La vida para sus adentros de Manuel Azaña

0
La vida para sus adentros de Manuel Azaña

Recuerdo y homenaje en el 142 aniversario de su nacimiento

Al estar considerado Manuel Azaña el representante genuino de la República España, lo mismo por los partidarios que por los adversarios, se comprende que recibiera tanto grandes elogios como enormes reprobaciones. Si no le inquietaba la censura injustificada, y ni siquiera se preocupaba por evitarla, menos interés sentía por el halago. Esa frialdad de sentimientos cuando actuaba en política le mantenía inmune a las críticas, fueran positivas o negativas. Hacía lo que su conciencia le aconsejaba como más útil para la República, porque era el deber, no por las opiniones que tal labor pudiera recibir. Al estudiar su biografía, nos damos cuenta de su carencia absoluta de vanidad en todos los órdenes.

Ya la conocían los amigos y los aduladores, por lo que excusaban perder

el tiempo haciendo su panegírico, puesto que nada obtendrían con ello. No era ni lo uno ni lo otro José Ortega y Gasset, catedrático de Metafísica, quien descendió al mundo físico para analizar el nuevo sistema político republicano, no le gustó y se propuso rectificarlo por medio de una conferencia ya a los seis meses de su proclamación. No obstante, descubrió algo bueno en el trabajo de Azaña, y con objetividad se dedicó a proclamar sus alabanzas por la gestión que estaba llevando a cabo en el Ministerio de la Guerra. Primero, en un artículo publicado en el periódico madrileño Crisol, el 2 de junio de 1931, titulado “Introducción a otra cosa”, ensalzó con un retruécano excesivamente vulgar, impropio de un estilista, la que llamó “hazaña de Azaña”, para la que acumuló calificativos grandilocuentes:

La República española tiene a estas horas en su haber una hazaña enorme, fabulosa, inverosímil, única en el mundo, […] esta hazaña es la de Azaña: la reducción radical del Ejército. No hay en el mundo otro pueblo que sea capaz de hacer cosa parecida, cuando todos, conste así, todos sueñan con hacerlo. […]

   Si algo merece un homenaje nacional y espontáneo es la reforma del Ejército. Y este homenaje debe ir a Azaña; […] Hace muchos años que no veo al señor Azaña, y desde siempre me ha dedicado su más escogida antipatía y su permanente hostilidad. Conste así. Pero esto no quita ni pone para que yo reconozca en él un hombre de gran talento, dotado, además, de condiciones magníficas para el gobierno.

El elogio hiperbólico iba seguido de una declaración punzante. De ese modo conseguía dos objetivos al mismo tiempo: advertir de la equidad de sus juicios, a pesar del menosprecio de que era objeto por el alabado, y resaltar su propia honradez, puesto que ensalzaba a una persona que le demostraba su antipatía. El profesor de Metafísica se hallaba muy asentado sobre la tierra física, y sabía sacar provecho de todas sus disquisiciones. La alabanza ajena se convertía en alabanza propia, cosa que sabía hacer muy bien Ortega, y le proporcionó buenos réditos.

Sin embargo, estaba en lo cierto al comentar que Azaña no sentía ningún aprecio por él, ya que así lo demuestra la lectura de su diario. Se trataba de dos talantes opuestos, capaces de marchar paralelamente, pero cada uno en su sitio, sin mezclarse. Puesto que es muy conocida la posición de Ortega durante la guerra, y su regreso a la España sometida a la dictadura para convertirse en su guía espiritual, entendemos las reservas de Azaña para no confiar en el inspirador de la Agrupación al Servicio de la República, a la que tan pésimamente sirvió, lo mismo que sus compañeros Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala. Fueron republicanos de ocasión.

Poco después, al intervenir Ortega ante las Cortes Constituyentes el 30 de julio, volvió a utilizar un lenguaje ditirámbico para ensalzar la obra culminada por Azaña, discurso reproducido en Crisol al dia siguiente. Aseguró que se dirigía a los obreros españoles, él que era también “otro obrero, que tiene maltrecha su vida por accidente de trabajo, que ha roto en el trabajo su salud”, de modo que empezó por la autocomplacencia inquebrantable. Después ya se refirió a los cambios introducidos en el Ministerio de la Guerra, con esta exuberancia lírica, llena de exaltaciones retóricas, para mover el ánimo de los oyentes a cumplir lo que les proponía. Obsérvense, de paso, las diferencias estilísticas entre la oratoria directa de Azaña y la pomposa de Ortega, plena de barroquismos impropios de un debate en el Parlamento:

[…] habéis hecho una maravillosa e increíble, fabulosa, legendaria reforma radical del Ejército, sin que a esta hora se haya enterado bien de ello el pueblo español. […] esa reforma de Guerra, sueño hoy de todos los pueblos del mundo, sólo ha sido realizada por la República española, y se ha logrado sin rozamiento grave, con corrección por parte del ministro de la Guerra y por parte de los militares, que han  facilitado el logro de este magnífico proyecto. […]

De un pueblo que no aplaude se puede esperar poco; pero no se puede esperar mucho tampoco de una Cámara que a estas horas no ha tributado tal homenaje del aplauso a ese ministro de la Guerra, al Ejército que se ha ido y al que se ha quedado. (Grandes aplausos. La Cámara tributa una larga ovación al señor ministro de la Guerra.)

La acotación señala que las líricas y grandilocuentes palabras del orador movieron a los diputados a aplaudir a Azaña. La verdad es que el Congreso debiera haberse enterado de la reforma militar sin necesidad de que alguien la resaltase durante una sesión, lo mismo que los ciudadanos, puesto que la Gaceta de Madrid y los periódicos informaban puntualmente de los decretos sucesivos. Sería cierto, ya que así lo manifestó, pero es sorprendente.

