Marcelino Domingo, un periodista revolucionario

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Termina el año 2019 sin que apenas se haya evocado a Marcelino Domingo, cuando se cumplían 80 años de su muerte en el exilio francés mientras su patria era vencida por el fascismo internacional y se hundía en su período más negro. Se merecía un recuerdo agradecido de la sociedad española, la de izquierdas, por supuesto, ya que entregó su vida al intento de cambiar su historia. Lo pretendió mediante la denuncia primero de la corrupción en la que se hallaba inmersa la monarquía borbónica que le tocó padecer, y después tratando de colocarla a la hora europea de su tiempo, desde la nueva experiencia republicana que él mismo contribuyó decisivamente a implantar.

Solamente Cisma Editorial ha querido reivindicar su papel en la política durante el primer tercio del siglo XX, reeditando el libro en que narró su experiencia como testigo de excepción de la huelga general revolucionaria en agosto de 1917. Su título responde exactamente al contenido, En la calle y en la cárcel. Jornadas revolucionarias, ya que fueron observadas por él primero como periodista en la calle, y después desde la cárcel como preso político de la monarquía, pese a gozar de inmunidad parlamentaria por ser diputado. No se respetaba la legalidad durante el reinado de Alfonso XIII, lo que terminó por hacerlo intolerable, después de ser siempre impopular. En estas páginas se expone detalladamente la actuación de los trabajadores, de los militares, de los jueces y de los políticos durante aquellos días excepcionales, que él había contribuido a preparar con sus escritos periodísticos. De esa faceta, la periodística, vamos a ocuparnos ahora.

Un escritor catalán en castellano

En nuestra cultura es habitual encasillar a los trabajadores del espíritu en una sola ocupación, en la que destacan más, despreciando otras en las que también se hayan ocupado. Por este motivo la personalidad de Marcelino Domingo se concreta en su tarea política, dejando en segundo lugar la de escritor. Es verdad que la mayoría de sus publicaciones pertenece al ensayo político, veinte títulos censados en la Biblioteca Nacional de Madrid, y diez más en los que se recogen sus discursos y conferencias, pero junto a ellos hay también registrados nueve dramas y tres novelas, de modo que Domingo tiene una categoría como escritor que no debiera estar eclipsada por su fama como político.

Es un escritor catalán porque nació en Tarragona, pero que solamente publicó una obra en catalán, On va Catalunya?, impresa en Barcelona sin fecha, seguramente en 1927, en tanto todas las restantes publicaciones aparecieron en castellano. Este dato dificulta más su clasificación, porque para los historiadores de la literatura catalana es un escritor castellano, y para los historiadores de la literatura castellana es un escritor catalán. Quizá por ello no se le suele estudiar en las historias de la literatura en ninguno de los dos idiomas, lo que es una injusticia.

Asimismo resulta fundamental en su biografía el trabajo como periodista, vinculado también a la política, que le permitió ser muy popular en Cataluña, especialmente en los juzgados, de los que era asiduo visitante forzoso. Relata él mismo en el libro que es en realidad una crónica periodística, En la calle y en la cárcel, subtitulado Jornadas revolucionarias para resaltar su carácter periodístico, que al ser detenido en 1917 como consecuencia de la huelga general revolucionaria, se estaban instruyendo contra él cerca de 300 procesos, incoados por esa manida acusación de “injurias a la Corona” tan aprovechada por los jueces en cualquier período dinástico hasta nuestros días, como bien sabemos. ¿De qué manera se la injuria? Pues de la que denuncia el fiscal y penaliza el juez. ¿Y la actitud de los reyes no contribuye a injuriarla? No, porque son irresponsables constitucionalmente, y esto es así durante la monarquía, y quien lo discuta incurrirá en ese delito.

