Jueves, 26 de octubre. “Anónimos. La Revolución” por EL Topo

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Anónimos. La
Revolución
Érase una vez un país poblado de gente pacífica que vivía feliz. Desde un
pasado glorioso a un futuro de ensueño, el presente equivalía a una existencia
afortunada. En sus valles y en sus montañas, en las llanuras surcadas por
amables ríos o en el omnipresente litoral, a la vera del mar, sus gentes
diligentes y laboriosas llevaban una vida apacible con los productos que
eficientemente obtenían de sus campos primorosamente cultivados, resultado de
su proverbial industriosidad y su tradicional dedicación al comercio desde
hacía siglos, manifestación de la verdadera idiosincrasia colectiva y la
capacidad de emprendimiento del país. De tradición social más bien liberal, se
mantenía también un orden estamental de raigambre conservadora en la que junto
a la a la minoría opulenta de la burguesía detentadora del poder económico y
financiero, origen de la poderosa industria y el floreciente comercio, coexistían
también las clases medias menestrales, que ante la modernización del país
habían asumido a la otrora poderosa clase obrera y a las poblaciones rurales,
ahora ya socialmente redimidas. Tomadas en conjunto, constituían una mayoría
social bien instruida que mostraba una encomiable pujanza comercial y económica
y un envidiable ímpetu de prosperidad colectiva basada en la autoexigencia y en
la confianza en el futuro de la comunidad; sus vidas estaban razonablemente
satisfechas porque siempre estaban presididas por un horizonte inexorable pleno
de utopías y esperanzadoras promesas. Era un pueblo muy amante de sus
tradiciones que atesoraba multitud de festejos, conmemoraciones y eventos
culturales e históricos, todo lo cual celebraba con sincera fruición y gozo. Resultado
de todo ello, se sabían felices y superiores a los pueblos y países vecinos,
quienes admiraban y envidiaban sus logros comunes. Pero ellos no atribuían su
pujanza social y su riqueza al azar de la historia o al mero resultado de
habilidosas relaciones comerciales, culturales y humanas con países hermanos,
sino a su inherente carácter industrioso y responsable. Era un país convencido
de que la placidez y la felicidad que disfrutaba era el justo premio a su
merecimiento y a la consciencia de ser una comunidad con un destino histórico
providencial incuestionable, por eso valoraban su afán de supremacía como el
devenir natural e inevitable de su voluntad de ser un país soberano inapelable.
Era tal su convicción de ser un
país con un destino privilegiado, que decidieron cambiar su gentilicio tradicional  por la nominación más proactiva y heráldica
de “soberanos”, en tanto que manifestación de autoempoderamiento colectivo… 
Coherentemente
con esta percepción de plenitud comunitaria y confiados en su potencial y sus posibilidades
incuestionables de progreso como país, resolvieron instituir su virtuoso
carácter comunal en referente social inapelable de identidad colectiva, la cual
devino entonces objeto de codificación y normalización oficial en cuanto fundamento
jurídico-político de un nuevo periodo constituyente. Anunciaron, en
consecuencia, al mundo su intención de refundarse como “República soberana”, lo
cual implicaba renunciar a su anterior estatus solidario, histórica y culturalmente
muy arraigado, de hermanamiento con otros países con los que estaba hasta
entonces asociado. Tal era su proverbial autoconfianza y su entusiasmo,
embriagado de conmemoraciones, celebraciones, festejos, himnos y cánticos, que la
incertidumbre de los ingentes desafíos futuros no tuvo efecto alguno sobre su
imperturbable ánimo colectivo. En razonable correspondencia con el cariz de la
epopeya comunitaria que estaban protagonizando, escogieron como símbolo de su
bandera una fulgente estrella blanca, metáfora de su providencial destino
consumado.
