‘La camiseta de Lenin’ por Arturo del Villar

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Homenaje en los 97 años de su muerte inmortal.

Regresaba triste a la España encarcelada

de mi primera salida al extranjero envidiado:

en cualquier país sería más feliz que en el mío,

podría llenarme los bolsillos de libertades

para derrocharlas sin miedo, pero volvía

porque no encontré un trabajo de mi gusto

que me hubiera permitido exiliarme del fascismo.

Tenía que ser mi patria la condenada,

y yo tenía que volver a ella condenado,

para olvidar el nombre que tanto quería.

La libertad terminaba en la aduana.

Todo era distinto aquí de lo vivido

durante aquellas vacaciones de recuerdo lejano.

Forré con papeles de periódicos

todos los libros que había comprado,

para que no se vieran sus títulos

prohibidos en nuestra inmensa cárcel:

aquí se clasificaba subversivo

lo que era vulgar en el resto del mundo.

 

Pero España no estaba en el mundo,

se había expulsado ella misma

para así presumir de diferente,

sólo quedó su sombra sobre el mapa,

envolviéndonos en miseria angustiosa.

 

Yo volvía con pena, abreviada en los libros

aquí desconocidos, comprados para mi refugio

dentro de la pobre patria asfixiada.

Invertí en ellos todos mis ahorros,

porque pensaba doctorarme en socialismo

por mi cuenta, y después enseñar a otros

el conocimiento de la libertad desterrada.

 

También importaba otro elemento

escandalosamente subversivo y peligroso,

que podía resultarme tan caro como una condena,

el horror de los horrores para los sicarios

que inventaban las leyes según su conveniencia:

una camiseta roja con del retrato de Lenin

que llevaba oculta bajo la vulgar camisa,

dando esperanza a mi pecho acongojado:

algún día lograría lucirla por las calles libres,

cantando a plena voz los derechos humanos,

con el puño cerrado como si apretara una estrella

roja como mi camiseta, como la sangre desbordada

de cuantos la dieron para nuestro rescate,

feliz de haber vivido el tiempo necesario

para ver a la patria muerta y resucitada.

 

Guardé la camiseta con devoción y lástima,

se quedó en un armario igual que yo esperando

que alguna vez la historia recobrase

la identidad robada por unos traidores

que no eran españoles, ni tan siquiera humanos.

Un día me luciría triunfante por las calles

con la camiseta de Lenin y el puño cerrado en alto.

Tenía que ser así, los imperios se anonadan

por el afán de independencia arraigado en sus vasallos,

y se entroniza la libertad como una diosa

a la que todos rinden culto, pero no sacrificios.

 

Había pasado mucha espera desde aquel viaje

cuando compré la camiseta con el retrato de Lenin,

y mi pecho se amplió sin yo quererlo,

con los años se aumentan los conocimientos y el peso.

Después de tanto guardarla para presumir un día

no quepo en ella, ya no soy el que fui

por lo que respecta al cuerpo, no a la idea.

 

Ni tampoco necesito ahora ponerme la camiseta

con el retrato de Lenin estampado,

porque lo llevo en mi corazón como una guía

para aplicar sus enseñanzas revolucionarias.

Arturo del Villar, poeta republicano.

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