La mujer republicana según María Martínez Sierra

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Al escribir sobre María de la O Lejárraga, esposa de Gregorio Martínez Sierra, lo primero que debe hacerse es decidir cómo llamarla. Utilizó su nombre solamente para firmar su primer libro, Cuentos breves, impreso en Madrid en 1899 por su cuenta, con 99 páginas. Los escritos durante los treinta primeros años del siglo XX aparecieron todos firmados exclusivamente por su marido, Gregorio Martínez Sierra, aunque los hubieran compuesto en colaboración por lo menos, cuando no los redactó ella por entero. Hasta 1931 María de la O Lejárraga sólo era conocida en los círculos literarios madrileños como esposa de Gregorio.

Pero a los pocos días de la proclamación de la II República Española se presentó como María Martínez Sierra, para pronunciar cinco conferencias en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, impresas en folletos independientes, y recogidas en un volumen con la añadidura de un discurso en homenaje a Mariana Pineda, con el título general del ciclo, La mujer española ante la República. En su cubierta luce el nuevo nombre adoptado como autora, con los apellidos del marido, del que se hallaba separada porque él vivía con la actriz Catalina Bárcena y la hija que tuvieron en 1922, también llamada Catalina.

Sin embargo, en 1932 apareció un libro indudablemente suyo, Nuevas cartas a las mujeres, con la autoría de su marido únicamente. Y ya en el exilio político de los dos, pero por separado, se imprimió en Buenos Aires en 1941 el epílogo de esa fecunda colaboración a nombre de Gregorio, Cartas a las mujeres de América. Muerto Gregorio en 1947, continuó María publicando libros, firmados por María Martínez Sierra, una escasa producción comparada con la editada en los años precedentes.

En consecuencia, parece decidido que este nombre fue el preferido por ella, para ser recordada como escritora. No es un seudónimo, puesto que en muchos países la mujer casada adopta los apellidos de su marido, e incluso el nombre propio. Durante la República se mantuvo la relación de dependencia: en las listas de su candidatura a diputada y en el acta del Congreso, en noviembre de 1933, figuró como María Lejárraga y García de Martínez Sierra, como si sus dos apellidos no bastasen para definirla como persona, y necesitara la referencia al esposo.

Nacida republicana

La vida de María estuvo marcada por la República desde su inicio: nació el último día de existencia legal de la I República Española, el 28 de diciembre de 1874. Al día siguiente el general Martínez Campos se rebeló y proclamó rey al indebidamente llamado Alfonso de Borbón, porque sólo debía ese apellido a su adúltera y ninfómana madre. La verdad era que la República estaba muerta desde el 3 de enero anterior, cuando otro general rebelde, Pavía, disolvió el Congreso; pero se prolongó su existencia tutelada hasta el día del nacimiento de María de la O Lejárraga en San Millán de la Cogolla, en la provincia de La Rioja.

Había cumplido 56 años cuando España recuperó pacíficamente en las urnas la legalidad cortada por el militar golpista. Con la proclamación de la II República Española, el 14 de abril de 1931, cambió la historia de España y la vida de los españoles. Rotundamente lo manifestó Manuel Azaña, con una de esas frases contundentes que jalonan su trayectoria política, al explicar que los españoles dejaron de ser súbditos aquel día, para convertirse en ciudadanos.

Así ocurrió en la biografía de María, que desde ese momento abandonó el papel de eminencia gris de su marido, voluntariamente aceptado por ella, para convertirse en protagonista. Renunció al trabajo en colaboración con Gregorio, a sabiendas de que le era necesario el acicate de su ayuda para escribir. No le incomodó prescindir de los éxitos fáciles obtenidos con aquel teatro de inspiración burguesa, dirigido a un público desconocedor de los problemas éticos, sociales y económicos. Para esas gentes acomodaticias había compuesto unas situaciones cargadas de sensibilidad sentimentaloide, fuera de cualquier compromiso, y con final feliz. Ahora ya no podía seguir ignorando la realidad politicosocial de su patria, a la que regresó desde su voluntaria residencia en Niza.

La República rescató a María de la O Lejárraga, autora hasta entonces de  un único libro, aunque había escrito alrededor de setenta en colaboración con su marido y con Santiago Rusiñol. Además, la liberó como mujer de su papel pasivo, aceptado inexplicablemente por ella.

