La “sargentada” contra Isabel II hace 155 años

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El 22 de junio de 1866 tuvo lugar un intento más de terminar con la infinita corrupción de la golfísima reina Isabel II de Borbón, conocido en la historia como la “sargentada” porque lo protagonizaron 66 sargentos del cuartel madrileño de San Gil. Fracasaron en la intentona y fueron fusilados ya que la gorda soberana, apodada popularmente Isabelona, era incapaz de sentir piedad, entregada únicamente a dos ocupaciones favoritas: compartir la cama con algún mozo bien dispuesto y aumentar su fortuna personal, como es la costumbre habitual de los borbones.

Aunque las informaciones son confusas, parece que el cuartel había sido proyectado inicialmente como convento de frailes franciscanos, puesto bajo la advocación de san Gil. Se modificó el plan sin llegar a estar edificado, convirtiéndolo en cuartel para proteger el Palacio Real, y José Bonaparte en 1808 lo destinó a albergar los guardias de corps. Tenía tres plantas rectangulares y se alzaba en terrenos próximos a lo que hoy es la plaza de España, hasta su demolición realizada entre 1906 y 1910.

La revuelta

Disponemos de una detallada crónica sobre la revuelta, porque la publicó el diario oficial, Gaceta de Madrid. Todo empezó hace 155 años, a las cinco de la madrugada del viernes 22 de junio de 1866, cuando se sublevaron los sargentos del Quinto Regimiento de Artillería de a pie y de a caballo en el cuartel de San Gil. El nombre del Quinto Regimiento nos hace pensar en el que se formó en julio de 1936 “en el patio de un convento”, como dice su canción, para contribuir a la defensa de la libertad de España, amenazada por los militares monárquicos sublevados contra la República.

No era la primera sublevación militar contra la dinastía corrupta. Ya durante el trágico reinado de Fernando VII hubo varios pronunciamientos, que al fracasar terminaban con el fusilamiento de los audaces patriotas, deseosos de poner fin a la tiranía del peor Borbón, porque si no ha habido ni uno siquiera bueno, Fernando VII fue el más criminal de todos.

El año 1866 comenzó con el pronunciamiento del general Juan Prim en Villarejo de Salvanés el 3 de  enero. Al fracasar tuvo la suerte de poder refugiarse en Francia, desde donde continuó organizando un levantamiento  militar, fijado para el 26 de junio. Debían comandarlo los generales Blas Pierrard y Juan Contreras, con la colaboración de gran número de civiles cansados de las desvergüenzas dinásticas. El mismo día Prim pasaría la frontera francesa, y en Gipuzkoa proclamaría la rebelión contra Isabel II.

A los sargentos del cuartel de San Gil, por estar próximo al Palacio Real, se les encomendó asaltarlo y apresar a la inmoral reina con el amante que le correspondiera ese día. Sin embargo, los conjurados decidieron adelantar el pronunciamiento al viernes 22 de junio, por tener la convicción de que el Gobierno se había enterado de la conjura y se disponía a impedirla.

Presidía el Gobierno el teniente general Leopoldo O’Donnell, duque de Tetuán, conde de Lucena y vizconde de Aliaga, líder de la Unión Liberal. En aquel tiempo los militares eran ennoblecidos por hechos de armas, y presidían partidos políticos. No era un sumiso súbdito de Isabelona, puesto que se había enfrentado a ella y aún lo haría otra vez más, como consecuencia de esta rebelión, pero entonces cumplió su papel represor del pueblo con mucho ánimo.

Los combates callejeros

En el cuartel de San Gil se entabló una lucha entre los sargentos comprometidos y los oficiales. Alrededor de 1200 artilleros salieron a las calles madrileñas con 28 piezas de artillería, para reunirse con los civiles conjurados, se calcula que unas dos mil personas, a las que facilitaron armas de fuego los sargentos. Inmediatamente O’Donnell movilizó al resto de las tropas de la capital, así como a los regimientos de Alcalá de Henares, Leganés y El Pardo. Consigna: matar a todos los patriotas.

Tuvo especial virulencia la lucha en la Puerta del Sol, porque los sublevados atacaron con gran valentía el Ministerio de la Gobernación, desde donde se les disparaba furiosamente. En las calles se levantaron barricadas, y se escuchaban los gritos revolucionarios de “¡Abajo los borbones!”, demostrativos de que el pueblo no estaba dispuesto a soportar a la dinastía ladrona, tiránica y degenerada.

En todas las revueltas de aquellos años intervino el general Francisco Serrano Domínguez, apodado “El General Bonito” por la reina, a la que desvirgó en 1846. Era duque de la Torre con grandeza de España, y en 1866 fiel servidor de su ama, aunque dos años después fue uno de los jefes de la Revolución Gloriosa contra ella, y derrotó en el puente de Alcolea a las tropas isabelinas, lo que obligó a Isabelona a exiliarse en Francia. Sin embargo, aquel 22 de junio de 1866 contribuyó a terminar con la revuelta, al encargarse de ir matando a los patriotas defensores de las barricadas.