Recogió Azaña en su diario ese mismo elogio, añadiendo que al terminar Ortega su discurso era patente la tensión en el Congreso. Finalizada la sesión, Azaña se acercó a dar las gracias al periodista, quien le espetó: “Ya sé que a usted los aplausos no le importan.”

Las citas de Azaña se hacen por la edición de sus Obras completas en siete volúmenes, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, señalando el tomo en números romanos y la pagina en arábigos. En este caso III, 639.

No se puede decir que fuese una nueva manera de entender la política, porque ni resultaba general entre los republicanos, ni Azaña la limitaba a ese ejercicio. Simplemente, era así su carácter, y se traslucía en toda su actuación humana, lo mismo en la actividad política que en la literaria. Mientras hiciese lo que él consideraba el deber de su conciencia, nada le inquietaban las opiniones a favor o en contra de los demás.

Insensible al halago

Como consecuencia del discurso de Ortega, los medios de comunicación de masas se pusieron a ensalzar encomiásticamente la tarea del ministro de la Guerra, además de reclamar que se le tributase un homenaje público, de carácter nacional. Había motivo para ello, y era frecuente organizar banquetes de homenaje a toreros, políticos, actores, empresarios o escritores por causas mucho menos consistentes, aunque se celebrasen con alcance más restringido que el nacional.

Por supuesto, el destinatario de los aplausos se esforzaba en no escucharlos, como no atendía a los insultos. El 1 de agosto siguiente comentaba en su diario el estado de opinión provocado por los periódicos, y no sólo demostraba hallarse al margen de los elogios, sino que anotó su íntima contrariedad por verse obligado a recibirlos:

Espero que eso del homenaje nacional no cunda; tendría que oponerme y no sé cómo lo haría para no parecer descortés. Si ahora se pone de moda alabar al adusto señor Azaña, ¡me he divertido! (III, 641.)

Le disgustaba que se convocase un homenaje en su honor, pero sí acudía a los homenajes dedicados a otras personas, y es claro que no faltaba en las comidas de naturaleza republicana, organizadas para celebrar una conmemoración o algún acontecimiento memorable, de modo que no era en realidad tan adusto como él mismo decía. Lo que no deseaba era convertirse en el protagonista del acto, y sufrir los discursos laudatorios inevitables, por más justos que fuesen. Pero tampoco le apetecía ser descortés con las personas que pretendían rendirle un homenaje, en primer lugar porque no merecían ese desdén, y además porque debía evitar que se extendiese más todavía su fama de persona insociable.

El calificativo de “adusto señor Azaña” pretendía reflejar esa opinión interesada que sus contrincantes políticos habían difundido. A él no le incomodaban esos cotilleos propios de patios de vecindad, impropios de políticos en las Cortes. Se encogía de hombros con naturalidad, y no se molestaba en desmentirlos, a no ser que pudieran prolongarse fuera de él  hasta dañar el prestigio de la República.

Llegó un momento en que le fue imposible rechazar la organización de un banquete de homenaje en su honor. Se celebró el 14 de febrero de 1933 en el Frontón Central de Madrid, con asistencia de tres mil comensales porque no cabían más. Se esperaba que pronunciase el lógico discurso de agradecimiento, pero en su caso se preveía que haría un análisis de la situación política y expondría sus planes inmediatos, por lo que el acto se convirtió en un mitin.

El momento era tan delicado como siempre en la historia de la II República. En enero los anarquistas organizaron sublevaciones libertarias en varias provincias, y como consecuencia se produjeron luctuosos incidentes, el más terrible en la aldea gaditana llamada entonces Casas Viejas. Con ese motivo circularon reiterados rumores de crisis ministerial. Continuaron las habituales huelgas políticas en algunas localidades. El 8 de febrero se debatió en el Congreso lo sucedido en Casas Viejas, rechazándose la formación de una comisión parlamentaria que lo analizara.

Seis días después tuvo lugar el banquete al jefe del Gobierno, entre opiniones contradictorias, porque algunos lo consideraron una provocación cuando se le estaban pidiendo cuentas por los sucesos gaditanos. Se le culpaba a él de lo sucedido, aunque estuvo totalmente al margen, debido a la responsabilidad de su cargo. Conocemos los sentimientos que le inspiraba ese acto, porque los consignó el día 11 en el diario:

   El anuncio de que me dan un banquete (propósito improvisado al finalizar el último debate político) ha producido furor en los adversarios y enemigos, y una curiosidad creciente en el público. Cuando accedí a que se celebrase el banquete, para lo cual, quien más instaba era Albornoz, creí que se trataría de cosa de amigos, solamente. Pero después, ha tomado unos vuelos que me desagradan. No me acostumbro a llamar de ese modo la atención sobre mi persona. Ahora resulta que van a ir al banquete cerca de tres mil personas, que se espera un discurso mío, y que se atribuye gran importancia a lo que allí se diga. (IV, 605 s.)

Tanta era la expectación que se trasmitió por radio a toda España, e incluso a algunas ciudades hispanoamericanas. Hizo el ofrecimiento Indalecio Prieto, y a continuación habló Azaña, quien efectivamente pronunció uno de sus mejores discursos, resaltando el valor de la República respecto de la civilización española. No es oportuno glosarlo ahora, sino recordar la justificación dada por el protagonista para haber consentido en la organización del banquete de homenaje:

  Cuando yo acepté, en la ocasión que acaba de recordar en sus emocionantes palabras Indalecio Prieto, la celebración de este acto, pensé ingenuamente que no transpondría los límites de una efusión amistosa, de una demostración de compañerismo; pero, después, no sólo el entusiasmo de los correligionarios y amigos, no sólo la curiosidad pública, que también he llegado  yo a percibir, sino el enojo con que algunos de nuestros adversarios o enemigos han recibido la noticia de la celebración de este acto, me ha hecho reflexionar y he dicho: “Guarda. ¿Se enojan? Por algo será.” (Risas.) Y esto me ha hecho pensar en que quizá en esta demostración había mucho más de lo que yo en el primer momento supuse. (IV, 193.)