Una mujer nueva

El cambio de actitud no fue radical, quizá debido a la formación religiosa incrustada en su espíritu. Cuando leemos los escritos de su coetánea Alejandra Kollontay en torno a la mujer nueva, en contra del matrimonio tradicional y a favor de la libre camaradería entre los dos sexos, comprendemos que María sólo dio un paso para su afirmación como mujer, sin atreverse a dar el salto necesario para su liberación completa.

Al repasar por ejemplo La mujer nueva y la moral sexual, de Kollontay, comprobamos qué lejos estaba María de las ideas renovadoras del feminismo en su tiempo. Las heroínas de su teatro reflejan su ideología conservadora y burguesa, creyente en la indisolubilidad del matrimonio y en la preponderancia del marido en el hogar como cabeza de la familia, que le debe respeto por el simple hecho de serlo.

Sin embargo, el aire nuevo de libertad impulsado por la República modificó su conducta, hasta donde fue posible. Instalada en Madrid, se afilió al Partido Socialista Obrero Español, y se integró en el Ateneo, en la Sección de Ciencias Morales y Políticas. En un libro de memorias que escribió en 1949 y publicó tres años después en Buenos Aires, Una mujer por caminos de España, subtitulado Recuerdos de propagandista, repasó la conferencia que había pronunciado en el Ateneo de Cartagena sobre el tema “Por qué soy socialista”. Expuso la vida de su familia, ocho hijos de un médico rural mal pagado, y confesó en la página 58:

[…] soy socialista,  en primer lugar, porque me espantó el drama de la clase media.

Desconocía la tragedia del proletariado obrero y campesino, por lo que sus deseos se encaminaban a mejorar la situación de la burguesía, a la que pertenecía y para la que compuso todas las obras escritas hasta entonces. Verdaderamente los espectadores de sus obras pertenecían todos a la burguesía ilustrada, ya que durante la monarquía borbónica los obreros no podían permitirse derrochar su menguado salario en la adquisición de una entrada. En la campaña electoral de 1933 descubrió por primera vez la realidad de esa tragedia, y se propuso aliviarla. Cayó definitivamente el telón sobre su teatro de temática burguesa, al abrirse ante ella el panorama de una clase social que luchaba cotidianamente por sobrevivir, y confiaba en el nuevo régimen político para superar la miseria.

Mientras tanto Gregorio con su compañera Catalina Bárcena y la hija residían en Hollywood desde el 25 de enero de 1931, y allí continuaron dedicados a negocios cinematográficos. A ellos no les interesaba la política, por lo que sólo atendían a los contratos.

La escritora republicana

A partir de 1931 María ya no pudo mantener la colaboración con Gregorio: no se lo comunicó así, pero le demostró que había terminado el acuerdo de cooperación mantenido hasta entonces. Era el momento de su emancipación como esposa y colaboradora anónima, cuando la República decidía considerar a la mujer tan ciudadana como el varón, y estaba dispuesta a concederle idénticos derechos. Un decreto del 8 de mayo de 1931 declaró a la mujer elegible como diputada a las Cortes Constituyentes, aunque todavía no podía ser electora: eso se aplazó hasta que lo aprobase la Ley Electoral, promulgada el 17 de junio de 1933.

El Ateneo de Madrid organizó un cursillo de conferencias sobre aspectos sociopolíticos de la nueva realidad española, y encargó a María que hablase acerca de la mujer. Dictó cinco conferencias, los días 4, 9, 11, 15 y 18 de mayo de 1931, con el título general de La mujer española ante la República: es el título que llevaron al ser editadas en un volumen de 185 páginas, junto con otra intervención suya en el acto de homenaje a Mariana Pineda con motivo del centenario de su muerte en el cadalso, víctima de la tiranía de Fernando VII. Lleva la marca de Ediciones de La Esfinge, una de las empresas puestas en marcha por Gregorio; sabido que él residía por entonces en Hollywood, es seguro que María se ocupó en solitario de la impresión, algo que estaba acostumbrada a hacer.

