‘Poesía y dictadura’ por Arturo del Villar

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El día Internacional de la Poesía no podía alcanzar repercusión popular en 2020, porque la autoridad política nos tiene confinados en nuestras casas, para evitarnos el contagio del virus que no fue capaz de prevenir cuando ya infectaba a otros países. En cualquier caso, a las autoridades políticas no les gustan los poetas, en los que ven a enemigos peligrosos. Es llamativo que, por lo general, se considere a la poesía la hermana pobre de la literatura, con unas tiradas de ejemplares minúsculas, y sin embargo asuste a los dictadores. Es paradójico que un género considerado minoritario inquiete a los poderosos enemigos del pueblo

En mis cuidados como editor modestísimo me ha sucedido ir a librerías para dejar ejemplares en depósito, y no aceptarlos, alegando que no se venden y al ser delgados acaban perdiéndose en las estanterías. Y cuando conseguía colocar algunos, raramente me pagaban algo por ellos; lo más frecuente era que después de varios intentos fracasados de cobrar renunciase a seguir perdiendo el tiempo. Así murieron Los Libros de Fausto, sin dejar ninguna cuenta pendiente en las imprentas.

Sin embargo, la poesía debe de tener una gran fuerza que asusta a los dictadores. Es enorme el número de los que han sufrido la muerte, la cárcel o el destierro por el delito de escribir versos. Incluso Octavio César Augusto, que a su muerte fue divinizado por sus súbditos, y en general merece el respeto de los historiadores como artífice de la paz romana, desterró al tranquilo poeta Publio Ovidio Nasón en el año 8 de nuestra era a la Escitia salvaje. No lo lamentamos porque le sirvió para escribir los versos más sentidos de cuantos compuso, bien titulados Tristia, aunque él hubiera preferido no verse  animado a componerlos, porque vivía muy bien en Roma.

La fuerza de los poetas

Los emperadores suelen estar muy pendientes de su fama, como todos los dictadores, motivo por el que sobornan a vates de escaso ingenio para que loen sus hechos. Ser poeta cortesano ha sido siempre un oficio bien pagado. En el Reino Unido era un cargo oficial, muy apreciado por sus beneficios económicos, aunque no por sus méritos literarios. Un poeta puede ser comprado y amaestrado, pero a una generación lírica no es posible domarla, tiene el poder de la unión. Albert Camus hace decir a otro emperador romano, Calígula, en la impresionante tragedia que le dedicó: “Los poetas están contra mí, puedo decir que esto es el fin” (acto IV, escena 12).

Parece ser eso lo que temen los dictadores, y por ello se previenen eliminándolos mediante algún recurso violento. No es posible aquí elaborar una lista con los poetas condenados, porque resultaría interminable. Algunos de los más grandes líricos españoles sufrieron penas de cárcel, ya en la época clásica, como Cervantes, poeta preterido por su fama como novelista, o el inconmensurable Francisco de Quevedo, que pagó muy caro haber escrito una “Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento”, una de las mejores poesías de nuestra literatura, en la que demostró la firmeza de su carácter indomable ante la adversidad, con versos que hemos aprendido de memoria todos los que una vez los leímos: “No he de callar, por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo”. No se calló, y dejó un tremendo retrato en tercetos de aquella Corte siniestra. Enfrentar un solo soneto de Quevedo con la escoria compuesta por el pelele real y su menguado valido, causa asombro: esos inmundos personajes confinaron a uno de los españoles más merecedores de alabanza en cualquier tiempo.

Pero así sucedió. Uno de los más grandes poetas de la lengua castellana, si no el que más, fue desterrado y encarcelado por un tiranuelo al servicio de un rey imbécil, sin otro cuidado que aumentar su fortuna y disfrutar de sus serviles vasallas, como está comprobado que constituye la ocupación y la preocupación de los monarcas españoles, en cualquier época.

También en nuestro tiempo

Por ejemplo, de Alfonso XIII de Borbón, que aprobó el destierro de Miguel de Unamuno a una isla semisalvaje impuesto por su esbirro el general Primo, elevado por él a la categoría de dictador para que reforzara el trono desequilibrado. También fue provechoso su destierro, porque compuso dos excelentes colecciones de poemas, en los que fustiga a sus enemigos con la libertad que le daba el hecho de estar desterrado, y de poder publicar en Francia sin temor a los jueces sometidos a la autoridad real.

Con todo, el peor y mejor momento para la poesía española sucedió durante la guerra de 1936 y la posguerra desde 1939. Fue pésimo porque causó muertes, como el asesinato de Federico García Lorca en su comienzo, o el fallecimiento de Miguel Hernández en una mazmorra de la dictadura en 1942, además de obligar a exiliarse a toda una generación de espléndidos poetas, como no ha habido otra, en su conjunto, a lo largo de nuestra historia lírica. No obstante, el acicate de la traición de los militares monárquicos al pueblo inspiró colecciones de poemas excelentes, con esos dos  temas fundamentales, la guerra y el exilio.

Los dos maestros de la poesía castellana en el siglo XX, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, murieron en el exilio, por no querer soportar la dictadura fascista en su patria. En verdad todos los bueno poetas líricos antes de 1936 se convirtieron en poetas épicos a partir de ese año, para cantar el heroísmo del pueblo contra los rebeldes y sus patrocinadores nazifascistas. Los más grandes se exiliaron, y dada la prolongación de la dictadura, durante 36 años, muchos murieron sin poder regresar. La perfidia del dictadorísimo traidor y genocida se cebó sobre los poetas.

Se diría que un romance es más destructor que una bomba. Podemos responder con seguridad a la cuestión planteada por Machado en un famoso soneto al general Enrique Líster, al preguntarse si su pluma, como representación de su escritura, sería comparable a la pistola del militar. Sí, lo es, y para un dictador resulta más peligrosa, en su opinión, la pluma narradora de sus crímenes, porque la denuncia quedará presente en la historia de la literatura mundial para las siguientes generaciones.

Un mal muy extendido

No es privativo de la triste historia de España. También poetas que comparten nuestro idioma al otro lado del océano han padecido cárcel, exilio, persecución e incluso muerte, como Pablo Neruda, César Vallejo o Roque Dalton, por denunciar en verso las miserias de sus países. Y no solamente sucede en castellano, porque una de las más rotundas voces poéticas en el siglo XX, la del turco Nazim Hikmet, se moduló en la cárcel en su país y se perfeccionó en el exilio. Quédese cortada aquí la relación de poetas condenados por el hecho de saber combinar las palabras.

Todo parece demostrar que acertó Friedrich Hölderlin cuando escribió un verso felicísimo y citadísimo: “Pero lo que permanece lo fundan los poetas.” Cuando los dictadores han muerto y sus regímenes desaparecieron con ellos, lo que permanece es la poesía compuesta por sus víctimas, como una continuada denuncia en la historia.

España ha contribuido de manera tristemente prolongada a la lista de poetas condenados por los dictadores, llámense con ese nombre o el de reyes, o generales o validos. La nomenclatura es lo de menos cuando sus actos son semejantes, impedir la libertad de expresión por los medios más violentos a su alcance. El coronavirus ha impedido que los poetas españoles aprovechasen el Día Internacional de la Poesía para comentar en verso la actualidad nazional, que es muy aberrante, por cuanto el reino padece extrañamente de dos reyes con las mismas prerrogativas, padre e hijo, que han debido enfrentarse para ver quién tiene más poder censorio. El tema está servido, y no se precisaba más que tranquilidad para lanzarlo a los cuatro vientos, por más que con sus dedos como cetros avisen silencio y amenacen miedo.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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