Martes, 27 de junio. “Conceptos claves para el debate: “Bloque histórico, crisis orgánica y revolución pasiva”

7
0
La opinión por Joan Tafalla, historiador.
Conceptos claves para el debate: “Bloque
histórico, crisis orgánica y revolución pasiva”
“Quien pregunta ya responde” (Raimon Pellegero)
El conjunto de fenómenos político-sociales que
vivimos desde hace ocho años en España aparece habitualmente ante nosotros como
una sucesión hechos puntuales desencarnados del proceso histórico y de la
totalidad concreta en que se inscriben. Respondemos a ellos de manera puntual,
situados en un cronograma que no es el nuestro, desde la respuesta puntual y desde
la navegación de cabotaje.
Circulamos bipolarmente entre el entusiasmo
desmesurado por el 15 M y la sospecha de que su impulso propulsivo quizás se esté
agotando. Nos movemos entre el subidón por el éxito de las Marchas de la
Dignidad y la depresión por las dificultades actuales para re-articular la
movilización social, olvidando que alguien decretó que había que vaciar las
calles para “irrumpir” en las instituciones. Oscilamos entre la euforia por los
resultados electorales más altos que nunca ha tenido en España una izquierda
que proclama que superará el régimen del 78 y el desengaño porque esos
resultados no cumplen las expectativas que esa misma izquierda se había
propuesto o creído. Famosos politólogos entran en depresión ante unos
resultados electorales inesperados, tras creer a ciegas en unas encuestas
electorales publicadas.
Joan Tafalla – Historiador
No logramos comprender el éxito electoral de la
derecha en las autonómicas en Galicia o en Euskadi, ni el hecho de que el PP
aún conserve siete millones de votos a pesar de la crisis y la corrupción. Como
consuelo ante lo inexplicable solemos acudir al insulto y la descalificación de
los votantes de la derecha, sin tratar de comprender qué sociedad civil
organizada, qué cultura material de vida y que sentido común expresan esas victorias
electorales del enemigo.
Y comprender es imprescindible para
transformar.
En fin, los ejemplos sobran y el tiempo es
limitado. No voy a ampliar la lista y aún menos, matizarla. Lo dejo en el trazo
grueso porque “a buen entendedor pocas palabras bastan”. Y vosotros sois buenos
entendedores.
Entre la lechuza de Minerva y la filosofía de
la praxis.
Para salir de este bipolarismo cognitivo y emocional
quizás sería más rentable hacer como la lechuza de Minerva, que como decía
Hegel, sólo levanta el vuelo al anochecer. Es decir, sólo se puede comprender
el conjunto del proceso después de que el mismo se haya desplegado totalmente.
Esperar y ver sería la consigna.
Pero no. Nuestra militancia es activa y
operante, es pasión, es emoción y sentimiento, además de razón teorética. Es decir,
cumplimos de sobra con todas las condiciones necesarias enumeradas por Gramsci
para pasar del saber al comprender y al sentir y viceversa, del sentir al
comprender y al saber2.
Sin embargo, frente a tanta “ciencia política”
como sale de las facultades donde se genera la clase tecno-política que debe
asegurar la “gobernanza”, conviene recordar que el mismo Gramsci nos advertía:
‘… podemos prever ‘científicamente’ sólo la
lucha, pero no los momentos concretos de ésta, que no pueden sino ser resultado
de fuerzas contrastantes en continuo movimiento, no reducibles nunca a
cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se convierte continuamente.
Realmente se ‘prevé’ en la medida en que se actúa, en que se aplica un esfuerzo
voluntario y con ello se contribuye concretamente a crear el resultado
‘previsto’.
A qué llamaba Gramsci bloque histórico.
En la literatura y en las intervenciones
políticas de la izquierda actual se suele usar y abusar del concepto bloque
histórico. Esta breve intervención solo pretende llamar la atención sobre la
necesidad de evitar el habitual uso impropio de un concepto clave de nuestra
tradición. Mi primera recomendación es usarlo con mesura y dejar de ampliar
tanto su significado. So pena de acabar despojándolo de todo sentido.
