“Elogio de la revolución” por Arturo del Villar

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Pasó el verano sin dejar ningún recuerdo especial, y entramos en una nueva estación. La naturaleza se renueva, como casi todo, excepto las monarquías, que llevan en su esencia precisamente el signo de la permanencia de una dinastía hasta el fin de los tiempos. La dinastía es incuestionable, debido a su origen: en una sociedad tribal el individuo más bruto se declara jefe e impone el acatamiento de los demás a su persona, si quieren conservar su integridad física.

De ese modo se crea la dinastía, basada en dos principios: ha de ser vitalicia en el más bruto y hereditaria en su familia. No se admiten dudas ni discusiones, ante la amenaza de la gruesa rama de árbol arrancada por el más bruto para demostrar la seguridad irrefutable de sus agresivos argumentos. El lenguaje proclama la realidad de los hechos probados: una monarquía etimológicamente significa que gobierna uno solo, el más bruto de la tribu, llamado rey.

Así ha sucedido desde aquella época oscura en la que los seres más o menos humanos habitaban en cavernas, y así continúa sucediendo, con algunos retoques ambientales necesarios en la puesta en escena. Lo fundamental no se ha modificado a lo largo de la historia de las dinastías: la autoridad del más bruto no solamente la defiende él con su maza, sino los servilones a los que entrena para acallar violentamente a los discrepantes, denominados por el jefe fuerzas del orden. De su orden brutal, naturalmente.

En el siglo XXI de la era cristiana las dinastías constituyen un anacronismo total, si se las compara con las sociedades evolucionadas políticamente, en las que la autoridad del dirigente no se basa en el poder de su fuerza, sino en la delegación consentida de los demás individuos: este sistema de convivencia se conoce como República, y es el más perfecto de cuantos se han probado en todas las épocas, aceptado por las sociedades mejor estructuradas en las que se halla sustituida la fuerza del más bruto por la voluntad mayoritaria de los individuos componentes del grupo.

Nace la revolución

Puesto que los seres humanos, desde que adquieren consciencia de su condición, aspiran a mejorar su estatus, resulta inevitablemente lógico que todos cuantos se hallan dominados por una dinastía deseen alcanzar la perfección republicana. Dado que el más bruto no está dispuesto a renunciar a sus privilegios y cuenta con el apoyo de las fuerzas de su orden brutal, los ansiosos por sentirse libres de su dominio se ven obligados a organizar una revolución, por lo general con la ejecución del monarca, llamado también tirano, porque monarquía es sinónimo de tiranía.

Los tratados de historia confirman la evolución de las sociedades hacia su liberación de los monarcas. La democracia con el significado de poder del pueblo fue un invento de loa antiguos griegos, a los que debemos la cultura occidental. En la Hélade gobernaban los reyes las ciudades—estados, y Atenas estuvo sujeta a la tiranía, hasta que alrededor del año 510 antes de Cristo se inventó la democracia al entregar el poder político a una asamblea de ciudadanos con igualdad de derechos, la isopoliteia, una primera institución de la República. Desde entonces no se ha descubierto una manera mejor de gobernar.

La  Roma antigua imitó su ejemplo, por lo que el año 509 antes de Cristo expulsó al último rey, Lucio Tarquino, y proclamó la República. Estuvo en vigor hasta el 27 antes de Cristo, cuando Octavio fue proclamado Augusto, dando lugar al Imperio. Los emperadores demostraron síntomas de locura congénita, y un sadismo criminal, por lo que algunos fueron muertos violentamente, en una demostración de justicia popular. Es el caso de Tiberio,

Calígula, Claudio, Nerón, Domiciano, Cómmodo, Caracalla o Heliogábalo, tiranos autores de crímenes execrables que dejaron sus nombres convertidos en sinónimos de perversión  El Imperio se mantuvo por el poder del ejército solamente. El largo período de felicidad republicana  se vio cortado por la tiranía sanguinaria de los emperadores.

El cristianismo complicó la interpretación del poder, al difundir la patraña de que tenía un origen divino. El altar y el trono establecieron una alianza tan útil para los dos estamentos como perversa para el pueblo sujeto a esa doble dictadura. De esa manera la persona del rey fue considerada sagrada, idea que pasó a las constituciones reconociéndola inviolable e irresponsable. Este concepto indemostrable queda recogido hasta en la borbónica promulgada en España en 1978, porque los españoles ahora y siempre continuamos en el pasado y somos así de crédulos.

Reyes sin cabeza

Sin embargo, a lo largo de la historia de Europa se han sucedido revoluciones que demostraron la falta de sacralidad de los monarcas, ya que fueron muertos violentamente, a causa de sus errores cometidos en el desempeño de su función real, entre las demostraciones de alegría de sus antiguos vasallos por fin libres de su autoritarismo.

Si nos referimos únicamente a las actuaciones populares contra monarcas europeos, pasando por alto los sangrientos ajustes de cuentas llevados a cabo entre ellos para apoderarse por la fuerza del trono, sin esperar a la muerte natural de su poseedor, sabemos que una revolución le hizo perder la cabeza a Carlos I Estuardo, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, decapitado en una plaza pública de Londres el 30 de enero de 1649. Uno de los asistentes al espectáculo agarró la cabeza por los cabellos y la mostró  al pueblo, que prorrumpió en aplausos y vítores, desmintiendo de ese modo la fama de imperturbables que se dice califica a los británicos: la verdad es que a ellos también les entusiasma ver la decapitación de sus reyes. Para continuar la gobernación del país, con mejores garantías que como la ejecutaba el difunto rey, fue proclamada la República, entregada erróneamente al fanático  Oliver Cromwell, incapaz de estar a la altura del cargo.

