La poética patriótica de Blas de Otero

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YA han transcurrido diez años desde la publicación del libro póstumo dejado inédito por Blas de Otero, en realidad dos poemarios, Hojas de Madrid, con La galerna (1968-1977), impreso en Barcelona por cuenta de Galaxia Gutenberg, con 383 páginas. Durante estos días de confinamiento gubernamental obligado, es la ocasión que debemos aprovechar para releer obras que abandonamos después de leídas, obligados por la urgencia de conocer las nuevas ediciones, y desde luego Blas de Otero es una compañía siempre instructiva por lo que dice y la manera de decirlo.

Fue reeditando sus libros emparejados, así que esa doble edición póstuma sigue una pauta utilizada por el poeta. Dio un anticipo de Hojas de Madrid en un lujoso volumen impreso en Zaragoza por Javalambre en 1970, titulado Mientras, para advertir que lo entregaba mientras esperaba la oportunidad de imprimirlo completo, cuando fuera posible, ya que entones quedaban todavía cinco años de dictadura, y los censores del régimen no demostraban sentir ningún aprecio por sus poemas, sino todo lo contrario. 

Esa costumbre adquirida de ir ofreciendo sus libros emparejados en las reediciones, le sirvió para demostrar que son unidades de un conjunto totalizador. Y además aprovechó para revisar los poemas, y modificarlos cuando le pareció oportuno. Lo usual es que cuando un poeta revisa una composición encuentre preferible cambiar algunas palabras, porque mejoran el verso. En el poema “Liberación” de Mientras y en la cuarta parte de Hojas de Madrid, declaró Otero:

Y ¿para qué seguir? Mis libros fluyen

a compás de mi vida. Mi palabra

a compás de los años: va variando

por sí misma, sucediéndose

y revolucionándose.

La sucesión es obligada mientras el autor mantiene su actividad creadora. Sin embargo Otero la calificó de revolucionaria porque aun sosteniendo invariable el eje esencial, que es el de la condición humana, varió la transcripción al lenguaje poético en parte, ya que si bien utilizaba nuevos recursos permanecía fiel a una normativa general a lo largo de todos los libros. El nexo coordinador de toda su escritura lírica es el humanismo, que da testimonio de las inquietudes del poeta por la complejidad del ser humano en su absoluto. La palabra es la característica definidora de los humanos, y a ella recurrió Otero para acomodarla a su pensamiento crítico. Por eso afirmó que su palabra no había seguido una evolución, sino una revolución, a tono con las urgencias de su patria.

Para qué escribir

A su poética se le han dado varios calificativos, como social o política, aunque probablemente el que le sienta mejor es el de patriótica. Describe a la perfección aquel tiempo de esclavitud al régimen fascista derivado de la guerra. Hizo crítica política en verso, autorizada a veces, y otra precisada de buscar editores extranjeros, que no le faltaban.  En algún momento parece que se arrepintió de haber escrito. Es lo que se deduce al leer “Conmiseración y serenidad” en Hojas de Madrid, uno de esos abundantes poemas en los que Otero se interpelaba a sí mismo, en una escena de desdoblamiento del yo que debiera estudiar algún psicoanalista, dada su reiteración:

Para qué tanto libro: Pobre Blas de Otero, contéstame

por qué escribiste tanto, […]

Me horroriza tanto libro.

Mejor haber sido hojalatero.

Ojalá, Blas de Otero, te vuelvas analfabeto.

Es una broma retórica en la que no creía ni él mismo. Por suerte para la literatura española no se hizo hojalatero, una profesión sin futuro, y en cambio compuso algunos de los libros de poesía más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Y no se volvió analfabeto, pero descuidó la publicación de nuevos escritos desde 1970, limitándose a autorizar reediciones, como si efectivamente estuviera harto de tantos libros. En otro poema del citado antes, “Dios nos libre de los libros malos, que de los buenos ya me libraré yo”, insistió sobre el tema en el verso inicial: “Para qué tantos libros, tantos papeles, tantas pamplinas”, y después añadió que el mejor libro es andar por la calle entre la gente como un ciudadano cualquiera.

