Monarquía, o renovarse o perecer

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Las dos instituciones internacionales más anacrónicas son la Iglesia y la monarquía. El Vaticano emprendió una renovación profunda con el papa Juan XXIII, el primero que no ciñó la triple corona del papado ni se sentó en la silla gestatoria llevada a hombros por los lacayos mientras que otros movían grandes abanicos Organizó un concilio ecuménico para innovar la institución, con el fin de intentar evitar que desapareciera. Es lo que se llamó el aggiornamento, que eliminó los símbolos y actos propios de otros tiempos, incluido el vestuario de curas y monjas, para adaptar la institución al tiempo presente. Sigue perdiendo vocaciones sacerdotales y fieles por la pésima actuación de curas y frailes, pero eso es otro asunto.

Las dos monarquías más rancias de Europa, la británica y la española, no han comprendido la necesidad de hacer su propio aggiornamento. En el tiempo actual es incomprensible que una persona reciba por herencia el dominio sobre un país. Eso fue tolerable cuando se decía que la monarquía tenía un origen divino, el mismo Dios designaba a los reyes en el vientre de sus madres, y por ello eran incuestionables, y se les debía rendir vasallaje. Por ello la persona física de los monarcas se consideraba inviolable y no debía responder de sus actos. En Francia incluso se aseguró que las manos del rey curaban enfermedades.

Ya nadie cree en el origen divino de la monarquía, ni siquiera la Iglesia, aunque se ha aprovechado del mito durante siglos, en la tradicional alianza del altar y el trono contra el pueblo. Nadie lo cree, pero se mantiene la inviolabilidad de la persona del monarca. A no ser que una revolución popular les demuestre que son tan humanos como sus vasallos, y que pueden ser decapitados, como Carlos I Estuardo de Inglaterra y Escocia, o guillotinados como Luis XVI de Borbón de Francia, o fusilados como Nicolás II Romanov de todas las Rusias, o morir en tentado como Alejandro I de Yugoslavia y otras naciones.

A los monarcas les disgusta perder la fastuosidad de los actos que presiden. Se cargan de cruces militares, como si fueran grandes guerreros a semejanza del emperador Carlos V en su época, y exigen ser tratados con títulos rimbombantes, como “Su Majestad” o “Su Alteza Real”, cuando con su actuación demuestran carecer de dignidad y hallarse en la mayor de las bajezas morales. Tal es el caso del rey Juan Carlos I de España, exiliado para evitar la acción de la Justicia, en un reinado ejemplo de delincuencia.

A un presidente de República elegido por el pueblo se le llama “Señor Fulano” simplemente, y sus visitantes le estrechan la mano sin más ceremonial. Al rey hay que llamarle “Majestad”, y sus visitantes varones inclinan la cabeza antes de acercarse a él para estrechar su mano, en tanto las mujeres hacen una media reverencia, todo ello en reconocimiento de la excelencia superior del monarca sobre sus vasallos. Y esto es una ganancia de este tiempo, ya que en los anteriores los servidores se arrodillaban ante el monarca para darle cualquier cosa. El ceremonial de la comida en los monarcas de la Casa de Austria era interminable.

La recepción de embajadores en Madrid mantiene el ritual del siglo XVIII importado por los borbones de su país francés. Los embajadores son recogidos en carrozas doradas conducidas por vasallos vestidos a la moda dieciochesca, y al entrar en la sala en donde se encuentra el monarca han de inclinar la cabeza y a continuación dirigirse a él para entregarle sus cartas credenciales. Todo ello parece la representación de una película de época pasada. Con la diferencia de que el rey no está sentado en su trono.

El socialista italiano Pietro Nenni, amigo de España, tanto como para ser comisario político de la Brigada Garibaldi durante la guerra en 1936, ante los problemas del socialismo en su patria anunció una frase tan exacta que se ha convertido en aforismo: Rinnovarsi o perire. Tendría que asimilarla el rey si quiere continuar siéndolo, renovando las caducas fórmulas superadas y absurdas en nuestro tiempo. No queremos seguir siendo vasallos, deseamos mantener la cabeza bien alta en todo momento, y no consideramos que por el hecho de ser hijo de un padre como todos los seres alguien deba ser tratado con majestuosidad.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.
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