Así sucedía, en efecto, y es necesario resaltar el dato de que los adversarios políticos se enojaban por el hecho de ofrecerse un banquete al jefe del Gobierno. Hubiera sido bastante con no asistir, para que se comprobase la falta de simpatía que les inspiraba, pero no, prefirieron protestar y demostrar públicamente su disgusto. Con su actitud resentida animaron al protagonista a consentir en la organización del homenaje, a pesar de sus resistencias íntimas a aceptar cualquier felicitación. Lo cierto es que una mayoría de ciudadanos admiraba a Manuel Azaña y acudía con entusiasmo a escuchar sus mítines.

Al servicio del bien común

En otro acto multitudinario explicó su opinión sobre los aplausos: fue en el mitin de Mestalla, el 26 de mayo de 1935, cuando era líder de la oposición parlamentaria. El momento político seguía siendo delicado, como siempre, por lo que Azaña planteó a sus oyentes la necesidad de optar “entre la República o la antirrepública, entre libertad o servidumbre, entre progreso o retroceso”. Aludió a la responsabilidad que pesaba sobre él en la realización de esa tarea, no sólo como presidente de Izquierda Republicana, sino por la efusión popular que alzaba su persona:

   De todas partes me llegan demostraciones que a un ambicioso le embriagarían o enloquecerían; a mí, no. Lo que hacen es inducirme a una meditación más grave sobre el presente y el porvenir de nuestro destino político. Todo el mundo sabe que lo que esa fuerza representa, la que vosotros me podéis dar, está gustosamente puesta por mí al servicio de una causa común. (V, 418.)

Así llevaba haciéndolo desde el 14 de abril de 1931. Los aplausos le inducían a meditar acerca de la realidad del régimen implantado. Rechazaba cualquier halago a su persona, porque reservaba todos los impulsos generosos para la consecución del proyecto al que había entregado su cuerpo y su espíritu. Se consideraba únicamente una pieza en el engranaje político organizado para poner a España a la hora del siglo XX, sacándola del atraso generalizado en que la mantuvo secularmente la monarquía. Constituía una tarea de todos los implicados en el mismo ideal, por lo que ponía cuantos halagos y aplausos le dedicaban al servicio del bien común republicano. Nada para él, que desdeñaba esos sentimientos de aprobación personal, por saber que resultaba preferible el trabajo colectivo para afianzar el sistema, en vez de subir a un personaje a un pedestal y esperar que los problemas se solucionaran por sí solos.

Todos cuantos trataban con él sabían que no le afectaban ni los elogios ni las críticas. Precisamente por ello se había ganado la mala fama de adusto, soberbio, orgulloso, y calificativos semejantes. En el caso de un político representa una virtud, y muy destacada, ser indiferente a las opiniones interesadas de amigos o enemigos.

Y si desdeñaba los halagos que le hacían, por el mismo motivo nunca quiso halagar a nadie, una prudente medida poco aplicada en la vida política. Es habitual que los políticos, sometidos a la decisión popular del voto a sus candidatos preferidos, se esfuercen en hacerse simpáticos, prometiendo realizar todo cuanto se les ocurre, a sabiendas de que van a olvidarse de ello al posesionarse del cargo. Así ocurre en todas las democracias, y a nadie le sorprende el juego. La característica española durante la monarquía consistió en que los caciques aplicaron, además de las falsas promesas en las que nadie creía, el soborno y la amenaza para conseguir sus objetivos.

Ni halagado ni halagador, Azaña practicó la política en su pureza, como corresponde a un defensor de las virtudes republicanas. Lo reconoció así un compañero de Gabinete y amigo no siempre leal, Indalecio Prieto, igualmente con reputación bien ganada de quisquilloso. En unas declaraciones hechas a la Hoja Oficial del Lunes, de Madrid, publicadas el 3 de octubre de 1932, hizo estas contundentes aseveraciones al comentar uno de sus discursos más incisivos, el pronunciado en Santander:

Azaña, alumbrado políticamente por la República, es una gran revelación. […] Es el tipo de estadista moderno, opuesto radicalmente al del caudillo político a la vieja usanza, que podía fiar su fuerza en la facultad de distribuir equitativamente sonrisas y parabienes. […] Hoy no se escala el Gobierno, ni mucho menos es posible mantenerse en él, por la muy liviana virtud de la simpatía personal. […] Ahora hacen falta otras condiciones más positivas que se acrediten desde el Gobierno, y Azaña las ha acreditado de modo bien cumplido durante año y medio. Conste que esto lo dice otro hombre que no ha sentido jamás la propensión al halago y que es –¡gracias le sean dadas a Dios por tan inestimable bienaventuranza!– tan agrio o más que él.

La verdad es que Don Inda, como se le conocía popularmente, no era tan adusto como Azaña. Así lo demuestra el mismo hecho de generalizarse esa confianza de abreviar su nombre, por más que se le antepusiera el tratamiento respetuoso de cortesía. Que se sepa, a nadie se le ocurrió nunca llamar Don Manolo a Azaña: era Manolo para sus familiares y amigos íntimos, y para los demás Don Manuel.