Muchos suelen confundir el bloque histórico con
las alianzas electorales o, en la mejor versión de ese uso impropio del concepto,
con las alianzas sociales de carácter estratégico a las que, en esa literatura
se suelen denominar bloque social o bloque histórico. Un último ejemplo de esa
mejor versión lo tenemos en un reciente artículo de Joaquim Sempere.
Conviene entender que el concepto gramsciano de
bloque histórico tiene sobre todo un carácter analítico e histórico.
En lo analítico, el concepto de bloque
histórico sirve para superar la dicotomía entre estructura y superestructura
presente en el marxismo economicista:
“La estructura y las superestructuras forman un
‘bloque histórico’, es decir el conjunto complejo y discordante (o
contradictorio) de las superestructuras son el reflejo del conjunto de las
relaciones sociales de producción… El razonamiento se basa en la reciprocidad
necesaria entre la estructura y la superestructura (reciprocidad que es
precisamente el proceso dialéctico real)”.
Anotemos: reciprocidad y no determinación de la
superestructura ideológica y cultural por la base económica, ni que sea “en
última instancia”, como dijera en una ocasión Engels.
Para Gramsci, no errar en esta cuestión es un
asunto clave, estratégico, por decir así. Quiero insistir que no se trata de un
teoricismo erudito o académico. Se trata de una cuestión directamente política.
Este rico concepto gramsciano de reciprocidad
de los diversos componentes de un bloque histórico concreto debería ayudarnos a
evitar el error común de deducir demasiado mecánicamente la revolución
democrática de la crisis económica, como hacía Manolo Monereo en un reciente
libro suyo.
Frecuentemente se olvida que si la crisis se
limita solamente al campo económico no suele producir en sí grandes cambios en
la mentalidad popular.
“Los cambios en el modo de pensar, en las
creencias, en las opiniones, no sobrevienen por rápidas explosiones simultáneas
y generalizadas, sino que casi siempre sobrevienen por “combinaciones
sucesivas” según “fórmulas” disímiles e incontrolables de “autoridad”. La
ilusión “explosiva” nace por falta de espíritu “crítico”.
En lo histórico (y no me refiero sólo a la
historiografía) el concepto de bloque histórico nos ayuda a acercarnos y, en su
caso, a comprender la complejidad de la totalidad social de una determinada
formación histórico-social. Añadamos que el concepto de bloque histórico no
puede separarse ni comprenderse al margen del concepto de organicidad, ni del
de hegemonía, y ninguno de ellos puede separarse de la concepción del estado como
estado ampliado o integral.
“En la política, el error proviene de una
comprensión inexacta del Estado (en su sentido integral: dictadura más
hegemonía) […]”. 
Para decirlo en pocas palabras el estado
integral incluye, además del aparato administrativo y represivo la cultura
material de vida ( ethos) de sus gentes, sus normas de vida (nomos) y el conjunto
de las relaciones sociales.
Añadamos que, para Occidente, Gramsci señalaba
la identidad entre sociedad civil y sociedad política. Gramsci rechazaba esa
división entre ambas instancias que es producto del pensamiento y de la
práctica política liberales.
El concepto de bloque histórico está
estrechamente vinculado al concepto de organicidad: las relaciones sociales, el
modo de producción, la cultura material de vida, la ideología dominante, las
instituciones del estado y de la sociedad establecen una relación orgánica
entre ellas. Son una totalidad concreta.
Para acabar este breve recorrido debemos
recordar que para Gramsci el bloque histórico está cimentado en la relación
orgánica entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes-dirigidos, o lo
que es lo mismo entre gobernantes-gobernados. Un brillante intento por parte
del comunista sardo por describir esta cimentación del bloque histórico
mediante los intelectuales la encontramos en su ensayo sobre La cuestión
meridional. Una relectura actualizada de este breve ensayo nos ayudaría a
reflexionar sobre algunas de las fisuras por las que atraviesa esa formación
social que llamamos España y también sobre la creación de un nuevo bloque
histórico Europeo y las contradicciones que ese proceso introduce en los viejos
bloques históricos constituidos durante el siglo XIX. Lo dejo aquí.

