Neruda situó al dictadorísimo en la eternidad

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El cura fascista Tejero ha elevado a los altares de su secta catolicorromana al mayor genocida de la historia de España, el dictadorísimo Franco. Nadie puede comprobar la veracidad de su declaración, y por eso la hace tan alegremente, pero si fuera cierto que existen el cielo y el infierno, como cuentan los curas, yo tengo por más exacto que el dictadorísimo está en donde lo adivinó Pablo Neruda en su poemario España en el corazón. Himno a las glorias del pueblo en la guerra, editado por el Ejército del Este en 1938, cuando todavía le quedaban 37 años para seguir asesinando:

El general franco en los infiernos

Desventurado, ni el fuego ni el vinagre caliente

en un nido de brujas volcánicas, ni el hielo devorante,

ni la tortuga pútrida que ladrando y llorando con voz de mujer muerta te

escarbe la barriga

buscando una sortija nupcial y un juguete de niño degollado,

serán para ti nada sino una puerta obscura,

arrasada.

En efecto.

De infierno a infierno, qué hay? En el aullido

de tus legiones, en la santa leche

de las madres de España, en la leche y los senos pisoteados

por los caminos, hay una aldea más, un silencio más, una puerta rota.

 

Aquí estás. Triste pájaro, estiércol

de siniestras gallinas de sepulcro, pesado esputo, cifra

de traición que la sangre no borra. Quién, quién eres,

oh miserable hoja de sal, oh perro de la tierra,

oh mal nacida palidez de sombra.

 

Retrocede la llama sin ceniza,

la sed salina del infierno, los círculos

del dolor palidecen.

 

Maldito, que sólo lo humano

te persiga, que dentro del absoluto fuego de las cosas,

no te consumas, que no te pierdas

en la escala del tiempo, y que no te taladre el vidrio ardiendo

ni la feroz espuma.

 

Solo, solo, para las lágrimas

todas reunidas, para una eternidad de manos muertas

y ojos podridos, solo en una cueva

de tu infierno, comiendo silenciosa pus y sangre

por una eternidad maldita y sola.

 

No mereces dormir

aunque sea clavados de alfileres los ojos: debes estar

despierto, General, despierto eternamente

entre la podredumbre de las recién paridas,

ametralladas en Otoño. Todas, todos los tristes niños descuartizados,

tiesos, están colgados, esperando en tu infierno

ese día de fiesta fría: tu llegada.

 

Niños negros por la explosión,

trozos rojos de seso, corredores

de dulces intestinos, te esperan todos, todos, en la misma actitud

de atravesar la calle, de patear la pelota,

de tragar una fruta, de sonreír o nacer.

Sonreír. Hay sonrisas

ya demolidas por la sangre

que esperan con dispersos dientes exterminados,

y máscaras de confusa materia, rostros huecos

de pólvora perpetua, y los fantasmas

sin nombre, los obscuros

escondidos, los que nunca salieron

de su cama de escombros. Todos te esperan

para pasar la noche. Llenan los corredores

como algas corrompidas.

 

Son nuestros, fueron nuestra

carne, nuestra salud, nuestra

paz de herrerías, nuestro océano

de aire y pulmones. A través de ellos

las secas tierras florecían. Ahora, más allá de la tierra,

hechos substancia

destruida, materia asesinad, harina muerta,

te esperan en tu infierno.

Como el agudo espanto o el dolor se consumen,

ni espanto ni dolor te aguardan. Solo y maldito seas,

solo y despierto seas entre todos los muertos,

y que la sangre caiga en ti como la lluvia,

y que un agonizante río de ojos cortados

te resbale y recorra mirándote sin término.

Qué lástima que tan excelso poema fuera inspirado por el más abyecto de los militares monárquicos sublevados contra el pueblo español. No se merecía ese honor supremo, pero puesto que los versos existen y existirán por siempre, es bueno volver a recitarlos como si fueran un responso de cargo, para compensar las blasfemias regurgitadas por el cura Tejero, tan traidor como su padre, al inhumar la momia del dictadorísimo entre sacudidas de agua bendita. Lo seguro es que se merece que haya un infierno inextinguible para él por toda la eternidad.

Arturo del Villar.

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