Aparte esta disquisición, resultan muy certeras las afirmaciones de Prieto, al subrayar que Azaña era un político salido de la República, sin ninguna concomitancia con la monarquía, caso de muchos de sus compañeros, empezando por el entonces presidente de la nación. Y le consideró paradigma del estadista moderno, por renovar las caducas costumbres típicas de la monarquía, desde un nuevo arte de gobernar con el pueblo y para el pueblo.

Una opción de vida

Sabía Azaña que su idiosincrasia no se prestaba a la efusión, por lo que se atenía a ella como algo natural, de modo que no debía sentirse ni orgulloso ni desdichado. Con todo, la dedicación a la política le reclamaba un tributo popular inevitable. A pesar de su desinterés por los medios de comunicación de masas, que le obligaba a evitar las entrevistas periodísticas, todo el mundo lo conocía, de modo que era inútil pretender conservar el anonimato. El 2 de agosto de 1931 meditaba en su diario acerca de los que él consideraba desencantos de la popularidad:

No puedo ir a pie a ninguna parte. Pero yo no siento con todo esto, no ya embriaguez, ni siquiera gusto. Estoy absolutamente inhibido. No me penetra la popularidad ni el aplauso. Necesito ponerme a reflexionar, a establecer mediciones y comparaciones, si quiero percatarme de la importancia de lo que ocurre, y de la importancia que me dan. De ningún modo me siento hombre importante y admirado. Y además, no me importa a mí. Estoy tan habituado a vivir para mis adentros toda mi vida, que esto de ser la vedette, parece que no va conmigo. Por fortuna, aborrecida siempre toda representación, mi sencillez no corre peligro alguno, ni mi naturalidad. (III, 641.)

Si lo hubiera dicho en un discurso podría sospecharse que era una declaración de falsa modestia, dirigida a buscar la complicidad de los oyentes. Pero lo escribió para el sigilo de su diario personal, en donde consignaba sus pensamientos íntimos y sus deseos más veraces: no tenía por qué engañarse a sí mismo, sería estúpido. Además, su trayectoria biográfica demuestra que realmente nunca se dejó envolver por los halagos, sino que los esquivó en lo posible, motivo para que se le formara esa aureola de persona antipática e intratable.

La causa la explica esa nota: las circunstancias le habían acostumbrado a vivir para sus adentros, con sus convicciones como norma, y por ello no sentía el apremio de buscar las opiniones ajenas para afianzarlas, ni le inquietaba que fuesen favorables o contrarias.

Por lo demás, la fama le hizo perder su intimidad: no iba a ningún sitio sin ser reconocido y observado por las gentes como un objeto de exposición. Hay personas que se sienten felices por ser admiradas en público, y ciertas profesiones lo necesitan. En el caso de Azaña constituía una molestia desagradable que desearía evitar, según confesó públicamente en el Frontón Central de Madrid la noche de su homenaje:

   La política, señores, necesita sus voceros, necesita sus representantes, y no ha habido para mí sacrificio mayor que el sentirme llevado por el deber a sustraerme del anónimo. Si uno pudiera ir a las Cortes con barbas postizas o firmar en la Gaceta con seudónimo, créanme que yo lo haría. (Risas.) La política necesita sus voceros, necesita quien cargue con la responsabilidad de los fracasos; pero la política se hace para las masas y sobre las masas. (IV, 196.)

Hubiera sido inútil que se pusiera barbas o firmase con seudónimo, ni su figura física ni su estilo de escritura podrían confundirse con otros. Lo tremendo es que una persona que colocaba su felicidad en gozar del anonimato, y poder pasear por la calle sin ser contemplado como una curiosidad, padeciese la carga impuesta por ser objeto de la atención mediática y pública. A una persona así era imposible dominarla con adulaciones: no consentía que nadie hiciera sus alabanzas, de modo que con mayor motivo rehuía a quienes le adulaban con intención de obtener un beneficio. Por ese lado no podrían modificarle nunca la voluntad, ni inclinarle a consideraciones que no salieran de su pensamiento privado. Descollaba en él un afán de integridad moral, que le hacía inmune a los pareceres ajenos.

Por ser tan rigorista en su entendimiento de la vida pública, sólo permitía que se acercasen a él los amigos íntimos, y los restantes perdían el tiempo en las intenciones de aprovecharse de su situación privilegiada en la vida pública nacional. En cuanto esos amigos que pretendían serlo por conveniencia advertían la inutilidad de sus intentos, procuraban buscarse otros amigos menos sinceros y más proclives a la adulación. El 7 de junio de 1932 escribía sobre este asunto en su diario otra pincelada para concretar su autorretrato íntimo:

   También opina Ortega que estoy rodeado de aduladores. Es otra idea provinciana de lo que constituye la realidad del Gobierno. Ignora qué resistencias tengo que vencer, y que nadie me facilita nada. Para que haya adulación es menester ser dos: el adulador y el que se deja adular. Ahora bien: siempre he sido un bárbaro con quien se atreve a elogiarme en mi cara, y éste es uno de los fundamentos de mi reputación de adusto. Hace años decía yo de mí mismo: “Hostil al halago, indiferente a la censura.” (III, 987.)

Es una oportuna divisa para cualquier profesional, pero mucho más para un personaje dedicado a la Administración pública. Pese a ello no consigue mucha aplicación, ni la ha tenido nunca en la historia de España, país de lisonjeros profesionales. Resulta muy gráfico el sinónimo de tiralevitas para el adulador, persona que se arrastra ante el poderoso, antiguamente vestido con levita. Otros colegas suyos iban rodeados de una corte de aduladores a todas partes. En cambio, del hombre que rechazaba tener amigos en política, sólo cabía esperar inevitablemente que despreciase a los lisonjeros.

