Miércoles 1 febrero, “La Opinión: Autoengaño y Empoderamiento” por Judith Bosch

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Judith Boch

Miércoles 1 febrero, a las 14:30 h, y R a las 19:30 h., La Opinión: Autoengaño y Empoderamiento por Judith Bosch – feminista radical y escritora.

En nuestros primeros años de vida nadie nos
explica que hemos nacido en una sociedad patriarcal, presente en las
religiones, en la escuela, en las instituciones, en las calles, en los roles de
la familia, en el lenguaje, en los medios de comunicación.
Y muchas de las mujeres que fuimos advertidas
por madres feministas no entendimos este concepto tan complejo ─pero necesario
de entender─ hasta bien cumplidos los veinte años o incluso mucho más tarde.
Hace poco una compañera me comentaba que su
hija de cuatro años le pide llevar pendientes y, ante su negativa (ella le
dice: «cuando seas mayor decidirás tú si los llevas o no. Eres muy pequeña y no
voy a agujerearte las orejas»), la niña, que se resigna con tristeza, juega con
pendientes de pinzas. Le contesté: «A mí me ocurrió exactamente lo mismo». Mi
infancia, ciertamente, fue un amasijo de contradicciones. Los valores y los
principios que quería inculcarme mi madre chocaban contra lo que absorbía en la
calle, en el colegio, en los programas de televisión, en las campañas
publicitarias… Y tardé poco en pensar que mi madre era una persona «amargada,
poco femenina y con problemas». Así entendía el feminismo cuando era pequeña;
lo entendía como un problema. El mundo me quería convertir en una mujer
guapísima, vestida de rosa, disfrazada de princesa en carnavales, con
pendientes bonitos, zapatos pequeños con tacón, el pelo largo y sedoso y una
sonrisa perfecta. Y mi madre, en cambio, amargada, me negaba esa felicidad; me
cortaba el pelo para que pudiera jugar y no tuviera que invertir mi valioso
tiempo de niña en secarlo y peinarlo, me vestía con pantalones para que no me
familiarizara con la desprotección de mis genitales y la diferenciación frente
al hombre, me decía que no era muy guapa ni menos guapa y que mi estética no
era importante, me hacía jugar con puzles, juegos de números, juegos de
estrategia, barro, legos, libros de construir aventuras… y se negaba en rotundo
a que nadie me obsequiara con muñecas. Durante mi infancia, todas las personas
de la familia y amistades tenían prohibido terminantemente regalarme muñecas.
Sí se me permitían juegos simbólicos de cocinitas y muñecas bebés (Barriguitas
o Nenucos), siempre y cuando jugara también con mi hermano, que como era más
pequeño que yo, siempre se apuntaba y disfrutaba como un enano ─nunca mejor
dicho─, acunando los muñecos bebés y haciendo cocinitas juntos. Las muñecas que
emulaban mujeres sexualizadas estaban prohibidas. Y yo las quería, y me pasé
años rogándole a mi madre que me comprara Barbies. Y llegué a pensar que mi
madre me castigaba con ello y disfrutaba negándome lo que el mundo entero me
vendía como felicidad.
Tardé muchos años en asimilar y comprender lo
que mi madre había hecho y todo lo que me había enriquecido esa postura. Hoy
estoy orgullosa de la madre que me crio, la acepto con todas sus virtudes,
defectos y contradicciones (ella misma, para llegar a ese punto, tuvo que
luchar mucho y desaprender a hostias, pero la historia de mi madre la contaré
en otra ocasión).
A los dieciséis años me quedé huérfana y a los
dieciocho conocí a una mujer que fue para mí mi madre, desde esa edad hasta su
muerte en 2013. Cada vez que pienso en mi identidad pienso en dos madres y
siento dos madres: la mujer que me crio y con la que tuve muchos conflictos (internos
y externos) y la mujer que me aceptó tal y como yo era e intentó reconciliarme
con la socialización femenina. Mi madre elegida («Nos hemos elegido mutuamente
─nos decíamos─ con lo bueno y lo malo, y no hay amor más grande que ese») era
muy sofisticada y coqueta y me llevaba de compras, me pintaba la habitación de
colores suaves y la llenaba de muñecas. «Hija mía, si yo te hubiera criado,
serías ahora una estúpida, porque te habría mimado demasiado, lo sé», decía
entre risas. Yo pensaba: «No, mamá; si tú me hubieras criado, ahora sería feliz
y no tendría tantas contradicciones y luchas internas». Eso es falso, pero
tardé años en saberlo.