Lo primero, la política

Es verdad que para él su tarea fundamental era la política, la que prefería entre todas sus actividades. Así se lo aseguró a Artemio Precioso en una entrevista colocada como prólogo a su novela Un visionario, en parte autobiográfica, editada en 1922, cuando todavía no pasaba de ser un diputado a Cortes de 38 años. Fue tajante en la declaración: “Prefiero la política a toda otra actividad humana.” Debemos entender el concepto de política en un sentido amplio, más allá de la estricta observancia de un partido. En su trabajo periodístico hay una decidida intención política, anunciada desde las cabeceras con títulos como El Pueblo o como La Lucha especialmente, los dos dirigidos por él. También en su obra eminentemente literaria, la novelística y la teatral, se aprecia una intencionalidad social animada por su inquietud política. En esencia, Marcelino Domingo fue un hombre político  que se expresó con materiales variados.

Esa convicción fue la que le animó a afiliarse desde su juventud en partidos políticos, inicialmente en el Republicano Federal en 1903, a los 19 años. Permaneció fiel siempre a ese ideario, aunque pasó por diversas agrupaciones políticas, hasta recalar finalmente en Izquierda Republicana, fundada en 1934 por Manuel Azaña, Santiago Casares Quiroga y él mismo. Su trayectoria como militante político fue, por lo tanto, errática, pero siempre dentro del republicanismo, con unos intereses catalanistas solamente posibles en un sistema federal de España.

Tengamos en cuenta que en esos años en los que se desarrolla la actividad partidista de Domingo, los grupos con nombre de republicanos eran numerosos: en las elecciones generales del 19 de noviembre de 1933 obtuvieron escaños doce partidos apellidados republicanos. Una nadería en comparación con los más de doscientos registrados ahora, con la diferencia de que ahora ninguno obtiene escaños, probablemente debido a esa atomización que dificulta decidir una preferencia.

La obra periodística

En la misma entrevista le preguntó Artemio Precioso cuál de sus libros le   había proporcionado más ganancias, a lo que respondió que el más beneficioso para sus editores, no para él, era el titulado ¿Qué espera el Rey?, impreso en 1930, cuando lo que esperaba la mayoría del pueblo español era librarse del monarca, y en pocos meses lo iba a conseguir. Además añadió que sus mayores ingresos económicos los debía a su trabajo periodístico. Por eso resumió la cuestión diciendo: “La obra, pues, que hasta hoy me ha producido más dinero es mi obra periodística. En ella pongo el alma.”

Esta añadidura se presta a equívocos. Podría entenderse que prefería el trabajo periodístico a causa de las ganancias económicas que le reportaba, y por ello le entregaba su alma, ese concepto abstracto de difícil clasificación, porque no se entiende cómo actuaría su alma en la redacción de los artículos firmados por él, y desde luego ningún juez la procesó, sino al cuerpo. No obstante, parece más lógico desvincular el trabajo periodístico elegido gustosamente, a pesar de todos sus inconvenientes, de su resultado crematístico. Ejerció el periodismo porque le permitía desarrollar su preferida actividad política, al denunciar desde los artículos impresos cuanto le parecía contrario a una administración correcta del reino, con más resonancia que si lo hacía desde una tribuna.

Lo indudable es que el periodismo le reportó dinero, quizá en la misma proporción que disgustos, porque sus artículos acababan siendo lectura cotidiana en los juzgados. Dirigió el semanario El Pueblo, impreso en Tortosa, desde 1909, el mismo año en que fue elegido concejal del Ayuntamiento, a los 25 de su edad, y en sus páginas entabló una lucha contra el principal problema político durante la restauración borbónica, el caciquismo que permitía ganar todas las elecciones a los candidatos designados por el cacique local. Todos lo sabían, desde el rey hasta el último concejal, pero los partidos no hacían nada por impedirlo, ya que todos confiaban en beneficiarse con ese sistema corrupto.

Una lucha por la libertad

Más riesgos tuvo para él la dirección del diario La Lucha, impreso en Barcelona y por lo mismo con mucha más resonancia. Sus artículos eran denunciados sistemáticamente ante el Juzgado Militar de Barcelona, que abría un sumario contra él. Por orden del juez militar agentes policiales autorizados entraban en la imprenta, la redacción y la administración del periódico, con intención de secuestrar todos los ejemplares existentes del número denunciado, e identificar al autor. Se convirtió en una costumbre que ya realizaban mecánicamente jueces y periodistas.