La revuelta estuvo organizada y dirigida por militares a las órdenes del exiliado general Prim, pero tuvieron destacada participación en ella los civiles. En la Gaceta de Madrid se informó someramente el día 23 de la revuelta, con esta importante noticia sobre la actuación popular:

Numerosos grupos de paisanos armados fueron igualmente batidos y desalojados de las barricadas y casas en que se habían parapetado, siendo aprehendidos más de cuatrocientos de ellos.

En el mismo diario oficial se insertó el día 26 una extensa crónica de los acontecimientos habidos el 22, en la que se relata el alcance popular de la revuelta contra la dinastía corrupta:

La rebelión tomaba cuerpo y se extendía y propagaba por la población, recibiéndose avisos y noticias de que el paisanaje ocupaba muchos puntos y se proveía de armas y municiones que le facilitaban los insurrectos que se habían hecho dueños del Parque de Artillería de San Gil, venciendo la tenaz resistencia de la guardia de aquel establecimiento compuesta de tropas de artillería de a pie.

De modo que fue una revolución popular, surgida en la capital del reino contra la monarquía intolerable por sus desafueros reiterados. El general Serrano, un personaje fatídico en la historia de España, asaltó con sus tropas el cuartel de San Gil, “haciendo en él gran número de muertos y prisioneros”, según la crónica de la Gaceta de Madrid. El ejército español atacaba al pueblo español, con el fin de mantener los privilegios de los reyes y cortesanos. Se lee también en la crónica oficial publicada el día 26:

Después del triunfo conseguido en San Gil era preciso vencer al paisanaje, que en unión con los artilleros sublevados, y dirigido por agentes revolucionarios, se había enseñoreado de casi toda la población.

Es una declaración demostrativa de que casi todo Madrid se había alzado contra la corrupción borbónica, levantó barricadas y luchaba contra el ejército al servicio de la reina. Las calles se tiñeron de rojo, con la sangre de los patriotas. No consta en la crónica la muerte de ningún oficial dinástico.

La represión real

En los siguientes días fueron fusilados 66 sargentos de San Gil, en los muros de la plaza de toros situada entonces junto a la puerta de Alcalá.  Como de costumbre en el reinado, se desconoce el número exacto de prisioneros, pero se calcula que se acercaba al millar. Sin embargo la reina no se hallaba satisfecha, exigía la pena capital para todos los militares y civiles detenidos. Los cronistas de la época relatan que la reina estaba obsesionada con la idea de fusilar a todos, y repetía la orden como si padeciera un ataque de histeria. Algunos pensaban que sentía miedo de que una conjura triunfase, y por eso quería implantar un régimen de terror disuasorio.

Lo cierto es que la represión fue sanguinariamente atroz, hasta que la detuvo O’Donnell con este razonamiento: “Esta señora no se da cuenta de que si seguimos fusilando la sangre va a llegar hasta su cama.” Eso era precisamente lo que deseaba la tirana borbona, reinar sobre muertos que no pueden sublevarse. Pese a todo ello, la feroz represión no asustó a otros militares, y así el 23 de junio se sublevó en Girona el regimiento de artillería. Al no ser secundado por otras guarniciones, tuvo que refugiarse en Francia.

La reina no le perdonó al jefe del Gobierno el atrevimiento de incumplir su real orden de continuar matando a los patriotas. Desde entonces las relaciones entre la monarca y el jefe de su Gobierno se hicieron imposibles, hasta que O’Donnell se hartó y presentó la dimisión. Ni siquiera quiso continuar sufriendo la tiranía real, y se instaló con su familia en Biarritz.

Ya que la reina ninfómana solamente confiaba en el Ejército para mantener su poder absoluto, designó el 10 de julio a otro general para presidir el Gobierno, Ramón María Narváez. Tampoco él se había mostrado siempre sumiso a sus caprichos, ya que sentía como propio el honor del Ejército. Así, durante una etapa anterior al frente del Gobierno, el 14 de octubre de 1857 dimitió por negarse a firmar un ascenso antirreglamentario a favor de Puig Moltó, el entonces amante de la cachonda soberana, el padre biológico de Alfonso XII, apodado popularmente por eso El Puigmoltejo.

Y así terminó, de momento, la sublevación cívico–militar contra Isabelona de Borbón en 1866. No obstante, el grado de corrupción alcanzado en el reino animaba a los militares y a los civiles a procurar ponerle fin. Es lo que se consiguió en setiembre de 1868, con el triunfo de la Gloriosa Revolución que expulsó a la dinastía para que no volviese a reinar “jamás, jamás, jamás”, como afirmaría el ingenuo general Prim el 22 de febrero de 1869 ante las Cortes Constituyentes.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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