Puso en práctica su idea de cómo debe comportarse un gobernante honrado, por lo que hizo subir los cotilleos en su ganada fama de persona insociable. Se distinguía de sus compañeros precisamente por esas características tan poco advertibles en los usos políticos. Las campañas electorales imponen unas normas estrictas a los candidatos, para atraer la atención de los votantes convincentemente hacia su persona. Un político que quiere someterse con periodicidad a los vaivenes del voto popular, es lógico que cuide su imagen pública, de persona accesible, amable, simpática, deseosa de resolver todos los problemas ajenos, etc. Es una práctica aceptada y aceptable, de modo que no puede criticarse al político que con una sonrisa permanente en los labios inmutables se dedica a estrechar manos y besar a niños durante las campañas electorales.

Las recomendaciones inútiles

Azaña era único en los desplantes. Le causaba horror aceptar los halagos que le dirigían, pero le espantaba más todavía tener que halagar a nadie para procurarse su favor. Se aplicó el calificativo a sí mismo de bárbaro a la hora de juzgar esa conducta, por reconocer que no era la habitual en las relaciones sociales. Es que le repelían los zalameros obsequiosos, inevitables alrededor de cualquier persona poderosa, de modo que no estaba en su mano obrar de otro modo. Actuaba con naturalidad según su manera de ser, no recurría a ninguna postura forzada. Sin embargo, con ello incrementaba su mala fama de ser intratable. Cosa que no le inquietaba nada, claro está, sino todo lo contrario.

El corolario inevitable es que sus amigos no contaban con su recomendación en ningún caso. Las recomendaciones son otro vicio nacional muy arraigado, debido a que históricamente los monarcas han repartido sus prebendas a los cortesanos, quienes imitaban su ejemplo y favorecían a los parientes y amigos, originándose así una sucesión interminable de corrupciones. Este vicio llega a alcanzar categoría de pandemia en las dictaduras, porque la ilegalidad propicia la comisión de nuevas ilegalidades encadenadas, y los cargos se reparten entre adeptos sin considerar su capacitación para desempeñarlos.

Y no es que durante la vigencia de la República hubiera sido erradicado, puesto que los seres humanos padecemos las mismas miserias a lo largo de la historia; pero existen ocasiones en las que ciertas lacras adquieren una consistencia especial. En su diario anotó Azaña situaciones tensas con el presidente Alcalá–Zamora, a causa de la ineptitud de sus recomendados para desempeñar cargos públicos.

Es que un presidente no recomienda, sino que ordena, aunque lo haga mediante fórmulas disimuladoras de su poder, y sus aparentes sugerencias tienen que ser ejecutadas. Esto lo saben cuantos lo detentan, y según su carácter obran en consecuencia. En el caso de Alcalá–Zamora, con absoluta tranquilidad a la hora de proponer a uno de sus deudos para cubrir un cargo, porque nunca se libró de la podredumbre adherida a él cuando servía a Alfonso XIII como ministro, y quiso prorrogarla al Gobierno republicano, pero ahí tropezó con la integridad de Azaña para contener sus modales favorecedores de amigos. Por ese motivo el presidente procuró hacerle muy difícil su tarea legisladora.

La contaminación alcanzó su mayor desarrollo cuando gobernó Lerroux, ya que entonces las recomendaciones se unieron a los sobornos; originaron tales escándalos que su desprestigio salpicó a la República, lo que constituye un delito sobre otro añadido. Es que a ese tipo de políticos lo único que les importa es conseguir una buena rentabilidad con el desempeñó de sus cargos, de modo que aprovechan las ocasiones propicias para colocar a sus parientes y amigos. Sin embargo, a él le salió mal la jugada, y tuvo que abandonar el Gobierno con inmenso desprestigio.

Azaña fue inmune a las recomendaciones, en los diferentes y altos cargos que desempeñó. Procuraba ejercer el mando con justicia, dentro de las limitaciones de toda obra humana, y por ello buscó a las personas que consideraba más idóneas para encargarles los puestos a tono con sus facultades, sin dejarse llevar la voluntad por el amiguismo. Los compadreos le resultaban una indecencia intolerable, que de ninguna manera podía aceptar. El pueblo español se había dado un nuevo sistema político, para que impusiera unas nuevas normas de actuación pública.

Residuos del hacer monárquico

Su afán renovador de España, gracias a la gestión de la República, le imponía desterrar los métodos caciquiles tradicionales de la monarquía. El cambio del régimen político implicaba, a su juicio, una regeneración de las costumbres gubernamentales, para que los ciudadanos apreciasen la nueva sensibilidad de los dirigentes. Sobre las recomendaciones consignaba en el diario este desdén el 15 de agosto de 1931:

   He aprovechado la mañana para dictar cartas de las que no puedo confiar la respuesta a la inspiración de la secretaría. Algunas, sobre todo las políticas, son ya muy atrasadas. Me piden gobernadores y otras gangas. No he hecho ninguna de las recomendaciones que desean. Esta clase de cartas suelen estar sobre mi mesa revueltas algunas semanas. Tengo la resolución de no caciquear ni intrigar, y si alguien quiere ayudarme o seguirme en política será por otros estímulos. (III, 673.) 

Cumplió ese propósito con todo rigor. También en este aspecto se portó como un bárbaro, por repetir su expresión, aunque fuese un bárbaro muy bien educado: tanto que ignoraba las insinuaciones que se le proponían para empujar una decisión. Incluso resultaba perjudicial acercarse a él con esas consignas, porque suponía que el urgido de recurrir a tales trapicheos carecía de méritos demostrables para conseguir limpiamente sus aspiraciones. Con toda seguridad es la fórmula más honrada, pero al aplicarla seguía dando pábulo a sus detractores.

