Madrid aporta 140 “mártires de la Cruzada” por Arturo del Villar

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Con la solemnidad que la Iglesia catolicorromana emplea para extender los límites del reino de los cielos, con el fin de acoger a nuevos beatos y santos, especialmente cuando se trata de los llamados por ella “mártires de la Cruzada española”, esto es, los fallecidos a causa de la guerra provocada por la sublevación de los militares monárquicos en 1936, y sufrida por el pueblo español, se ha abierto el “Proceso diocesano de canonización por martirio de 140 siervos de Dios”.  El acto tuvo lugar el 12 de diciembre de 2020 en la catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena, presidido por el cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, acompañado por los obispos auxiliares y los llegados de otras diócesis para no perderse la fiesta.

Para abrir un proceso de beatificación se requiere que el candidato haya cometido por lo menos un milagro, por lo general la curación de una enfermedad inexplicable científicamente, y más milagros para la causa de santificación. Sin embargo, en el caso de los llamados “mártires de la fe” no se requieren milagros, basta con haber fallecido violentamente.

Y de eso se benefician los 61 sacerdotes y 79 laicos, o dicho en lenguaje inclusivo de moda, laicos y laicas considerados y consideradas mártires y mártiras muertos y muertas por mantenerse fieles y fielas a la fe catolicorromana. Dado que el lenguaje inclusivo alarga mucho los conceptos y las conceptas, seguiremos el tradicional por ser más breve y también comprensible por todos y todas. Ya hay hasta ahora 2.046 “mártires del siglo XX reconocidos santos y beatos”, a los que sin duda se unirán los madrileños, porque es segura la aprobación del proceso en el Vaticano.

Son llamados siervos de Dios

Uno de los obispos auxiliares de Madrid, el jesuita Juan Antonio Martínez Camino, anunció que va a continuar incrementándose el número de los españoles premiados con la beatificación y santificación: “Este patrimonio martirial de la Iglesia católica seguirá enriqueciéndose, si Dios quiere, para la gloria del creador y el bien de la humanidad.” Misteriosas palabras. Podría deducirse de ellas que la Iglesia catolicorromana está preparando otra guerra, en la que morirán muchas personas en los dos bandos enfrentados, aunque sean civiles, y se premiará con la santificación a los suyos.

Tampoco se entiende por qué estos presuntos mártires redundan en “el bien de la humanidad”. No hicieron más que morirse, sin haber realizado ninguna obra útil, como puede ser el descubrimiento de una vacuna, por poner un ejemplo de rabiosa actualidad. Valga el caso de Pasteur, que sí propició “el bien de la humanidad” como impulsor de la microbiología, sin ser considerado santo por ello, pero estos difuntos no han aportado nada para el progreso humano. Tiene muy suelta la lengua el auxiliar.

Por su parte el cardenal Osoro explicó el significado del acto: “En Madrid abrimos las causas de 140 siervos de Dios, laicos y sacerdotes, víctimas de la persecución religiosa de los años treinta. Fieles a Cristo, les dieron muerte por no negarlo.” Es falso que existiera una persecución religiosa durante la República Española, como propalan continuamente curas y frailes para mantener activa la oposición al sistema gubernativo popular elegido entonces democráticamente y al que nos encaminamos ahora. Fue la Iglesia catolicorromana la que declaró la guerra a la República con las armas de que disponía, perversamente utilizadas en nombre de su dios belicista.

La Iglesia beligerante

La Iglesia catolicorromana ni fue pacífica ni contribuyó a la reconciliación tras el golpe de Estado militar el 17 de julio de 1936. Por el contrario, mantuvo una actitud beligerante contra la República, antes incluso de su proclamación. Su postura fue semejante a la interpuesta por la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista: no colaboró con los sublevados facilitándoles militares combatientes y entregándoles armamento, pero les ayudó políticamente con sus declaraciones, y económicamente con las colectas realizadas en sus templos por todo el mundo.

El llamado Estado Vaticano y sus servidores españoles, cardenales, arzobispos, obispos, abades, vicarios, canónigos, curas, frailes y monjas, se declararon en guerra contra la República Española, que no replicó con la contundencia debida. Tanto el Gobierno provisional como los constitucionales actuaron con excesiva delicadeza contra unos enemigos que buscaban aniquilarlos, y por su indecisión les facilitaron cumplir su criminal propósito.

Uno de los más feroces atacantes fue el cardenal Pedro Segura, arzobispo de Toledo y primado de España, íntimo compinche de Alfonso XIII, con quien almorzaba todas las semanas en palacio. Ante las elecciones del 12 de abril de 1931, desde el púlpito de la catedral primada, invocó la maldición del cielo contra España si triunfaba la conjunción republicano—socialista. Dado que triunfó a pesar de sus amenazas, en una carta pastoral publicada el 6 de mayo convocó a los fieles a unirse “en apretada falange” contra la República. Eso es una declaración formal de guerra.

Hizo otros llamamientos a la rebelión, por lo que el ministro de Gobernación en el Gobierno provisional, el catolicorromano Miguel Maura, se vio obligado a expulsarle de España el 16 de junio. Se exilió en el Vaticano, donde emprendió una campaña antirrepublicana junto al integrista cardenal secretario de Estado, Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII desde 1939, colaborador del nazifascismo y bendecidor de la dictadura en España.

Excomuniones para todos

El 20 de diciembre de 1931, once días después de que fuera promulgada la Constitución, se publicó una declaración colectiva firmada por 59 obispos y vicarios capitulares, para mostrar su oposición al texto legal, acusándolo de “violación del mínimo de libertad religiosa”. Increíble cinismo, cuando lo que hacía el texto legal era precisamente garantizar las libertades de conciencia y culto, negadas en todas las constituciones monárquicas desde la supuestamente liberal de 1812 en favor de la Iglesia romanista.