Otra exageración retórica. Un libro es un objeto elaborado, en el que además del autor intervienen muchos otros profesionales para confeccionarlo. Es imposible compararlo con el hecho de andar por la calle. Lo que pretendió Otero con esa descripción fue decir que el poeta es un ciudadano como otro cualquiera, que debe pasear entre la gente para encontrar inspiración, en lugar de permanecer encerrado en su casa. Realmente la respuesta a esa cuestión la había dado en otro poema de estas mismas Hojas de Madrid, “Verbo clandestino”, confesión de parte resignada a la fatalidad de tener que escribir porque le resultaba inevitable hacerlo:

Es terrible tener que escribir. Te juro

que quisiera perder la memoria, […]

prefiero callarme y bostezar hasta perder la respiración,

el hábito y la necesidad de escribir que soporto pacientemente como una de

tantas calamidades de mi vida.

El personaje con el que dialoga al comienzo, ese tú del “Te juro”, sin duda es el lector desconocido, si es que no se trata de un tú autorreflexivo. Al final confesó a sus lectores que soportaba la necesidad de escribir como una calamidad, o tal vez una condena perpetua de la que no acertaba a liberarse. Debía escribir por necesidad imperativa, pero podía dejar de publicar la escritura, y eso fue lo que hizo en determinado momento, cansado de los que él mismo consideraba tantos libros, aunque en verdad no lo eran; todo depende de la comparación que se haga con otras bibliografías.

Poesía en actualidad

Las palabras de los poetas se manifiestan en versos. Aquellos sonetos, liras y poemas en estrofas variadas o verso libre que había publicando desde que en 1942 dio a conocer su Cántico espiritual, repetían como tema al ser humano en su trascendencia anímica. La muerte, la eternidad y Dios eran sus palabras claves, la trinidad resumidora de su preocupación fundamental. En los años 50 se desplazó su poética hacia la consistencia social, descendió de los cielos a la tierra para ver y contar la realidad de la vida humana sobre el planeta. Y la expresó con una reducción de los metros clásicos, en versos a menudo breves, aunque la unión de varios de ellos suele contener una medida referencial concreta.

Es advertible el cambio estilístico, al pasar del interés espiritual al social. No es que sea posible establecer una separación estilística entre ambos modelos de escritura, pero es verdad que la predilección por el soneto decayó en esta nueva fase de inquietud social, sustituida por el uso más continuo de la canción o el antiguo dezir. En cualquier caso, el dominio formal demostrado por el poeta es asombroso; sus sonetos poseen una técnica peculiar, que aun siendo la clásica les hace ser reconocibles inmediatamente como suyos y distinguibles entre otros. Cuando se expresó en unas métricas más simples consiguió complicarlas, sin perder por eso la sencillez, mediante el juego de las rimas y de las medidas casi inapreciables.

El análisis de esta cuestión entra de lleno en dominios de la estética, por los que Otero andaba con mucha seguridad, aunque renegase de la estética por principio inspirador. Durante los años cincuenta, cuando se produjo la explosión antiesteticista de la poesía calificada de social, continuada enseguida por la novela y el teatro, se recomendó escribir como se habla, para que la obra literaria fuese comprendida por cualquier lector u oyente sin cultura. El esteticismo fue sinónimo de delito literario en aquella década y parte de la siguiente. Fue lo que se definió entonces como la disparidad entre el sándalo y la berza.

Pese a renegar de los condicionantes esteticistas para la poesía, puesto que Otero escribía intencionadamente para la inmensa mayoría, lo hizo conforme a las reglas del arte y sin despreciar ninguno de los recursos ofrecidos por la buena retórica. El problema radica en cómo se equilibran las tentaciones esteticistas y las populares, en busca del exacto término medio, en el que se supone que reside la virtud lírica. Es tarea para un gran poeta, y él supo resolverla perfectamente, puesto que lo era.

Siguiendo a Marx

Ilustran bien este asunto unos versos, o más bien versículos de “Ergo sum”, tomados de las Hojas de Madrid, declaración de principios líricos que, como es frecuente en este escritor, contiene una poética implícita, de la que el crítico deduce consecuencias curiosas:

A los cincuenta y dos años sigo pensando lo mismo que Carlos Marx,

con la única diferencia de que le copio un poco pero lo digo más bonito.

Así tenía que suceder, puesto que Marx no era un poeta, sino un sociólogo, mientras que Otero fue ante todo un poeta interesado por la sociología, y necesariamente preocupado por la política, ante la degeneración de su patria tiranizada por la dictadura fascista. Podría cuestionarse la afirmación de que decía “más bonito” el pensamiento marxista, ya que lo importante de él es su efectividad práctica.