De manera que los presuntos defectos que a menudo se le echaron en cara a Azaña constituyen en realidad virtudes que procuraron identificarle con el ideal republicano. Ciertamente son inusuales entre los seres humanos vulgares, pero él no era vulgar, sino excepcional. Y en su caso, desde los cargos de responsabilidad política, destacan más todavía, y contribuyen a consolidar la imagen de político puro que se ganó en la historia de España. Todo se lo debió a la insobornabilidad de su carácter aparentemente inadecuado para gustar al pueblo, pero que de hecho le entusiasmó, debido a su probidad. Su estilo de aplicar la política solidificó el tejido social desde sus bases hasta sus gobernantes, y con ello consiguió articular el nuevo régimen republicano.

Actuar con serenidad y frialdad en política contribuye a elegir el camino mejor, sin desviaciones causadas por arrebatos momentáneos. Carecer de amigos en política implica soslayar consideraciones personales en el instante de tratar a la gente por sí misma, y no por una relación particular. Ser insensible a los halagos y a las adulaciones garantiza una conducta adecuada, sin dejarse animar por elogios a menudo interesados. Ignorar las recomendaciones previene contra los abusos de atribuir capacidades a quien las utiliza.

Todo ello contribuye a formar el carácter paradigmático del político más adecuado para confiar en su gestión, porque se atendrá exclusivamente a las razones del buen gobierno, sin que le inciten corruptelas personales con sus limitaciones y desviaciones del fin natural en un estadista, que es el bien público. Lo malo es que ese político sin tacha no suele encontrarse en la historia de España.

Virtudes que en algunos casos parecen defectos, si se proyectan sobre los hombres de la calle en sus relaciones sociales, hacen que la figura del político se engrandezca. Las virtudes, como los vicios, son connaturales a los individuos, no se adquieren con el paso del tiempo; a lo más, se perfeccionan con su práctica. Vemos que Azaña las recibió en su código genético, y no hubiera podido rechazarlas, porque constituían su esencia como ser humano. Tampoco lo deseaba, ya que le parecían necesarias para el desempeño acertado de sus responsabilidades políticas, y en consecuencia las cultivaba. Sabía que con ello contribuía a la consolidación de la República, el único fin honrado merecedor de todos los esfuerzos.

Fue una suerte para la República contar con un político de esa clase. Por ello alcanzó a ser su representación personal. Pero desgraciadamente estaban en juego muchas fuerzas negativas, dispuestas a terminar con un sistema que garantizaba la libertad a todos los ciudadanos. La campaña de desprestigio contra la República se cebó en su máximo representante; sus virtudes fueron presentadas como vicios abominables tendentes a mantenerlo en el poder a cualquier precio.

Sus contrincantes políticos desprestigiaban al hombre más capacitado para la Administración pública, porque se reconocían carentes de sus dotes. Procuraban disimular su envidia, pues no cabe otra designación, con palabras benevolentes, hasta que veían la ocasión de cargar contra él. Lo hicieron así en el Congreso, y se desquitaron al escribir sus memorias, ya muerto Azaña. Se comprueba al leer los comentarios de Alcalá–Zamora, Miguel Maura, Lerroux, o incluso de Prieto, que se decía su amigo. Su intención era coincidente: había que intentar destruir lo que ellos mismos consideraban el mito Azaña, y se entregaron con ahínco a la faena, ayudados por los medios de comunicación derechistas.

Todo resultaba aceptable para ese presupuesto falto de ética, así que la integridad se disfrazaba de incapacidad, en una acción desmoralizadora de las opiniones. Pero el pueblo era entonces soberano, y advertía las diferencias entre los políticos, si bien tardaba a veces en valorarlos. El tiempo acaba poniendo en claro los rincones más oscuros. Solamente se engañó a los deseosos de dejarse engañar, pese a que la repetición continuada de las insidias termina por llevar al desencanto a las gentes poco informadas, y no digamos a las mal informadas.

Un testimonio en dos etapas

De todos los políticos republicanos, incluidos los de 1873, ninguno suscita controversias tan dispares como Manuel Azaña. Su nombre no deja indiferente a quien lo escucha, por más que en los últimos años a las nuevas generaciones les importa poco el pasado, y los libros de historia que les hacen estudiar en los planes de enseñanza monárquicos se desinteresan de las dos repúblicas españolas, reconocidas como unos breves intermedios en la sucesión dinástica. Con todo ello se diluye el interés por comprender cómo fue realmente la historia más próxima de España, para entender cómo se ha llegado a la situación actual. Si a eso se añade la continua propaganda monárquica difundida por los medios de comunicación social, subvencionados por los gobiernos de turno, se entiende la desinformación generalizada acerca de la República Española y sus próceres.

Hay muchos testimonios a favor y en contra sobre la personalidad de Azaña. Vamos a recordar ahora uno, el del novelista y periodista Jesús Izcaray, porque lo escribió muchos años después de haberse entrevistado con el personaje, basándose en el recuerdo que le había impresionado entonces. Además interesa resaltar que militaba en el Partido Comunista, por el que Azaña demostró muy poca simpatía, siendo recompensado de la misma forma en lógica correspondencia. En consecuencia no cabe esperar en él una predisposición favorable hacia el entrevistado, sino lo contrario. Sus opiniones sirven para definir con mayor precisión el perfil del autorretrato que estamos siguiendo en los escritos azañistas, con la añadidura de unos rasgos aportados por manos ajenas a las del protagonista.