Por primera vez utilizó entonces los apellidos de su marido en sustitución del suyo, con el que había editado su primer y ya lejano libro. Esos apellidos eran conocidos, mientras que su Lejárraga nada decía a quienes se acercaron al Ateneo a escucharla, o a quienes después leyeron los folletos de cada conferencia o el volumen que las recogía todas. Desde ese momento su nombre literario fue María Martínez Sierra, y así firmó el resto de sus libros, incluso después de quedarse oficialmente viuda.

Fue la manera de presentar a una mujer y a una escritora nuevas ante el público. Lo anterior quedaba enterrado con el régimen monárquico. Ahora ella recuperaba la República que le quitaron al día siguiente de nacer, y se ponía a su servicio. En la nueva España republicana apareció una nueva escritora, aunque contaba con una amplia bibliografía secreta.

La patria, madre o hijo

La dedicatoria que colocó al frente del volumen en la página 5 es señal de continuidad y de renovación. Puede leerse con varias interpretaciones, y los avisados comprenden que hay una alusión a la escritura compartida a lo largo de tantos años de las obras firmadas solamente por Gregorio, al que declaraba sentirse unida a pesar de todo lo sucedido:

A Gregorio Martínez Sierra con lealtad y cariño, dedico este trabajo que, distancia y premura me obligaron a realizar sola, pero no fuera de nuestra entrañable comunidad espiritual.

Más que una dedicatoria para el marido ausente con su amante en otro continente, parece una advertencia para cuantos conocían la realidad de su matrimonio en todos los sentidos. Ella le mantiene su “lealtad y cariño” a pesar de la infidelidad reiterada de él, y señala que ha escrito ella sola las conferencias, pero con el mismo espíritu que inspiró las obras anteriores, hechas en “entrañable comunidad”.

Las conferencias fueron pronunciadas a partir de este lema: “La Patria, que para los hombres es LA MADRE, para las mujeres es EL HIJO”. Aunque patria es un nombre común, le proporcionó la categoría de propio al aplicarle la inicial mayúscula, en señal de respeto. Sin duda tiene que ser la idea de una mujer, muy arraigada en ella, porque la había explicitado ya en 1917 en el libro firmado por Gregorio con el título de Feminismo, feminidad, españolismo, donde dice en la página 42:

Piensen ustedes que si la Patria es como una madre para los hombres, para las mujeres es como un hij

Y además desarrolló el tema en el capítulo titulado “La Patria, madre e hijo”, en donde expuso la diferente manera de entender el patriotismo los hombres y las mujeres. El concepto lo llevaba incrustado en el espíritu, puesto que lo repitió en 1949 al comienzo de sus memorias tituladas Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración, editadas en México en 1953 por Gandesa, en las que se lee en la página 19:

Hace mucho tiempo he pensado y he dicho: “La patria, que para los hombres es madre, para las mujeres es hijo” […]  No quiero a España por patria exclusiva, mas no la reniego: es sólo un pedacito de mi patria.

Es significativo que María hubiese adquirido una casa en Niza desde la separación de Gregorio, pero se apresurase a regresar a Madrid en cuanto se proclamó la República, para exiliarse definitivamente desde el triunfo de los militares sublevados. En ambos momentos no se expatrió por su voluntad, sino por incitaciones ajenas, que le hicieron inviable continuar residiendo en Madrid. Murió en el exilio de Buenos Aires, el 28 de junio de 1974, cuando le faltaban exactamente seis meses para cumplir los cien años: una vida muy larga, pero no tanto como para alcanzar el final de la dictadura. Aunque reconociese a la patria como un hijo, no quiso regresar a ella mientras no recuperase la legalidad republicana perdida con la guerra. Fue una buena madre de un mal hijo, no por su culpa.

Perfil de una republicana

Cada conferencia lleva como título un solo vocablo. La primera, Realidad, propone a las mujeres renovar el léxico, porque hay palabras como política, patriotismo o ideales que “están acuñadas por hombres, y que no responden a realidad ninguna, dentro del ideario femenino” (p. 15). Reconoce que el programa republicano es derechista, pero aconseja a las “madres de la patria” que apoyen al Gobierno provisional, al que denomina Gobierno de la Buena Voluntad. Critica que las españolas estén ociosas, porque así no avanza la civilización.