Pero un día, casi inadvertidamente, ocurrió algo sorprendente que
conmocionó y perturbó la apacible vida de ese hasta entonces idílico pueblo
modélico. En la preciosa capital de esa República de ensueño –admirada y
visitada por multitudes de extranjeros atraídos por su clima suave, su belleza
y monumentalidad, su arte y su cultura–, desde todos sus distritos, desde la imponente
centralidad cosmopolita hasta sus barriadas más periféricas y sus calles más
recónditas, comenzaron a surgir, como de la nada, poco a poco, silenciosamente
pero con una gran resolución casi imperiosa, imparable e irreprimible, multitud
de personas anónimas y totalmente desconocidas por las gentes biempensantes de
la ciudad. Ni foráneos ni menesterosos, nadie sabía de dónde procedían ni se
explicaban por qué y con qué objeto estaban movilizándose. Su rostro era
idéntico e impersonal a un tiempo, con una sonrisa vaga e inexpresiva pero
inquietante; por eso fueron llamados “anónimos”. La hasta ahora apacible
ciudad, habitada por una menestralía y una burguesía amantes devotas de su
país, descubrió una realidad paralela imperceptible hasta entonces para ellos.
Sin ser previamente conscientes de su existencia, descubrieron que, en sus propios
edificios y comunidades de vecinos, en sus mismas calles y en todos sus
barrios, vivía también, junto a ellos, pero de manera inaparente, una población
de personas prudentes y discretas que, precisamente en razón de su respetuoso
comedimiento, no habían llamado la atención y, en consecuencia, hasta entonces
pareciera que no existiesen. Mas por desconocidos motivos, ahora se habían
tornado visiblemente evidentes y habían decidido movilizarse misteriosamente.
No obstante, era una circunstancia extraña y desasosegante, porque todos
portaban una máscara que, para mayor perplejidad, les uniformizaba; y,
simultáneamente, hacía más patente su presencia a la vez que les ocultaba. Para
el país biempensante e idílico de los soberanos,
la extrañeza y la incertidumbre fue en aumento, porque al concurrir por toda la
ciudad, en las calles y en los bares, en las plazas y en los parques, los
habitantes de la República se percataron de que, inevitablemente, todas esas
personas tenían que ser también, por fuerza, vecinos y conocidos; incluso
familiares y amigos, puesto que vivían desde siempre junto a ellos y con ellos,
en todas sus ciudades y pueblos… Hablaban las mismas lenguas que ellos, se
desplazaban en los mismos transportes que ellos; se aprovisionaban en las
mismas tiendas y los mismos mercados; se divertían de la misma manera que
ellos; incluso los cementerios también testificaban su presencia desde hacía
siglos. Al principio todo lo que ocurría generó una gran confusión y un difuso
temor, una turbación del ánimo colectivo ante la inexplicable manifestación de
una mitad de la ciudadanía que percibían era tan legítima como desconocida.
Pero, posteriormente, constataron que los anónimos
eran también pacíficos y amables como ellos… Enseguida entrevieron que entre
ellos había, así mismo, artistas y poetas, empresarios y deportistas, actores y
maestros de escuelas; amén de multitud de buenos servidores de sus oficios. Y
honraban también la Ley, porque, entre ellos, el sometimiento voluntario a la
Ley común no era valorado como sumisión, sino como respeto y garantía de igualdad,
como unión y consenso cívico. Sabían que la Ley común era, precisamente, el
origen y la garantía de la libertad de que disfrutaban. Con indisimulada
sorpresa, los habitantes del idílico país feliz comprobaron que lo único que
les diferenciaba de esas multitudes anónimas
era que éstas no mostraban ni hacían ostentación de su diferencia, por lo que
no necesitaban significarse ni compararse con nadie permanentemente. Sencillamente,
no habían llamado la atención previamente porque no se diferenciaban de los
demás. Eran personas que practicaban una solidaridad sin rencor que no
necesitaba publicitar y propagar su virtud y, congruentemente, no se
identificaban con discursos de supremacía identitaria alguna. Tampoco porfiaban
en celebrar reiteradamente farragosas conmemoraciones con profusión de
símbolos, himnos y banderas, porque no concebían la imposición al resto de la
sociedad de sus utopías y emblemas. Entendían que las experiencias y vivencias
utópicas, patrióticas o religiosas, eran un atributo inalienable individual y
libremente electivo, voluntario y discrecional; ni susceptible de represión a
quienes lo experimentaban, ni susceptible de imposición a quienes no se
identificaban con esos discursos… Fue así como algunas personas del hasta
