Martes 21 de marzo, “La Opinión: Memoria histórica de la guerra sucia en Colombia-Subienda de Muerte (Cimitarra)” por Carlos de Udabá

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A las 14:30 h. y R a las 19:30 h., La Opinión: Memoria histórica de la guerra sucia en Colombia-Subienda de Muerte (Cimitarra) por Carlos de Urabá.
El 13 de abril de 1987, cerca de 90
paramilitares de las Autodefensas de Puerto Boyacá llegaron a la vereda Número
Siete, en el municipio de Cimitarra, Santander, y con lista en mano se llevaron
a 14 personas para asesinarlas a orillas del río Carare. Los ‘paras’ arrojaron
algunos cuerpos al río y sepultaron al resto. Los jefes paramilitares Ernesto
Báez y Ramón Isaza han sido sindicados de este bárbaro crimen que se mantiene
impune.
Los paramilitares señalaron a las víctimas de
ser simpatizantes de la guerrilla.
Este es el relato original que yo redacté en
ese entonces cambiando muchos de sus nombres por motivos de seguridad.
El otro día encontraron a la moto taxista
Libardo Taburete descuartizado en el río. Por fin apareció el muchacho y se
acabó la angustia de la familia. Dicen que lo pasaron al papayo porque no les
pagó a los prestamistas de la compraventa. Lo hicieron como advertencia para
meterle miedo a los morosos que se retrasan en las cuotas.
Parece que fue la gente de “Charco de sangre”,
unos paramilitares de Caucasia, contratados por los patrones que están molestos
con tanto cuatrero y extorsionista. Esos sicarios sí que no perdonan. Ahorita
cualquiera es sospechoso, en el momento menos pensado le echan el guante y, en
nombre de la ley y el orden, le ponen a uno la soga al cuello.
Me duele el habernos ido de la finquita, pero
ya nos habían boleteado. Nos metieron en la lista y si no salíamos pitando
seguro también nos mochan el pescuezo. Nos acusaron de auxiliadores de la
guerrilla. Fue por pura envidia, mejor dicho, para robarnos la tierra. 
Cuánto
echo de menos nuestra finquita en Cimitarra, pero desde que les dio por sembrar
de cadáveres las veredas, nos tocó volarnos. ¡Qué remedio! No somos más que
carne de cañón. Porque a nadie le gusta que lo torturen y lo boten como a un
perro chandoso al río. 
No, no, que va, y esos chulos repugnantes tragándose las
vísceras de los pobres cadáveres ¡huy! ni hablar.
Además, los terratenientes son muy avaros y
necesitan tierra para sembrar palma africana, caña de azúcar y coca. No les
basta con sus haciendas donde pastan miles de cabezas de ganado que son los
únicos que viven felices sin que nadie lo moleste. Ojalá fuéramos bestias y así
se acabarían todas nuestras cuitas.
El que no obedezca la orden del patrón tiene 24
horas para desalojar la finca. Si no se van, aténganse a las consecuencias.
Nosotros salimos con lo puesto con dirección a
Barranca, ni siquiera pudimos coger la ropita de los niños. Huyendo
despavoridos con toda la familia a cuestas como quien carga la cruz hasta el
Gólgota. Si a uno le exigen la vacuna debe cumplir o la cosa se pone color de
hormiga. Siempre se presentaban en quincena: Señor ¿ya tiene la plática? Mire
que el patrón se pone bravo.
Como no colaborábamos nos acusaron de
subversivos, porque además mi hermano se había metido en la asociación
campesina. Nosotros queríamos pagar, pero no teníamos ni un centavo. Apenas
engañábamos el hambre con un poco de frijoles y agua de panela. 
¡Qué compasión
ni que nada! Con esas ametralladoras apuntándonos quien decía que no. Al final
a patadas nos echaron los malparidos.
En Barranca la comuna 7 se convirtió en nuestro
nuevo hogar. Allá con otras tantas familias desterradas construimos un cambuche
de bahareque, plástico y cartón. Nos tocaba amañarnos a la fuerza, organizarnos
de alguna manera porque de lo contrario nos comía el tigre. Mi mujer se puso a
lavar ropa en una residencia del barrio Alcázar, mis hijos a vender dulces y
galletas por las calles, y yo a cargar bultos de papa en la plaza de mercado. 
Teníamos que salir adelante pues no nos íbamos a ahogar con nuestras propias
lágrimas. 
¿Qué futuro nos esperaba? sin ninguna ayuda del gobierno y tratados
peor que leprosos.