En la segunda, Egoísmo, demuestra que las mujeres deben apoyar a la República simplemente por egoísmo, para que empiecen a resolverse los problemas vitales del país, comenzando por el de la enseñanza en sus tres grados, tema esencial para ella como maestra profesional. Por no estar preparados los técnicos, se produce un desastre general, que conduce al hambre. El cambio de régimen político se justifica por su utilidad. Puesto que hay más españolas que españoles, a ellas les corresponde fomentar la concordia, para evitar una guerra civil entre los ciudadanos.

La más feminista fue la tercera conferencia, Libertad. Después de examinar los artículos del Código civil que marcan la dependencia de la mujer casada respecto al marido, anuncia que “de las Cortes Constituyentes saldrá la absoluta igualdad en derechos para hombres y mujeres” (p. 95). Confía en el asentamiento de la República, porque “no es una obra personal, sino la obra de muchas personas” (p. 99), y si a un rey se le puede destronar o incluso decapitar, al pueblo no se le derrota. En este punto se equivocó totalmente, y así lo comprobó en 1939.

Religión es el título de la cuarta: propone la libertad de cultos, la escuela laica y la separación de la Iglesia y el Estado, como consecuencia de la libertad nacional, que implica la individual. Es lo que sucede en la mayoría de los países occidentales, aunque en España lo considera pecado un clero sin educación deseoso de mantener sus privilegios seculares.

Finalmente, en la quinta conferencia, Federación, propugna la descentralización administrativa, y analiza el caso de Cataluña, a la que considera en cabeza del regionalismo. Cree que el federalismo no es conflictivo, y por ello afirma: “Yo quisiera que España fuese una coalición de Estados soberanos, una liga de sabios y de santos y de héroes” (p. 161).

Concluye invitando a las mujeres a estudiar y a apasionarse, para encontrar la verdad, con lo que se realizarán plenamente.

La enamorada Mariana Pineda

Según se ha dicho, las conferencias se imprimieron sueltas en folletos, y enseguida en un volumen, en el que añadió otra intervención pública suya, titulada Lealtad, con esta indicación: “Palabras leídas en el homenaje a Mariana Pineda celebrado en Madrid el día 6 de junio de 1931.” Se celebraba el centenario de esa muchacha de 27 años, ejecutada en Granada el 26 de mayo de 1831, bajo la acusación de haber facilitado la fuga de la cárcel de su primo, un conspirador liberal contra el absolutismo de Fernando VII, y de haber bordado una bandera morada con el lema Ley, Patria, Igualdad, tres palabras intolerables para un tirano.

Las entidades republicanas organizaron varios actos en su homenaje. El del 6 de junio estaba coordinado por la Sección Femenina Radical Socialista, en el Teatro del Conservatorio, antiguo de la Princesa, en la calle de Tamayo, número 4. Comenzó a las diez de la noche, con este programa: concierto de la Orquesta Filarmónica, dirigida por el maestro Pérez Casas; disertación acerca de Mariana Pineda “por la señora de Martínez Sierra” [sic]; recitales de canto por la señorita Carreras e Hipólito Lázaro, y representación del primer acto de La calesera.

Resaltó la oradora el valor de Mariana, al preferir la pena capital antes que delatar a los conspiradores por la libertad de su patria. Pero señaló que había actuado así por amor a un hombre, más que por un ideal político. La opinión de María sobre este punto, expresada contundentemente en las páginas 174 y siguientes, resulta muy significativa:

Casi siempre, en toda causa más o menos abstracta por la que una mujer se sacrifica, hay un hombre que a sus ojos la puede personificar… ¡Es verdad! A tan miserable condición negativa, hemos estado, casi hasta ahora mismo, sujetas las mujeres, que casi todas nos hemos visto obligadas a vivir nuestros sueños en cabeza ajena… […]

Es así: en todo sueño generoso de mujer suele haber un hombre, pero, cuando llega la hora de pagar, aunque en cabeza ajena haya soñado, con su propia cabeza paga el sueño propio y el de los hombres en quienes le fundó… […]

No sé cómo los hombres pueden amar, pero sé que ninguna mujer pone su amor en hombre que no responda esencialmente a su peculiarísima modalidad de espíritu. Aunque otra cosa se crea y se afirme, la mujer no se deja contagiar la idea por el hombre que la atrae, sino, por el contrario, se siente atraída, consciente o inconscientemente, por el hombre capaz de defender la causa que es, en ella, sentimiento innato.