Nadie pondrá en duda que El capital es una obra de importancia histórica trascendental, complicada de leer, que está escrita desde la interpretación  de los acontecimientos económicos y su incidencia sobre las sociedades en su momento. Es un tratado que aúna diversas investigaciones derivadas de la filosofía, la historia, la sociología, la economía y la política. Por lo tanto, requiere concisión y precisión, sin adornos florales. Cualquier desocupado podría ponerlo en verso medido y rimado, pero no por ello lo convertiría en un libro de poesía, ni su lenguaje resultaría “más bonito” que el original. Cada materia requiere una exposición comunicativa peculiar. Por ello  Marx tenía que expresarse con exactitud rigurosa, mientras que Otero debía hacerlo con precisión lírica.

Las diferencias son de género, porque en verdad resulta inverosímil equiparar a Marx con un poeta. Es, pues, una cuestión de lenguaje. En su libro de prosa Historias fingidas y verdaderas, publicado por Alfaguara en Madrid en 1970, se planteó algunos problemas relacionados con el lenguaje, en varios capítulos de la primera parte. Veamos el titulado “Poesía y palabra”, donde leemos:

   Sabido es que hay dos tipos de escritura, la hablada y la libresca. Si no se debe escribir como se habla, tampoco resulta conveniente escribir como no se habla. […] Mientras haya en el mundo una palabra cualquiera, habrá poesía. Que los temas son cada día más ricos y acuciantes.

Debemos considerarlo una poética, a partir de un verso muy conocido de Bécquer, tanto que no era necesario mencionarlo. Es la aseveración de su trabajo durante tantos años, expuesta mediante el desarrollo ordenado de la expresión teórica, dominada por un homenaje a Bécquer, el poeta que confundió la poesía con las cosas, y en consecuencia le quitó su cariz literario. Para el poeta sevillano, “mientras haya en el mundo primavera / ¡habrá poesía!”, una falsedad total: habrá belleza, pero la poesía precisa de un poeta que la recoja para existir. Es más exacto Otero, para quien una palabra cualquiera puede ser manifestación de poesía. En efecto, la belleza que incita a la poesía precisa de una palabra que la comunique a los demás.

Escribir y hablar

Como creador deseaba aliar las dos fórmulas comunicadoras, para reforzar la eficacia de la intencionalidad cargada sobre la escritura. Todo hace suponer que obtuvo el éxito en el trabajo. Esto es así incluso en las traducciones a otros idiomas, en los que se salvan gracias a la fuerza del lenguaje todas las dificultades inherentes a la versión poética a una lengua distinta de la original creadora. No importa que se pierdan los dobles sentidos que poseen determinadas frases en castellano, o que la intencionalidad oculta de sus rimas preconcebidas o de las citas sea imposible de mantener en un idioma diferente del original.

Todo esto se desarrolla en un poema carente de signos de puntuación de La galerna, titulado “Normas de poética”. En sus versos se amplían y desarrollan las posibilidades comunicativas de la poesía en relación con el lenguaje cotidiano, el “román paladino” en el que deseaba expresarse Gonzalo de Berceo en los albores de la poesía castellana, para ser comprendido por sus vecinos sin necesidad de glosas:

Escribo como hablo pero no hablo como escribo

escribo (algunas veces) como hablo

la lengua hablada se extiende a través de la línea

mi nuevo verso mi hombre nuevo tu nuevo vestido

ésta es la carretera transitada por todos

pero yo sólo he asfaltado

he adornado con árboles extraños

y ha terminado ante una ciudad o fachada última o frase concluida

Aquí expuso Otero la preceptiva elegida para comunicarse con los lectores. Según esta confidencia fechada en 1974, reconocía escribir de la misma manera en la que hablaban todos sus vecinos, a los que metaforizó a la manera de viandantes por una carretera. Al actualizar el afán medieval en nuestro tiempo con prisa, lo presentó mediante la imagen de una carretera general transitada por todos los castellanoparlantes, en la que él había colocado unos recuerdos de su tránsito, a la manera de árboles que adornan el camino, sus nuevos versos. El término de la carretera, es decir, del poema es la frase concluida, que bien podía valer “un vaso de bon vino” para Berceo, o una condena de cárcel para Otero, cada cosa en su época.