En los años posteriores los jerarcas catolicorromanos continuaron su labor opositora, con tantas actuaciones que no es posible citarlas ahora aquí. Solamente hay que destacar la activísima reacción eclesial contra la Ley Relativa a Confesiones y Congregaciones Religiosas, aparecida en la Gaceta de Madrid el 3 de junio de 1933. El mismo día se dio a conocer una “Declaración del Episcopado” en contra de ella, amenazando a sus responsables con la excomunión latae sententiae, lo que implicaba una obstrucción a la Justicia que el Gobierno ignoró. Más intolerable fue la injerencia del dictador del presunto Estado Vaticano en los asuntos internos de España, porque también ese día el llamado papa Pío XI dio a conocer su encíclica Dilectissima nobis contra la Ley, sin que el Gobierno de la República adoptara ninguna medida diplomática en defensa de su libertad .

No contento con estas dos amenazas, el recién creado arzobispo de Toledo y primado de España, el belicista integrista Isidro Gomá, publicó el 12 de julio su primera carta pastoral, titulada “Horas graves”, en la que convocaba a la Acción Católica a organizar “la verdadera Cruzada de los tiempos modernos, porque en ella pueden alistarse todos los hijos de la Cruz”, contra la Ley y de paso contra la República. La palabra Cruzada fue adoptada después por los militares monárquicos para justificar su rebelión.

Desde el momento de la sublevación militar el 17 de julio de 1936, la jerarquía catolicorromana se posicionó junto a los golpistas, en contra de sus obligaciones pastorales. Un ejemplo: el 22 de diciembre de ese fatídico año el lehendakari José Antonio Aguirre, miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, en una alocución por radio denunció los fusilamientos de sacerdotes vascos llevados a cabo por los rebeldes. El 10 de enero de 1937 le respondió Gomá en una carta muy difundida por los sublevados, en la que le recomendaba no apoyar a la que llamaba “coalición vasco—comunista”, y decía que los fusilados “sucumbieron por algo que no cabe consignar en este escrito”. ¿En qué consistiría ese algo misterioso?

La Carta colectiva del Episcopado

Fue incansable la actividad de Gomá a favor del reconocimiento del Gobierno rebelde por el Vaticano, y en consecuencia por los catolicorromanos del mundo entero. Redactó íntegramente la llamada Carta colectiva del Episcopado español, fechada el 1 de julio de 1937 y firmada por dos cardenales, Gomá y Eustaquio Ilundain; seis arzobispos, treinta y cinco obispos y cinco vicarios capitulares. Empieza por justificar las guerras para resolver conflictos, y en concreto las religiosas para defender la verdadera fe, la suya, como se hizo en las cruzadas medievales.

Después explica que en España combatían las fuerzas espirituales contra las materialistas, empeñadas en imponer “la novísima civilización de los soviets rusos”. En consecuencia, los fieles debían alistarse en una nueva cruzada contra los modernos infieles. De modo que la Iglesia catolicorromana se declaró beligerante contra la República, y sus frailes y curas actuaron como soldados contra quienes deseaban defender la legalidad constitucional, en muchos casos convirtiendo los templos en depósitos de armas y explosivos, en otros participando de forma activa en el frente.

Por instigación del incansable Gomá se creó la revista Cruz y Espada, para la que escribió el editorial del primer número, en noviembre de 1938, y el 8 de diciembre se celebró el Día del Cruzado, organizado por la Delegación Nacional de Frentes y Hospitales, bajo la inspiración de Gomá.

Cuando todavía no estaba finalizada la guerra, el 24 de marzo de 1939, Gomá envió un telegrama de felicitación al exgeneral Franco por su prevista victoria, y en carta del 3 de abril le recordó “cómo colaboré con mis pobres fuerzas y dentro de mis atribuciones de prelado de la Iglesia a la gran empresa”. Una expresión de falsa modestia, porque sus fuerzas no fueron pobres, sino cargadas de divisas recogidas en sus iglesias por todo el mundo en donde estaban implantadas.

Como colofón, el 20 de mayo celebró solemnemente la victoria del ejército sublevado, en la iglesia madrileña de Santa Bárbara, bendiciendo y abrazando al vencedor con una alocución vergonzosa. Además aceptó que el exgeneral le entregara la espada con la que, al parecer, había alcanzado la victoria en la cruzada contra los infieles, y ordenó colocarla en una vitrina en la catedral toledana, junto con las palabras que en tan memorable ocasión pronunciaron los dos caudillos, el militar y el religioso.

Este brevísimo resumen de cuanto se halla publicado en numerosos tratados imparciales de historia, demuestra la beligerancia de la Iglesia catolicorromana contra la República Española, y confirma que curas y frailes actuaron como combatientes en el bando rebelde, y así debían ser tratados. Sus presuntos “mártires” no murieron a causa de la fe practicada pacíficamente, sino por colaborar de manera muy activa y decisiva con los militares monárquicos sublevados.

Para información de quienes deseen conocer las vidas, sin milagros hasta ahora, de los 140 “mártires madrileños de la fe”, se ha impreso un folleto de 60 páginas con sus fotografías y biografías, que se vende en la misma catedral. Además también pueden adquirirse ahí mismo estampitas dedicadas a los “mártires” con una oración alusiva. Ya solamente falta esperar que los nuevos postulantes a la beatificación empiecen a derramar sus gracias sobre la archidiócesis desde el cielo, que buena falta nos hacen. Amén.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.
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