Lunes 2 enero, “La Opinión, Se necesita una revolución interna en los partidos políticos” por José Luis Úriz

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Lunes 2 enero, a las 14:30 h. y R a las 19:30 h. La Opinión, Se necesita una revolución interna en los partidos políticos por José Luis Úriz, militante del PSC.
La situación en el interior de los partidos
políticos -de todos ellos- en lo que se refiere a la falta de democracia
interna es manifiestamente mejorable. Los últimos acontecimientos que
sobresaltan al PSOE, Podemos e incluso Cs así lo indican.
José Luis úriz
Nacieron en el siglo XIX y prácticamente no
ha evolucionado nada en esta cuestión. Se han convertido en una maquinaria
electoral desideologizada en la que prima exclusivamente la disciplina
-sumisión deberíamos denominarlo-, cercenando cualquier debate, cualquier disidencia
que pueda suponer un peligro para las élites que los dirigen, aunque
generalmente la disfracen con el ropaje de que eso debilita al partido y es
castigado electoralmente por la sociedad
Es probable que esto último sea cierto, ya
que la sociedad actual aunque siga considerando a los políticos como uno de sus
mayores problemas, castiga cuando en el interior se manifiestan riquezas
ideológicas, debates enriquecedores. Esa contradicción es utilizada por sus
dirigentes para cortar de raíz cualquier disidencia, cualquier discrepancia con
el poder establecido, utilizando un instrumento cruel y deleznable que se
conoce como “medidas disciplinarias”. Al principio como amenaza y a la larga
con su aplicación estricta.
Por eso en los Estatutos que rigen su vida
interna y externa, el apartado disciplinario es el más extenso. Leídos con
detenimiento producen la sensación que todos ellos son claramente
inconstitucionales, infringiendo muchos de los derechos básicos contemplados en
nuestra Constitución.
Lo normal debiera ser que un afiliado tuviera
los mismos derechos como ciudadano que como militante, y que las normas básicas
que rigen la vida fuera de los partidos fueran de aplicación también dentro.
Lamentablemente eso no es así, y por eso en
los últimos tiempos conflictos que debieran ser solucionados en clave interna
trascienden al ámbito judicial. Qué mal está esto cuando ocurre una
circunstancia así.
Los ciudadanos perciben en los partidos
políticos una vocación enfermiza por ocupar parcelas de poder para utilizarlo
en la búsqueda de un beneficio personal o colectivo al margen de los intereses
generales de la sociedad.
Se muestran como estructuras de poder
inaccesibles, como castas incontrolables por los ciudadanos, como máquinas de
influencia que tienen sus propios códigos de conducta, comunicación y pacto, y
que engañan y ocultan la realidad con el único fin de mantenerse en el poder al
precio que sea.
¿Podemos afirmar que la estructura interna de
los partidos políticos en España y su funcionamiento son democráticos como
establece el referido texto fundamental? ¿Podemos sostener que la transparencia
en su gestión y el control interno de sus representantes en las instituciones
resulta satisfactorio, eficaz y suficiente? ¿De verdad que nuestros partidos
“son instrumento fundamental para la participación política”?.
Lamentablemente pocos ciudadanos se
pronunciarían en sentido afirmativo a las tres preguntas. Lo cierto es que
sufrimos un sistema de partidos que arrastra varios traumas no resueltos desde
el inicio de la transición democrática.
Uno de ellos se refiere a la ausencia de
imprescindible pluralismo político e ideológico en la vida interna de las
organizaciones. Por la forma de producirse nuestra transición y por la falta de
hábitos democráticos durante el franquismo, se impuso la idea de que cualquier
debate ideológico interno implica inestabilidad y que tal situación “es
castigada por los electores”.
A diferencia del resto de los países
europeos, entre nosotros, cualquier crítica o disidencia hacia la cúpula del
partido se presenta como una “deslealtad”. Los partidos no pueden ser
cuarteles con mentalidad militar en aras a un bien superior que define el
aparato burocrático correspondiente. “Los trapos sucios se lavan en casa,
en el interior”, claman algunos.