María hablaba de Mariana, pero advertimos una confesión sobre ella misma en sus relaciones con el que era y siguió siendo su marido oficialmente hasta que la muerte los separó, como se dice en las bodas. Leamos ese fragmento olvidando a Mariana, para colocar en su lugar a la propia María como “persona retórica”, que habla de sí misma de una manera encubierta, pero diáfana para los conocedores de su situación matrimonial y literaria. Téngase en cuenta que quiso incluir el discurso de homenaje a Mariana en el libro recopilatorio de las conferencias leídas en el Ateneo. Esto denota su deseo de que permaneciera impreso, para conocimiento de un número de personas crecidamente superior al de sus oyentes en el teatro.

El marido como ideal

Repárese en que hace la rotunda aseveración de que siempre que una mujer se sacrifica por una causa, es porque hay un hombre que la personifica, y la remata con ese “¡Es verdad!” exclamativo. Así confiesa haber sacrificado su legítima aspiración al reconocimiento público como escritora, a la fama unipersonal de su marido. Ella era y deseaba ser maestra de escuela, mientras que Gregorio aspiraba desde niño a ser autor y director teatral: Gregorio personificó para María al escritor, y le sacrificó sus dotes naturales para la escritura, permitiéndole aparecer como único autor de las obras que al menos redactaban en colaboración.

Sabemos que Gregorio promovió aventuras intelectuales arriesgadas, pero con seriedad y buen gusto, y a menudo con éxito. Las empresas editoriales y teatrales que dirigió fueron excelentes: las revistas Vida Moderna, Helios y Renacimiento, las editoriales Renacimiento, Estrella y La Esfinge, la Compañía Cómico–Dramática Gregorio Martínez Sierra y el Teatro de Arte confirman su laboriosidad y su osadía.

En el fragmento citado asegura María “que ninguna mujer pone su amor en hombre que no responda esencialmente a su peculiarísima modalidad de espíritu”. Por lo tanto, debemos entender que Gregorio encarnaba su ideal espiritual, y en consecuencia por eso lo aceptó como marido, a pesar  de su falta de atractivos físicos y de padecer tuberculosis.

Sin embargo, hay un lamento en el discurso, cuando califica de “miserable condición negativa” la de la mujer, por sacrificarse ante el hombre que personifica su ideal. Y asume colocarse entre las sometidas a esa condición, al utilizar un plural inclusivo: “casi todas nos hemos visto obligadas a vivir nuestros sueños en cabeza ajena…” Ella también, por tanto, ajustó sus sueños de triunfos literarios a las apetencias del marido.

Fue un sueño hermoso mientras duró, un sueño generoso por parte de ella, como expone en su discurso: “en todo sueño generoso de mujer suele haber un hombre”. Lo había, efectivamente, en el suyo, y era decididamente egoísta, porque se sintió muy cómodo en el papel de autor famoso en exclusiva, sin considerar lo que debía a su esposa. Mientras la unión resultó feliz, a María no le interesaba despertar del sueño plácido.

Fue su marido quien se encargó de mostrarle la realidad de su vida cotidiana, y la despertó con la evidencia de que otra mujer le estaba haciendo a él soñar. Por eso afirmó en el discurso que cuando llega el momento de despertar, es la mujer la que debe sufrir las consecuencias de sus actos y de los ajenos, “y con su propia cabeza paga el sueño propio y el de los hombres en quienes le fundó…” A ella no le costó la cabeza, como a Mariana, pero sí muchas cefaleas: ella pagó el sueño de los dos, aunque tuvo coraje para proseguir su vida y su trabajo en soledad, como si nada hubiera sucedido.

Hasta que el 14 de abril de 1931 sacudió su conciencia y despertó definitivamente. En la España nueva María quiso ser una mujer nueva, por lo que aceptó un compromiso político. Se propuso de inmediato alertar a las mujeres, para que se liberasen de esos sueños mortales, que ella misma compartió hasta entonces.