Por eso los policías encargados de los registros nunca encontraban ejemplares en el diario, puestos a buen recaudo en otro sitio insospechado, como medida de precaución. A los policías se les explicaba que todos los ejemplares estaban distribuidos y vendidos en quioscos, por lo que era imposible secuestrar ni uno. Lo creerían o no, pero dado que de hecho no aparecía ninguno, tenían que irse de vacío.

A continuación el juez militar llamaba a declarar al firmante del texto, que casi siempre era Domingo, y si aparecía anónimo al director del periódico, que era el mismo Domingo. En la redacción se había acordado señalarle siempre a él como autor, lo fuese a o no. El problema que se le planteaba al juez consistía en que Domingo había sido elegido diputado a Cortes por Tortosa en 1914, y confirmado en las sucesivas reelecciones, por lo que gozaba de inmunidad parlamentaria y no lo podía procesar: así lo disponía el artículo 47 de la Constitución de 1876 entonces vigente, en donde se prohibía taxativamente procesar a los senadores o diputados sin autorización del Senado o del Congreso, a no ser hallados in fraganti. Por supuesto, resultaba imposible encontrar a Domingo cometiendo el flagrante delito de escribir un artículo que iba a ser denunciado por el juez cuando se publicara.

Este original deporte se repetía sin que se cansaran los denunciantes ni los jueces, ni por supuesto el escritor, animado por las mejores intenciones para intentar limpiar la política en los tiempos corruptos de la monarquía alfonsina, una tarea condenada al fracaso, y el autor a seguir siendo procesado. Parecía un juego, aunque peligroso, como acabaría comprobando Domingo en la prisión, y tuvo suerte de salir con vida, porque en unos momentos en los que se hallaban cerradas las Cortes, suspendidas las garantías constitucionales y declarado el estado de guerra, cualquier detenido podía ser “accidentado” por una casualidad mortal.    

 El artículo “Soldados”

Las páginas iniciales de En la calle y en la cárcel relatan lo sucedido con el artículo titulado simplemente “Soldados”, impreso a cinco columnas en la primera plana de La Lucha, en el ejemplar fechado el miércoles 20 de junio de 1917. El hecho de comenzar la crónica sobre la huelga general de agosto narrada desde las páginas de En la calle y en la cárcel con una referencia amplia a ese artículo, demuestra que lo creía una pieza fundamental causante de su traslado a la prisión, de manera que debemos examinarlo para entender la trascendencia que tuvo para provocar su detención, el motivo por el que fue conducido de la calle a la cárcel.

Si los mandos del Ejército consideraban tener muchos fundamentos probados para calificar a Domingo como un elemento peligroso para ellos, con “Soldados” pasó a ser el enemigo a combatir, y lo combatieron. Aprovecharon la circunstancia excepcional de no haber Cortes ni garantías constitucionales, sino estado de guerra, con el propósito de actuar por su cuenta, pasando por encima de las leyes civiles para atenerse a la marcial. Sabían que ninguna institución se atrevería a contravenir sus decisiones en aquellos momentos, dado que el rey se apoyaba en el Ejército para mantener el llamado orden público, pese a encontrarse absolutamente desordenado.

Vamos a repasar su principio, para comprobar cómo era el estilo periodístico de Domingo, capaz de alterar los nervios de los jueces militares, que por jueces y por militares debieran ser personas muy equilibradas y sensatas. Tal vez lo fuesen, pero aquel periodista indomable les hacía perder hasta el sentido de su responsabilidad, cuando se encontraban con unos textos como éste:

Soldados:

Hace unos días vuestros jefes y oficiales constituyéndose en Juntas de Defensa. Ellos sabían que había ascensos por favor y no por méritos. Ellos sabían que en Cuba antes y ahora en África se conceden recompensas a personas que no habían expuesto su vida en el campo de batalla. Ellos sabían que se obligaba al Ejército a intervenir en las luchas civiles entre el capital y el trabajo, poniéndolo siempre al lado del capital. […] Ellos sabían que en el ministerio de la Guerra se había robado por años y años casi todo el oro del Presupuesto del Estado y a pesar de ello no había municiones, ni fusiles, ni cañones, ni campos de operaciones, ni industria de guerra, ni caminos estratégicos, ni servicio de sanidad, ni dinero siquiera para el rancho de los soldados. Ellos sabían todo esto y temerosos de su responsabilidad en días próximos o celosos de su dignidad, constituyéndose en Juntas de Defensa. Tenían el propósito de derribar la oligarquía de arriba y dar al Ejército los medios necesarios de sostén.

