“Patria, matria e hijo” por Arturo del Villar

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La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, durante una charla en Xixón el 16 de julio, propuso cambiar “la carga pesada del concepto patria para trabajar sobre el concepto matria”. Es discutible que los conceptos sean cargas pesadas, porque constituyen la base de nuestra capacidad intelectual mediante la que nos comunicamos, pero respetemos su opinión y examinemos un precedente destacado y femenino.

Sobre los conceptos de patria y matria disertó María Martínez Sierra en cinco conferencias pronunciadas en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid en mayo de 1931 con el título general de La mujer española ante la República. Fueron editadas en folletos independientes, y en un volumen de 185 páginas con otra charla dedicada a Mariana Pineda.

Es el primer libro firmado con su nombre y los apellidos de su marido. Antes solamente había publicado un libro en 1899, titulado Cuentos breves, con  autoría de María de la O Lejárraga. Después todo lo que escribió y estrenó llevó la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra. La bibliografía de María y Gregorio es demasiado complicada para comentarla ahora. La relación de esta extraña y extraordinaria pareja la estudio en mi ensayo María Martínez Sierra, una mujer liberada por la República, editado en 2014 por el Colectivo Republicano Tercer Milenio.

Aquí repasaremos su opinión acerca de la patria, expuesta en aquel momento trascendental de la historia de España, alterada por la implantación de la II República. El cambio afectó a todos los ciudadanos, y sustancialmente a María, que por primera vez se presentó ante el público en su papel de autora, solapado hasta entonces en favor únicamente de su marido, por acuerdo entre los dos.

La patria como hijo

Cada una de las conferencias tenía un título de una sola palabra anunciadora del tema, pero se presentaban unidas por un lema común: “La Patria, que para los hombres es la madre, para las mujeres es el hijo.” Puede que hubiera resultado más coherente llamarla la hija, en consonancia con la madre y la patria, que pertenecen al género femenino, y las mujeres tienen hijas además de hijos, pero quizá María prefirió equilibrar el valor de los dos sexos, puesto que la palabra plural hijos es inclusiva de hijas e hijos. La idea era antigua en el imaginario de María, puesto que ya la había expresado en 1917, en el ensayo firmado únicamente, según costumbre, por Gregorio con el título de Feminismo, feminidad, españolismo, en donde escribió:

Piensen ustedes en que si la Patria es como una madre para los hombres, para las mujeres es como un hijo…      

Y además desarrolló la idea en el capítulo titulado “La Patria, madre e hijo”, con el deseo de explicar el patriotismo según lo entienden los hombres y las mujeres. Esta cuestión no interesa en la actualidad, pero sí en aquel tiempo, y ella la tenía incrustada en la mente. Así se comprueba al encontrarla manifestada de nuevo durante su exilio de española libre incapaz de soportar la dictadura fascista en su patria. Lo hizo al comienzo de sus memorias sobre Gregorio y yo, impresas en México en 1953, en las que explicó la sorprendente colaboración con su marido en la escritura de los libros firmados solamente por él como autor. Recordó la antigua idea con las mismas palabras con que la declaró en circunstancias muy diferentes

Hace mucho tiempo he pensado y he escrito: “La patria, que para los hombres es madre, para las mujeres es hijo”.

En aquellos años posteriores a la guerra ganada por los militares monárquicos sublevados, que empujaron a María al exilio para morir en una tierra ajena, no parece que ningún español digno de tal nombre pudiera tener a España como patria, palabra de la que se apoderaron los fascistas. Más que una madre era una madrastra con toda la maldad descrita en los cuentos infantiles. Al ser un ente abstracto, no es achacable a la patria lo perpetrado por los fascistas con ella, porque siempre se han considerado sus propietarios indiscutibles sin ningún fundamento.

Las conferencias

El Ateneo programó esas conferencias para informar a las españolas acerca de la nueva realidad politicosocial en que se hallaban, tras la huida apresurada del detestado monarca. Conservan ahora el mismo valor que en el momento de su lectura pública, porque en general proponen la cesión a las mujeres de los mismos deberes y derechos del hombre, un tema siempre en litigio. También aconsejó a las mujeres una conducta a tono con el nuevo régimen político implantado, que redundaba en beneficio de todos los ciudadanos, y en consecuencia todos tenían la obligación de contribuir a su afianzamiento para resolver las dificultades con las que inevitablemente había de encontrarse en sus comienzos.

