España envilecida borbónicamente por Arturo del Villar

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   EL Gran Wyoming se disfrazó de reina decrépita Sofía este 13 de enero de 2021, para responder a las preguntas de Dani Mateo en el programa “El Intermedio”. Dijo lo que todos suponemos que debe (de) pensar la malquerida reina sobre su promiscuo marido, y un comentario final que debiera hacernos pensar a los espectadores: “Nuestra familia tiene muchos partidarios, sobre todo entre los republicanos. Dicen que ninguna familia ha hecho tanto como la nuestra para acabar con la monarquía.” No es un chiste, sino una gran verdad, pero esto es España, y sabemos que España es diferente, según nos anunció el eslogan lanzado por la dictadura fascista con la intención de atraer turistas a ese campo de concentración  en el que vivíamos.

La infausta Cristina de Borbón y su marido y cómplice Iñaki Urdangarin son dos delincuentes probados, aunque ella, la jefa de la banda, fue absuelta por un tribunal servilón, debido a que parecía feo que una hija del rey entrara en la cárcel por la comisión de numerosos delitos económicos. Fue condenado el consorte, un pobre hombre que quiso imitar las actividades de su real suegro, y pagó sus delitos y los de su mujer, aunque en una cárcel de lujo, con servidores y con permisos de salida.

Pero eso parece una travesura si se compara con los dos mil millones de euros recaudados por el actual rey decrépito Juan Carlos de Borbón y Borbón cuando todavía estaba activo, lo mismo para cobrar comisiones por

intermediar en las grandes operaciones financieras llevadas a cabo en su reino, que para disfrutar de las 1.500 barraganas que le ha contado el hispanista Andrew Morton en su bien documentado ensayo Ladies of Spain. Para mayor desvergüenza, a las barraganas no les pagaba él los servicios que le ofrecían, sino que lo dejaba a cuenta de los fondos secretos ministeriales. Millones nos han costado silenciar a una supuesta actriz de bárbara presencia, para que mantuviera secretos los vídeos grabados por un cómplice al rey entonces exuberante y desnudo, mientras hacía el salto del tigre sobre el lecho para demostrar sus habilidades como gobernante. Y él sin enterarse de lo que sucedía en su entorno, como siempre.

El caso Corinna

Aunque la más beneficiada con el dinero extraído al sufriente pueblo español parece haber sido la falsa princesa Corinna zu Sayn–Wittgenstein, a la que regaló al menos 65 millones de euros, transferidos a la sucursal en Bahamas del banco Gonet & Cie., un chalé en el monte del Pardo y un dúplex en Villars—sur–Ollon, en los Alpes suizos. A ello hay que añadir los regalos a su hijo de ella, y quién sabe de qué padre. Por entonces ya estaba en plena decadencia física, y ella es muy exigente, según dicen quienes la conocen, por lo que debía contentarla con obsequios dignos de su categoría.

Y ya hay relevo en los escándalos de los mayores, porque debe añadirse en esta relación intolerable a los hijos de la otra infausta, Elena, modosita ella porque no da más de sí, los llamados Froilán y Federica, que ya apuntan maneras en su comportamiento indicadoras de que son muy borbones. Protagonizan aventuras solamente achacables a los genes heredados del vicioso abuelo Borbón y Borbón, conocido como El Putañero.

Toda esta corrupción vergonzante publicada en periódicos y libros es objeto de ludibrio en los medios de comunicación extranjeros, que no se explican cómo los españoles la toleramos sonrientes. Es cierto el presunto chiste de Wyoming, porque la actuación de la familia irreal española no se toleraría en ningún país civilizado, y debiera llevar muchos años proclamada la República.

La Gloriosa Revolución

Existe un precedente histórico: la Gloriosa Revolución que el 18 de setiembre de 1868 puso fin al reinado de Isabel II de Borbón y Borbón, apodada Isabelona por sus excesivas carnes malolientes con llagas verdaderas, no como las que se hacía sor Patrocinio para fingir que era santa. Tal vez la endogamia habitual en la familia sea causante de su degeneración, y auque es cierto que esa misma degeneración ha impulsado a las borbonas a ser notoriamente infieles a sus maridos, ellas continuaban transmitiendo los genes infectos a sus hijos adulterinos.

La  conocida en la historia como Corte de los Milagros fue el asombro de Europa en el siglo XIX. Las pervertidas costumbres de la gorda soberana incidían sobre todo en dos temas, los comunes a su familia: acumular dinero para colocarlo en bancos extranjeros y coleccionar amantes complacientes, unos verdaderos héroes, porque compartir la cama con la fétida y llagada soberana exigía mucho valor. En defensa de Isabelona hay que decir que no les premiaba con dinero sus servicios, como ha hecho su tataranieto Juan Carlos, sino que les concedía títulos nobiliarios, que no gravan a la Hacienda Pública. En ese tema era más patriota que sucesor, aunque él la supera en golfería.

Hasta que llegó un momento en que el pueblo y los militares decidieron terminar con la corrupción del reinado, y estalló la Gloriosa. El general Juan Prim redactó una proclama que empezaba así:

 A los españoles

   ¡A las armas, ciudadanos, a las armas!

   ¡Basta ya de sufrimiento!

La paciencia de los pueblos tiene su límite en la degradación, y la Nación Española que, si a veces ha sido infortunada, no ha dejado nunca de ser grande, no puede continuar llorando resignadamente sus prolongados males sin caer en el envilecimiento.

Los españoles de 1868 se alzaron contra el envilecimiento que corroía el reino, a causa de la degradación de la reina borbónica. La expulsaron, y consintieron que comprase un palacio en París con el dinero robado al pueblo, en el que mantuvo su vida depravada hasta la muerte, en tanto su marido putativo se alojaba en un castillo con su fiel amante y su pequeña corte, gracias la pensión que le pasaba la exreina de sus ahorros.

Y el 11 de febrero de 1873 las Cortes proclamaron la República Española con toda naturalidad, como una liberación de la monarquía, se creyó entonces que para siempre.

No era un chiste el comentario de Wyoming travestido en reina decrépita Sofía. Siempre es la familia irreal la que hace inevitable la proclamación de la República, para liberar al país de su envilecimiento. Ahora tenemos muchos más motivos que los padecidos por los patriotas en 1868 para proclamar la República. ¿Por qué no lo hemos hecho? ¿Por qué toda nuestra exhibición de republicanismo se limita a organizar dos manifestaciones al año para ondear las banderas tricolores? ¿Por qué nos revolcamos en el envilecimiento que un día denunció Prim ante una situación parecida?

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.
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