El lector atento observa enseguida que en los versos de Otero coexisten la precisión y el rigor junto a los dobles sentidos y los juegos de palabras y de conceptos. Debe tenerse en cuenta que las circunstancias de aquel tiempo de represión le incitaban a disponer entre líneas aquellos temas que la censura le impedía contar con claridad, y eso le obligó a servirse de toda clase de disfraces semánticos para manifestar su pensamiento de una manera disimulada con veladuras retóricas, sin perder por ello su precisión. Resultaba “más bonito” sin duda, y a la vez más incisivo, por cuanto el poeta se veía forzado a declarar discretamente en sus versos lo que no quería declarar en una comisaría ante los criminales sicarios de la policía secreta al servicio de la dictadura.

El lenguaje de aquel tiempo

Aceptamos que existen dos tipos de escritura conocidos y ambos igualmente válidos, aunque durante la dictadura no era factible utilizar más que una: la que no irritase al censor de guardia. Lo contrario constituía un peligro conocido, con riesgo de cárcel, tortura y multa. Estaba permitido escribir como se habla, pero no de lo que hablaba la gente en voz baja, porque eso era un delito. Los censores velaban por la integridad del régimen, y no cabía recurrir sus decisiones siempre inapelables.

En los años cincuenta la literatura se empleó en España como un arma para denunciar ante el mundo la trágica situación que padecíamos, por si acaso alguna organización aceptaba ponerle remedio. Cuando los países pretendidamente democráticos admitieron a la dictadura en los organismos internacionales como representante de España, y mientras todos los medios de comunicación nazionales debían atenerse a las normas de la censura oficial, un método para declarar ante la opinión pública internacional la realidad española consistía en reproducirla en la escritura, lograr su difusión con ayuda de las traducciones, y esperar que influyera sobre los pueblos, ya que no era posible esperar nada de sus gobernantes.

Por fortuna, una arraigada falta de sensibilidad en los censores para entender la escritura poética, que por algo eran censores, permitió la llegada al papel impreso de algunos ecos de los gritos de rebeldía prohibidos en las calles y torturados en las comisarías policiales. Muy poco, pero algo escapó a la vigilancia censoria, muy atenta sobre todo a las cuestiones morales y sexuales y al culto a la personalidad del dictadorísimo.

Esa constante amenaza de la censura influyó sobre la escritura de quienes deseaban comentar la triste situación de la patria encarcelada. Ya que se hallaba bloqueada la comunicación directa, se hacía preciso configurarla de manera velada, con el fin de engañar a los censores, fanáticos fascistas de escasa inteligencia (si la hubieran tenido mayor no serían fascistas, naturalmente). Así que Otero se vio obligado a reconsiderar su escritura desde el mismo núcleo, para procurar hacerla pública.

Aquello que no era España

La exposición de aquellas circunstancias anómalas se encuentra explicada en un soneto de Hojas de Madrid, titulado “Historias fingidas y verdaderas” como uno de sus libros antes citado. Reconoce los problemas inherentes al hecho de vivir y escribir en aquella España tristemente encarcelada bajo el poder de la dictadura. En la forma resulta heterodoxo, porque no tuvo inconveniente en repetir rimas, contra las recomendaciones de la preceptiva, pero sus especificaciones estilísticas no nos interesan ahora. Sí importa revisar con atención este terceto:

Nací en España, y en España apenas

engendra la razón sino hórreos sueños

y lo que existe, existe a duras penas.

Es muy advertible la sombra de Goya, presente porque dijo y pintó a comienzos del siglo XIX que el sueño de la razón engendra monstruos. Fue ese convencimiento el que le animó a exiliarse, para vivir sin pesadillas y alucinaciones horrendas. En 1968 tuvo motivos Otero para repetir sus palabras, en el momento de regresar de su exilio para participar desde dentro en los acontecimientos españoles. Nada cambia en la triste historia de España, un siglo sucede a otro con los mismos terrores, porque la Inquisición se perpetúa con diferentes nombres, pero con los mismos fines e idénticos resultados: acallar al que pretende oponerse a la injusticia.

La poesía se hizo militante por necesidad. Con hoces y martillos se escribió la poesía que pedía la paz después de tanta posguerra en guerra continuada, y la palabra en libertad después de tanta censura. Una poesía realista, de las cosas habituales, compuesta en castellano simple, para que todo el mundo que la oyera o leyese pudiese comprenderla. Al principio de Hojas de Madrid se encuentra un poema fechado el 17 de junio de 1968, esto es, en los estertores del histórico mayo francés y en plena guerra agresiva de los Estados Bandidos de Norteamérica contra el pueblo pacífico de Vietnam, que se titula “Twist twist twist hasta partiros el corazón”, y merece un largo comentario, aunque no cabe hacerlo aquí y ahora.

