Felipe aconseja a los consejeros

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Una de las filípicas más absurdas de cuantas tiene que leer nuestro señor el rey católico Felipe VI les ha correspondido escucharla a los miembros del Consejo de Estado este 28 de abril de 2021. Se acercó al edificio con motivo de la presentación de la Memoria correspondiente al año anterior, feliz acontecimiento extraordinario aprovechado por los servilones consejeros para invitarle a descubrir una placa en la que se menciona este grandioso suceso para la historia.

Después se trasladó al salón de sesiones, presidido por el retrato pintado por Tiziano del rey emperador Carlos V con un gran perro que le olisquea la real bragueta, muy destacada en la pintura. Allí tomaron asiento los fieles consejeros, para escuchar silenciosamente y aplaudir sonoramente la filípica del día leída por nuestro señor el rey, tal como se la preparó el escriba real. Todas las filípicas son inútiles, pero ésta las supera en superfluidad, porque estuvo dedicada a explicar a los consejeros qué es y qué funciones tiene encomendadas el Consejo de Estado, como si ellos no lo supieran mejor que nadie en el mundo, puesto que son precisamente ellos los protagonistas de su aplicación.

De modo que les hizo perder el tiempo al aconsejarles cómo deben realizar su trabajo de consejeros. Verdaderamente esperpéntico. Sin embargo,  en vez de decirle que ya lo sabían, todos ellos se encargaron de felicitar al rey por la filípica leída, más que si hubiera ganado una batalla como las que peleaba su antecesor en el trono.

Es porque estuvo a tono con el propio Consejo de Estado. Este organismo data de la época de los Reyes Católicos, y servía para asesorar a los monarcas en cuestiones internacionales, en un tiempo en que las comunicaciones se transmitían a caballo. Fue suprimido por la República al considerarlo innecesario en el siglo XX, y restaurado por el dictadorísimo para colocar en él a sus fieles servilones. Si en el siglo pasado resultaba inútil mucho más en el presente, pero es un cementerio de elefantes con excelentes sueldos y tratamiento de excelentísimos señores, al que van a parar los exaltos cargos jubilados con otros que se preparan una dorada jubilación, para realizar una función exclusivamente consultiva.

Está integrado por tres clases de consejeros: los natos, que son expresidentes del Gobierno, presidentes de las reales academias, el gobernador del Banco de España, el jefe del Estado Mayor de la Defensa, el fiscal general del Estado, y otros cargos semejantes; los permanentes, nombrados entre exministros, exconsejeros de autonomías, exgobernadores del Banco de España y otros ilustres jubilados, y los electivos, en un número máximo de diez por un tiempo de cuatro años, entre los que cabe citar a los exministros Juan Antonio Ortega Díaz—Ambrona, José María Michavila y la exvicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. La presidenta del Consejo es ahora la exvicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega.

Todas las funciones de este organismo están enunciadas en el artículo 107 de la vigente Constitución borbónica, que solamente dice: “El Consejo de Estado es el supremo órgano consultivo del Gobierno. Una ley orgánica regulará su composición y competencia”, lo que significa de hecho que no sirve para nada, aunque nos resulta muy caro. Y qué bien queda el rey católico presidiendo la presentación de su memoria anual, en un acto igualmente superfluo para cualquier asunto práctico. Pero la monarquía sirve para esto, para figurar sin ninguna necesidad. Por eso la República suprimió la monarquía y el Consejo de Estado. Y nadie los echó en falta nunca.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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