En la primera, titulada Realidad, propuso a sus oyentes reformar el léxico, porque contiene palabras como política, patriotismo o ideales, que “están acuñadas por hombres y que no responden a realidad ninguna dentro del ideario femenino”. Reconoció que el programa del Gobierno provisional, presidido por Niceto Alcalá—Zamora, líder del partido Derecha Liberal Republicana, era derechista consecuentemente, pero recomendó a las “madres de la patria” que lo secundasen, ya que lo consideraba el Gobierno de la Buena Voluntad. Criticó que las españolas permanecieran ociosas en su casa, conforme al concepto propalado de lo que ha de ser una mujer honrada, porque así no puede avanzar la civilización.

Titulada la segunda Egoísmo, la dedicó a demostrar que las mujeres debían apoyar a la República sencillamente por egoísmo, para que empezaran a resolverse los problemas acuciantes de la nación, comenzando por el de la enseñanza en sus tres niveles, que ella conocía bien como maestra. Al carecer de técnicos expertos en un país, se origina un desastre general que conduce al hambre. El cambio de los regímenes políticos se justifica por su utilidad, que la República tenía que demostrar. Puesto que había (y sigue habiendo) más españolas que españoles, a ellas les corresponde fomentar la concordia, para evitar una guerra civil entre ciudadanos de diferentes opiniones. Parece que previó lo que iba a suceder en la patria cinco años después, por falta de concordia y exceso de ambición entre los militares.

La libertad republicana

La más feminista es la tercera conferencia, Libertad. Empezó por examinar los artículos del Código civil que marcaban la dependencia de la mujer casada respecto a su marido, para anunciar a continuación que “de las Cortes Constituyentes saldrá la absoluta igualdad en derechos para hombres y mujeres”, como así iba a verificarse enseguida. Confiaba en el asentamiento de la República, porque “no es una obra personal, sino la obra de muchas personas”, y si a un rey se le puede destronar o incluso decapitar, al pueblo no se le derrota. En este punto se equivocó totalmente, según pudo comprobar en 1939, cuando otro general traidor impuso su voluntad sobre la del pueblo, siguiendo el ejemplo de Pavía y de Martínez Campos, con mayor crueldad que sus predecesores en el afán por destruir la tarea emprendida por la República para garantizar las libertades civiles.

Religión es el título de la cuarta: propuso la libertad de cultos, la escuela laica y la separación de la Iglesia y el Estado, como consecuencia de la libertad nacional, que implica la individual. Eso acontece en la mayoría de los países occidentales, aunque en España lo considere pecado un clero inculto y trabucaire decidido a conservar sus privilegios, que exige un tratamiento prioritario de su función en la sociedad. En este aspecto no se ha avanzado nada hasta ahora.

Finalmente, en la quinta conferencia, Federación, propugnaba la descentralización administrativa, y analizó el caso de Catalunya, a la que consideraba en cabeza del regionalismo. Creía que el federalismo no es conflictivo, y por ello afirmó: “Yo quisiera que España fuese una coalición de Estados soberanos, una liga de sabios y de santos y de héroes.” Una pretensión que ha sido imposible llevar a la práctica hasta ahora. Concluyó invitando a las mujeres a estudiar y a apasionarse, para encontrar la verdad, con lo que se realizarán plenamente como seres humanos inteligentes y libres en una sociedad justa y paritaria.

Como se ve, es un ideario muy actual, porque la monarquía representa siempre un retroceso en las conquistas sociales alcanzadas con la República. En el caso de María la proclamación de la República representó una liberación, abandonó el papel de colaboradora en la sombra de su marido, que recibía en solitario los aplausos del público al terminar las representaciones teatrales de las obras compuestas en colaboración, y se colocó ella sola ante los ateneístas por primera vez con seguridad y acierto.

Durante la monarquía la patria es un feudo del rey, su propietario absoluto, que puede conceder títulos de la llamada nobleza en forma de ducados o condados parcelando el territorio. Nadie puede considerarse, por lo tanto, ni madre ni hija ni en cualquier otro parentesco de la patria, una cosa ajena al pueblo. No hay patria ni matria bajo una monarquía. Por eso plantearse la sustitución del concepto patria por el de matria es una pérdida de tiempo. Cuando lo analizó María era oportuno, puesto que acababa de proclamarse la República, pero ahora todo es borbonería, como sucede desde hace tres siglos en la triste historia de España.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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