Por el momento conviene recordar una declaración constitutiva de la poética oteriana, confesada entre sonidos de la música gringa de moda entonces: “yo soy en realidad un Gabriel y Galán ganado por la revolución”, con lo que el principal exponente del realismo y del regionalismo sumisamente obediente al catolicismo romanista es presentado como un modelo lírico para el poeta patriótico. A Gabriel y Galán y a su protector el obispo de Salamanca les horrorizaría el sonido de la revolución, por lo que sorprende que Otero se identificase con él. Los campesinos de Gabriel y Galán, castellanos o extremeños, carecían de inquietudes revolucionarias.

Metapoesía para después

    Es fácil seguir la poética de Otero a través de sus libros sucesivos. Repasemos otro poema de estas Hojas, “Último después”, fechado el 19 de enero de 1971, en el que se plantea la motivación de la escritura lírica. Empezó por anunciar Otero que iba a escribir ese día el último poema de su vida, y enumeró los ruidos que llegaban del exterior y los objetos próximos, como si deseara considerarlos el tema de la composición, pero después dudó sobre si efectivamente debía escribirlo o no: esto es un claro ejemplo de metapoesía, en cuanto desarrolla el tema del posible poema dentro del poema efectivo que va componiendo.

Se consideraba heredero de otros poetas que le precedieron, y los cita: “es extraño que algunos hombres, Virgilio, Dylan Thomas, Gabriel y Galán y compañía / compongan poemas como quien va a editar un periódico terriblemente serio,” y decidió aplazar la escritura de su imaginado poema para después de su muerte,  lo que no parecía misión sencilla de cumplir. Pero el poema verdadero quedó terminado. De nuevo recordó a Gabriel y Galán, en compañía de dos poetas muy alejados de su estética, unidos los tres por lo que parece un reproche de haber compuesto una poesía muy aburrida. Eso es verdad, pero tuvieron sus admiradores, y tal vez los tengan todavía, de modo que escribieron para su gente, de la manera deseada por los lectores que adquirían sus obras.

La estirpe de Otero creemos que deriva de otros escritores insertados en el realismo, desde luego, pero con otros significantes. Aunque su discurso poético se hallara inmerso en los caracteres tópicos del lirismo tradicional, los cuatro grandes libros que Otero editó con muchas dificultades entre 1955 y 1970, se hallan más cerca de la épica que de la lírica: Pido la paz y la palabra, En castellano, Que trata de España y Mientras. Fueron sus últimas actuaciones públicas en contra de la dictadura, si no se tienen en cuanta las Historias fingidas y verdaderas por estar en prosa, ya que prefirió dejar inéditas las Hojas de Madrid con La galerna, aunque adelantase algunos de sus poemas.

Se había propuesto contar y cantar lo que sucedía a su alrededor. El momento de la escritura exigía mostrar un compromiso con la realidad impuesta, y por ello la poesía se internó en los rasgos de la épica, para transcribir exactamente los sucesos de cada día. Y eso fue lo que hizo, en lucha desigual con la censura implacable del régimen fascista.

Poesía presente sin fábula

Un tiempo de caracteres únicos da lugar a una literatura con unas características exclusivas. El testimonio historicosocial define esa etapa en la obra de Otero, y en la de otros compañeros de lucha. Pedía utilizar la palabra en castellano para tratar de España, algo elemental en un poeta español, pero se le negaba un derecho tan común para los españoles debido a las extrañas circunstancias en las que gemía su patria encarcelada. Volvamos a las Historias fingidas y verdaderas para conocer esta sencilla definición de la poesía, muy oportuna entonces:

Duerme la rosa, el soldado y sus predecesores. La poesía sólo aspira a esto, a ser presente sin fábula, puro verso sostenido con una mano en el día siguiente. La rosa puede seguir aquí, dejadla hasta que termine de moverse, es una realidad, al fin y al cabo, contradictoria: una traición al tiempo, un poco de polvo iluminado.

