En la catedral de Toledo con Blasco Ibáñez

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Ya que este 19 de octubre de 2019 ha sido proclamado Día Internacional de las Catedrales, resulta oportuno releer la novela de Vicente Blasco Ibáñez titulada simplemente La catedral, editada en 1903 y con numerosísimas reediciones, por ser una de sus obras más celebradas. Esa catedral es la primada de Toledo, de la que el autor narra la historia con la de sus arzobispos. El que lo es cuando la acción, don Sebastián, es un dictador que “tiene al cabildo en un puño”, al que atormenta una fístula, aficionado al buen vino, que vive amancebado con una sobrina y protege a un nieto huérfano de padre, que era su hijo presentado como sobrino ante una sociedad que sonreía con sorna al oírlo.

El protagonista, Gabriel Luna, nació en el claustro alto de la catedral, llamado las Claverías, en donde habitaban humildemente los empleados. Su padre era el jardinero, y por eso tenía allí su residencia. El jardinero conoció la guerra contra las tropas napoleónicas y padeció la monarquía absolutista de Fernando VII, que gustaba a los canónigos, partidarios de “los fusilamientos, horcas y destierro a que tenía que apelar el señor rey don Fernando para contener la audacia de los ‘negros’, enemigos de la monarquía y de la Iglesia”, según se lee en el capítulo segundo: puesto que los canónigos eran partidarios de la monarquía absoluta, el jardinero también, porque reconocía su superioridad intelectual. La descripción del submundo de las Claverías se encuentra en el primero:

Era un pueblo que vivía sobre la catedral al nivel de los tejados y al llegar la noche y cerrarse la escalera de la torre quedaba aislado de la ciudad. La tribu semieclesiástica se procreaba y moría en el corazón de Toledo, sin bajar a sus calles, adherida por tradicional instinto a aquella montaña de piedra blanca y calada, cuyos arcos le servían de refugio. Vivía saturada del olor del incienso y respiraba el perfume especial del moho y hierro viejo de las catedrales, sin más horizonte que las ojivas de enfrene o el campanario, que aplastaba con su mole un pedazo del cielo que se veía desde el claustro alto.

El jardinero tuvo allí tres hijos varones. El mayor había muerto antes de la acción principal de la novela, y su viuda con un hijo continuaban habitando el lugar, dedicada ella a lavar la ropa de coro de los canónigos y rizar sus sobrepellices. También sigue inmóvil allí el segundo, viudo y con una hija de la que no quiere acordarse, porque se enamoró de un cadete y se fugaron a Madrid. El tercero es Gabriel, que al comenzar el relato regresa a casa de su hermano para morir en las Claverías.

Los clérigos trabucaires

Gabriel demostró de niño inteligencia y fervor religioso, por lo que fue enviado al seminario, con grandes esperanzas acerca de su futuro en la jerarquía eclesiástica. Pero los seminaristas estaban imbuidos por sus profesores, todos curas trabucaires, de un ardor militarista en la defensa del catolicismo, como si fueran cruzados medievales, y se marchaban a combatir en el ejército rebelde del pretendiente carlista, en contra de los llamados liberales, aunque no lo fueran mucho. Lo hizo también Gabriel, en aquella tropa definida así en el tercer capítulo:

Eran aventureros que querían la guerra por la guerra; ilusos deseosos de fortuna; mozos del campo que, en su ignorancia pasiva, habían ido a las partidas como se hubieran quedado en casa a tener otros consejeros; almas sencillas que creían firmemente que en las ciudades quemaban y devoraban a los ministros de Dios, y se habían lanzado al monte para que la sociedad no cayese en la barbarie. El peligro común, la miseria de las marchas interminables para burlar al enemigo, la escasez sufrida en los yermos y picachos que les servían de refugio, los igualaban a todos, entusiastas, escépticos e ignorantes.     

