extranjero. Ahora los extranjeros están escandalizados al conocer los hechos de un rey europeo en el siglo XXI, con un comportamiento medieval. Pero dado que somos diferentes aquí se tolera todo. ¡Qué país! ¡Qué grandísimo Borbón para tantos menguados vasallos! ¡Viva España con honra! Y como no la tiene, me declaro apátrida por dignidad ciudadana.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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