Sobre la crisis orgánica de un bloque histórico.
Una crisis social, económica o de legitimidad
política sólo abre la posibilidad de la aparición de un nuevo bloque histórico
si deviene en crisis orgánica. Es decir, si las relaciones de reciprocidad
entre las diversas partes del bloque histórico se desajustan, se desagregan en
medio de grandes conmociones sociales.
Un ejemplo de conmoción social de ese estilo
puede ser el ascenso de la movilización y de la activación de las grandes
masas, como sucedió en nuestro país en el periodo 1965-1976. Pero mientras la
movilización se mantiene en su carácter simplemente económico-corporativo lo
máximo que se puede esperar es un cambio de forma de dominación política a
través de una revolución pasiva. Una revolución pasiva como la que creó el
régimen español de 1978.
Este ejemplo nos es muy próximo a los de mi generación,
pero sus enseñanzas suelen ser ignoradas por las nuevas generaciones de la
nueva clase política que se está constituyendo en el campo de la representación
institucional. Este ejemplo, digo, debiera hacernos reflexionar sobre qué es
una crisis orgánica del bloque histórico y que cosas no lo son.
“Si la clase dominante ha perdido el consenso,
es decir ya no es “dirigente”, si no únicamente “dominante”, detentora de la
pura fuerza coercitiva. Esto significa que las grandes masas se han separado de
las ideologías tradicionales, no creen ya en aquello que creían antes, etc. La
crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo no muere y lo nuevo no
puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más
variados”9. La crisis orgánica es de alguna manera una crisis de hegemonía: “
En todos los países el proceso es diverso, si bien el contenido es el mismo. El
contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que se produce ya sea
por que la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la
que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grandes masas
(especialmente de campesinos y pequeñoburgueses intelectuales) han pasado de
golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean
reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución. Se
habla de “crisis de autoridad” y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o
crisis del Estado en su conjunto”.
Para ilustrar una situación como esta, Gramsci
nos explica el ejemplo de la crisis de la primera posguerra en Italia:
“En el periodo de posguerra, el aparato
hegemónico se agrietó y el ejercicio de la hegemonía se volvió permanentemente
difícil y aleatorio. El fenómeno fue presentado y tratado con varios nombres en
aspectos secundarios y derivados. Los más triviales eran “crisis del principio
de autoridad” y “disolución del régimen parlamentario”. Naturalmente del
fenómeno se describen solo las manifestaciones “teatrales” en el terreno
parlamentario y del gobierno político y ellas solo se explican con el fracaso
de algunos “principios” ( parlamentario, democrático, etc.) y con la “crisis”
del principio de autoridad (…) La crisis se presenta prácticamente en la
siempre creciente dificultad de formar los gobiernos y en la siempre creciente
inestabilidad de los gobiernos mismos: ésta tiene su origen inmediato en la
multiplicación de los partidos parlamentarios, y en las crisis internas
permanentes de algunos de estos partidos”.
Pero estos aspectos parlamentarios son, insiste
Gramsci, el “aspecto teatral” de una crisis que, si es orgánica es mucho más
profunda: la crisis del conjunto del Estado en su sentido integral.

La revolución pasiva.
En 2013 Joaquín Miras y el que os habla
propusimos una interpretación de la historia de la España contemporánea como
una historia de tres revoluciones pasivas y un genocidio intercalado12. Si
nuestra propuesta es correcta, el régimen del 78 correspondería a la tercera
revolución pasiva.
Por comodidad expositiva adoptaré aquí el
resumen que sobre el concepto gramsciano de revolución pasiva que da Massimo
Modonesi:
“(…) las revoluciones pasivas procuran evitar
que las masas sean o sigan siendo activas, que se vuelvan protagonistas; las
concesiones sirven para producir pasividad, el resultado conservador se logra
gracias a la pasividad como condición que acompaña el proceso y sanciona su
éxito político. Éste es, en efecto, el objetivo en el origen de las
revoluciones pasivas entendidas como procesos, pero también como proyectos de
pasivización y de subalternización. Así, el proyecto-programa de la revolución
pasiva se realiza como proceso cuando logra desactivar, pasivizar y
subalternizar”.