El triunfo del ejército isabelino le hizo emigrar a Francia, en donde trabajó, aprendió el idioma y leyó a unos escritores de los que jamás le hablaron en el seminario, porque cuestionaban las enseñanzas erróneas de la Iglesia catolicorromana. Comprendió que tenían razón y aceptó las teorías de Bakunin, convirtiéndose en un fiel partidario del colectivismo anarquista y ateo. Viajó por otros países para difundir sus ideales, se unió sentimentalmente a una compañera que muere tísica en Italia, y cansad y solitario decidió regresar a España, quedándose en Barcelona, en donde los compañeros le habían encontrado un buen trabajo en una imprenta. Convencido de la idoneidad de sus ideales quería exponerlos a los demás, y continuó su labor propagandística del anarquismo, descrita en el capítulo tercero:

No se celebraba mitin sin el compañero Luna. Aquella elocuencia natural que había causado asombro al iniciarse en el Seminario, se hinchaba y esparcía como un gas embriagador en las reuniones revolucionarias, enardeciendo a la muchedumbre desarrapada, hambrienta y miserable, que sentía estremecimientos de emoción ante la sociedad futura descrita por el apóstol: […]

Esa fama de buen orador iba a causarle un gran problema, porque, como era inevitable, la Policía borbónica lo fichó como terrorista peligroso. Al estar en Barcelona su destino debía ser inevitablemente el tétrico castillo de Montjuic, prisión en las que inútilmente esperaban justicia los detenidos, y lugar de ejecuciones sumarias. Allí sufrió las vejaciones habituales entre los policías, que para eso han escogido ese oficio:

En el silencio de la noche, Gabriel veía iluminarse su mazmorra: hombres con uniforme le empujaban por la escalera hasta una habitación donde le aguardaban otros con enormes garrotes. […] y entre amenazas y blasfemias abalanzábanse todos sobre él y comenzaba la caza del hombre por toda la mazmorra, cayendo los garrotes sobre su cuerpo, alcanzando lo mismo en la cabeza que en las piernas acosándolo en los rincones, siguiéndole cuando con un salto desesperado pasaba al muro opuesto, abriéndose camino con la testa baja.

Al cabo de año y medo de torturas, sin poder confesar lo que no sabía, compareció ante un Consejo de guerra. Cuando al fin salió del castillo de los horrores “era una sombra de hombre” que apenas podía andar y estaba desgarrado interiormente a causa de los “interrogatorios” de los policías monárquicos defensores del orden público. No podía vivir en su patria enemiga, de modo que se exilió en Inglaterra, pero el clima resultaba perjudicial para la piltrafa de su cuerpo golpeado policialmente. Se vio obligado a deambular por otras naciones, “arrojado de una a otra por la vigilancia policíaca, reducido a prisión o expulsado por la más insignificante sospecha”. Las costumbres policíacas no han evolucionado nunca.

Toledo como refugio

Debido a su mísero estado pensó en la necesidad de volver a Toledo, aunque le repugnaba el régimen borbónico asentado en la brutalidad criminal de su Policía. En las Claverías logró convencer a su hermano para que aceptase recibir en su casa a la hija descarriada, a costa de mucha persuasión, porque en su falta de conocimientos poseía un sentido catolicorromano del pecado llamado lujurioso, y además los otros inquilinos también lo compartían, lo que dificultaba la convivencia.

Gabriel pasaba los días en su voluntario encierro conversando con algunos trabajadores de la catedral, y trató de incrementar su formación cultural explicándoles que hay algo más en el mundo que aquel recinto cerrado del que nunca habían salido. Expuso sencillamente las ideas libertarias en las que creía, aunque le costaba introducirlas “en sus cerebros petrificados por el ambiente tradicional”. Le escuchaban gustosos, pero también dudosos explicaciones como ésta incluida en el capítulo sexto:

Con arreglo al instinto de conservación, la humanidad sólo debía trabajar lo necesario para la subsistencia. Pero como la inmensa mayoría de ella no trabaja sólo para sí, sino para el provecho de una minoría de explotadores, éstos le exigen que trabaje todo cuanto pueda, aunque perezca por exceso de esfuerzo, y así ellos se enriquecen acaparando el sobrante de producción. Su interés es que el hombre trabaje más de lo que necesita para él; que produzca más de lo que exigen sus necesidades. En ese sobrante está su riqueza, y para lograrlo ha inventado una moral monstruosa y antihumana, que, por medio de la religión y aun de la filosofía, ensalza la fatiga, diciendo que el trabajo es la más hermosa de las virtudes y la inactividad la fuente de todos los vicios.               

