Ernesto Cardenal, un poeta del pueblo

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Mientras Nicaragua guarda los tres días de luto decretados por el presidente Daniel Ortega, en el mundo se explicita el dolor por el fallecimiento de Ernesto Cardenal. Lo sentíamos tan nuestro que parecía que no podría morirse nunca, aunque su avanzada edad obligaba a esperar que nos dejase pronto. Nos identificamos con él en su doble trabajo como poeta y como revolucionario, que en él se hizo uno solo, y por ello logró calar en la opinión incluso de quienes nunca leyeron antes un poema.

Todo en él se volvió poesía, lo mismo la colonización española de América que la sospechosa muerte de Marilyn Monroe. Todo era poesía para su contemplación poética del mundo. Por lo mismo supo aunar su condición sacerdotal con el impulso guerrillero contra la dictadura de Somoza. Creó la comunidad religiosa de Solentiname, y también una Virgen de Solentiname, inventada por él, ya que todos los pueblos poseen una virgen protectora, que en muchos casos aseguran haberse aparecido a un indio o a un pastor de ovejas, siempre personas incultas fácilmente sugestionables.

Él no quiso fingir que se le había aparecido la virgen para encargarle que levantase una catedral en su homenaje, sino que la inventó y le organizó un culto litúrgico como Nuestra Señora de Solentiname. Lo mismo que México tiene como patrona a Nuestra Señora de Guadalupe, o Cuba a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, también Nicaragua puede contar con Nuestra Señora de Solentiname, tan cierta como los millones de vírgenes patronas repartidas por el mundo. Yo comprendo su actitud, aunque nunca se me ocurriría  rezarle una salve a esa virgen, pero tampoco a ninguna otra de las innumerables veneradas incluso en países civilizados, en madera, escayola o piedra berroqueña, todas igualmente ridículas con sus coronas y joyas.

Por el fanatismo a la revolución

Se le puede criticar que con ello profundizase en el fanatismo del pueblo creyente en esos sucesos irracionales. Sin embargo, lo que pretendía era encauzar al pueblo desde el fanatismo religioso a la revolución social. Fue una manera de contribuir a facilitar a gentes incultas una esperanza en la posibilidad de conseguir un mundo mejor. Las religiones lo prometen con seguridad para después de la muerte en un hipotético paraíso celestial, sobre el que aseguran poseer una completa información, pero Ernesto Cardenal le propuso al pueblo buscarlo en este mundo terrenal.

Para ello en Nicaragua era preciso derrotar a la familia Somoza, que había instaurado una dictadura criminal con el apoyo de los Estados Unidos de América. Es muy conocida la explicación facilitada por el secretario de Estado Corder Hull, al presidente Franklin Delano Roosevelt: “Puede que Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.”

Ernesto Cardenal se opuso al hijo de puta y a sus patrocinadores, desde el Movimiento Sandinista de Liberación, y animó a otros a hacerlo. Aunque el catolicismo romano sea una religión contemporizadora con quienes detentan el poder, por muy ilegítimo que sea, Ernesto Cardenal se mostró partidario de la revolución popular, para que el pueblo señalara el destino de la nación, sin tolerar injerencias extranjeras. Después de conseguirlo fue ministro de Cultura en la Nicaragua libre.

Esto que resulta muy lógico para las mentes sensatas, era un pecado para el fanático papa Juan Pablo II. Al llegar a Nicaragua el 4 de marzo de 1983, después de escuchar el saludo del presidente Daniel Ortega al descender del avión, se dirigió contra Ernesto Cardenal, que lo recibía con la cabeza descubierta y la rodilla derecha en tierra. Lo abroncó ante todo el mundo, señalándolo con el dedo índice acusador, y le conminó a renunciar al Ministerio de Cultura si deseaba seguir ejerciendo el ministerio sacerdotal.

La fotografía de tan abominable acto dio la vuelta al mundo, como muestra de la intemperancia de aquel hombre que adoraba a su propia virgen, Nuestra Señora de Czestochowa, patrona de Polonia, su patria, de la que fue sacado por un cónclave cardenalicio para incrementar más todavía la superstición en la secta catolicorromana. Ellos decían que sucedió por decisión del Espíritu Santo, que aquel día debía de sentirse muy enfermo a la vista del resultado.

Teólogo de la liberación

La intención de Ernesto Cardenal es clara, aunque para algunos resulte inadmisible. Dada su ideología estaba comprometido con el pueblo, y pensaba que era factible utilizar su fanatismo secular para dirigirle otra predicación posible. A la tendencia teológica empeñada en culturizar al pueblo antes de enseñarle el credo, se la conoce como teología de la liberación, y alcanzó difusión en la América Latina en la segunda mitad del siglo XX.

Al ser un movimiento de raíz popular fue impedido por el papado, como es tradición. Así había sucedido antes con el movimiento de los curas obreros en Francia, una experiencia para evangelizar desde los puestos de trabajo, en igualdad de condiciones con los obreros. No iba a ser una excepción, sino todo lo contrario, el fundamentalista Juan Pablo II. Condenó contundentemente la teología de la liberación y anatematizó a sus difusores. En el caso de Ernesto Cardenal tuvo la oportunidad de mostrar urbi et orbi su rechazo, y así demostrar al mundo, por si lo ignoraba, su talante intransigentemente autoritario, propio de quien asegura ser infalible, y sus adeptos lo creen, pese a las pruebas en contra.

No voy a defender la teología de la liberación, porque su base continúa siendo la inmoral propia de la secta catolicorromana, aunque al menos se le debe reconocer que intentó mejorar las condiciones sociales del pueblo, lo que en la América Latina ya es mucho. Puesto que el superintegrista Juan Pablo II la condenó, seguro que tiene muchas notas positivas que serían aprovechables si se consiguiera aplicarla. Y además nos ha legado la Misa campesina de Carlos Mejía Godoy, estrenada en Solentiname en 1975, una maravilla musical comparable al canto gregoriano, cada uno en su tiempo y en sus circunstancias.

La función del poeta

Pese a todo ello, la mayor repercusión histórica de Ernesto Cardenal radica en su poesía. La teología de la liberación ya ha sido superada, y la guerrilla también, por lo que ahora la lucha del pueblo por sus libertades adopta nuevos métodos. Pero la poesía de Ernesto Cardenal forma parte del acervo cultural de la humanidad. No es el momento de comentarla, ya que requiere para ello un grueso manual, como los hay ya editados. Simplemente me gusta recodar una frase que él escuchó e hizo suya, porque explica perfectamente el papel del poeta en la sociedad. Se la dijo un joven profesor de filosofía cubano en la Universidad de La Habana, y la recogió en su ensayo En Cuba, impreso en Buenos Aires para el editor Carlos Lohlé en 1973, página 77:

   No comprendo que un escritor hable de bajar al pueblo. Si dice que baja, es porque se considera por encima del pueblo. Y si habla de identificarse con el pueblo, es porque no se consideraba parte del pueblo. Para nosotros, los de mi generación, el escritor es sencillamente uno del pueblo. No tiene necesidad de bajar al pueblo ni de identificarse con él, porque es el pueblo.

Eso es lo que Ernesto Cardenal hizo, y por ello su escritura arraiga en el pueblo, que la aprende de memoria. Partidario de la Revolución Cubana desde el primer momento, descubrió en ella cómo se logra la identificación de las personas con los ideales políticos, y aplicó esa enseñanza a sus versos. La escritura constituyó en él una manera de predicar, muy convincente, puesto que ha sabido atraer lo mismo la atención de los campesinos nicaragüenses que la de los sofisticados profesores universitarios gringos. Es su memoria.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio

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