Mi temor, tras el ciclo electoral culminado el
pasado 26 de junio de 2016 es que no nos encontremos ante los inicios de la
cuarta revolución pasiva que estabilice, tras una modificación
super-estructural más o menos drástica, el dominio del bloque en el poder por
otros cuarenta años.
Soy consciente del peligro de pesimismo
desmoralizador que se desprendería de este modelo de las cuatro revoluciones
pasivas. Sin embargo, quiero reafirmar aquí que mi concepción no ha abandonado
en ningún momento el optimismo revolucionario. Porque la concepción gramsciana
de revolución pasiva:
“… sigue siendo dialéctica, es decir presupone,
mejor dicho, postula como necesaria, una antítesis vigorosa [para evitar, jt] peligros de derrotismo histórico, o sea de indiferentismo, porque el
planteamiento general del problema puede hacer creer en un fatalismo”
Efectivamente no es posible pensar una
revolución pasiva sin la existencia en ciernes o en potencia de un movimiento
democrático, de un pueblo que, si las condiciones lo permiten, podría llegar a
constituirse en soberano, en fundador de un nuevo estado democrático y popular.
Un movimiento democrático que la revolución pasiva, la cooptación y el
transformismo pretenden neutralizar, pasivizar y subalternizar de nuevo.
Un elemento que puede frustrar esa revolución
pasiva es el hecho real de que en la fase actual no hay margen para las
concesiones económicas. Las políticas ordoliberales imperantes en la UE lo
imposibilitan.
Revolución democrática o restauración-regeneración
de un régimen.
A la altura de los años 2011 y 2012 se
teorizaba que estábamos en un periodo de revolución democrática, como fruto de
una grave crisis del régimen de 1978. La inmensa expropiación colectiva
perpetrada por los gobiernos de Zapatero y de Rajoy como gobiernos cipayos de
la UE, sumada a la corrupción galopante de ambos partidos del régimen, así
como, incluso de la propia corona, llevaban a numerosos politólogos a predecir
la apertura de una ventana de oportunidad que había que aprovechar a toda
costa15. Esos politólogos no explicaban para qué o para quien se habría esta
ventana de oportunidad. La ilusión sostenida por la masa recientemente
politizada o re-politizada por la tremenda agresión sufrida desde 2008, de que
era posible un cambio de régimen sin ruptura hizo el resto.
Puestos a hablar de revolución democrática
quizás sea el momento de pararnos un poco en el tema de la revolución y de sus
tiempos, de su agenda, de su calendario.
La realidad es que los tiempos cortos de la
revolución suelen ser menos cortos que lo que muchos piensan. Diez años para la
revolución francesa (que muchos confunden con las jornadas de 14 de julio de
1789, de 10 de agosto de 1792 o de 30-31 de mayo de 1793); 17-18 años para la
revolución rusa (que muchos confunden con el momento técnico del asalto a un
Palacio de Invierno que, por cierto, estaba vacío en el momento del asalto: la
inmensa revolución social en curso en el conjunto de la sociedad había
transformado el Palacio de Invierno en un símbolo vacío del poder). Remarco que
fue la revolución social en curso como inmenso movimiento en la que intervenían
millones de personas, rompiendo en las entrañas y los recovecos de la sociedad
las relaciones sociales existentes, quien vació el símbolo del poder. No fue el
giro lingüístico. La resignificación de las palabras y de los símbolos fue
fruto de la ola de fondo, fue fruto de la praxis de millones de personas
puestas en actividad, no fue, desde luego la espuma de una vanguardia
auto-designada, de una conciencia exterior, cambiando significantes por
doquier.
Parémonos un rato en los tiempos largos de la revolución.
