España en 1945 según el embajador gringo (Recuerdos de la historia)

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Hace 75 años, el 14 de enero de 1945, finalizó su misión en España Carlton Joseph Huntley Hayes, embajador de los Estados Unidos de América. De regreso a su país escribió un relato muy ameno acerca de la España sometida a la dictadura fascista, según él la vio desde su llegada a Madrid el 16 de mayo de 1942, hasta el fin de la misión diplomática. Fueron tres años decisivos para la historia de España, en los que se estuvo cuestionando la presunta neutralidad mantenida con respecto a la guerra mundial, por parte de dos de las tendencias políticas predominantes en el régimen. Su escrito fue enseguida traducido al castellano e impreso en Madrid en 1946 con el título de Misión [sin acento] de guerra en España, sin nombre del traductor, a cuenta de Ediciones y Publicaciones Españolas (EPESA), con 397 páginas.

El hecho de que la censura de publicaciones aprobara su edición traducida, y el que la imprimiera una empresa nazionalista delatan que la opinión de Hayes acerca de la España dictatorial en sus primeros años era aceptable por el régimen. Para nosotros, 75 años después, tiene el valor de ser un documento redactado por un testigo presencial muy bien informado, que describe aspectos significativos de un período terrible, el de la autarquía, la carencia de alimentos y materias primas, el miedo a la prepotente Policía Secreta, y las expectativas derivadas de la evolución de la guerra mundial sobre las extrañas circunstancias españolas, en las que se esperaba una implicación decisiva: los optimistas suponían que la derrota de los países totalitarios conllevaría el final del régimen impuesto por ellos a los españoles. Además del interés político añade un retrato social de aquella España, tantas veces deformada por los intereses opuestos de quienes la hicieron como es.

Historiador y testigo

Hayes, nacido en 1882, fue catedrático de Historia Moderna de Europa en la Universidad de Columbia, y autor de algunos libros importantes sobre su especialidad académica. De religión catolicorromana y demócrata en política, fue designado embajador en España por el presidente Roosevelt, con el encargo de torpedear las buenas relaciones de la dictadura derivada de la guerra con la Alemania nazi, a la que debía la victoria por su ayuda en soldados y armamento. El dictadorísimo se movía en la ambigüedad de la indecisión, mostrando simpatía hacia los países totalitarios, pero también comprensión hacia los aliados. Entre sus colaboradores directos existía esa ambivalencia de criterios.

Quizá por sus convicciones catolicorromanas Hayes se entendió bien con el dictadorísimo, menos bien con su ministro de Asuntos Exteriores el pronazi Ramón Serrano Suñer, el promotor de la División Azul en el frente soviético, y mejor con su sucesor desde el 3 de setiembre de 1942 Francisco Gómez—Jordana, conde de Jordana.

Presentó sus cartas credenciales el 9 de junio de 1942, y después mantuvo la tradicional conversación privada concedida por los jefes de los estados a los diplomáticos el día de su acreditación. En su libro memorial relata la primera opinión deducida de esa charla:

En el transcurso de la conversación me pareció que el Caudillo era antes que nada un militar profesional y que, al igual que muchos de su clase en cualquier lugar, tenía un conocimiento limitado de las complejidades y posibilidades del mundo fuera de las de su propio país, y mostraba una respetuosa admiración –o temor– a una superior máquina militar extranjera que fuese victoriosa, tal como la alemana. Parecía creer que Alemania había ganado ya prácticamente la guerra. (Páginas 41 s.)

En esa creencia le acompañaban muchos españoles. Dígase ahora lo que se prefiera decir, lo cierto es que durante la guerra mundial estaba generalizada la suposición de que la ganarían los estados totalitarios, y a algunos les parecía la mejor solución para España. Además de los soldados voluntarios de la División Azul, enrolados para combatir junto a los alemanes nazis, numerosos trabajadores igualmente voluntarios se trasladaron a prestar servicios civiles en las ciudades germanas, faltas de personal obrero por estar los hombres en el frente de batalla o en el campo de concentración.

Fotografías cambiantes

El 30 de setiembre de 1942 Hayes visitó al dictadorísimo en el despacho particular ocupado en la que era su residencia oficial en el palacio de El Pardo, ese lugar desde donde oteaba el mundo como El Vigía de Occidente, según el título dado por sus turiferarios, quienes lo consideraban el faro luminoso de Europa, y aseguraban que mantenía la luz encendida la mayor parte de la noche: era debido a que el dictadorísimo apenas descansaba en su misión protectora de velar incesantemente para evitar el terrible peligro comunista. Así se decía entonces y está publicado, aunque hoy se prefiera ignorarlo. Acompañó a Myron Taylor, que regresaba a los Estados Unidos de un viaje al supuesto Estado Vaticano. Es interesante la descripción del despacho:

Tomamos asiento en el precioso y magníficamente tapizado despacho del Caudillo, frente a los ventanales, entre los que colgaban en extraña compa–ñía tres retratos dedicados: el del Papa en el centro, el de Hitler a su derecha y el de Mussolini a la izquierda. (P. 94.)