Una acertada definición de la lírica: presente sin fábula es la poesía, radical realidad inmersa en los problemas cotidianos de ese ser amorfo conocido como gente, en el que entramos todos. En consecuencia, una poesía que habla de los seres humanos como colectividad social tiene que ir dirigida a todos los seres, a la totalidad de los vivientes, ni siquiera a la inmensa mayoría, sino a todos los que somos y estamos aquí, y ha de sentirse obligada a abordar los problemas comunes a todos. Así, el ambiente espiritual debe supeditarse al material, ya que carece de sentido procurar aliviar las dudas metafísicas de los seres humanos cuando no se han resuelto antes sus problemas de subsistencia. La estética es una materia intelectual necesaria, aunque resulta inútil si se aparta de la ética.

Por haber tenido perpetuamente al humanismo como preocupación, se convirtió en portavoz del pueblo amordazado. A semejanza de un antiguo   juglar errante, llevó por el mundo la demostración de lo que era la realidad española, señalando con el verso sus padecimientos. El empeño por denunciar al mundo la situación española, se tradujo en un esfuerzo épico de la mejor poesía. Su palabra fue escuchada, aunque fracasó en el intento dominante de participar activamente en el cambio social de su patria, porque así les convenía a los poderes supremos de la política internacional.

La bandera roja y la tricolor

Nacido en 1916, Blas de Otero conservó animado el espíritu de sus veinte años, cuando se echó a la calle junto al pueblo enardecido para combatir a los militares monárquicos sublevados contra la República. Un romance incluido en Hojas de Madrid sigue la pauta de los numerosos romanceros nacidos durante la guerra, para ensalzar el heroísmo del pueblo contra los agresores como tema. “No olvides Madrid el día” se titula, en referencia al día en que comenzó la heroica defensa de la capital, sólo rendida por la traición de otro militar rebelde, nunca por la fuerza:

Bandera roja, te juro

que he de llevarte por siempre

entre estudiantes erguidos

y obreros de brazo ardiente. […]

No olvides, Madrid, el día

en que asaltaste de frente

el cuartel de la Montaña

con un cuchillo en los dientes.

El símbolo de todas las revoluciones sociales, la bandera roja, desfilaba unida en su recuerdo junto a la tricolor adoptada como símbolo por la República. A sus 15 años recién cumplidos vivió aquella explosión de alegría incontenible del 14 de abril, título de otro poema en el mismo libro, compuesto para homenajear a la República uniendo los tres colores de su bandera muy bellamente:

Claveles rojos

como un juramento.

Narcisos amarillos,

sonrisa rayo de papel.

Cardo morado.

Cardos narcisos claveles.

Bandera ramo adolescente.

Entró en la adolescencia de la mejor manera posible, mientras ondeaba la bandera tricolor por las calles y sonaba la música triunfal del Himno de Riego. Fue su primera gran experiencia social y política, que no acertó a durar ni ocho años. Resultó suficiente para demostrarle el ansia por la libertad del pueblo, dispuesto a dar la vida para defenderla cuando es forzoso hacer el sacrificio en bien de la colectividad.

La alegría contagiosa del pueblo al proclamarse la República en 1931, y la decisión de defender las libertades ante la rebelión militar en 1936, son dos acontecimientos históricos vividos por Otero, que evocados después de tantos años, le impulsaron a poner su palabra poética al servicio de los seres humanos. De esa manera contribuyó a engrandecer su capacidad para alcanzar todo lo que nos pertenece en el mundo. Si no participó en el asalto al cuartel de la Montaña para apoderarse de los fusiles allí guardados, combatió después contra los enemigos del pueblo con el arma de su palabra, ansiosa de paz, pero dispuesta a comprometerse para alcanzarla.

Por eso la lectura de su obra constituye una exaltación de la libertad expresiva, que acabó triunfando, superadas todas las dificultades impuestas por la censura dictatorial. Se vio obligado a exiliar primero su escritura, y después a exiliarse él mismo, pero valió la pena. Los versos de “No me arrepiento”, en La galerna, exponen esa convicción, de la manera reflexiva desarrollada mediante el desdoblamiento de la personalidad: “Blas de Otero, cuánto has caminado”, se decía, y citaba algunas ciudades por las que paseó su exilio. El título es una declaración de aceptar el inventario, con algo de cansancio, reconocía aquel 16 de enero de 1971, pero con ganas de continuar hasta la muerte, como lo hizo.

Y nos legó su poesía para que nos anime a estar dispuestos siempre a defender nuestros derechos ciudadanos bajo la bandera roja y la tricolor, frente a sus enemigos.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio

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