“Las mascaras” por Joaquín Soler

0

“El principio es la mitad del todo.”

Pitágoras

Las mascaras son elementos que cubren el rostro para esconderlo o modificarlo. Se han usado en todas las culturas desde la antigüedad para otorgarse poderes sagrados o simbólicos. En mi juventud solo llevaban mascara los héroes o los villanos. Leíamos los comics del Jinete enmascarado y del Llanero solitario, también las novelas del Zorro y del Coyote, todos hacían la justicia en solitario y siempre acababan bien.

La mascara es la defensa del anonimato de los malos y los ladrones, pero también de los héroes, los disidentes y los revolucionarios que tienen que ocultar su identidad para luchar contra el control de los gobiernos autoritarios.

“Hay ladrones de chaqueta y de metralleta, a quien temo es a los primeros.”

José Ma Mena, exfiscal anticorrupción.

Durante el Carnaval las mascaras cubrían el rostro para divertirse, cambiar y esconder la personalidad. Después venia la semana santa donde los penitentes con sus capirotes recorrían las calles. Los demás días del año nadie usaba mascaras, solo los médicos y sanitarios en las unidades de curas y los quirófanos. Los demás íbamos a cara descubierta, con la cara al sol trascurrió mi infancia entre sotanas negras, camisas viejas descoloridas y grises.

Guy Fawhes, soldado que luchó con los católicos en los tercios de Flandes, participó en la conspiración de la pólvora. El 5 de noviembre de 1605 intentó dinamitar el Parlamento de Westminster y acabar con el rey protestante Jacobo I. Su rostro famoso por el comic V de Vendetta se convirtió en una mascara adoptada por la comunidad virtual Anonymous.

En la primera guerra mundial, en 1915, los ejércitos y la población se dotaron de mascaras antigás, para protegerse de los efectos letales de los gases lanzados al aire. Al terminar la contienda las caras deformadas de los soldados llevaban mascaras para reconstruir el rostro. La gripe, mal llamada “española”, recorrió el mundo con diversas olas y miles de muertos, en ese momento salieron las mascarillas para proteger a toda la población.

“A los pueblos del mundo. Hermanos:

Durante los últimos años el poder del dinero ha presentado una nueva máscara encima de su rostro criminal. Por encima de fronteras, sin importar razas o colores, el Poder del dinero humilla dignidades, insulta honestidades y asesina esperanzas. Renombrado como «Neoliberalismo», el crimen histórico de la concentración de privilegios, riquezas e impunidades, democratiza la miseria y la desesperanza”.

Subcomandante Insurgente Marcos Primera Declaración de La Realidad, enero 1996

Los poderosos, los especuladores, las grandes corporaciones y el capital no tienen rostro, ni patria, ni bandera. La globalización, la deslocalización de las empresas y del trabajo están gobernando nuestras vidas y el mundo entero. Por eso los revolucionarios que se enfrentan a ellos tienen que ocultan su rostro como defensa del anonimato.

La revolución zapatista, en enero de 1994, reclamaba “democracia, libertad, tierra, paz y justicia» para las comunidades indígenas del estado de Chiapas al sur de México. El principal ideólogo el subcomandante Marcos cubre su rostro con un pasa montañas negro.

Las activistas femeninas rusas Pussy Riot realizaron una plegaria punk, el 21 de febrero en 2012, en la catedral del Cristo Salvador de Moscú para que la Virgen Maria librara a Rusia de Putin. Llevaban pasamontañas de colores, fueron detenidas, acusadas de vandalismo y juzgadas con gran severidad, era una advertencia de lo que ya sucedía en el Kremlin.

Hay gente que solo he conocido con la mascarilla puesta y no he visto su rostro completo. La mascara distorsiona la fisonomía y altera el timbre de la voz. Del rostro solo queda la expresión de los ojos, puede ser de alegría, de tristeza, de angustia, de rabia o de indiferencia  A los que conocí con la mascarilla cuando se la quiten no les reconoceré. Sin el rostro completo no se conoce a una persona. Llevar la mascarilla me ha salvado de un gesto inapropiado, un bostezo, una mueca, pero también está deformado mi fisonomía.

Durante la pandemia el control de la población fue total. El virus asociado a la muerte como la peste o el colera recorrió el mundo. La globalización extendió la enfermedad a todos los rincones del planeta, la enfermedad no conoció fronteras, ni banderas, ni culturas. Ahora para protegernos de un virus invisible usamos la mascarilla. El covid-19 entre ola y ola me pilló con la mascara baja. Algunos hemos usado la mascarilla para ocultarnos y camuflarnos de un conocido. Otros con la importación de las mascarillas han cobrado una buena comisión.

Las usamos en la calle, en los comercios, en el trasporte publico, en el trabajo y en los cines. Cuando salimos de casa ya nos ponemos la mascara como una prenda mas. Algunas mascarillas reflejan la personalidad del portador, otras sus ideas políticas o su condición laboral, pero la mayoría son anónimas sin ningún elemento especial a destacar, quirúrgicas o FP2. ¿Usamos la mascara por responsabilidad, por obligación o por miedo? ¿Nos crea ansiedad o nos da seguridad? A todos usarlas nos otorga el anonimato y en ocasiones no queremos abandonarlo.

“El hombre es menos sincero cuando habla en su nombre. Dadle una mascara y os dirá la verdad.”

Oscar Wilde

Salud y Republica a todos,

Joaquín Soler, arquitecto, Vocal de la Junta Federal de Unidad Cívica por la Republica UCR.

 

Artículo anterior“Estragos de la guerra” por Manuel Ruiz Robles
Artículo siguientePropaganda de guerra