Cuando empezaba a llover, ni les cuento. Nos
hundíamos en el barro, todo el día con el agua al cuello chapoteando como
cerdos. Sin tierra, sin Dios, sin esperanza, con los pies encallecidos y las
manos mugrientas. En esa ciudad tan grande donde la gente lo mira a uno con
desprecio y ese tráfico enloquecedor que te rompe la cabeza. Aguante y aguante
tan sólo para llevarse a la boca una sopita de cuchuco con pan. Los sábados nos
sentábamos en las escalinatas de la catedral del Sagrado Corazón con un
letrero: somos desplasados. ayúdenos, por favor. Dios se lo pague. De vez en
cuando los feligreses se conmovían al ver los chinitos y nos dejaban caer una
que otra monedita. ¡Quién iba a pensar que nosotros tendríamos que vivir de la
caridad pública!
Lo que más me preocupaba era mi hermano
Demetrio. No quiso abandonar la finca y se quedó por allá a esperar el fin del
mundo. Sacó el carácter de nuestro padre, un liberal bien verraco. Yo intenté
convencerlo para que se viniera con nosotros, pero ni caso. Ahí está, sembrando
su maíz y su yuquita, cuidando sus marranos y gallinitas. Prefería la muerte
antes que comer mierda en la ciudad. Él sí tenía bien claras las ideas, y por
eso se metió en la asociación dizque para defender los derechos de los
campesinos. Defenderlos con qué, ¿con un machete? Con las palabras no se gana
nada. ¡qué va! los patrones tienen la sartén por el mango y con sus ejércitos
particulares no hay quien les lleve la contraria. Yo no sé qué va a sacar con
eso pues a pecho descubierto es blanco fácil para esos asesinos. Ya desde niño
era un rebelde y no se dejaba achantar. ¿Será que quiere convertirse en un
mártir?
Pero si en Cimitarra llueve, por aquí en
Barranca no escampa, pues ya nos vinieron a boletear los paracos del bloque
central Bolívar, dicen que hay que pagar la cuota por estar vendiendo en la
calle y hasta por cargar bultos en el mercado. De esto no se libra nadie. Y a
entregar el billetico, cinco mil de los diez mil pesos que me gano; mitad y
mitad y a comer callado, mijo. Esta comuna es de las más jodidas. A las ocho de
la noche todos a dormir, pues los paramilitares empiezan sus rondas a la caza
de la chusma y hasta se hacen castigos como escarmiento público. Ayer a un
pelado le cortaron una oreja porque quiso meterse con la novia de un raspachín.
Eso es imperdonable. Nadie puede levantar la voz porque se expone a las
represalias. Lo mejor es sentarse en las cantinas a escuchar vallenatos y jarta
trago para intentar olvidarse de la tragedia. A las niñas más bonitas desde
bien tiernas les echan el ojo y las van escogiendo para que hagan parte de su
corte. 
Seguro irán a engrosar las filas de los prostíbulos y cabarets. ¡Qué
perra vida! eso si me duele porque mi hijita va a cumplir doce años y es tan
buena moza como su madre.
Con tantas preocupaciones apenas si puedo
dormir unas horas. Se me ha quitado el sueño y a las cuatro de la mañana ya
estoy en pie para irme al mercado a cargar cajas y bultos de aquí para allá, de
allá para acá, peor que un burro rompiéndome el espinazo.
Me contaron que en Bucaramanga les están dando
casa a los desplazados, que hay más oportunidades y hasta regalan ropa y
comida. En el momento menos pensado nos largamos a la capital o si no al
extranjero. Qué patria ni que nada, nos enseñaron a cantar el himno nacional y
saludar a la bandera ¿y todo para qué? No hay caso, este es un país que
desprecia a sus hijos más humildes y defiende a los patrones. Somos puros NN
desde el nacimiento ¡Qué cosa más jodida! cuando rezo por la noche antes de
acostarme le pido a mi Dios que no me emponzoñe más el alma, que no me deje
llevar por el odio y la venganza. Me muerdo la lengua y aprieto los puños de
impotencia esperando una respuesta, pero lo único que escucho es el ladrido de
los perros. A veces me digo que lo mejor es volverme un ratero, porque ser
bueno no paga. Dios no está con los perdedores y vive sentado en la mesa de los
ricos. Mis padres me educaron como un buen cristiano, respetuoso de sus
mandamientos y fiel creyente en su palabra. Quién sabe por qué nuestro diosito
se volvió sordomudo y ya no bastan los rosarios y oraciones para conmoverlo.
Cuando vi la portada de la Vanguardia Liberal
me entró tremendo escalofrío: Masacre en Cimitarra. Hay varios muertos y
desaparecidos. Claro, esto no podía acabar bien. ¿Qué le habrá pasado a mi
hermanito? De una me fui al cambuche a contarle a mi mujer la mala nueva.
Desesperado lo único que podía hacer era ir a buscarlo. Por lo menos habría
alguien que lo reclamara. Si lo encuentro vivo me lo traigo a rastras a Barrancabermeja.
-me dije.
