Miguel Pizarro: poeta, profesor, cónsul, y republicano

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El Centro Cultural Generación del 27 acaba de publicar un ensayo de María Elizalde Frez sobre la figura poco conocida de Miguel Pizarro Zambrano, poeta, dramaturgo, profesor, cónsul, exiliado y siempre propagandista de la República Española en donde se hallara. Titulado Miguel Pizarro Zambrano. La vida vivida y transformada en poesía, se enriquece con un prólogo de su hija, Águeda Pizarro Oniciu, que aporta datos familiares para conocer mejor la idiosincrasia de este escritor alabado por Federico García Lorca, que no se molestó en publicar sus obras, editadas tras su muerte en el exilio de español libre en Brooklyn en 1956 a sus 59 años de edad.

Aunque falleció lejos de la patria por motivo del exilo político obligado en razón de su fidelidad al Gobierno leal de la República, lo cierto es que su biografía lo presenta como un viajero internacional, con su sombra, como Friedrich Nietzsche, buscándose a sí mismo. Se diría que estaba marcado para la trashumancia, porque nació en Alájar (Huelva) en 1897, pero se le considera granadino porque la familia se trasladó a la ciudad de la Alhambra siendo él niño, y allí estudió y se integró en las tertulias literarias de la ciudad, lo que le permitió amistar con Lorca, el más ilustre de los contertulios.

Hacia 1917 comenzó una relación erótica con su prima y colega María Zambrano, desautorizada por las familias de ambos debido a su parentesco. Pese a ello continuó por correspondencia, y está documentado por una carta que en junio de 1934 planearon la boda, sin que llegara a realizarse.

En 1919 ya estaba en Madrid, trabajando en el diario El Sol, pero dos años después se hallaba en Japón, como lector de español en Osaka primero y después en Kobe, además de sostener una corresponsalía con El Sol desde el conocido como Imperio del Sol Naciente. Recibió una pensión de la Junta para la Ampliación de Estudios, mantenida hasta enero de 1932, por lo que se supone que vivió ricamente. Además de enseñar aprendió él mismo la cultura japonesa, sobre la que escribió y disertó.

El cambio republicano

La vida en Japón convertida en rutina llegó a cansarle, según le contó a Federico García Lorca en una carta escrita en Yokohama el 3 de setiembre de 1931, a pesar de esa favorable situación de que gozaba. Sentía lo que puede llamarse una nostalgia republicana:

Pero en España hay una cosa nueva. La República me ha hecho cambiar de proyectos y afanes. La meta mía está ahí entre vosotros. […]

Si embargo, desde el 14 de abril estoy que no vivo, leyendo periódicos, buscando noticias, haciendo cábalas, metiéndome fotografía adentro de todas las que veo de allá y de ahora. El lirismo vacante mío se me ha hecho patriótico y tengo unas nostalgias muy grandes, ¡y unos deseos! de palpar con los ojos la carne de España, de recrearme en toda ella, […] (Página 121.)

Era imposible sentir patriotismo durante el reinado heredado de Alfonso de Borbón con sus dictadores militares, sus guerras coloniales, sus negocios reales pero sucios, y sus barraganas forzosas. En cambio, la República elegida libremente por el pueblo llamaba al amor patrio en el nuevo Estado, en el que estaban sueltas todas las libertades públicas. Fue una transformación que Miguel Pizarro sintió y describió con palabras muy exactas.

Al mes siguiente desde Osaka escribió un carta, en octubre de 1931, a su amigo Ángel del Río, profesor en la Columbia University, dándole cuenta de su aburrimiento al cabo de pasar diez años en Japón, y le confesaba:

Sin embargo, de mis adormilamientos me ha sacado ¿qué dirás? la República. Me ha soltado la alondra patriótica. Me ha amasado en un solo sentir las emociones diferentes que la distancia y la ausencia habían ido dulce y tiernamente levantándome, sin mayor nostalgia ni mayor tristeza. […]

   Si esa República no enciende a la gente, no es nada. Si enciende a la gente y no nos enciende a nosotros con anhelos trepidantes de acción o de lirismo, borrémonos del mundo nosotros. No seremos más que los epígonos flácidos e impotentes de la aceda y biliosa generación del 98. (Página 113.)