No tenía por qué juzgarla una “extraña compañía”, resultaba muy lógica. Los tres criminales dictadores europeos mantenían las mejores relaciones personales con su colega español. Ahí faltaba el retrato del dictador portugués, con el que también sostuvo gran familiaridad el español, como firmantes ambos del llamado Pacto Ibérico de carácter militar en 1942, vigente hasta 1978.

Al saber que estaba acabando su misión en España, porque se terminaba la guerra mundial, y España no se había involucrado oficialmente en las operaciones militares, como se le encargó conseguir, Hayes solicitó audiencia al dictadorísimo para despedirse de él. Se la concedió el 6 de julio de 1944, en su despacho privado en El Pardo, y anotó un cambio observado con respecto a visitas anteriores:

El 6 de julio me recibió el Caudillo, sosteniendo con él una conversación de hora y cuarto en el Palacio de El Pardo, en presencia del Conde de Jordana y del Barón de las Torres. Una de las primeras cosas que noté fue que desde mi última visita en julio de 1943, habían sido quitadas las fotografías con autógrafos de Hítler [sic] y Mussolini, anteriormente en la sala de recepciones, y que tan sólo quedaba una de Pío XII. Sic transit…, pensé. (P. 309.)

Así pasaron las glorias de los dictadores europeos, aunque para vergüenza de los españoles continuó incólume el dictadorísimo, hasta que la biología le obligó a irse él también, después de haber dejado todo atado y bien atado para perpetuar su régimen genocida en la monarquía del 18 de julio instaurada por él mismo previsoramente en 1969, que efectivamente se perpetúa, al parecer sin fecha de caducidad por no hallarse sometida a la democrática elección de sus jefes.

Madrid nazificado

Para los que todavía niegan la prepotencia de los asesores nazis en aquella España a comienzos de los años cuarenta, los que opinan que aquí no sufrimos una dictadura, sino un régimen autoritario, ha de ser útil leer lo que descubrió Hayes en su primer paseo por aquel Madrid todavía en ruinas, a consecuencia de los bombardeos nazifascistas sobre la valerosa población civil que había gritado “¡No pasarán!” y cumplió  su promesa, hasta que los militares traidores que debían defenderla se la entregaron a los militares monárquicos rebeldes sin lucha:

Al regreso quedé persuadido de que los alemanes eran omnipresentes. Detrás de la iglesia [de san Fermín de los Navarros] existía un gran club germano; al otro lado de la calle [de Eduardo Dato], las oficinas de su Gestapo; en una bocacalle próxima, un Colegio alemán importante; frente por frente de la Embajada [en el paseo de la Castellana], un “Instituto de cultura” con sus svásticas. Pronto descubriría que Madrid estaba dotado de varios “anexos” de la Embajada alemana y, si alguna vez faltaban éstos, fácil era encontrar alguna “escuela” o “instituto” italiano fascista. (P. 35.)

Es el poder de los vencedores sobre los vencidos. Ya durante la guerra estaba claro quiénes mandaban en la zona conquistada por los rebeldes, pero desde su finalización España quedó convertida en una colonia del Reich. Nunca hubieran podido triunfar los militares monárquicos rebeldes, de no haber contado con la colaboración en hombres y armamento de la Alemania nazi y la Italia fascista, y con el dinero recaudado en los templos catolicorromanos de todo el mundo por orden del dictador del supuesto Estado Vaticano. Es muy interesante este comentario de Hayes en torno a las declaraciones del dictadorísimo en los años de incertidumbre, hasta que la gran derrota de los invasores nazis en Stalingrado señaló cómo terminaría el conflicto en Europa:

El propio General Franco pronunció discursos en los años 1941 y 1942 que parecían prometedores para los alemanes y alarmantes para los aliados. Especialmente en su alocución ante el Consejo de la Falange el 17 de julio de 1941, censuró a la “desgastada democracia” y alabó el “nuevo orden” europeo, declarando que, en el caso de que Rusia consiguiera invadir Alemania, un millón de soldados españoles acudirían rápidamente a defender Berlín. (P. 71.)

