Lorca: así que pasaron 85 años

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El 19 de agosto de 1936 se cometió un crimen político en Granada, contra Federico García Lorca, el republicano que firmó el 14 de noviembre de 1934 el manifiesto de protesta contra el ilegal proceso incoado a Manuel Azaña, el comunista que firmó en abril de 1933 el manifiesto de los Amigos de la Unión Soviética, el demócrata que firmó el 1 de mayo de 1933 el manifiesto contra la Alemania nazi, el escritor que se definió como “el poeta de los pobres”, el que había dedicado poemas a los negros y a los gitanos como integrantes de las ínfimas clases sociales en los Estados Unidos y en el reino de España, con las que se sentía identificado.

No podía tolerarlo la ultraderecha española, que se había sublevado un mes antes, capitaneada por los militares monárquicos y bendecida por la clerigalla archirretrógrada, con ayuda de los estados nazifascistas. Las órdenes para la sublevación facilitadas por el designado como su director, el exgeneral Mola, recomendaban causar el mayor terror a la población civil, para que por miedo se uniera a los rebeldes. Nada podía resultar más terrorífico que asesinar al más popular de los escritores del momento, cuyos romances eran recitados en los teatros de barrio y cuyas obras dramáticas se representaban con éxito en teatros de España y América del Sur.

La noticia de su asesinato conmocionó, desde luego, a los españoles y a los intelectuales de todo el mundo, por lo que tuvo un efecto contrario al imaginado por los militares y falangistas granadinos. Era un escritor muy  famoso que secundaba una ideología propia, sin tomar parte en los combates ni arengar a los milicianos, lo que demostraba que el crimen era debido al afán de exterminio de la población civil emprendido por los sublevados.

Esa muerte sirvió para demostrar el ánimo destructivo de los militares perjuros. Como dice el Viejo, uno de los personajes del drama Así que pasen cinco años, opinión que puede aplicarse al crimen, “Están las cosas más vivas dentro que aquí fuera, expuestas al aire o la muerte”, porque aquel asesinato revitalizó la imagen de la víctima frente a los verdugos. Hasta un fanático ultracatolicorromano como Manuel de Falla no quiso continuar viviendo bajo un régimen político que mataba a seres inocentes, como su amigo Lorca, y se exilió en Argentina, sin aceptar los sobornos que le ofrecía la dictadura si permanecía en el país vencido.

El ejemplo de Mariana Pineda

Su vinculación a la República se materializó ya al escribir en 1923 la tragedia que cuenta la muerte en el cadalso de Mariana Pineda, acusada de encubrir a los liberales conspiradores contra el absolutismo de Fernando VII, sin duda el peor de los borbones, aunque no haya habido ninguno digno en esa dinastía. Parece una premonición, porque Mariana fue muerta según la ley tiránica, acusada de bordar una bandera con el lema de la libertad, y Lorca fue fusilado cumpliendo una orden de los militares rebeldes, acusado de ser adicto a la República contra la que ellos se sublevaban.

Durante los cuatro años siguientes se esforzó inútilmente en buscar una compañía teatral que osara representar la obra: nadie se arriesgaba, porque el Borbón de aquel momento, Alfonso XIII, había propiciado la dictadura militar del general Primo para librarse de sus disidentes, si no llevándolos al cadalso, como su antecesor Fernando VII, sí mediante el cierre de teatros y universidades, imposición de la censura de publicaciones y espectáculos, destierro de los intelectuales díscolos, y encarcelamiento de los oponentes.

Ofreció una lectura privada  de la tragedia en el Ateneo de Barcelona en abril de 1925. No se anunció para evitar su prohibición, pero asistieron notorios republicanos de la provincia, convocados reservadamente. El acto se convirtió en una exaltación de la República, y el autor fue aplaudido como el primer poeta republicano de España.

Un estreno oportuno

Hizo tres versiones distintas, y por fin la actriz republicana Margarita Xirgu se atrevió a estrenarla en el Teatro Goya de Barcelona, el 24 de junio de 1927. El público fue cómplice de los actores en todo momento, y aplaudió largamente cuando ella gritó ya al final: “¡Yo soy la libertad, herida por los hombres!”, porque entendía que en realidad quería decir “asesinada por el ejecutor militar cumpliendo órdenes reales”.

