Miércoles 22 de febrero, “La Opinión: ¿Por qué asistí a ese homenaje?

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José Luis Úriz
Como cada día a las 14:30 h, y R a las 19:30 h., La Opinión: ¿Por qué asistí a ese homenaje?, por José Luis Úriz.
El pasado sábado asistí al homenaje que el
Gobierno de Navarra, junto con el Parlamento de Navarra y la Federación Navarra
de Municipios y Concejos, hizo a las víctimas por actos de motivación política
provocados por grupos de extrema derecha o funcionarios públicos.
O quizás mejor sería decir que fue un acto de
reconocimiento y reparación. Reconocimiento de que también son víctima y
reparación debido a los años que han pasado sin haberles tenido en cuenta.
Allí en representación de ese colectivo de
víctimas intervinieron el hermano de Germán Rodríguez muerto en los aciagos
incidentes de los San Fermines de 1978, miembro de LKI, o sea trotskista, la
hermana de Mikel Zabalza y el hermano del desaparecido José Miguel Etxeberría.
Ninguno de ellos miembro de ETA reconocido, o sea confirmado y comprobado,
aunque los dos últimos con fuertes lazos de conexión.
En ese acto volví a reflexionar sobre mi papel
allí como doble víctima, por un lado de la policía franquista en mis
detenciones en Madrid de 1969 y 1970 militando en el PCE y CC.OO. y también de
ETA y su mundo durante mi militancia en el PSOE en Navarra.
¿Qué hacía pues un chico como yo en un lugar
como ese? Pues los mismo que en los diferentes homenajes a las víctimas de ETA
en los que he intervenido, especialmente en los de mis compañeros Juan Mari
Jáuregui y Ernest Lluch. Exactamente lo mismo.
Porque todos los discursos que allí escuché, al
menos los que entendí por hacerlos en castellano, valían para todas, todas, las
víctimas. Todos hacían referencias a los mismos derechos, a las mismas
denuncias y condenas.
La violencia venga de donde venga es
reprobable, condenable, incluso diría que mucho más si viene de los
funcionarios públicos cuya misión es proteger los derechos humanos, esos que en
algunos casos han cercenado.
ETA fue una banda criminal que asesinó a
centenares de personas, que amedrentó a miles, que extorsionó, amenazó, que no
respetó esos derechos humanos y por lo tanto merece nuestro rechazo, nuestro
desprecio. Pero también quienes desde la otra orilla hicieron exactamente lo
mismo, de paisano o de uniforme; estos también merecen nuestra repudia y
condena.
Estuve allí como doble víctima y también
solidario con el sufrimiento producido en ambas orillas de lo que fue un río de
aguas turbulentas.
Reconozco que me faltó algo, quizás lo vi
demasiado escorado hacia un lado, hacia una de esas orillas, porque también
fueron de este tipo de víctimas gentes del PCE, de CC.OO, de ORT….Quizás una
representación de ellos habría cumplido más el objetivo de ese acto.
Me hacía preguntas mientras escuchaba desgranar
las diferentes intervenciones. ¿Era yo víctima si mis torturas fueron
realizadas durante el franquismo en Madrid y como miembro del PCE y CC.OO.? ¿Lo
era también por los 11 años de acoso que sufrí por parte de ETA y su entorno?
¿O por el contrario al tener estas peculiaridades quedaba excluido de ambos
reconocimientos?
¿Mi equidistancia me situaba desde ambos
bandos, en especial desde los más sectarios, como “tonto útil” o incluso como
traidor?  En un mundo donde lo que
prevalece es los “tuyos, tuyos” intentar ser equidistante o imparcial genera
desconfianzas, quizás derivadas de las envidias de quienes no pueden serlo.
Preguntas de compleja respuesta, pero que dan
pie a una reflexión más profunda. Creo que ha llegado el momento, después de
cinco años del final de la violencia de ETA y su práctica desaparición, de no
hacer distinciones, especialmente entre víctimas.
Una de las acepciones de la palabra “víctima”
que contempla el RAE es “persona que sufre las consecuencias de un delito”.
Cuestión que se puede y se debe aplicar a ambos colectivos. ¿No es igual de
víctima Lluch que Germán? ¿No lo es de la misma manera Miguel Ángel Blanco o
Mikel Zabalza? ¿Merecían ellos la muerte? No, por supuesto que no la merecían y
por lo tanto todos ellos, como el título del acto del sábado, merecen nuestro
reconocimiento y reparación, ellos y sus familiares.
Debemos trabajar, al menos quienes llevamos más
de 30 años construyendo puentes, para que llegue un día en el que no existan
diferencias, en el que podamos hacer un acto común para todos ellos, en el que
nos podamos reconciliar, “ver el sufrimiento de otro” de manera definitiva.
Sí, estuve el sábado en ese acto, estuve desde
mi condición de víctima y también desde mi condición de solidario con cualquier
tipo de sufrimiento, venga de donde venga y lo haya infringido uno u otro. Me
emocioné, me impliqué, y lo hice sin olvidarme de las otras víctimas ni un solo
instante.

Creo en la convivencia, en la reconciliación,
en la justicia, en la memoria. Por eso estuve, por eso estaré.
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