Una promesa imposible de cumplir, porque el valeroso Ejército Rojo superó toda la resistencia de los berlineses calle por calle. También ahora se dice que la mayor parte de los alemanes se oponía al nazismo, así como en Italia se asegura que la mayoría de los italianos era contraria al fascismo, pero los documentales y los periódicos de la época contradicen esas falacias. Lo mismo que se escribe en España, afirmando que solamente seguía a la Falange una minoría de adeptos, teoría invalidada por los documentales, y que negamos los que padecimos aquel tiempo desesperanzado, hasta el delirio nazional a la muerte de dictadorísimo.

Muchos jóvenes se enrolaron en las organizaciones de la dictadura, y mantuvieron su fidelidad falangista hasta su reconversión en la monarquía del 18 de julio. Se comprende el malestar de Hayes durante su visita al entonces todopoderoso ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, el 19 de mayo de 1942:

Al entrar, y mientras subía al salón y despacho del Ministro, situados en el segundo piso, percibí, entre divertido y molesto, una serie de jóvenes con uniforme falangista que hacían guardia, y, mientras asían el fusil con una mano, saludábanse a lo fascista con la otra. (P. 35.)

Esos jóvenes se hicieron mayores, ocuparon cargos oficiales, y después de la muerte del dictadorísimo se reciclaron en los partidos políticos sucesores de la Falange o del llamado irónicamente Movimiento, porque era una organización inmovilista. Y siguen.

La España del hambre

Algún día, por ahora lejano, se realizará un estudio sociológico de las circunstancias coincidentes para hacer posibles los 36 años de horrorosa dictadura. El terror a las fuerzas represoras no lo explica todo. Los bombardeos fascistas sobre las poblaciones civiles, las represalias cuando tomaban una localidad contra todos sus habitantes, los consejos de guerra sumarísimos con sus inevitables ejecuciones, no bastan para razonar unos motivos de esa larguísima sumisión al régimen totalitaria y la aceptación de su continuidad en la monarquía del 18 de julio.

Se dice que los supervivientes de la guerra se hallaban tan contentos de haberla superado, que aceptaban con resignación todas las inseguridades de la posguerra, una posguerra de 36 años y su actualización todavía. El panorama descrito por Hayes acerca de los tres años de su estancia en el país derrotado es desolador:

Durante los meses que siguieron a mi llegada a Madrid, a pesar de tratarse de una Embajada, nos fue imposible conseguir carne, teniendo que subsistir a base de pescado y huevos hasta que trajimos provisiones de Portugal empleando nuestro camión propio. En los viajes realizados aquel año a través del país jamás vimos mantequilla o verdadero pan en ningún hotel u hogar español, y el inevitable aceite de oliva estaba siempre rancio. Para los trabajadores españoles y otros menos favorecidos por la fortuna que nosotros, existía un racionamiento a un precio mínimo fijado por el Gobierno, que consistía en los artículos de primera necesidad de que se disponía. Pero la escasez y la miseria eran realmente patentes; no acierto a imaginarme cómo podían subsistir las masas de habitantes de las ciudades. Los campesinos se las componían mucho mejor; para las clases potentadas existía un excesivamente caro, pero próspero mercado negro, llamado en el lenguaje castizo “estraperlo”. (Pp. 65 s.)

Las que denomina “clases potentadas” eran, por supuesto, las familias adscritas a los diversos organismos del régimen repartidos entre todos los sectores, lo que en lenguaje coloquial llamábamos “los enchufados”. No se comenta que los mejores productos agrícolas eran enviados a la Alemania nazi, en concepto de pago por la ayuda militar prestada a los militares monárquicos rebeldes. Por eso los mercados españoles se hallaban desabastecidos, a falta de todos los productos habituales en las huertas. Lo mismo sucedía con los minerales. Pagamos muy cara la colaboración nazi a los rebeldes monárquicos.

En aquel tiempo la enfermedad más común era la tuberculosis: en los barrios madrileños se conservaban hasta hace poco unos “dispensarios antituberculosos”, destinados a procurar impedir la propagación de la enfermedad mortal convertida en pandemia nazional. Una alimentación adecuada hubiera sido el mejor remedio, pero eso era impensable, excepto para los jerarcas del régimen. A consecuencia de los trapicheos económicos facilitados por el estraperlo surgió una nueva clase social, la de los nuevos ricos, vinculados al régimen.

Las observaciones de Hayes nos permiten conocer la realidad de la vida en la España destrozada de la posguerra. Su testimonio es irrefutable. Se le puede criticar que se limitó a describir lo que vio, sin procurar involucrar a su país en un intento para poner fin a la dictadura. Si confesó no comprender cómo subsistían los habitantes de las ciudades a la miseria nazional, debiera haber intentado promover una ayuda internacional para facilitarles los alimentos primordiales. Pero él no era George Marshall, quien de todos excluyó a la España dictatorial de su plan, y nos dejó continuar padeciendo un hambre atroz.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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