Los obispos europeos se apropian de Auschwitz

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EL cinismo de la jerarquía catolicorromana es proverbial históricamente, y ahora se confirma una vez más con la declaración firmada por los presidentes del Consejo de Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) y de la Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE), en el 75 aniversario de la liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz—Birkenan. Proponen que el día 27 de enero, a las 15, horas, cuando fue liberado el campo, en los hogares europeos se encienda una vela, y se ore por los asesinados en ese tétrico lugar de la historia de Europa.

Al leer el comunicado cualquiera pensaría que fueron los obispos catolicorromanos los libertadores, aquel 27 de enero de 1945, y no el Ejército Rojo, el mismo que poco después ocupó Berlín, combatiendo durante 17 días calle por calle contra los berlineses defensores a ultranza del nazismo, hasta su rendición total el 2 de mayo, y así puede decirse que concluyó la guerra en Europa. Los obispos no quieren escribir el nombre del Ejército Rojo, porque para ellos es pecado. Su jefe durante toda la guerra, el papa Pío XII, demostró contundentemente su simpatía hacia el nazifascismo, lo que se comprende porque la institución más totalitaria habida nunca es la Iglesia catolicorromana.

Esta secta falsamente cristiana persiguió a los judíos, bajo la acusación nada menos de ser deicidas, durante veinte siglos. Cambió de criterio durante la celebración del Concilio Vaticano II: el 28 de octubre de 1965 aprobó la declaración Nostra aetate, equivalente a un tratado de paz con las restantes religiones. Pese a ello, la secta mantiene la desvergonzada declaración Extra Ecclesiam nulla salus, esto es, que fuera de la Iglesia, la suya, por supuesto, no hay salvación para las almas, aprobada en 1215 por el IV Concilio de Letrán. De modo que los creyentes en cualquiera de las restantes confesiones religiosas están condenados al fuego eterno en el infierno.

El caso de san Vicente Ferrer

La Conferencia Episcopal Española, si tuviera un ápice de dignidad, cosa imposible, aprovecharía el ejemplo de sus colegas europeos para proponer una jornada en recuerdo de los judíos españoles masacrados por el fanatismo de sus santos. En nuestro suelo patrio se perpetró un genocidio continuado durante siglos contra los judíos. No es posible concretar el número de sus víctimas, al no contarse entonces con documentación veraz, pero es seguro que resultó elevadísimo. Por poner un solo ejemplo entre muchísimo posibles, el genocida san Vicente Ferrer, patrono de la Comunidad Valenciana, fue un predicador tenaz de medidas coercitivas contra los judíos. A iniciativa suya se constituyeron guetos en las ciudades, para tener controlada a toda la población hebrea, y se dictaron normas de obligado cumplimiento acerca de sus vestidos, que los distinguieran de los cristianos. El fraile gozaba de más poder que las autoridades locales en todas partes.

Mucho más letal resultó su orden para que se convirtieran a la fe cristiana. Mediante la convicción derivada de su predicación en primer lugar, pero en el caso de resistirse mediante el uso ilimitado de la violencia. De ella se dedujeron los pogromos contra los judíos, con la intención de obligarles por medio de la amenaza de muerte a aceptar el bautismo.

El más sanguinario fue el organizado el domingo 9 de julio de 1391 en Valencia, cuando los fanáticos cristianos asaltaron la judería y masacraron a todas las familias adineradas, apoderándose de sus posesiones: no existen datos oficiales, aunque se calcula que asesinaron a unas 230 personas, que para los criminales no lo eran. Ese patrono de los valencianos predicaba que los judíos no eran seres humanos, y que tenían rabo, como los animales. Sus fieles creían cualquier aberración que pronunciara. La sinagoga mayor fue ocupada y convertida en una iglesia dedicada a san Cristóbal.

