En recuerdo de Yolanda González, asesinada por el fascismo

0

Este 1 de febrero la Asamblea de Leganés por la República ha homenajeado a Yolanda González cobardemente asesinada por el fascismo durante la mal denominada «trancisión» que costó la vida de muchas militantes de la clase estudiantil y trabajadora. Nosotros no olvidamos. Ni olvido ni perdón! Que su asesino esté libre y trabajando para la policía del estado dice mucho.



El 1 de febrero de 1981 -cinco años después de la muerte de Franco, dos años después de la ratificación de la Constitución española, tres semanas antes del intento de golpe de Estado del 23 de febrero- la estudiante de diecinueve años Yolanda González es secuestrada, torturada y asesinada en Madrid por una célula de la organización armada ultraderechista Batallón Vasco Español (BVE). Pocos días después, el grupo cae por la delación de uno de sus pistoleros, que resulta ser también agente de policía. El líder del comando, Emilio Hellín, es detenido en casa de un policía en Vitoria. Entre los implicados figura también un ex-guardia civil, jefe de seguridad del partido fascista Fuerza Nueva. En la operación se incautan explosivos y armamento reglamentario del Ejército, equipo informático y de telecomunicaciones de la Guardia Civil y documentación que señala a la joven asesinada como objetivo de seguimiento policial. Yolanda González no milita en ETA, como pretenden hacer creer sus asesinos durante el juicio, sino en el trotskista Partido Socialista de los Trabajadores y en la Coordinadora de Estudiantes madrileña. Se están produciendo, y Yolanda participa activamente de ellas, importantes movilizaciones contra la Ley de Autonomía Universitaria y el Estatuto de Centros Docentes, reformas educativas de signo neoliberal que promueve el gobierno de UCD, partido gestado en el seno del franquismo como salvoconducto democrático para su casta dirigente, y que hereda, material e ideológicamente intacto, el aparato represivo del franquismo: “¡UCD, UCD, la pistola se te ve!”, se grita en el funeral de Yolanda, como en el de muchas de las aproximadamente doscientas víctimas de la violencia policial y parapolicial que jalonan la Transición española. El diputado socialista Juan Barranco declara: ¿Cómo los autores de la muerte de Yolanda González obtuvieron en el mercado las armas y los aparatos electrónicos que poseían? ¿Con qué organizaciones, incluso extranjeras…, tenían relaciones los implicados? ¿Qué información tiene el Gobierno sobre el denominado Batallón Vasco Español? [Este asesinato] se achaca en su superficie a elementos de la extrema derecha, pero va más allá y se relaciona con instituciones del Estado.

Hellín es condenado en 1982 a cuarenta y tres años de prisión, tras una insuficiente instrucción que no profundiza en el entramado ultraderechista ni esclarece sus conexiones con las fuerzas de seguridad. En 1987, aprovechando un inexplicablemente benévolo permiso carcelario, huye a Paraguay, donde colabora con los servicios represivos del dictador Alfredo Stroessner. Allí es descubierto por la prensa, detenido y finalmente extraditado a España. Tras penar un total de trece años, es puesto en libertad en 1996, para desaparecer por completo de la actualidad informativa. Hasta que en febrero de este año el diario El País informa de su nueva actividad como empresario de seguridad privada, colaborador de alto nivel de los ministerios de Interior y Defensa y varias fuerzas de seguridad estatales y autonómicas, además de perito de la Audiencia Nacional en casos de terrorismo y crimen organizado. Entre otros servicios, el hombre que en febrero de 1981 descerrajó dos tiros en la cabeza de Yolanda González y arrojó su cadáver a un descampado a las afueras de Madrid “ha impartido numerosos cursos y talleres de formación en la Dirección General de la Guardia Civil sobre teléfonos espías, obtención de evidencias en Mac, iPhone e iPod, e interpretación de datos binarios obtenidos de teléfonos móviles”.

Artículo anteriorDenuncias ecológicas de Verdemar
Artículo siguienteLa reflexión del día, La internacional del odio