Los que lo llamábamos don Manuel

77
0

Seguimos este magazín semanal con una nueva sección, será comentar un tema cultural siempre desde la óptica republicana. Y para empezar una declaración de principios:

“Nosotros somos republicanos. A ese titulo, que no ocultamos, ni declinamos, se acoge nuestra historia y nuestro honor. Republicanos ayer, republicanos hoy, y republicanos hasta la hora final.”

Diego Martínez Barrios, Ministro y Presidente del Congreso.

Esta semana he elegido un libro es “Azaña: los que lo llamábamos don Manuel”, escrito por la periodista Josefina Carabias y Sanchez-Ocaña. Nació en Arenas de San Pedro en 1908, provincia de Ávila y murió en Madrid en 1980.

La primera edición fue publicado en septiembre de 1980 por la editorial Plaza & Janes, en edición rustica, la portada con la fotografía de Azaña y la bandera de la Republica. Josefina Carabias muere mientras está el libro en la imprenta. Desde entonces no se había vuelto a publicar, a principios de 2021 lo ha reditado Seix Barral del grupo Planeta, con prologo de Elvira Lindo, en edición rustica, la portada con un ramillete tricolor de rosas.

Una mujer que nacía a principio de siglo en una familia de agricultores terratenientes tenía trazado su destino. Este era el matrimonio con estudios básicos en un colegio de monjas. Ella se revelo, estudio bachillerato a escondidas y con el titulo pidió a sus padres estudiar Derecho. Se desplaza a Madrid y se aloja en la Residencia de Señoritas, dirigido por María de Maeztu, una moderna institución que formaba a la elite cultural femenina.

Mientras estudia frecuenta el Ateneo, las tertulias literarias de los cafés entre Sol y la Puerta de Alcalá. Donde se conocían las noticias, las opiniones políticas y literarias. En ellos se reunían intelectuales, escritores, periodistas, diputados, funcionarios y políticos que gobernaran la nueva Republica. Azaña regentaba la tertulia del hotel Regina. Termina la carrera de Derecho y se dedica al periodismo. Conocía a todos los personajes de los cafés literarios y con gran audacia se movía en un mundo de hombres, entre el café, el aguardiente y el humo del tabaco. Empezó a trabajar en el semanario Estampa, después en los diarios La Voz y Ahora, dirigido por Manuel Chava Nogales. Como locutora en los micrófonos de Unión Radio y Radio Madrid. Realiza varios trabajos de investigación como camarera en el hotel Palace.

Fiel a las ideas republicanas y a la Republica, con la derrota en la guerra civil, se exilia a Paris con su marido José Rico Godoy. Son años de exilio y de cárcel, trabajando con seudónimo hasta 1948 en el diario Informaciones. Solicita la corresponsalía de Washington y después París hasta 1967, que regresa y trabaja como columnista en el diario Ya.

En plena transición decide plasmar sus recuerdos del político más importante de la Segunda Republica. Escribe el libro para conmemorar el centenario de la muerte de Manuel Azaña 1880/1980. Lo adquirí en una librería de viejo hace años y cuando lo empecé lo leí seguido. No es un libro de historia, ni una biografía de Azaña. Es un libro de recuerdos y de vivencias, muchas de ellas inéditas hasta la fecha, que por fidelidad y amistad no desveló. Algunas son anécdotas históricas, otras son confesiones, comentarios y reflexiones del propio Azaña.

Esta escrito de memoria y algunos de los recuerdos están desdibujados. En un lenguaje actual con una visión natural y humana del político. Lo conoce en 1930 en los salones del Ateneo, ella tiene veintidós años, Azaña acaba de cumplir cincuenta, en aquella época era un anciano. En esos días es elegido Presidente de la Docta Casa, donde arrancará su carrera política. Cada tarde en un despacho del Ateneo se reunía el Comité Revolucionario, salido del Pacto de San Sebastián, se dedicaban a conspirar para cambiar el régimen.

En la introducción del libro nos describe su visión del carácter de Manuel Azaña:

“Se ha hablado de “los dos Azañas”. A mí, desde que lo conocí, antes de que fuera conocido en España y en el mundo, hasta que le perdí de vista, siempre me pareció uno solo. Un hombre más humano de lo que él dejaba ver, con más corazón del que mostraba y con no pocas contradicciones dentro de sí mismo”.

El intervalo de tiempo del libro es una década, entre los años 1930/1940. Describe los momentos que compartieron  desde el anonimato de las mesas de mármol de los cafés al cargo institucional en los salones de Congreso de los diputados.  Describe con gran sentido del humor una época que fue crepitante en nuestra historia.

Por las páginas del libro desfilan muchos personajes: escritores como Unamuno y Valle Inclán, políticos Miguel Maura, Largo Caballero, Juan Negrín, Niceto Alcalá Zamora, diputados y ministros republicanos, también su gran amigo y cuñado Cipriano de Rivas Cherif.

Los diferentes capítulos describen los acontecimientos que sucedieron y como los vivió. Empieza con las conspiraciones en el Ateneo, los discursos republicanos en campo abierto, la clandestinidad después de Jaca, el asalto al Ministerio de la Gobernación, el acuerdo con Macià, los debates de la Constitución, el golpe de estado de Sanjurjo, el Estatuto catalán y su viaje, las obras literarias y el teatro, la relación con la prensa, la crisis de Casas Viejas, octubre en Barcelona, la Presidencia de la Republica, el golpe de estado del 18 de julio, el pesimismo de la guerra. Para acabar con el destierro en Francia y los últimos días en Montaban.

La relación de amistad y afecto con Azaña está relatada en las últimas páginas del libro, lo describe así:

“Ni estos amigos, ni otros muchos de los que no recibimos de Azaña más favor que el de su trato (que era muy agradable hacia las personas que le caían en gracia), nunca renegamos de haberle conocido y frecuentado. No le negamos ni siquiera en los tiempos en los que su nombre no se podía pronunciar. Debe decir que tampoco nos paso nada a los que, siempre que se presentaba la oportunidad, lo pronunciábamos con respeto. Y también con una gran compasión hacia quien sufrió tanto y encajo tantas ingratitudes”.

Termina el libro con un Apéndice imaginario, Manuel Azaña está visitando el Congreso de los diputados, en una sesión de los debates de la transición. Sorprendido por la manera de vestir en el hemiciclo, de la presencia de la mujer y la juventud de los nuevos políticos. Extrañándose de la vejez de los diputados comunistas, que han sobrevivido al paso de la guerra civil. Se despide de la periodista pero su Madrid ha cambiado, comenta:

 – Total tendremos que meternos en un café.

 – Ya no hay cafés. Son cafeterías donde se toma deprisa lo que sea.

Salud y República a todos.

Joaquín Soler, arquitecto, y vocal de la Junta Federal de Unidad Cívica por la República UCR.

 

Artículo anteriorTertulia feminista: hoy hablamos del maltrato psicológico “Luz de gas”
Artículo siguienteLa hora de la República en RRR 13.07.2021