Falso. El primer compromiso que tienen los
responsables políticos es con los ciudadanos y no cumplen con su obligación si
ocultan su opinión sobre asuntos públicos o conductas irregulares “para
proteger al partido”. Tal comportamiento tiene que ver más con residuos
del estalinismo que con la vida democrática en una sociedad plural.
Desde tal concepción, la mayoría de nuestros
partidos políticos han generado unas tramas de poder interno y externo que, en
la práctica huyen de cualquier control.
Quizás sea este el momento, aunque sólo fuera
para recuperar la confianza perdida en el seno de nuestra sociedad, de poner
fin a esta situación y emprender una profunda transformación de los Partidos
Políticos en nuestro país. Quizás el primero que tenga el valor de hacerlo
acabe teniendo un plus electoral inesperado.
Conseguir que dejen de ser una maquinaria al
servicio de sus dirigentes, una fuente de empleo que genera dependencia a quien
tiene el poder de repartirlo, que conviertan sus paredes de acero en cristales
transparentes, con una mayor democracia interna, fomentando la libertad de
expresión, debates activos, rotación constante en su dirección,
incompatibilidad de cargos, límite de mandatos, listas electorales abiertas,
etc., etc. Que se conviertan realmente en instrumentos al servicio de la
sociedad, en los que cualquier cargo suponga un esfuerzo y no una prebenda.
Abrir ese debate, dentro y fuera de los
mismos, al menos en los de izquierdas como el propio PSOE, y Podemos, con
valentía, imaginación y audacia. Partiendo de una base fundamental: que todas
las actuaciones disciplinarias abiertas queden en suspenso. Una especie de
amnistía política que permita participar en el mismo a todas aquellas personas
que tienen algo que aportar. Porque son precisamente éstas, las que han tenido
el valor de enfrentarse a los “aparatos”, las que tienen una mayor capacidad
intelectual y por eso están en esa situación. Probablemente lo más valioso de
cada partido haya estado o esté bajo el peso de esa terrible disciplina interna.
Somos más quienes estamos a favor de esa
profunda reforma. Los que apostamos porque el aire fresco inunde sus salas y
despachos, que sean los más valiosos, quienes más valía intelectual e
ideológica tengan y no los más serviles, lameculos, burócratas vulgares, los
que dirijan estas naves. Somos más quienes desde la base -porque la base es
inmensamente mayor que las cúpulas dirigentes- estamos exigiendo esos cambios,
y quizás sea bueno y saludable que una profunda revolución interna acabe con el
sistema actual.
Nuestros partidos funcionan a través de un
sistema piramidal y oligárquico que se reproduce verticalmente y que reproduce
otras cúpulas pequeñas, u oligarquías locales y regionales, que le deben su
poder al vértice del partido y dependen de una complicidad política mutua. Es
un sistema en el que la aparición del nepotismo y de las redes clientelares
internas y externas del partido constituyen un auténtico “aparato de
poder” que resulta imbatible.
Desde ese poder local o regional se
distribuyen los cargos públicos a personas de estricta confianza, y, a su vez,
tales personas influyen y controlan la vida interna del partido para que no
cambie la correlación de fuerzas interna. El pluralismo, la transparencia y el
control interno de la gestión desaparecen como por ensalmo, lo que explica la
sorpresa que suscita, en ocasiones, la aparición de prácticas corruptas o
abusos de poder insoportables.
Si además se exige silencio y aparece la
figura de la “omertá” para mantener el poder y el respeto a los pactos
clientelares, la democracia resultará derrotada, se convertirá en simple
hojalata mientras las burocracias fortalecerán su resistencia al control. Éste
es el debate hoy tanto en el PSOE donde las bases están en plena revolución
interna, como en Podemos donde puede ocurrir en un futuro no muy lejano.

Veremos…………….
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