La madre que me crio me preparó para luchar con
uñas y dientes en el colegio y en el instituto. Iban a llamarme mandona,
sabionda, resabida, loca, niña conflictiva que llama la atención, bocazas… Y
tenía que resistir, porque la igualdad estaba cerca, y alcanzarla pasaba por
romper roles de género y decir alto y claro: soy como tú, no soy un objeto que
observas y calificas. Soy igual que tú, no soy rosa y frágil y bella y callada
y sumisa. Mando igual que tú, hablo igual que tú cuando algo no me gusta,
resuelvo puzles y construyo con legos, igual que tú, y puedo hacer todo lo que
quiera hacer porque tengo tus mismas capacidades. La mujer que te han vendido
es un engaño social y si no te complace lo que ves cuando me miras, date la
vuelta y ábreme paso, porque no me voy a detener en mi lucha, ni por ti ni por
nadie.
La madre que trató de conciliarme con la
socialización femenina me preparó para sentirme bien con lo que la sociedad
patriarcal esperaba que fuera, podía ser guapa, podía ser sofisticada, podía
ser delicada, podía complacer a los hombres y si lo hacía, si complacía a los
hombres y a las mujeres patriarcales, en teoría, podía sentirme en paz. Ya
nadie me llamaría mandona, sabionda, resabida, loca, niña conflictiva que llama
la atención, bocazas…
Así que la Judith que resultó de ese proceso,
fue durante un tiempo la mezcla de sus dos madres: mantenía lo aprendido por
haberse socializado de pequeña sin roles de género dentro del ámbito familiar e
incorporaba a su persona recursos para agradar, complacer, sentirse mujer
dentro de una estructura puramente patriarcal. Los años siguientes, fueron tal
vez los peores de su vida; recibió hostias por todos los lados y esas hostias
dolieron mucho más que ninguna anteriormente, porque recibía desde la
disposición a recibir. Abrazaba relaciones tóxicas con el otro sexo, una detrás
de la otra, pensando «Eres hombre y te quiero entender como mujer, puedo ser tu
amiga, puedo cuidarte y puedo dejarlo todo por ti. Puedo hacerme la tonta si lo
necesitas, sé que tu autoestima es complicada. Podemos ser dos. Puedo arrodillarme
para que seamos dos».
Ese último proceso acabó a mis treinta años.
Poco a poco me fui dando cuenta de que la madre que me intentó reconciliar con
la socialización femenina me quería con todo su corazón y quería lo mejor para
mí, pero no quería lo mejor para nosotras. Nadie le enseñó a querer lo mejor
para nosotras. También comprendí que la madre que me crio me quería con todo su
corazón y quería lo mejor para nosotras, sabiendo que este objetivo pasaba por
hacerme vivir situaciones infelices, como mujer individual dentro de un contexto
patriarcal, que luego me reportarían felicidad como miembro de la lucha
feminista: mi persona fuerte sería una pequeñísima parte de un movimiento
inmenso que, aunque los historiadores se empeñen en otra cosa, tiene miles de
años.
La madre que me crio sacó valor y frialdad para
sacrificar mi frágil y precioso concepto de felicidad. La madre que intentó
reconciliarme con la socialización femenina jamás hubiera podido negarme una
sonrisa, una fantasía, un momento bello. No estaba preparada para eso ni quería
estarlo. Ella solo quería verme feliz, mirarme a la cara y decir: «Qué contenta
me siento, estás feliz». Y no pensaba en el trasfondo de esa felicidad ni
tampoco lo necesitaba. Hoy las amo a las dos y las amaré profundamente hasta
que me muera. Las amo como parte de mí misma y las amo porque considero que las
dos eran mujeres extraordinarias de las que me he de sentir orgullosa cada día
de mi vida.
Y, bien, ¿por qué me estás contando esto?
Te estoy contando esto, compañera, porque en mi
historia particular hay un trasfondo común a la historia de todas nosotras.
Somos hijas del conflicto. Todas. Nos enseñan a ser princesas y luego nos dicen
que las princesas son ridículas; nos enseñan a adorar a las muñecas y luego nos
dicen despectivamente que parecemos muñecas; nos enseñan a llevar velo porque
somos respetables con velo, y los hombres nos toman en serio si llevamos velo y
luego nos llaman sumisas; nos enseñan a no desear activamente, a consentir y a
ceder en el sexo y luego nos llaman putas si cedemos y consentimos (y si
seguimos sin ceder y decimos «deseo y soy mía y soy yo la que quiero sexo
contigo, no me estás cazando», también nos llaman putas).
