Miércoles 21 diciembre, “La Opinión, Campo de refugiados palestinos de Jerash-(Jordania) 68 años de resistencia”

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Miércoles 21 diciembre, a las 14:30 h. y R a las 19:30 h. La Opinión,Campo de refugiados palestinos de Jerash-(Jordania) 68 años de resistencia. Por Carlos de Urabá – periodista y brigadista internacional.
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Campo de refugiados palestinos de
Jerash-(Jordania) 68 años de resistencia.
En este campo de “reclusión” permanecen bajo
el estricto control del gobierno jordano 24.000 refugiados palestinos que
fueron expulsados de la Franja de Gaza en 1968. La mayoría de ellos
-originarios de la región de Asqalon, Isdod y Jaffa- tuvieron que huir con
dirección a Gaza en la Nakba de 1948. Posteriormente con la derrota de las
tropas árabes en la guerra de los Seis Días al cabo de unos meses fueron
desterrados a Jordania en cumplimiento de los planes de limpieza étnica
sionista. 
El campo de Jerash o campo de Gaza -como
también se le conoce- está controlado por las autoridades del reino Hachemita
de Jordania que no permiten a ningún extranjero visitarlo, hacer fotos o filmar
(si no se pide previamente la debida autorización en la Oficina de Asuntos
Palestinos en Amman) los miembros el Muhabarat (servicios secretos) ejercen
una  ferra vigilancia en todo su
perímetro.  Se han tomado estrictas
medidas de seguridad porque el gobierno Jordano considera a los palestinos como
“intrusos” o  “invitados non gratos”. Y
es que es tal la cantidad de refugiados palestinos (y sus descendientes) que
poco a poco han ido superando demográficamente a los propios nacionales. Este
es un asunto muy peligroso pues podría desestabilizar al reino Hachemita. No
hay que olvidar lo que aconteció en los años setentas con el tristemente
célebre “Septiembre Negro” en el que fueron masacrados miles de Fedayines por
las tropas del rey Hussein.
Por paradójico e increíble que parezca los
principales enemigos de los jordanos no son los israelíes sino los palestinos,
es decir, sus propios hermanos.
Los refugiados del campo de Jerash casi que
van a cumplir 50 años de confinamiento, 
50 años hacinados en esta apestosa favela de menos de un kilómetro
cuadrado. El cruel destino solo los conduce al más allá. Nada más hay que
observar como el cementerio del campo de refugiados no da más abasto y los
muertos tienen que compartir las tumbas.
Ningún palestino quiere echar raíces en esta
tierra hostil y de ahí que todo sea improvisado y efímero; las casas
construidas con materiales de reciclaje, calles sin asfaltar llenas de basura y
surcadas por fétidas acequias. Y encima el desempleo golpea al 65% de la
población. Las familias carecen de ingresos efectivos y la mayoría ganan de
media dos dólares diarios. En una economía en crisis permanente no existe una
perspectiva de cambio ni a corto, mediano o largo plazo.  El trabajo es informal y se limita a los
comercios, el zoco y a los vendedores ambulantes. Los que tienen mejor suerte
son empleados los que laboran  con  la ONU o las ONGs.
Estamos hablando de una población depauperada
que sobrevive gracias a la ayuda humanitaria que les proporciona la UNRWA, las
ONGs y otros organismos internacionales. Esta humillante dependencia (en
alimentación, educación o servicios médicos) es quizás los más doloroso pues no
les queda más remedio que extender las manos cual mendigos. Las autoridades
Jordanas –que actúan como carceleros- constantemente violan los derechos
humanos, la libertad de expresión y el libre tránsito. Los desterrados no
quieren echar raíces en este erial pues saben que están aquí de paso, no
sienten ni tienen ningún  arraigo o apego
por Jordania y lo que desean es regresar a sus hogares. Los más viejos ilusionados
aún guardan la esperanza de que pronto entre en vigor  la resolución 194 de la ONU emitida en 1948
que dice: “se resuelve que los refugiados palestinos que deseen volver a sus
hogares y vivir en paz con sus vecinos, se les debe permitir hacerlo en el
menor tiempo posible”
Del desamparo y la marginalización no es solo
culpable el sionismo (en connivencia con el reino Hachemita) sino también la
comunidad internacional. Y lo peor es que tampoco vislumbra en el horizonte un
rayo de luz que ponga fin a esta injusta agonía.  Lo cierto es que con la elección del nuevo
presidente de EE.UU Donald Trump las perspectivas no pueden ser más
desalentadoras. Trump es un defensor confeso de la causa sionista y entre las
primeras medidas que se dispone a aplicar es el traslado de la embajada de
EE.UU a Jerusalén. Con tan absurda actitud se entierra cualquier acuerdo de paz
entre árabes e israelíes
Se han cumplido 68 años de la Nakba y 49  años de la Naksa y los refugiados resisten
estoicos el paso inexorable del tiempo. No se dan por vencidos. Con firmeza
tienen que enfrentar a dos enemigos; por un lado los judíos y por el otro los
jordanos. Porque el reino hachemita es un socio de Israel tal y como consta en
el tratado de paz que firmaron en el año 1994.

En Jordania los judíos son recibidos con
venias y sonrisas  ¡welcome to
Jordan!  Las autoridades se desvelan para
que disfruten de las maravillas turísticas como 
Petra o Wadi Rum y descansen tranquilos en los resort y hoteles. Hay que
contribuir a la paz y el buen entendimiento entre los socios. Mientras tanto
los refugiados palestinos permanecen allí pudriéndose en esos campamentos
elevando sus oraciones a Allah para que se termine de una vez por todas su
martirio. En silencio mascullan el odio y la venganza -que se trasmite de
padres a hijos- para que un día este crimen tan abyecto no quede impune.
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