Verdaderamente la acusación era fortísima, nada menos que de robar desde el Ministerio de la Guerra no sólo el dinero destinado para el rancho de los reclutas, lo que era un delito de apropiación indebida, sino también el presupuestado para la compra de fusiles y municiones, lo que constituía un delito de lesa patria. Unos soldados mal alimentados nunca llegarán a realizar actos heroicos, pero si además carecen del armamento imprescindible para enfrentarse al enemigo con la mínima capacidad de combatir, significa que la superioridad enviaba a las tropas al desastre, con la intención de obtener unos ingresos extraordinarios sobre su paga. Eso ya es más que un delito, es un crimen múltiple.

Contra una guerra impopular

Y un periodista osaba denunciarlo por escrito, lo que garantizaba su difusión. Es comprensible que los soldados quisieran hacerse con un ejemplar del diario, en el que encontraban la explicación sobre el estancamiento de la guerra contra los independentistas marroquíes. Los soldados españoles se hallaban desmotivados en esa guerra colonial, que no les interesaba nada. Ellos también sabían que se les obligaba a combatir únicamente para defender los intereses de unas empresas comerciales, de las que ninguno de ellos era accionista, aunque se rumoreaba que sí lo eran el rey y el conde de Romanones, su ministro comodín. Si además se enteraban de que sus mandos les robaban el escaso presupuesto destinado para recibir una alimentación digna y un armamento imprescindible para su defensa, la poca moral que mantuvieran estaba condenada a destruirse por completo. Se sentían carne de cañón destinada al sacrificio, y con motivos.

No cabe duda de que estamos leyendo un artículo periodístico, inserto en un diario, que por ir en la primera plana podía ser considerado el artículo editorial. Cierto que los editoriales, por representar la opinión del periódico, no llevan firma, pero en este caso lo firmaba el director, en nombre de toda la redacción. Tengamos en cuenta que los periódicos en aquellos años tenían una confección absolutamente distinta de la actual. Los grandes diarios madrileños no sólo publicaban en la primera plana su editorial, sino también los llamados artículos de fondo, cuando iban firmados por un autor prestigioso. Por lo tanto, “Soldados”, según criterio periodístico de la época, era el editorial de La Lucha, la expresión de una idea mantenida por toda la redacción conjuntamente.

Si la tropa leía tales acusaciones, la consecuencia podía ser una indisciplina total. Y la tropa las leyó, según relata Domingo en las páginas iniciales de En la calle y en la cárcel. El artículo periodístico se convirtió en una arenga a los soldados, pronunciada por un civil, y con acusaciones gravísimas contra los altos mandos militares. El texto se hallaba impreso, aunque sus palabras resonaban como un grito de indignación, contra unas conductas criminales que condenaban a muchos reclutas a la muerte, por carecer del armamento adecuado para enfrentarse al enemigo bien alimentado, bien equipado y bien armado.

Una arenga impresa

El artículo empezaba como podía hacerlo un conferenciante o un predicador o un mitinero, señalando a los oyentes, con ese sencillo “Soldados:” impreso en una línea bajo la mancheta en un cuerpo de letra superior y en versales subrayadas excepto la capitular. Tras la ese final se encuentran los dos puntos que dan inicio a la cuestión a tratar. El Diccionario de la lengua española editado por la Academia define arenga como “Discurso pronunciado para enardecer los ánimos de los oyentes”, dando por hecho que solamente puede ser hablada o gritada tal vez ante el público. Sin embargo, “Soldados” es una arenga impresa para enardecer a los lectores.