entonces país modélico e idílico, los más preclaros y lucidos, enseguida se
dieron cuenta de que probablemente habían estado un tanto ofuscados y confusos;
y comenzaron a plantearse si ese país en el que creían que vivían no sería una
entelequia… Pues si era imposible diferenciarse en realidad de las gentes anónimas ¿cómo es que eran hasta
entonces completos desconocidos? ¡No tenía sentido! Pensaron que como resultado
de algún misterioso embrujo colectivo, habíase mermado su discernimiento y su
sano juicio, ya que no habían sabido ver otros colores que los de sus banderas;
no habían sabido ser sensibles a otra música que la de sus himnos; ni a otros
discursos utópicos que a los de sus elites patrióticas, cual clases sacerdotales
que proclamaban un tan idealizado como inexistente futuro. Se dieron cuenta los
soberanos de que, curiosamente, la
falta de distintivos grupales específicos de los anónimos, la ausencia de reivindicaciones de hechos diferenciales
propios, en realidad únicamente simbólicos, impedía identificarlos. Pero no
porque fueran imperceptibles, sino porque ellos, los soberanos, sus congéneres, no los percibían, incapaces de mirar el
mundo desprejuiciadamente; razón por la cual no reparaban en ellos. Así pues,
cuando el pueblo apacible y modélico de los soberanos
constató que las gentes anónimas
tenían objetivos e intereses comunes a los suyos, se tranquilizaron. Ocurrió
entonces que muchos soberanos
comenzaron, poco a poco, a anonimizarse,
recuperando de nuevo el íntimo placer antiguo de lo innominado…
Pero las soberbias aristocracias gobernantes recelaban insidiosamente de
esas otras gentes y de su peligroso influjo; e intentaron reprimirlos. La
policía comenzó entonces a exigir la identificación a los anónimos, pero éstos, pacíficos, la mostraban con modales exquisitos.
Y cuando los agentes del orden comprobaban que todos ellos eran vecinos,
familiares y amigos, perplejos se retraían y les dejaban tranquilos. Entonces
los próceres de la Patria exigieron que se descubrieran y mostraran sus rostros
para así intentar que se confundieran con sus normalizados vecinos. Pero, los anónimos, al unísono, se negaron,
reivindicando su derecho antiguo a “decidir por sí mismos y autodeterminar su
destino”, como había proclamado insistentemente la doctrina del Poder Patriótico
Irrestricto que se había tradicionalmente vindicado y mantenido como
fundacional principio. Arguyeron los anónimos
que su máscara era su bandera y su identidad era únicamente su ciudadanía; y
ésta, por definición, no es nunca causa de diferencias entre personas. Exigieron
al Poder Patriótico que explicara sus razones, porque si ellos, los anónimos, eran personas absolutamente
normales ¿qué ley estaban incumpliendo? Si el país oficial hacía de la bandera el
fundamento de su presunta identidad colectiva ¿por qué no podían ellos simbolizar
con su máscara su renuncia a detentar identidad alguna?   
Por dos semanas los anónimos se
manifestaron pacífica y silenciosamente en La Plaza del Poder, reclamando su
derecho a la no-pertenencia a ninguna Patria. Más el Poder Patriótico negó
siempre la posibilidad de renuncia voluntaria a la identidad colectiva glorificada
y mitificada. Al inicio de la tercera semana, cuando el Poder estaba celebrando
una asamblea, la multitud anónima,
pacífica pero imperiosamente, comenzó a entrar en el Palacio de la Asamblea.
Nada pudieron hacer las fuerzas del orden para impedirlo, porque todos ellos
sabían que, bajo aquellas máscaras, estaban vindicándose sus vecinos, sus
familiares y sus amigos. Tras entrar en el salón de plenos de la Asamblea se
hizo un impresionante silencio. Nadie fue desalojado, pero los allí presentes,
representantes del Poder Patriótico asumieron finalmente que toda aquella gente
eran también ciudadanos y ciudadanas del país. Al caer el sol, tal y como
habían llegado comenzaron a desalojar el edificio y, lenta, pacíficamente, se
dispersaron y retornaron discretamente a sus casas. Transcurrida una semana de
deliberación sincera y pausada, el Poder Patriótico convocó unas nuevas
elecciones democráticas en un país, ahora menos idílico y modélico, pero más
real y auténtico. Un país de personas libres y emancipadas, no de súbditos
sumisos y devotos de su bandera estelada.

EL TOPO


Nota: La Opinión es un espacio de Radio Rebelde Republicana abierto y plural, en el cual una serie de colaboradoras/es dejan su opinión respecto algunos temas, que no siempre tienen por qué estar en la línea editorial de nuestra emisora.

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