Lo que los historiadores franceses han llamado la longue durée. Hablo de los
largos periodos anteriores a la coyuntura revolucionaria, en que “petit à
petit” se acumulan las condiciones objetivas y subjetivas en base a miles y
miles de experiencias sociales que se producen a nivel nano-social, molecular,
capilar. Pequeños amotinamientos, rituales o, incluso prácticas religiosas
antagónicas con el dogma de la religión oficial, actos que, en sí, son más
“rebelionarios”16 que propiamente revolucionarios. Actos multiplicados a lo
largo y ancho del territorio, de la sociedad y del tiempo, hasta que llegan a
producir una nueva cultura material de vida, una nueva civilización, un nuevo
orden, un ethos, una voluntad que pugna con el orden imperante, hasta vencer y
establecer un nuevo orden. Revolución en la cultura material de vida que se
suele clasificar como hecho subjetivo (el marxismo economicista,
reductivamente, lo suele llamar ideología), pero que es objetividad, que tiene
la fuerza material de los actos materiales y masivos que inspira. Que tiene la
fuerza material de la voluntad colectiva, de la voluntad general voluntad general
que se constituye actuando.
Voluntad general constituida, sin la cual no se
conquista el poder. Condiciones pues, en que el sujeto se identifica con el
objeto y en que, con la ayuda de alguna coyuntura especial quizás algún día se
transforme en la “tormenta perfecta”: la revolución democrática. En muy
determinadas circunstancias, una coyuntura puede precipitar lo acumulado en la
larga duración.
Distingamos también la revolución política,
entendida como el cambio o el recambio de las élites gobernantes, respecto de
la revolución social, entendida como la sustitución de un determinado orden
social por un orden nuevo. Que es la que nos interesa aquí. La revolución
social, recordémoslo, sólo puede ser proceso. No puede ser otra cosa que un
complejo de procesos complejos que suceden, sobre todo en el conjunto de la
sociedad civil y no tanto en la sociedad política. Mientras consideremos la
revolución democrática como una simple revolución política seguiremos cayendo
por la pendiente que en 1978 nos llevó de la ruptura democrática a la reforma
suplicada, pasando por las estaciones de la ruptura pactada (menudo oxímoron) y
de la la reforma pactada.

Conclusión: quien pregunta ya responde.
Un conocimiento masivo por parte de la
izquierda del dispositivo conceptual forjado por Gramsci en los duros años de
la cárcel sería necesario para evitar la situación bipolar que describo más
arriba.
Una clarificación conceptual de ese tipo, de
concretarse en el pensamiento y en la acción de la izquierda nos permitiría
esbozar respuestas a preguntas tan acuciantes y prácticas como:
¿estamos ante una crisis orgánica del bloque
histórico español creado durante la transacción de 1978?
O más bien, ¿estamos ante una crisis económica
que hasta el momento solo ha producido respuestas económico-corporativas
fáciles de re-normalizar y controlar por parte del bloque dominante?
¿Cuáles son las tareas de carácter estratégico
que debemos priorizar con el fin de crear esas alianzas sociales y una nueva
cultura material de vida?
¿En qué medida están tejidas las alianzas de
clases necesarias para la emergencia de un nuevo bloque histórico?
¿Corremos el peligro de una nueva revolución
pasiva, como en la transacción de 1978?
Si este es el caso ¿qué hacer para tratar de
revertir esa tendencia?
¿Cómo disolver el frente del adversario, como
actuar para dispersar, dividir y en su caso, agregar a nuestras filas a las
bases sociales del enemigo?
No voy a dar respuesta a estas preguntas. Creo
que no es mi rol en esta mesa.

Sin embargo, ¿no os parece que quien pregunta,
de alguna manera ya responde?
Nota: La Opinión es un espacio de Radio Rebelde Republicana abierto y plural, en el cual una serie de colaboradoras/es dejan su opinión respecto algunos temas, que no siempre tienen por qué estar en la línea editorial de nuestra emisora.

Artículo anteriorLunes, 26 de junio. “Yo fui torturado por “Billy El Niño”
Artículo siguienteMiércoles, 28 de junio. “Arde Doñana y el PSOE se abstendrá respecto al CETA”