Aunque ya me advirtieron que no me querían ver
por allí, que, si aparecía por la vereda, me quebraban. Pero la sangre me
hervía de rabia y se me quitó el miedo. Ya estaba bien de tanta mansedumbre. Mi
hermano Demetrio y yo desde pequeñitos fuimos inseparables, íbamos para todas
partes juntas; a ordeñar las vacas, a la plaza, a la escuela, compartíamos las
penas y alegrías. Hasta que nos hicimos mayores y todo cambió. Tal vez la culpa
la tuvo el cura Donato que le metió esos pájaros en la cabeza. Que la tierra es
para quien la trabaja, y los patrones con esas haciendas donde le sobra y les
basta mientras el pueblo sin un hueco donde caerse muertos.
La incertidumbre es peor que una puñalada
trapera ¿seguirá vivo o se lo estarán comiendo los gallinazos en el basurero?
Cuando llegué a Cimitarra me fui derechito a la morgue a reconocer a las
víctimas, todos parecían muñecos de trapo tirados ahí en el piso
ensangrentados, cosidos a balazos y con esa mueca de espanto dibujada en sus
bocas cual postrera despedida. Pero Demetrio no estaba allí, ninguno de ellos
era mi hermano. Aunque reconocí a varios de sus compañeros: el Manuel Giraldo,
el Jorge Silverio, el Calixto Vargas ¡Qué tragedia para las familias! ¡Cuántos
niños huérfanos y viudas desamparadas!
En Cimitarra la gente no quería hablar de la
matanza, el olor a muerto les revolvía las tripas y en silencio se persignaban.
Yo insistía en preguntar por Demetrio, pero nada, nadie me daba razón de mi
hermano. En la iglesia se preparaba el sepelio de los difuntos y sólo se
escuchaba el gemido de los deudos y las plañideras recitando: concédeles,
señor, el descanso eterno y les ilumine tu luz perpetua.
Y no era para menos, diez vidas sacrificadas
por el ángel exterminador, por ese ángel vengador que llegó con lista en mano
señalando a los culpables, a los comunistas enemigos de Colombia que vienen a sembrar
la cizaña en Cimitarra.
La asociación de campesinos se empeñó en
reclamar las tierras usurpadas por los terratenientes, hasta pusieron una
demanda con un penalista y todo en el juzgado. Esa fue la sentencia definitiva.
¡Qué tal provocación! que unos pobres diablos se atrevan a hablarle de tú a tú
al patrón. Las inocentes ovejitas creyendo en la justicia, creyendo que el
ejército y la policía iban a defender sus derechos.
El único que me habló claro fue el padre
Leonel. -No vayas a la finca de tu hermano. Se lo llevaron por ser el cabecilla
y debe andar por la vereda la Poza retenido por los paramilitares de Charco de
Sangre. Sus palabras fueron lapidarias, los malos augurios se confirmaban. ¿Qué
le estarían haciendo?, a lo mejor torturándolo como a Libardo el mototaxista
¿Adónde ir a buscarlo? ¿A quién preguntarle? ¡Diosito, ayúdame, haz que mi
hermano aparezca vivo! ¿Y si me presento en el puesto de policía a denunciar su
desaparición? No, no qué bruto si deben estar compinchados con los paracos y
seguro que hasta me meten preso. Quién sabe si lo habrán tirado al río, como
suelen hacer. Lo mejor es irse al playón a ver si su cuerpo aparece flotando en
la corriente.

El río Cimitarra está crecido y como es la
época de la subienda en las orillas bogan los pescadores en sus canoas lanzando
las atarrayas en pos de la pesca milagrosa. Casi al instante sacan las redes
henchidas de bocachicos, bagres, picudas y blanquillos. En la copa de los
árboles los gallinazos hacen guardia y a su sombra varias mujeres enlutadas
murmuran oraciones cabizbajas. Todas llevan velas en sus manos para que las
ánimas de sus hijos, padres, hermanos, o vaya a saber quién, encuentren el
camino. Tal vez a mi hermanito Demetrio se lo chuparon los remolinos y ya no
vuelva más. Para rematar se vino encima un tremendo aguacero que nos dejó
emparamados de los pies a la cabeza. Con la mirada fija en la corriente turbia
aguardábamos que el río vomitara los cuerpos de nuestros seres queridos para
darles cristiana sepultura. Pero nada, éste tampoco se compadeció de nuestras
súplicas y enfurecido lo único que arrastraba era troncos, matorrales y
hojarasca. Los negros nubarrones eclipsaron el sol y de repente el día se
convirtió en noche. Una manada de caimanes chapoteaba en el arenal abriendo sus
fauces desafiantes mientras los gallinazos acuclillados en la copa de los
árboles parecían ángeles diabólicos listos a calmar su hambruna con cualquier
pedazo de carroña.
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