Izcaray entrevistó en dos ocasiones al jefe del Gobierno, pero no por desempeñar ese cargo, sino como dramaturgo. La segunda tuvo lugar poco antes de su elección como presidente de la República, y al cabo del tiempo la evocó en una novela autobiográfica, Cuando estallaron los volcanes (Madrid, Akal, 1978). Utilizó el recurso retórico como narrador de hablar en ese momento consigo mismo, pero desdoblándose en dos personas mediante la adopción de un tú, aplicado al joven periodista de 1936 por el yo del novelista que rememora la escena muchos años después, de forma que el tiempo se presentifica para inmovilizar la escena descrita en las páginas 221 y siguiente:

Oyéndole aquel día pensaste –y así lo escribiste en tu interviú– que España es el país de los juicios ligeros. ¿Quién había dicho que aquel hombre era un ogro?… […] Azaña te pareció un hombre cortés, con esa cortesía castellana, sobria y un tanto fría, pero con olor a sinceridad. ¿Un hombre de hielo, un gobernante de hierro, si creíamos los tópicos circulantes por esas tertulias?… Observándole a fondo, como tu juventud no podía observarle aquella mañana, más bien se adivinaba en él una recóndita blandura, una dolorosa vulnerabilidad celosamente protegida bajo un caparazón de erizo. Soberbio, sí –tal vez como reacción a la valoración de que había sido víctima durante casi toda su vida–, pero fuerte…, eso no parecía tan seguro.

Muchas personas decían y escribían que Azaña era un ogro, y de esa manera se difundió tan mala imagen por todo el país. Al hablar con él un rato los imparciales no predispuestos en su contra por motivos políticos o religiosos, descubrían que los calumniadores deformaban la realidad, con intención de caricaturizar al presidente para denigrar su capacidad como gobernante, pero pocas personas podían comprobarlo por sí mismas, como es lógico. De ahí la sorpresa de Izcaray al distinguir perfectamente claro el verdadero carácter del personaje al que entrevistaba sobre teatro, que es el arte del fingimiento por su propia naturaleza, pero sin nada de teatralidad entonces.

El novelista recordaba con asombro los tópicos que corrían por las tertulias de los cafés, acerca de la insociabilidad de Azaña, y los comparó con la realidad que contemplaba frente a él. Halló el lado humano del personaje, y se le agrandaba más todavía al rememorar la escena unos cuarenta años después, tan memorable que pudo revivirla.

Llegó a la conclusión de que “España es el país de los juicios ligeros”, aunque tal vez haya que pensar mejor que es el país de las calumnias circulantes: esas opiniones contrarias a Azaña se convertían en prejuicios, destinados a alejar a la gente de él. Es claro que alguien urdió esa trama, desde algún lugar relacionado con los medios de comunicación de masas, y después sin duda se sumaron otros gustosamente, porque el desprestigio de Azaña redundaba en beneficio de todos sus adversarios, y además perjudicaba a la República.

Cortés, sobrio y sincero asegura Izcaray que le pareció, y tales fueron los rasgos que se afianzaron en su memoria. Frío, según el mismo Azaña reconocía que era en la manifestación de su carácter ante los demás, porque debía defender su vulnerabilidad, derivada de su enorme sensibilidad. Son notas positivas para un talante humano: tanto que precisaba disimularlo bajo un caparazón protector, pero que no pasaba inadvertido para un buen observador, como lo era Izcaray.

Dos apariencias contradictorias

La opinión más extendida de los políticos acerca de su figura le fue generalmente adversa, debido a motivos sectarios limitados. El Partido Comunista le fue hostil, porque discrepaba de su entendimiento del ejercicio político, al considerar que se trataba de un burgués deseoso de mantener una República burguesa: era cierto, porque Azaña no podía ser, a causa de sus convicciones burguesas, partidario ni de las revoluciones ni del marxismo. Por igual motivo se le opuso uno de los tres sectores en que se hallaba repartido efectivamente el Partido Socialista Obrero, el que también deseaba una República socialista; el otro sector menos extremista le tachaba de indeciso, mientras el tercero aceptó colaborar con él, porque mantenía el sentido de la realidad.

En cuanto a los anarquistas, siempre estuvieron enfrentados a cualquier autoridad, de modo que también a la suya, y con razón, porque eran correspondidos en el menosprecio. Incluso quiso dimitir de la presidencia de la República en noviembre de 1936, cuando el jefe del Gobierno, Francisco Largo Caballero, se empeñó en designar a unos ministros anarquistas, algo que le parecía imposible de aceptar al considerar su ideología insumisa al reconocimiento de una autoridad constituida. En mayo de 1937 una sublevación anarquista en Barcelona sitió la residencia oficial de Azaña, con lo que demostraba tener razón al desconfiar de quienes rechazan toda autoridad política en cualquier circunstancia.

Los nacionalistas discrepaban en relación con su figura, según el grado de exaltación de su ideología; desde luego, rechazaba el independentismo. La derecha en bloque le detestaba, por saber que personificaba a la República de signo izquierdista que ellos pretendían destruir. Para los monárquicos de cualquier signo representaba el enemigo público número uno, al que debían dirigirse todos los dardos. Los catolicorromanos mantenían muy presente su anuncio hecho en 1931 de que España había dejado de ser católica, así que no desperdiciaban ocasión de censurar sus actos y sus palabras, al considerarle culpable de la descatolización nacional.

Por fin, los grupos republicanos de variada índole solían ver en él a un competidor que no les permitía prosperar en su camino, por lo que le regateaban su colaboración, especialmente el Partido Republicano Radical, dedicado a sus turbios manejos.

Así que unos y otros contribuyeron a pervertir la imagen de Azaña, cargándola de prejuicios. El plan gozó de una favorable acogida general, y con tantos apoyos se extendió por toda la nación. Pocos eran los españoles que podían acceder hasta Azaña, por razones obvias, dados sus altos cargos públicos. El que lo hacía se asombraba del equívoco circulante acerca de aquel hombre que parecía tener dos personalidades, a juzgar por la opinión  divulgada y la verdad de su trato directo.