Compañera, el empoderamiento no consiste en
enrrocarnos dentro de los roles de género que los hombres han impuesto, y
defender que no se critiquen luego, que nadie utilice estos roles impuestos
para humillarnos. No va de eso, compañera. No va de decir: «Vale, soy princesa,
¿y qué?»; «Vale, llevo velo y es parte de mi identidad, ¿y qué? No me tosas»; «Vale,
soy puta porque mi coño lo disfruta y cobro por follar, ¿y qué?». Esa puede ser
una parte del proceso. Una pequeña parte del proceso. Pasamos por el trance del
autoengaño y agarramos con furia lo que nos han vendido como nuestro,
identitario y femenino y lo defendemos, no caemos en la dinámica de humillarnos
nosotras mismas, tal y como han tratado de inculcarnos, sino que levantamos la
cabeza y decimos: «¿Esto es lo que querías de mí? Pues ahora no vengas a
decirme que es malo, que te arranco la cabeza. Ahora soy así y te callas». Pero
después de luchar contra el autodesprecio, y regocijarnos en el autoengaño,
llega el verdadero dolor y superar eso, compañera, sí nos empodera. Nos
empodera sentir y decir que todo cuanto hemos defendido como nuestro es una
construcción de los hombres.
No hay princesas, no hay velos religiosos que
nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay
putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi
aséptica). No somos eso.
Hay una doble humillación patriarcal que
funciona muy bien: adiestrarnos para ser sumisas y luego vendernos que somos
nosotras las que hemos decidido eso. Somos nosotras las débiles, las tontitas,
las que ceden y consienten. Así llegamos a creer, realmente, que la sociedad
solo ha puesto a nuestro alcance lo que nosotras merecemos, no nos ha
adiestrado para que nos coloquemos por debajo de los hombres. Es brillante la
estrategia. Se llama patriarcado y resulta más que evidente su genialidad:
lleva miles de años en pie sin inmutarse. Creada y apoyada por hombres y
también consentida y consolidada por mujeres que no tuvieron oportunidad de
rebelarse ni quieren hacerlo y no las vamos a culpar por ello NUNCA.
Compañera, no hay princesas, no hay velos
religiosos que nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más
progre), no hay putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene
connotación casi aséptica). No somos eso y no creemos que agarrarnos a estos
roles impuestos nos vaya a favorecer en nada.
Hablo en plural y digo «creemos» porque,
gracias a lo que me enseñaron mis dos madres y gracias a mi paciencia, a la
entereza con la que he superado todos los procesos, ahora no solo hablo por mí:
ahora formo parte de un movimiento inmenso que ─aunque los historiadores se
empeñen en otra cosa─ tiene miles de años.
Y, compañera, como pequeñísima parte que soy de
ese movimiento inmenso, te digo que te estamos esperando. Queremos hacer piña,
consolidar nuestra consciencia de sexo, nuestra sororidad y caminar sin mirar
atrás. Queremos ser mujeres libres, que deciden y se relacionan con el mundo,
desde la voluntad autoconstruida, el potencial y el deseo y no desde la
obediencia crónica, la resignación y el consentimiento. Queremos destruir todos
los roles impuestos. Queremos que el género, como tal: cajita de límites e
imposiciones en la que nos meten desde pequeñas, como si fuéramos marionetas, y
nos sacan solo para el disfrute masculino, se rompa en mil pedazos.
Y te queremos con nosotras, pero que te queramos
con nosotras y que te queramos como hermana no implica que callemos lo que
sabemos bien, porque hemos pasado por ahí: aferrarnos a las costumbres
patriarcales y autoengañarnos, diciendo que las estamos convirtiendo en
decisión nuestra, no es empoderamiento y jamás será empoderamiento y, con todo
el dolor de nuestro corazón, te tenemos que llevar la contraria. Debemos
hacerlo.
En ataques de ira, que se han convertido
también en costumbre, nos llamas traidoras, no feministas, machistas,
opresoras, mandonas, amargadas… Y una ristra de insultos que también hemos
vivido antes, así que no nos afectan. Jamás nos hemos callado porque nos
afecten  estos insultos. Hemos callado
para dejarte tu espacio. Pero nos hemos dando cuenta de que tu espacio
postmoderno, en el que a todo le llamas feminismo, sin ejercer un ápice de
autoanálisis, le quita valor a una lucha que tiene miles de años y ha de seguir
activa y en marcha. Nos hemos dado cuenta de que evitar la crítica es
retroceder y aquí solo se retrocede para ganar impulso, compañera.
No hay princesas, no hay velos religiosos que
nos dignifiquen (ahora los llaman culturales, que queda más progre), no hay
putas (ahora nos llaman trabajadoras sexuales, que tiene connotación casi
aséptica).
Vamos a seguir luchando para conseguir la
igualdad y, con todo el dolor de nuestro corazón, también lucharemos para
deshacer el enredo y que ninguno de esos iconos patriarcales que enardeces como
si los hubieras creado tú, pueda llamarse feminista.



























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