La Iglesia contra la cultura por Arturo del Villar

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Contemplar la exposición de Marinus van Reymerswale en el Museo del Prado nos conduce a san Jerónimo, por quien sentía una devoción estética muy generalizada entre los pintores, si tenemos en cuenta que lo retrataron, según se lo imaginaba la imaginación de cada uno, nada menos que Durero, Leonardo, El Bosco, El Greco, Zurbarán, Valdés Leal y otros ilustres artistas. Fue un santo de mucha devoción en la Iglesia catolicorromana, por haber traducido la Biblia de sus idiomas originales hebreo y griego al latín, versión  conocida como Vulgata que fue la oficial de la Iglesia durante cinco siglos, por haberla impuesto el Concilio de Trento, hasta ser sustituida en 1979.

Es una traducción muy deficiente, no por ignorancia del autor, sino porque utilizó los manuscritos disponibles en el siglo IV. Pero fue la única traducción autorizada por los papas, quienes prohibieron bajo pena de muerte otras versiones a los idiomas hablados por la gente, que ya no era el latín. En la hoguera sufrieron martirio los reformistas que deseaban permitir al pueblo cristiano leer en las lenguas habladas en cada país el texto que la misma Iglesia decía haber sido inspirado por el Espíritu Santo a los copistas. Querían impedir que los fieles conocieran las tergiversaciones de los textos originales cometidas por ellos.

San Jerónimo es la mejor confirmación del odio sentido por la Iglesia catolicorromana contra la cultura. Escribió numerosas cartas que fueron publicadas, y entre ellas destaca la número 22 en las recopilaciones, titulada De servanda virginitate, dirigida  Ad Eustochium, una monja llamada Eustoquia, con la que mantenía tan buena relación epistolar que le contaba sus sueños, como si se tratara de su psicoanalista, sin necesidad de pagarle la consulta ni de tenderse en el sofá de las confesiones.

Lo que le relató en esa memorable epístola probablemente horrorizaría a la monja, porque es seguro que creyó todo lo que leía, por ser obra de tan ilustre teólogo, y en el siglo IV, cuando los acontecimientos sobrenaturales eran lo más cotidiano. Le contó que durante una grave enfermedad padecida tuvo un sueño angustioso, en el que se vio ya muerto y sometido a un tribunal celestial presidido por Jesucristo, quien lo acusó de ser ciceroniano antes que cristiano. Como castigo ordenó a unos ángeles que estaban por allí que en penitencia lo azotasen hasta que jurara no volver a leer codices saeculares. No contó cuántos azotes le dieron ni cuántos ángeles hicieron  de verdugos, pero sí que lo juró por el nombre de Jesucristo, y que desde entonces había cumplido el juramento, sin volver a leer libros de naturaleza literaria, sino únicamente obras piadosas.

Esta fábula fue utilizada por la Iglesia catolicorromana para justificar la prohibición de imprimir, vender, adquirir, leer y prestar libros de temática profana, para recomendar únicamente el acceso a los tratados religiosos. Puesto que el mismo Jesucristo condenaba a sufrir castigo, en un anticipo del juicio tras la muerte nada menos que a un teólogo de gran talla intelectual, queda claro que la literatura vulgar es pecado, y que cuantos la escribimos somos unos réprobos.

A los pintores les entusiasmó el relato de la visión celeste, porque les permitía poner en juego su fantasía para reproducir el castigo del santo. En los numerosos presuntos retratos que le han hecho lo representan medio desnudo en la cueva en donde residía, junto al león que no se  apartaba de su lado desde que le sacó una espina de una pata en la que se le había clavado, y con los objetos de uso cotidiano en aquel hogar: un crucifijo, una calavera, unos libros y utensilios para escribir. Era un cavernícola, pero civilizado, él no pintaba animales en las paredes, sino que escribía sobre pergaminos acerca de las más elevadas materias.

También a los escritores les ha inspirado la visión de san Jerónimo, pero no es cosa de historiar ahora sus resultados. Lo que no parece es que la inquina divina contra Cicerón impusiera su olvido secular. ¿Y por qué a Cicerón precisamente, que fue un hombre honrado, buen republicano, contrario a la tiranía, obediente a los dioses y un excelente orador?

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.         

 

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