Por el contrario, Azaña respetó siempre todo lo que tenía alguna relación con la legitimidad republicana. Debía ser así inevitablemente porque fue siempre su primer servidor, en el poder y en la oposición. Lo recordó él mismo el 3 de abril de 1934, en el discurso pronunciado en la asamblea constitutiva del nuevo partido de Izquierda Republicana, del que fue elegido presidente por unanimidad de los delegados. Con palabras emocionadas  evocó el nacimiento de la República, y después enumeró las dificultades particulares que él debió vencer, colocado por obligación inexcusable al frente del nuevo régimen, hasta alcanzar aquel día lleno de esperanza:

  En cuanto a mí, personalmente, que tuve que resistir la carga más pesada, y más difícil, y más comprometida, jamás me aparté de una norma, que fue respetar todo lo que tenía título y nombre legítimo de republicano; todo lo republicano para mí era digno de respeto, era digno de consideración y de estimación, y delante de lo republicano, jamás opuse yo una conducta antirrepublicana; y contra los republicanos, jamás. (V, 89.)

Este sentimiento es el que debiera caracterizar a los republicanos: respetar al que sustenta la misma ideología, aunque pertenezca a un partido diferente. Lamentablemente, nunca se puso en práctica esa norma, ni en la paz, ni en la guerra, ni en el exilio. Las disputas entre los grupos y grupúsculos republicanos impiden en cualquier momento histórico la realización de una política estrictamente republicana. Así había acontecido durante la I República, cuando el Gobierno tuvo que desviar al Ejército enviado a combatir a los rebeldes carlistas, con el riesgo que ello implicaba, para poner fin a las insurrecciones anarquistas y cantonales que pretendían su modelo peculiar de República.

Por una sola idea republicana

En su tiempo las disensiones entre los grupos republicanos eran continuas: de un partido derivaban otros que se combatían entre sí. Azaña lamentaba esa constante de nuestra historia, y le hubiera gustado cambiarla. Por lo menos, lo intentaba con su ejemplo. Como si se tratase de una maldición de los dioses en las tragedias griegas, el destino de los republicanos consiste en pelearse rencorosamente, perdido todo el respeto al adversario.

Parece que el sentimiento republicano lleva implícito un afán suicida dispuesto a impedir su desarrollo, todavía hoy como ayer. De esa característica anómala se valieron  las ideologías derechistas para poner trabas a la validación de los proyectos republicanos. Jamás actuó Azaña en contra de los intereses de la República, sin importarle quién defendía el espíritu del 14 de abril. Una vez más aparece como un ser único en este aspecto. Por desgracia para la historia de España.

Si él hubiera accedido a salir de esa concha, y equipararse a los restantes políticos, sin duda se le habría conocido bien, pero con ello quedaría colocado dentro de una generalidad en la que no caben los distingos. Y Azaña era un hombre íntegro que se debía a sus ideales, con plenitud de atención a lo que consideraba el cumplimiento de su deber. Precisamente por eso fue coaccionado de la única manera que se le podía coaccionar: invocando la necesidad de Estado, para que desempeñase los cargos de máxima responsabilidad en la República, a sabiendas de que lo haría con tanta eficacia como honradez.

Detestaba verse obligado a ocupar el poder político, le dolía ser una figura expuesta permanentemente a la contemplación y el juicio del pueblo. Como el intelectual que era, sólo anhelaba permanecer aislado de la gente en el despacho con sus libros. No lo quería por desprecio del pueblo, sino por defender su necesaria intimidad para volcarla en su obra literaria, la primera vocación sentida, abandonada a su pesar por la urgencia de atender el requerimiento de la política. Son dos pasiones compatibles cuando se dispone del tiempo necesario para atenderlas por separado, pero que cuando una de ellas lo ocupa todo, obliga a la otra a quedar en suspenso hasta que vuelva a presentarse la ocasión propicia para continuar, si es que llega alguna vez.

La sorpresa descubierta por Jesús Izcaray debía su motivación a los falsos retratos caricaturescos difundidos por los medios de comunicación extremistas sobre él. Los ciudadanos que no tenían acceso a conversar con Azaña solamente disponían de esos retratos desfigurados, y aun así sentían gran respeto por su figura: en las elecciones del domingo 16 de febrero de 1936 resultó ser el candidato más votado en Madrid, con el 54,17 por cierto de los sufragios emitidos. Es que sobre las caricaturas resaltaba la impronta de la honradez, que no admite disimulos porque es notoria. Preciso es reconocer que además le ayudaba la inmoralidad demostrada por sus contrincantes, colocados en sus antípodas, para beneficiarse con el negocio de la política según ellos la entendían.

Tanto el pueblo como los políticos sabían muy bien que era el mejor capacitado para desempeñar dignamente la tarea de gobernar. A la hora de la verdad no se podía pensar en otro, y así se hizo patente cuando se le sustituyó al frente del Gobierno el 8 de junio de 1933, porque ningún otro político poseía su carisma. El presidente Alcalá—Zamora tuvo que renovarle la confianza, aunque lo hizo muy a su pesar, debido a que era el único poseedor del consenso mayoritario para presidir el Gobierno.

Los supuestos defectos que poseía representaban en realidad virtudes, que le permitieron actuar siempre con una honradez ejemplar, en la vida pública lo mismo que en la privada. Servía como modelo de trabajador entregado plenamente a su tarea, para garantizar la supervivencia de la República, desde el puesto en que le colocaba la decisión popular, a la que siempre respetó democráticamente. Por algo era el político más admirado por las gentes de izquierdas, y en justa correspondencia el más calumniado por las de derechas.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Artículo anteriorLa hora de la República en RRR, 18.01.2022
Artículo siguienteSintonía laica en RRR, 20.01.2022