Aprovechó Blasco Ibáñez la capacidad oratoria de Gabriel para hacer partícipes a los lectores de unas ideas en las que creía y deseaba extender, por considerarlas socialmente beneficiosas, aunque también a él le costaron la cárcel, multas y exilio, con la diferencia de que él disponía de un medio eficacísimo para difundirlas, que era su pluma.

Imágenes con joyas

A Gabriel le dieron el trabajo de guarda de la catedral, que en principio no exige esfuerzos físicos. Pero sus enseñanzas no habían sido bien entendidas por sus oyentes. Tres de ellos le propusieron una noche apoderarse de las joyas de la Virgen, lo que debido a su trabajo resultaba fácil. El plan consistía en robarlas, ocultarse por algún tiempo y después marchar a América, en donde las venderían y serían todos ricos, puesto que la estatua se hallaba engalanada como la más poderosa de las reinas de este mundo. Su razonamiento tiene un carácter social, en el último capítulo:

Además ¿a quién perjudicamos con esto? De nada sirven a ese pedazo de palo las joyas que lo cubren. Ni come, ni siente frío en el invierno, y nosotros somos unos miserables. Tú mismo lo has dicho, Gabriel, contemplando nuestra pobreza. Nuestros hijos mueren de hambre sobre las rodillas de la madre, mientras los ídolos se cubren de riqueza…

El argumento lo comparte cualquier persona que contempla las imágenes de la Virgen cuajadas de joyas, mientras seres humanos mueren de hambre en cualquier parte del mundo. Tiene que ser blasfemo cargar de joyas la presunta imagen de una mujer del pueblo bajo, casada con un obrero, que con seguridad nunca las lució. Por otra parte, el segundo mandamiento de los entregados por Dios a Moisés en el Sinaí prohíbe a sus creyentes hacerse imágenes y adorarlas, según está narrado en los libros del Éxodo y del Deuteronomio, algo ignorado por los partidarios del despojo, pero que verdaderamente demuestra hasta dónde es capaz de llegar la desvergüenza de los clérigos catolicorromanos, que corrigen en su provecho los mandamientos de quien dicen reconocer como su Dios.

Gabriel intentó convencer a sus oyentes de que él nuca les había instigado a cometer robos, por ser contrario a su filosofía anarquista. Por el contrario, respetaba el trabajo como una necesidad para el desarrollo social, con un reparto digno de la riqueza, pero ellos se dejaron de discusiones teóricas y pasaron a la acción práctica para continuar sus planes, golpeándolo con saña hasta que perdió el sentido.

Lo último que supo Gabriel fue que estaba rodeado de guardias civiles que le acusaban de haber robado las joyas de la Virgen. Apenas podía distinguirlos en su “última visión, indecisa y borrosa”. Su cuerpo ya dolorido por la intervención policial, estaba acabado de rematar por la acción de unos pobres ilusos deseosos de enriquecerse para superar el mísero estado en que los mantenía la sociedad. Y termina la novela contando que al día siguiente el féretro con su cadáver “salió en hombros, de la enfermería de la cárcel, para desaparecer en la fosa común”.

La novela ha sido calificada de social y de antirreligiosa, por lo que estuvo prohibida mucho tiempo, lo que no ha logrado impedir su difusión. Es sin duda un documento veraz, y muy bien escrito, sobre aquella España de la restauración borbónica, con todos sus excesos policiales y falta de derechos ciudadanos, en el que además se describe vivamente una faceta de la Iglesia catolicorromana desconocido. En 1906 se hizo con el mismo título un “drama en cuatro actos, arreglo escénico de la novela de Vicente Blasco Ibáñez”, obra de Vicente Peyro, Gonzalo Jover y el autor, que demuestra el interés despertado por el argumento, lo mismo que las reediciones cuando han sido posibles. Recomendable su lectura, aunque sea fuera del Día Internacional de las Catedrales.

Por cierto: ¿a quién pertenecen las catedrales levantadas con el dinero arrebatado al pueblo crédulo, a cambio de unas garantías de alcanzar el reino de los cielos después de la muerte, garantías indemostrables? ¿Son de los clérigos falsarios o del pueblo que las pagó? ¿Es conforme al espíritu y la letra del Evangelio que las catedrales están repletas de oro y pedrería, en tanto seres humanos mueren de inanición?

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.  

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