De manera que señalaba una tarea a los que trajeron la República para afianzarla definitivamente. Más concreto fue al final de la carta, al evocar los años pasados bajo la monarquía despótica de Alfonso XIII, lo que le animó a escribir: “En España era imposible la vida.” En efecto, aquella España borbónica era contraria a los intereses del pueblo, una nación desesperanzada en la que solamente podían vivir contentos los cortesanos, los militares y los clérigos, es decir, los enemigos del pueblo. Por eso los votantes en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 se decidieron mayoritariamente por la República, a la que Pizarro sirvió desde entonces.

Diplomático en paz y en guerra

Su espíritu viajero debió alegrarse cuando a finales de noviembre de 1933 se instaló en Bucarest, como agregado cultural en la Embajada de la República Española, además de impartir clases de español en la Universidad. Una de sus alumnas, Gratiana Oniciu, le hizo abandonar la soltería en 1937, ya que había roto definitivamente la relación sentimental muy accidentada con su prima.

La autora da cuenta de la nueva solicitud presentada por Pizarro a la Junta para la Ampliación de  Estudios el 5 de febrero de 1935, para instalarse en Londres con objeto de estudiar el teatro japonés, sin que se conozca nada más de este asunto. No se tiene noticia de que escribiera esa tesis propuesta, pero compuso y está publicada y estrenada una obra dramática titulada Auto de los despatriados. Ensayo de drama lírico en un acto, que según explica en el prólogo sigue la estructura del teatro noh japonés.  

La sublevación de los militares monárquicos contra la República le alcanzó en Barcelona, y allí quedó inmovilizado al no poder reintegrarse a su puesto en la Embajada en Rumanía, debido a que todos los funcionarios se unieron a los rebeldes. También su novia rumana, a la que familiarmente llamaba Chubito, simpatizaba con ellos. En una larga carta que le escribió el 16 de febrero de 1937 expuso las ideas políticas que le inspiraban:

Creo que si no se toman unas medidas que hay que tomar enérgicas, decididas, Valencia perderá la guerra y con ello todos pederemos en el momento de mayor descrédito. Es decir, un porvenir negro, negro Porque yo, querida Chubito, aunque me mateen siete mil hermanas santas e inocentes los “rojos”, no puedo ser de ese asco de la España de Franco. Hay en ella cosas buenas con las que yo no estoy discorde, personas buenas y bastantes a amigos vivos y algunos muertos. Pero no, imposible, ni pediré nada ni aceptaré nada, porque con el pan te piden una confesión que, de veras, aquí no me han pedido. (Página 157.)

Nombrado cónsul de la República Española en San Francisco, hizo el viaje a América con el propósito de explicar la realidad de la guerra a unas gentes engañadas por los principales periódicos gringos, partidarios de los rebeldes. La situación resultaba trágica, debido a que la entidad bancaria británica en la que confiaba el Gobierno leal para abonar las cuentas al cuerpo diplomático, British Overseas Bank Ltd, reconoció a la Junta militar de Burgos y suspendió los abonos a las representaciones diplomáticas legítimas. Fue necesario cerrar el Consulado en San Francisco por falta de medios económicos para mantenerlo.

En el exilio

Pizarro recibió el nombramiento de secretario de la Embajada de la República en Washington. Con el fin de aligerar las cargas económicas, regresó a España a mediados de 1938, para integrarse en el Ministerio de Estado. El 25 de enero de 1939 fue evacuado de Barcelona y pasó a Francia, en donde embarcó para volver a los Estados Unidos, su último viaje, esta vez como exiliado.

Allí dio clases de español y de japonés, y al mismo tiempo compuso poemas y el drama antes citado, sin molestarse en publicarlos. Aparecieron impresos gracias al cuidado de los amigos, principalmente de Jorge Guillén, sus Versos en 1961, Poesía y teatro en 2000, en donde está incluido el Auto de los despatriados.

Hubiera sido conveniente que María Elizalde Frez concediese más atención a estas obras, con más citas. En cambio, podía haberse atenido exactamente al anuncio de “dar cuatro pinceladas sobre los conceptos básicos de la estética japonesa”, tan amplias que ocupan 18 páginas, es decir, a razón de cuatro páginas y media por pincelada.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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