Madrid vendida, no vencida por Arturo Del Villar

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La opinión por Arturo Del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Hace 80 años Madrid cayó en poder de los militares monárquicos sublevados en 1936 contra la República. No se rindió, cumplió su promesa de resistir al fascismo, en una defensa heroica que asombró al mundo, por la que fue llamada Capital de la Gloria. Pero los militares republicanos encargados de su defensa, junto con algunos civiles cómplices en la traición, habían acordado entregar la capital a los primeros rebeldes, organizando una nueva rebelión interna contra el sistema republicano legalmente instaurado en 1931. Tuvieron la desfachatez de llamar Consejo Nacional de Defensa a su organización, constituida precisamente para no defender la capital, sino permitir a los sublevados de 1936 ocuparla tranquilamene, una vez la abandonaran ellos. Fue el domingo 5 de marzo de 1939, nueva fecha para la infamia.

A media noche hablaron por los micrófonos de Unión Radio y Radio España los infames dirigentes de la rebelón: el civil presunto socialista Julián Besteiro, el coronel Segismundo Casado, comandante jefe del Ejército del Centro, y el teniente coronel Cipriano Mera, jefe del IV Cuerpo, supuesto anarquista. Invitaron a la población a aceptar la rendición ante la Junta de Defensa Nacional de Burgos, constituida por los primeros rebeldes el 24 de julio de 1936, integrada por cinco generales y dos coroneles.

Los nuevos rebeldes ni quieran fueron originales en el nombre dado a su grupo de farsantes, porque imitaron el de los iniciadores de la guerra, cambando solamente la condición de Junta por la de Consejo. Ambos grupos facciosos decían defender a la nación, cuando lo que hicieron, cada uno por su lado, fue destrozarla. Hubo unos defensores ciertos, los españoles en cada rincón de su patria, enfrentados a los rebeldes.

El pueblo unido

Hasta entonces los madrileños habían superado con heroísmo todas las dificultades del asedio y los bombardeos continuos a los que era sometida la capital. Los testimonios recogidos por los historiadores son unánimes en ese reconocimiento, y son incontables, por lo que bastará citar el del socialista, éste sí verdadero, Julián Zugazagoitia en su libro de memorias Guerra y vicisitudes de los españoles, editado en Buenos Aires en 1940, aunque se copia de la edición barcelonesa de Crítica hecha en 1977, página 193:

 Madrid en pie de guerra, la capital en línea de combate. Sin defecciones. Todos improvisados soldados, todos trabajando para la defensa de la ciudad. El viejo y el joven, la mujer y el niño. Un sacrificio estéril, refunfuñaban los pesimistas, como si existiese un caso, uno solo, de sacrificio infecundo. ¿No hay munición? ¡Se inventa! Y la inventaron los metalúrgicos, acudiendo al expediente de recargar los cartuchos disparados y a completar su fabricación con nuevos materiales que los técnicos recusaban. Ignoro si esa cartuchería que inventaron los obreros del hierro tiene o deja de tener defectos; lo que conozco es que sirvió a maravilla para defender la capital.

Defendida por el pueblo, traicionada por los militares que habían prometido fidelidad a la República. Faltaban los alimentos, pero sobraba el orgullo. He oído relatar a un testigo que en la ciudad asediada no quedó un gato vivo, porque primero eran los ciudadanos. Se pasaba un hambre atroz, pero cuando los aviones facciosos bombardearon pan sobre la ciudad, nadie lo cogió, todo fue a parar a las alcantarillas según mi informador, testigo de los hechos. Citemos de nuevo a Zuga, como se le conocía abreviadamente, ahora en la página 489:

La retaguardia estaba desnutrida y sólo por un fenómeno inexplicable se mantenía en pie. Recuerdo la impresión que me produjo un dictamen médico sobre la penuria colectiva de los madrileños en punto a alimentación. Los madrileños, exactamente igual que los convalecientes de una dolencia penosa, tenían media voz. Las madres con niños en período de lactancia los alimentaban de su propia substancia vital, llegando a estados de decaimiento rayanos en la inanición.

Madrid resistió valientemente, soportando la caída de los obuses y las bombas, acogiendo los cuerpos muertos de los patriotas, hombres, mujeres y niños. No se rindió, la rindieron los renegados que irónicamente crearon el Consejo Nacional de Defensa para entregarla. No la vencieron, la vendieron los felones que ya se habían entregado a la Junta de Burgos.

El último día

El martes 28 de marzo de 1939 brillaba la primavera en Madrid, cuando las hordas nazifascistas recibieron la ciudad callada de los judas que debieron defenderla. A media mañana cruzaron las calles los primeros vehículos rebeldes, ocupados precisamente por los moros, encargados siempre de iniciar el terror en los lugares conquistados, asesinando, violando y robando a las poblaciones civiles. Fue la señal para que los quintacolumnistas se hicieran notar, colocando banderas monárquicas en los balcones y saliendo a las calles con uniformes del Ejército rebelde, de la Falange y del Requeté. También los curas y frailes que vivieron tranquilamente durante los años de asedio se echaron a las calles, para denunciar a las mismas personas que los habían protegido. Por los balcones abiertos se escuchaban los himnos rebeldes.

Las tropas que asediaron inútilmente a la villa durante dos largos años avanzaron entonces hacia el centro, sin encontrar ninguna resistencia. Las ratas del Consejo Nacional de Defensa habían huido, excepto el renegado Besteiro,  que quiso quedarse para entregar la villa a sus compinches, convencido de que iban a premiarle la alta traición a la patria, pero fue encarcelado muy merecidamente. No se disparó ni un tiro. El ejército leal estaba diezmado por los casadistas y besteiristas, de modo que nadie se enfrentó a los invasores. Entraron en Madrid porque se la entregaron sus cómplices, no porque la hubieran vencido, sino porque se la habían vendido. Madrid no se rindió, nunca fue conquistada, sino traicionada.

El día 29 el exgeneral Eugenio Espinosa de los Monteros, jefe del Primer Cuerpo de Ejército rebelde, declaró el estado de guerra en toda la provincia de Madrid. Así quedó oficializado el reinado del terror iniciado la víspera, con detenciones y fusilamientos de republicanos. Los diarios publicaban la lista de ejecuciones llevadas a cabo el día anterior, junto a la cartelera de los cines y los horarios de las misas.

Se autorizó la publicación de los diarios facciosos Abc, Arriba y Ya de la mañana, y los vespertinos Informaciones y Madrid, al servicio de los invasores. Los talleres en los que se habían impreso las publicaciones republicanas fueron confiscados. Las sedes de los partidos políticos republicanos y de los sindicatos de clase pasaron a pertenecer al partido y sindicato únicos de los vencedores. Los depósitos en los bancos de los republicanos quedaron confiscados. Los billetes y monedas de la República carecieron de valor. Comenzó la sanguinaria posguerra, cuyas consecuencias pagamos todavía.

Eterno honor al pueblo de Madrid que resistió el asedio, y eterno desprecio a los Besteiro, Casado, Mera y demás compañeros de infamia.

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