La España borbónica descrita por Alarcón

12
0

Es cierto que pagamos unos impuestos desbocados, a cambio de tener una sanidad pública mala, una educación concertada peor, una justicia disparatada, una economía difunta, una policía que nos apalea, una opresora falta de libertad de expresión, un paro laboral terrible, una inseguridad ciudadana espantosa, una pobreza asfixiante, y unos políticos corruptos e ineptos dedicados a insultarse entre sí cuando no están ocupados en robar, en vez de procurar resolver esos problemas. Es el resumen del reinado de nuestro señor Felipe VI de Borbón.

Pero esto es no es nuevo, sino la continuidad de la dinastía. Vamos ahora a recordar cómo resumió Pedro Antonio de Alarcón la situación político—social en su tiempo, cuando reinaba Carlos IV, sin duda el más imbécil y cornudo de los borbones, pese a ser difícil establecer un orden de incapacidad en esta dinastía degenerada que inició el loco Felipe V de Borbón.

Accedió al trono porque su hermano mayor y por tanto heredero, según la antidemocrática costumbre monárquica, era subnormal profundo. A él se le notaban menos las taras características de la borbonidad. Compartió con su golfísima esposa y prima María Luisa de Borbón los favores de Manuel Godoy, alias El Choricero, un joven carente de experiencia, pero muy guapo, al que entregó el gobierno del reino y le concedió todos los títulos posibles. Autorizó la entrada del ejército napoleónico, y después le acusó de invadir a España. Su presunto hijo Fernando se rebeló contra él y le obligó a abdicar, pero después se retractó y fue a echarse a los pies de Napoleón para que le reconociese como único monarca. Un Borbón detestable, en resumen, al que no puede calificarse de ser el peor de todos, porque su discutible hijo Fernando VII le superó en horror.

Un tiempo de cambios

Pedro Antonio de Alarcón padeció su reinado, el de su presunto hijo Fernando VII, el de su supuesta nieta Isabel II, y el de su tataranieto Alfonso XII, al que acabó sirviendo, después de haber combatido a sus predecesores, porque con el tiempo y la riqueza que le proporcionaban los libros vendidos se fue volviendo conservador. Se distinguió inicialmente como republicano, fundador en 1854 del periódico El Látigo para fustigar la corrupción de la monarquía isabelera. Se mostraba tan vehemente en sus zurriagazos que un venezolano monárquico, mejor olvidar su nombre, le desafió a duelo y pudo morir,  lo que le causó un grave trauma psicológico.

Militó en la Unión Liberal presidida por el general Leopoldo O´Donnell, que no era estrictamente un partido, sino una agrupación de personas con intenciones regeneradoras de la vida pública vergonzosamente destruida por la borbonidad, en la que también figuró el general Prim. Desterrado en 1865 por la bribona reina borbona, se exilió en París, hasta que pudo regresar tras la Gloriosa Revolución de 1868 y fue elegido diputado.

En julio de 1874, en las postrimerías de la I República, fechó el “Prefacio del autor” de su novela más famosa, El sombrero de tres picos. Historia verdadera de un sucedido que anda en romances, escrita tal y como pasó. De ese texto han derivado otras obras, la más importante sin duda el ballet con música de Manuel de Falla, que tuvo un estreno histórico en Londres hace un siglo por los Ballets Rusos de Diaghilev, con coreografía de Léonide Massine y decorados y figurines de Picasso.

La España real

La novela famosa de Alarcón sucede en 1805, durante el caótico reinado de Carlos IV, en un pueblo de Granada. Relata la vida apacible del molinero Tío Lucas y su guapa esposa Frasquita, interrumpida por los deseos lujuriosos del corregidor real. Un argumento muy gastado en los dramas de nuestro teatro clásico, al que Alarcón supo tratar con originalidad y sana picardía. Pero ahora no nos interesa el argumento, sino la descripción terrible de aquella España borbónica desesperada, hecha por el autor al final del capítulo primero con estos detalles:

Por lo demás, nuestros mayores seguían viviendo a la antigua española, sumamente despacio, apegados a sus rancias costumbres, en paz y en gracia de Dios, con su Inquisición y sus frailes, con su pintoresca desigualdad ante la ley, con sus privilegios, fueros y exenciones personales, con su carencia de toda libertad municipal o política, gobernados simultáneamente por insignes obispos y poderosos corregidores (cuyas respectivas potestades no era muy fácil deslindar, pues unos y otros se metían en lo temporal y en lo eterno), y pagando diezmos, primicias, alcabalas, subsidios, mandas y limosnas forzosas, rentas, rentillas, capitaciones, tercias reales, gabelas, frutos–civiles, y hasta cincuenta tributos más, cuya nomenclatura no viene a cuento ahora.

Realmente aquella España que padeció el reinado de Carlos IV no era nada envidiable. Los españoles entonces se hallaban arruinados, amenazados y avasallados, sin poder alegar unos derechos inexistentes, pese a que la Asamblea Nacional Constituyente había aprobado el día histórico del 26 de agosto de 1789, al otro lado de los Pirineos, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, algo que a este lado se consideraba pecaminoso por los cardenales y obispos, y podía llevar a quien los reclamase a morir quemado vivo en la hoguera de la todavía existente Inquisición, para vergüenza del resto de Europa (suponiendo que España formase parte de Europa, lo que resulta muy discutible). Por todo ello Alarcón escribió con guasa al final del capítulo segundo:

¡Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas y de todo el polvo, de todas las polillas, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos!

Después de leer esta descripción vivísima de un testigo de la época, en los comienzos del siglo XIX, tenemos la tentación de pensar que aquellos tiempos eran salvajes, por lo que en ellos la actividad política, social y económica, la vida del reino en una palabra, resultaba imposible para los vasallos de su majestad el rey católico Carlos IV. Esa España era diferente de Europa y de la América que entonces estrenaba la libertad, por medio de las guerras por la independencia de las colonias sometidas al criminal vasallaje borbónico. Sí, España entonces era diferente, para su desgracia.

Por eso estamos incitados a suponer que la España de Carlos IV era también diferente de la de Felipe VI. Y nos imaginamos que en esa época tremenda la vida carecía de alicientes. Pero si establecemos una comparación entre las libertades permitidas en aquella época despótica y las actuales, resulta que no se aprecian diferencias. Si la equidistancia se hace entre las cargas impositivas de ese tiempo dictatorial y el nuestro, no aparecen oposiciones. Aquella España sometida a la tiranía dinástica era diferente del resto de Europa, pero si observamos cómo es la nuestra comprobamos que le sucede lo mismo. Esa España sobre la que alertaba Alarcón no es diferente de la sometida a Felipe VI de Borbón. Será porque los borbones no cambian más que de nombre, no de manera de avasallar al pueblo.

Por Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano Tercer milenio.

Artículo anteriorDesde la plataforma 12 julio se piden medidas urgentes en la Bahía de Algeciras
Artículo siguiente‘Justicia española, la ramera mayor del reino’ por Tomas F Ruiz