El estreno en Madrid tuvo lugar el 12 de octubre, en el Teatro Fontalba. Además de los aficionados teatrales de costumbre, aquella noche asistieron personas deseosas de participar en lo que se valoraba como un mitin político. Aunque Lorca todavía no había publicado ninguna de sus grandes obras líricas o dramáticas, era popular y conocida su inclinación republicana.

Uno de los espectadores, Arturo Barea, evocó años después en su exilio de español libre cómo la gente daba vivas a la República durante la representación, a pesar de la segura presencia de policías en el teatro. Lo narra en su ensayo Lorca, el poeta y su pueblo, publicado en 1957 en Buenos Aires por la Editorial Losada, donde se lee en la página 25:

El drama histórico de Lorca Mariana Pineda se estrenó en 1927. La dictadura militar de Primo de Rivera estaba tocando a su fin, el Trono se tambaleaba, el pais –no sólo los grupos políticos e intelectuales, sino también el hombre de la calle, la gente que se reunía en cafés, bares o calles de barrios bajos–, pedía, cada vez más enérgicamente, responsabilidades, que hasta entonces se había logrado escamotear, por el desastre de Marruecos. El movimiento en pro de una República democrática y contra la Monarquía dictatorial, ganaba terreno de día en día. La censura y las represiones trabajaban incansables; sus instrumentos eran un estrecho control de la Prensa y una brutalidad cruda dentro de las Comisarías y los cuarteles de la Guardia Civil.

En ese ambiente estrenó Lorca su tragedia sobre la heroína que prefirió la muerte antes que delatar a los conspiradores, y el público aplaudió su actitud. Por eso aunque Mariana Pineda es una obra teatral con notorias deficiencias en su escritura y debido a ello en su representación, se benefició de la oportunidad de constituir un reclamo para la revolución social que derivaría en la proclamación de la República. Fue estrenada en el momento conveniente, y contribuyó a la caída del Borbón en el trono, descendiente del otro que mandaba matar a militares rebeldes y a muchachas bordadoras.

Triunfante la República por decisión del pueblo, expuso Lorca un proyecto de teatro popular a su paisano y amigo Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Una vez aprobado por el Gobierno, el 10 de julio de 1932 salieron de Madrid los camiones que transportaban a los integrantes de La Barraca, nombre que se dio al grupo teatral, para representar el teatro clásico español por ciudades y pueblos. En algunos lugares se produjeron incidentes, por la actitud provocativa de grupos antirrepublicanos que veían en Lorca a un enemigo muy peligroso.

La poesía como arma política

El compromiso político de Lorca se comprueba contundentemente al examinar los manifiestos que firmó en ese período. Los ha recopilado Ian Gibson, para acallar a quienes pretendían sostener que el poeta nunca demostró  inquietudes políticas, y que por lo mismo su asesinato no tuvo esa motivación, y los reproduce en la completa biografía del poeta titulada con su nombre y publicada en Barcelona por Grijalbo en 1985, y otras ediciones.

Parece haber sido una consigna desvincular a Lorca de las ideas políticas, para presentarlo como un escritor únicamente preocupado por su obra literaria. Incluso se inventaron motivos para explicar su muerte por cuestiones de rencillas homosexuales: se atrevió a propalarlo en 1956 el que usaba el seudónimo de Jean—Louis Schonberg, asegurando que la politique n’a pas été le mobile. La dictadura difundió ampliamente su teoría sin base real.

Es cierto que Lorca no se afilió a ningún partido político, pero es muy significativo su apoyo a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, porque declara su interés por el comunismo. Su estancia en los Estados Unidos de Norteamérica en 1929 y 1930 le hizo despreciar la sociedad capitalista por excelencia: prueba de ello es su libro Poeta en Nueva York, una reiterada denuncia de la opresión a los negros, de la deificación del dólar, de la deshumanización de la vida. Bien claro lo dijo en el poema “New York. Oficina y denuncia”, a pesar de su tono caótico, tomado como expresión de un acercamiento hispano al superrealismo francés:

[…] Yo denuncio a toda la gente

que ignora la otra mitad,

la mitad irredimible

que levanta sus montes de cemento

donde laten los corazones

de los animalitos que se olvidan

y donde caeremos todos

en la última fiesta de los taladros.

