Otra joya más burlona a la Corona borbona

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El cardenal Fernando Filoni es pequeño de estatura, pero gran maestre de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén. Vino a Madrid para entregar a su majestad el rey católico Felipe VI el gran collar de la Orden acto celebrado en el palacio de la Zarzuela el 1 de abril de este 2022. En muchos países, y los más importantes políticamente, como la República Francesa, el Reino Unido de la Gan Bretaña y los Estados Unidos de América, el 1 de abril se celebra el día llamado de los tontos de abril, en el que se gastan bromas a los considerados tales, entregándoles objetos burlescos. El rey nuestro señor no tuvo en cuenta la fecha, aceptó el collar ecuestre, aunque él es más aficionado a los aviones que a los caballos.

El collar se relaciona con uno de los títulos oficiales ostentados por la Corona de España para aplicárselos el monarca de turno: el de rey de Jerusalén, y no es una broma de cualquier 1 de abril. Más bien es un cachondeo histórico. El último rey cristiano de Jerusalén y de Chipre fue Enrique II (1285—1291), que debió abandonar el trono cuando la capital, San Juan de Acre, cayó en poder del imperio otomano, y no volvió a haber nunca más un rey efectivo de Jerusalén, y Acre es hoy una ciudad israelita. Las monarquías están obsoletas en el siglo XXI, pero la de Jerusalén sólo es propia del 1 de abril.

Enrique II estaba casado con Constanza de Aragón, por lo que los reyes aragoneses se consideraron con derecho a heredar si no el trono sí el título de reyes de Jerusalén, porque a los monarcas les vuelven tarumbas los títulos grandilocuentes y las medallas con las que presumir. El rey Alfonso V de Aragón, apodado El Magnánimo, fue también rey de Nápoles (1443—1458), por lo que vinculó ese reino al hipotético de Jerusalén, añadiéndolos a la Corona de Aragón, de la que pasaron a España por medio de las casas de Austria y de Borbón. Así Felipe VI es rey titular de Jerusalén, entre otros lugares igualmente abrileños. Además, como sucesor de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla también disfruta del título de rey católico, por concesión del inmundo papa Alejandro VI en 1496 mediante la bula Si convenit.

Sin embargo, en efectivo es rey de España desde la instauración de la monarquía del 18 de julio por el dictadorísimo genocida. Ha jurado la Constitución borbónica de 1978, que en el punto 16:3 afirma que “Ninguna confesión tendrá carácter estatal”, por lo que está obligado a separar plenamente su monarquía de las instituciones catolicorromanas y su farfolla. Siendo Jerusalén ciudad sagrada del cristianismo, debe renunciar a considerarse su rey, aunque se trate de una monarquía del 1 de abril, y rechazar los collares y demás prebendas de carácter cristiano. Ni siquiera puede reglarle el collar a su consorte para que lo luzca en las jaranas irreales.

Bien es verdad que el 2 de marzo de 2018 realizó un acto propio del 1 de abril, cando aceptó formar parte de la Real Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Medinaceli. Someterse de buen grado a ser esclavo de un trozo de madera policromada con faldas en pleno siglo XXI es un acto demostrativo de falta absoluta de sentido común, el que tenemos sus vasallos para juzgar su abriladas.

Según el punto 59:2 de la vigente Constitución, cuando el comportamiento del rey demuestre estar inhabilitado para el ejercicio de su autoridad, se debe proclamar inmediatamente la regencia, que en este caso concreto ha de recaer en la reina consorte debido a la minoría de edad de la presunta heredera del trono. O resultará que los tontos de abril somos los vasallos. Hemos tolerado demasiadas incontinencias a su padre, a su hermana, a sus cuñados, a sus sobrinos y demás familia.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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