Otra de sus hazañas consistió en promover la llamada disputa de Tortosa en 1413, para intentar convencer a los rabinos de que estaban equivocados en sus creencias y debían convertirse a la cristiana. Fracasó en su intento, de intención indudablemente fascista, como es lógico, pero de esa discusión derivó la redacción de un Tratado contra los judíos, antecedente del Mein Kampf escrito por Hitler 512 años después con la misma intención genocida. El santo valenciano decía actuar en nombre de Dios, y el Führer alemán en nombre de la raza.

   A Vicente Ferrer, santo de la Iglesia catolicorromana, solamente le faltó promover campos de exterminio para ser un auténtico predecesor del nazismo. En todos sus actos se comportó como un genocida, y por tanto lo son sus cómplices los valencianos que celebran su fiesta anualmente, con misa mayor, procesión callejera y representación de los que denominan Els miracles. Algunos nada más, porque en el expediente de canonización de este criminal contra la humanidad se contabilizaron 872 milagros probados. ¿No existe ni un solo valenciano capaz de protestar contra la organización de esas honras públicas a quien debiera estar execrado? ¿Por qué el minicardenal Cañizares, arzobispo de Valencia, no propone a sus diocesanos encender una vela en memoria de las víctimas causadas por la infame predicación de su san Vicente Ferrer?

La España protonazi

El pogromo de 1391 es quizá el más sanguinario, por el número de víctimas, aunque nunca podrá saberse con exactitud cuántas fueron, pero hubo muchos otros en diversos lugares de España, y se prolongaron durante siglos. Las noticias sobre ellos son confusas, debido a que los mismos que participaban en su predicación o ejecución comprendían que estaban ejecutando un acto malvado y procuraban disimularlo. También los organizados en 1492 y 1497 resultaron especialmente criminales. Los historiadores opinan que a las turbas no les importaba nada la conversión de los judíos, sino que era la disculpa propuesta para asaltar sus domicilios, robar los objetos de valor, y apoderarse de los pagarés de préstamos que guardaban para evitar compensarlos.

Ante el horror de las matanzas muchos judíos fingían convertirse al cristianismo para salvar sus vidas. Son los llamados anusim en hebreo, que no eran considerados apóstatas por la comunidad, ya que eran conscientes de la situación de peligro en que se hallaban. Sus descendientes, los benei anusim, quedaron integrados en la sociedad española, pero como cristianos nuevos, desconfiando de ellos: los llamaban marranos despectivamente. Para desempeñar cargos públicos era necesario ser cristiano viejo, y someterse a un expediente de “limpieza de sangre” que lo confirmase. Descender de judíos era un estigma imborrable en la sociedad española. Uno de los peores insultos utilizados en castellano ha sido secularmente el llamar perro judío a un contrario.

El conocido como Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición se distinguió por su celo en perseguir a los llamados judaizantes, los conversos aparentes que continuaban practicando en privado su fe, y eran denunciados por los vecinos a causa de cualquier sospecha, como evitar los trabajos en sábado o no adquirir productos derivados del cerdo en el mercado. Los conversos vivían aterrados, como los alemanes demócratas bajo el nazismo, porque no era necesario demostrar la realidad de una denuncia para que la burocracia represora se pusiera en marcha.

Con el decreto de expulsión de los judíos, firmado el 31 de marzo de 1492 por los apodados Reyes Católicos, no se resolvió el conflicto pseudorreligioso en España. Los clérigos continuaron predicando contra el pueblo hebreo, especialmente durante los cultos de la llamada semana santa. Yo no he podido olvidar nunca los anatemas lanzados por los escolapios contra el considerado pueblo deicida, en el colegio en donde no me educaron culturalmente, pero intentaron fanatizarme con sus predicaciones heréticas. Ni lo consiguieron ni se lo perdono.

Si los obispos españoles tuvieran dignidad, harían penitencia pública por los crímenes cometidos por sus antecesores en nombre de un dios asesino contra los judíos. El horror de Auschwitz conmueve a todas las personas con algo de humanidad, pero aquí se perpetró un genocidio continuado durante siglos, del que ellos no hablan, y encima existen comunidades que celebran la memoria de los genocidas.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio

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