Os escupo en la cara. […]

En otros poemas se repiten las acusaciones contra la sociedad estadounidense, como en “Oda al rey de Harlem”, “Iglesia abandonada (Balada de la Gran Guerra)”, “Grito hacia Roma (Desde la torre del Chrysler Building)”, y varios más. De modo que si no perteneció a ningún partido político, sí estuvo con los que padecen la opresión capitalista y con los que esperaban entonces el triunfo mundial de la Revolución Soviética. Fue bastante motivo para que los militares sublevados ordenaran su fusilamiento al mes de la rebelión. Su caso es semejante al de otros muchísimos republicanos, asesinados por la delación de un falangista o de un fraile, aunque más mediático.

Dos opiniones  y un sapo

Uno de los que con más  ahínco defendieron el apoliticismo de Lorca fue su compañero en el grupo del 27 Dámaso Alonso, que no por casualidad era catolicorromano confeso y chapoteaba en la ciénaga fascista con delectación, porque para eso se había quedado en España recibiendo honores de los rebeldes. En 1948 publicó en el número 35 de la revista Finisterre un ensayo sobre “Una generación poética (1920—1936)”, el grupo llamado del 27, al que él mimo pertenecía más como ensayista que como poeta. Fijó la fecha de 1936 como la de su disolución, debido a que entonces “aparece el demonio de la política, destino involuntario (¡y por tantos odiado!) del hombre moderno”, según está escrito para general asombro de lectores.

Al parecer no se había enterado de que la política fue desarrollada por los griegos clásicos, como todos los fundamentos de nuestra cultura occidental. Ignoraba que Platón escribió un iluminador tratado sobre La República. Al mencionar a Lorca lo presentó diciéndole “Federico, mi príncipe muerto”, expresión causante de un gran enfado en otro de los integrantes del grupo del 27, Luis Cernuda, exiliado en los Estados Unidos por no tolerar la dictadura fascista instalada en su patria. En su último libro, Desolación de la Quimera, editado en México en 1962, incluyó el poema “Otra vez, con sentimiento”, un diálogo lírico con Lorca en el que se burló de que un miembro de la que denomina “tribu españolista” se hubiera atrevido a llamarle “mi príncipe”, y le pregunta y se pregunta: “¿Príncipe tú de un sapo?”

El grupo del 27 se disolvió en 1936, pero no por acción del “demonio de la política”, sino de todos los diablos salidos del infierno para destruir a la abandonada República Española, vestidos con uniformes nazis y fascistas y con los últimos modelos de armas. El asesinato de Lorca fue un crimen que indignó a la mayor parte de sus compañeros, pero no provocó la disolución  del grupo ya roto por mantener cada uno sus personales opiniones políticas.

La guerra iniciada por los militares monárquicos sublevados hizo imposible la convivencia entre las dos españas enfrentadas, en las que también se dividían las ideologías de los poetas. Siete de los supervivientes del grupo se refugiaron en países acogedores, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Emilio Prados, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre y Juan Larrea. En España quedaron Dámaso Alonso y Gerardo Diego por su involucramiento con la dictadura, y Vicente Aleixandre a causa de su enfermedad crónica que le obligaba a guardar reposo continuado.

Todos se interesaron por las cuestiones políticas, como era obligado en unos intelectuales, incluido Alonso, que se dejó tentar por un demonio monárquico para loar a su rey Alfonso XIII. Todos intervinieron de alguna forma en la contienda, sobre todo con poemas laudatorios de acciones bélicas de su interés. Eso es lo que no pudo hacer Lorca, detenido el 16 de agosto en el Gobierno Civil de Granada, del que lo sacaron para darle muerte el 19. Podemos deducir de los manifiestos firmados en años anteriores que hubiera compuesto poemas a los soldados leales de haber tenido tiempo, pero los militares sublevados no se lo dieron.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio

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