No precisaba utilizar signos de exclamación para reforzar sus palabras, ya que eran lo bastante duras para llamar la atención de los lectores en cada línea. Todo el artículo constituye un grito para imputar al Ministerio de la Guerra en una corrupción enorme, causante de que la guerra no avanzase en la colonia. Y no era un caso aislado, sino lo normal en la restauración borbónica: gracias a ello Alfonso XIII poseía una de las mayores fortunas en la época, bien colocada en entidades bancarias extranjeras.

Sabemos por las reseñas periodísticas que Domingo enardecía al público cuando intervenía en un mitin. Por ejemplo, el diario madrileño Abc informó el 20 de noviembre de 1917 en su página 12 sobre un mitin de Domingo en Cartagena, en el que exigió la libertad de los integrantes del Comité de Huelga presos en el penal, y comentó que “ha pronunciado su discurso de forma violenta”. Claro está que expuso los motivos por los que la monarquía no podía subsistir, y eso al diario archimonárquico debía parecerle violentísimo con toda seguridad, puesto que iba contra sus intereses dinásticos.

El estilo

Los escritos periodísticos de Domingo son directos, escuetos, sin retórica, incluyendo En la calle y en la cárcel porque repito que es una crónica periodística en la que reseñó los acontecimientos acaecidos durante unos días extraordinarios. Contaba cuanto le importaba comunicar al lector de manera comprensible para cualquiera, sin recurrir a los adornos literarios para hacer más elegante su estilo. En el caso concreto de “Soldados”, en principio sus lectores previsibles iban a ser reclutas, muchachos procedentes del proletariado obrero y campesino con muy escasa formación intelectual, porque los burgueses esquivaban el cumplimiento del servicio militar obligatorio mediante el pago de una cuota dedicada a rebajar el tiempo de permanencia alistados, a menudo reducido a un día de presentación. Por saber para quién escribía, supeditaba las cuestiones estilísticas a la eficacia expresiva, de modo que todos los lectores se enterasen perfectamente de lo que deseaba compartir con ellos.

Nos imaginamos a Domingo redactando uno de sus artículos periodísticos, como si estuviese pronunciando un mitin. Hablaba y escribía con autoridad, empleando un estilo comunicativo sencillo, en el que esquivaba la erudición porque no la comprenderían algunos de los oyentes o lectores. No se olvide que Domingo era maestro de escuela, necesitado de explicar con llaneza cuanto deseaba inculcar a los niños y niñas asistentes a su escuela mixta y laica, lo que a comienzos del siglo XX parecía revolucionario. En realidad lo único que pretendía en su actividad como maestro de escuela era facilitar la enseñanza, y eso mismo fue lo que persiguió en todas las facetas que jalonan su vida: enseñar al pueblo los derechos sociales que poseía, además de los deberes de sumisión al rey.

Su ideología sí era revolucionaria, en cuanto se apartaba de las tradiciones aceptadas sin ninguna crítica, aunque para contagiar a oyentes o lectores precisaba rehuir los grandes temas políticos y centrarse en los sociales cotidianos. El mismo motivo le impulsaba a sustituir los adornos literarios por la cordialidad comunicativa. Adoptaba un bloqueo intelectual para hacerse entender por los rabassaires y los botiguers, que no suelen poseer una alta formación intelectual, lo mismo que por los reclutas. El estilo natural es el preferible, desde luego en el periodismo es exigible, pero también en la literatura de creación: como que ya lo aconsejaba Don Quijote.

Esos escritos periodísticos que podemos calificar como divulgativos alcanzan su mayor concreción en la amplia crónica recogida En la calle y en la cárcel. La redactó con el fin de exponer para la historia unas anomalías democráticas en la monarquía de Alfonso XIII. Sabía que se jugaba la vida al hacerlo, como reconoce en la conclusión: “Hablar y actuar es un peligro siempre. Y porque es un peligro, ha de sentirse más intensamente el deber de hablar y actuar.” Podemos adoptar esas palabras como divisa en estos tiempos de peligro en que vivimos los que nos atrevemos a hablar y actuar.    

Arturo del Villar, presidente del Colectivo republicano tercer milenio.

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