Más eficaz que el hombre

Desde la proclamación de la República se convirtió María en una persona con personalidad propia, dispuesta a situarse en los lugares sobresalientes de la escena pública. Hasta entonces había dejado que Gregorio saliera a recoger los aplausos del público en los estrenos, mientras ella permanecía oculta en un palco. A partir de 1931 decidió ser la protagonista, y lo hizo con plena convicción de su valor. Sirvan como prueba las declaraciones realizadas en julio de 1934 a una entrevistadora de la revista Mundo Femenino, para su número 100-101:

–Si llegara usted al poder, ¿para qué cargo se consideraría competente?

–Para rector de una universidad.

–¿Por qué?

–Por ser mis pasiones la enseñanza y la organización. Me encanta enseñar y organizar.

–¿Cómo se iniciaron sus aficiones a la política?

–Por amor natural a la justicia.

–¿Qué posibilidades ve usted en la mujer para el gobierno de los pueblos?

–Las mismas exactamente que en el hombre. Con iguales resultados de capacidad y un poco más de eficacia que el hombre, por el sentido de realidad que es nuestra característica, a pesar de todas las irregularidades que el hombre se ha divertido en soñar en nosotras y para nosotras.

Tomo la cita del libro de María Gloria  Núñez Pérez titulado Madrid, 1931. Mujeres entre la permanencia y el cambio, publicado por La Editorial Feminista en 1993, páginas 178 y siguiente. Es un lenguaje inesperado en quien hasta 1931 prefirió quedarse en un gris segundo plano, tras la figura protagonista de su marido, renunciando a todas sus posibilidades de realización como escritora, e incluso como persona, sobre las que tenía pleno derecho. Eligió anularse en provecho de su marido, al que continuó siendo fiel incluso cuando la abandonó por otra mujer más joven y guapa. El cambio político en España la transformó a ella sustancialmente, imponiéndole una modificación de sus ideas y actuaciones.

Propagandista de la libertad

Así se expresaba la mujer nueva que incluso adoptó un nuevo nombre para ponerse en contacto con el público. Su ideario sociopolítico y religioso difiere del que había defendido hasta entonces. Pero no se contentó con exponer la teoría, sino que procuró ponerla en práctica. Por eso, el 11 de marzo de 1932 fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica, dedicada a facilitar enseñanza a la mujer.

Como candidata del Partido Socialista por Granada en las elecciones generales de noviembre de 1933, en las que por primera vez en España votaron las mujeres, intervino activamente en la campaña, y consiguió el acta de diputada como María Lejárraga y García de Martínez Sierra, tanto en las listas de candidatos como en las del Congreso. Años después rememoró sus andanzas por los pueblos granadinos, en contacto con una miseria y una incultura desconocidas para ella, en su libro Una mujer por caminos de España. Recuerdos de propagandista. Ya no inventaba diálogos dulzones para espectadores burgueses, sino que hablaba directamente a la gente con el idioma que podía comunicar su esperanza.

Apoyó al Frente Popular en febrero de 1936, y permaneció al lado del Gobierno constitucional cuando se produjo la rebelión de los militares monárquicos. En octubre fue nombrada agregada comercial de primera clase en la Embajada de la República en Suiza, y en mayo de 1937 actuó como secretaria de la delegación española en la Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo, celebrada en Ginebra.

Tras la derrota se instaló en su casa de Niza, y mantuvo una correspondencia esporádica con Gregorio, aunque ya no podía continuar la colaboración anterior con él. Sin embargo, al faltarle el empuje de su marido, fueron muy escasos los cuentos y las obras de teatro que compuso en solitario, además de los dos libros de memorias citados, que probablemente resultan ser su mejor escritura, a pesar de los silencios sobre los aspectos más íntimos de su peculiar idiosincrasia.

Había sido rescatada por la República, pero el fin del régimen político por el que apostó le impidió proseguir las actividades iniciadas: esa tarea de propagandista para enseñar a vivir en libertad a quienes ignoraban el significado de la expresión. Es seguro que si se hubiera ganado la guerra, María habría continuado su labor política en la paz republicana.

Tampoco era posible reanudar la colaboración con Gregorio. Ella era otra mujer, y no podía prorrogar la situación anterior a 1931. Como era previsible, Gregorio no volvió a publicar nada.

Arturo del Villar, presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.

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