‘La falta de majestad de su majestad la reina’ por Arturo del Villar

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EL Diccionario de la lengua española elaborado por la Real Academia Española, que por ser Real es muy condescendiente con la realeza, define la majestad diciendo que es “Seriedad, entereza y severidad en el semblante y en las acciones”, tres condiciones ausentes tanto en el semblante como en las acciones de su majestad la reina católica nuestra señora. En consecuencia, no debemos llamarla majestad, porque ni lo es ni la tiene ni la puede adquirir ya a estas alturas del reinado.

No es que ponga cara guerrera cuando pega a su suegra, sino que la luce arisca en todos los actos que preside, para demostrar a los vasallos asistentes que está harta de ellos. Pues mucho más nosotros de ella. Sus desaires y cabreos son una constante del reinado. El último por ahora lo ha protagonizado en los Reales Alcázares de Sevilla, adonde acudió acompañando a su real marido para inaugurar una exposición conmemorativa de la primera vuelta al mundo hace 500 años.

Estaban allí estabuladas unas buenas mujeres de esas idiotizadas por la lectura de las infames revistas del corazón, ante las que desfiló su majestad, mejor dicho, la Leti, custodiada por los gorilas de su séquito. Iba sobre sus habituales zapatazos, cuando dio un traspiés sin más consecuencias, como es lógico en quien se desplaza sobre esos zancos que la llevan en alto. La única consecuencia fue que se encaró con el gorila más próximo para gritarle majestuosamente, o mejor dicho, vulgarmente: “¡No me has avisado del escalón! Casi me mato. ¿No has visto que hay un escalón?” La que no lo vio fue ella, pero culpó al gorila. Y fue una suerte que no le agrediera, como hizo a su suegra en Palma de Mallorca.

Cuentan las crónicas que exageraba al decir que casi se mató, porque fue un simple resbalón, menos importante que los dados por ella con sus faltas al protocolo. Lo que pasa es que tiene un carácter irascible que no tolera ningún error a sus lacayos. Los suyos se los corrige su real marido en público, lo que aumenta su irritabilidad. Pero Felipe no puede sentirse engañado, puesto que sabía con quién se casaba: lo describía muy bien el informe elaborado por el Centro Nacional de Inteligencia para la secretaría de la Casa del Rey, según cuenta Isidre Cunill en su biografía Letizia Ortiz, una republicana en la corte del rey Juan Carlos I, publicada en Barcelona en 2010 por cuenta de Chronica, páginas 121 y siguientes.

Y si no tenía bastante con ello disponía de las advertencias de David Rocasolano, el primo preferido de la Leti, quien lo atestigua en su excelente biografía Adiós, Princesa, impresa en Madrid en 2013 para Akal, página 208:

   –¡Letizia! –continué–. No hay dios que la aguante, Felipe. Es la típica celosa que siempre tiene que saber dónde estás. Que si te llama por teléfono y no lo coges, te echa una bronca que te cagas. ¿Sabes de qué tipo de tía te estoy hablando? Una verdadera petarda.     

Pero seguramente la petarda tiene unos encantos ocultos, porque al natural no se le observa ninguno, que hicieron caer al entonces príncipe en sus redes, y ahí está como reina consorte, demostrando un día sí y otro también su carencia de majestad. Hace ahora 151 años gritaban los españoles por las calles: ¡Viva España con honra! ¡Abajo los borbones!, y mandaron a la Isabelona de Borbón a continuar sus golferías en París.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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