La Guerra Imperialista y el sistema-mundo

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“Pero ¿usted se da cuenta de lo que puede hacernos ganar la guerra en este caso? ¡Millones, hombre, millones!… ¡No es un juego de niños, Iturdiaga!…” «…a lomos del negro fantasma de la guerra que volaba sobre los campos de Europa… »

Nada (1945), de Carmen Laforet (1921-2004)

Partiendo de los datos que arroja la realidad, y no de la asfixiante propaganda de guerra que a un lado y al otro del frente de batalla nos inunda, se puede constatar cómo avanza peligrosamente la situación hacia un nuevo enfrentamiento entre dos grandes bloques imperialistas: el más poderoso y agresivo, representado por la OTAN, frente a otro emergente, a la defensiva, representado por la República Popular China y su principal aliado estratégico: la Federación de Rusia.

Ambos bloques fundamentan su existencia en una nueva forma de producción capitalista, que es la sociedad industrial avanzada, con sus luces y sus sombras, cuyo origen se remonta a la revolución industrial de mediados del siglo XVIII. Un modo de crecimiento de la producción que, si bien supuso un gigantesco desarrollo de las fuerzas del mercado, constituye actualmente el modo de acumulación capitalista que denominamos imperialismo.

Ese enorme desarrollo, impulsado por la revolución científico-técnica, está provocando efectos colaterales graves: cambio climático, paulatino agotamiento de los recursos naturales, guerras por doquier y riesgo creciente de un holocausto nuclear. Un aterrador callejón sin salida de la sociedad industrial avanzada, representado por ambos bloques en creciente antagonismo.

Entre las obras escritas por una pléyade de pensadores de la era industrial, se encuentran tres obras esenciales: El Capital, de Karl Marx (1818-1883); El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin (1870-1924); El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse (1898-1979). Elementos teóricos básicos que, a mi juicio, posibilitan la comprensión de la grave situación a la que el sistema-mundo se precipita aceleradamente.

El movimiento obrero internacional, a principios del siglo pasado, se dividió. Los trabajadores tomaron partido al lado de sus respectivas oligarquías capitalistas, dando lugar a la primera guerra imperialista de 1914-1918, la  Gran Guerra. Unas décadas más tarde, una nueva guerra imperialista, aún más devastadora, se desarrolló de 1939 a 1945, cuya fase preliminar fue la Guerra de España de 1936 a 1939.

Es un insulto a la inteligencia la ridícula demonización del presidente Putin, asignándole exclusivamente la responsabilidad de la guerra de Ucrania, con infantiles planteamientos maniqueos. Sin duda, un representante de la oligarquía rusa, como no lo es menos el presidente Joe Biden, representante de los intereses de la oligarquía euroatlántica.

La Guerra, propiciada por el imperialismo occidental a partir de la disolución de la URSS, ha sido desencadenada finalmente por la invasión de Ucrania por parte de la Federación de Rusia, angustiada por el asfixiante cerco de la OTAN junto a sus fronteras. Las sistemáticas provocaciones del bloque occidental, utilizando a Ucrania, primero como cebo después como ariete, es, sin lugar a duda, el origen del conflicto. La guerra se está empantanando, transformándose en guerra de desgaste, alimentada por el envío de armas; un lucrativo negocio de la OTAN, a costa del sufrimiento del pueblo ucraniano que, junto al pueblo ruso, pone las victimas mortales.

Se trata, pues, de una guerra largamente buscada por USA y sus aliados.  No solo está siendo martirizado el pueblo de Ucrania, el más golpeado por la guerra, sino también las clases populares europeas, incluida la rusa, que están sufriendo las primeras consecuencias de la voracidad de una oligarquía euroatlántica insaciable.

El teatro de operaciones queda limitado, por ahora, en una primera fase, a Ucrania. Sin embargo, el riesgo de que el conflicto acabe en una guerra nuclear generalizada crece día en día,  a medida que las contradicciones entre ambos bloques imperialistas se agudizan.

Somos hijos de la Historia, que fluye dialécticamente, como fluye el agua de un río; a veces tumultuosa; otras blandamente; a través de cascadas y meandros; impulsada por la fuerza de la gravedad, que la lleva hacia el ancho mar de la historia colectiva.

Nuestra existencia surgió de las generaciones que nos antecedieron y fluye junto a la existencia de las más inmediatas que nos precederán.

La conciencia, y por ello el pensamiento, emanan del funcionamiento de un sistema material muy complejo que es el cerebro humano. Al morir, nuestro sistema nervioso deja de funcionar y se descompone. Desaparece todo vestigio de conciencia y, por tanto, no hay vida ultraterrena más allá de la muerte.

La aterradora cuestión, ante tanto horror, es saber si el cerebro humano, producto de infinidad de mutaciones de la cadena que dio lugar al origen de las especies, es o no capaz de gestionar el enorme poder destructor de que disponen los ejércitos. El riesgo está, quizás, en la existencia de posibles desequilibrios fundamentales en las capas profundas del cerebro de nuestra especie; a fin de cuentas un modesto primate, aprendiz de brujo, que puede acabar provocando una conflagración nuclear de proporciones definitivas.

Exijamos, por tanto, un armisticio, la neutralidad de Ucrania, la retirada del ejército de la Federación de Rusia y la disolución de la OTAN, brazo armado del imperialismo euroatlántico; seguido de una conferencia europea de paz, que posibilite una seguridad mutua afianzada, en vez de la enloquecida estrategia de la destrucción mutua asegurada (DMA).

Manuel Ruiz Robles, Capitán de Navío de la Armada, miembro de la UMD y del colectivo Anemoi.

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