Otro monarca descabezado a causa de su incompetencia fue Luis XVI de Borbón, rey de Francia. Sus continuados errores y sus desplantes, unidos a los proporcionados por su descarada y viciosa mujer María Antonieta de Habsburgo–Lorena, motivaron que el pueblo de París asaltara la Bastilla el 14 de julio de 1789, comienzo de la Revolución Francesa que alteró el concepto del mundo dominante hasta entonces. Los reyes fueron guillotinados el 21 de enero de 1793, y también allí un soldado agarró por los pelos la cabeza ensangrentada del exmonarca y la exhibió ante los espectadores, quienes insultaron al difunto rey burlonamente llamado Capeto. La historia posterior de Francia pasó por diversas etapas, hasta consolidarse definitivamente la República en 1870, convirtiendo a la nación en uno de los principales estados europeos.

Los atentados mortales contra monarcas, demostrativos del rencor del pueblo hacia ellos, se suceden en el siglo XX. Los inaugura Alejandro I Obrenovich, rey de Serbia, muerto el 11 de junio de 1903. Le sigue Carlos I de Braganza, rey de Portugal, muerto el 1 de febrero de 1908. Y después Alejandro I Karageorgevich, rey de Yugoslavia, Serbia, Croacia y  Eslovenia, muerto el 9 de octubre de 1934. De nada les sirvió la presunta sacralidad de sus reales personas, y de esa manera se fue transformando la historia en su devenir constante hacia la renovación de los conceptos políticos.

En Rusia hubo varios atentados contra gentes de la llamada nobleza y de la política, pero el acto de mayor trascendencia fue el fusilamiento del zar Nicolás II Románov y su familia, acaecido en Ekaterimburgo el 17 de julio de 1918. Así terminó la dinastía más cruel y triunfó la Revolución Soviética, el mayor acontecimiento del siglo XX. Los revolucionarios exterminaron a la familia para impedir que en tiempos posteriores pudiera presentarse algún heredero aspirante a la restauración, y es cierto que se postuló a una muchacha como hija el zar superviviente del fusilamiento, pero no se aceptó la superchería.

Revolución a la española

En el reino de España también ha habido violentas demostraciones de rechazo a la monarquía, pero cometidas por aficionados. El atentado más absurdo fue el intentado por el cura Martín Merino el 2 de febrero de 1852, en la persona de la gordísima reina Isabel II de Borbón. La atacó con un puñal que se perdió entre las grasas del cuerpo y los perifollos de su vestido, sin causarle más que un rasguño. No obstante, al cura se le consideró regicida, se le degradó de su condición sacerdotal, se le mató por medio del garrote vil, se quemó su cadáver y se esparcieron sus cenizas. Todo un esperpento, porque con un puñal resultaba imposible causar un daño severo a la apodada Isabelona debido a su voluminosa figura.

También se quedó a medias la conocida como Gloriosa Revolución, iniciada el 18 de setiembre de 1868 contra la misma golfísima monarca, que no siguió el ejemplo de las otras grandes revoluciones nacionales. Por el contrario, rechazando culminar el período revolucionario, evitó la detención de la corrompida reina Isabel II de Borbón, permitió que se exiliara en Francia con su Corte de los Milagros, autorizó que un servilón le llevara las joyas dejadas en palacio, y tras su muerte organizó el traslado del corrompido cadáver hasta el monasterio de El Escorial.

Como culminación de tantos desatinos, su hijo Alfonso fue proclamado rey XII de su nombre, gracias al pronunciamiento de un militar traidor y la connivencia de un Gobierno incompetente, si es que no era cómplice de la traición a la República. Este Alfonso XII sufrió dos atentados, uno por cuenta del obrero catalán Juan Oliva Moncasi, el 25 de octubre de 1878, y otro a cargo del industrial gallego Francisco Otero, el 30 de diciembre de 1879. Los dos fallaron en sus propósitos, y en consecuencia fueron ejecutados por medio del garrote vil como culpables del delito de intento de regicidio. Dos trabajadores sin ninguna conexión entre ellos, que actuaron por el deseo de poner fin a la corrompida dinastía borbónica que tantos males había traído a España, desde su llegada con el tontiloco Felipe V.

No se libró su sucesor Alfonso XIII del atentado político, pero igualmente fallido: se diría que los borbones españoles se hallan protegidos por algún poder sobrenatural que sacraliza y vuelve inmunes sus personas. El día de su boda, 31 de mayo de 1906, el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba oculta en un ramo de flores contra la carroza real. La trayectoria estaba bien estudiada, pero se desvió al tropezar con el tendido eléctrico y los monarcas quedaron ilesos. El regicida fracasado no poseía ni siquiera una bicicleta para escapar del revuelto escenario, y se marchó a pie hasta Torrejón. Allí fue identificado por un guardia jurado que se consideró juez supremo y lo mató de un disparo. Lo sorprendente del caso es que después volvió el arma contra él mismo y se suicidó.

Otros atentados persiguieron sin éxito al apodado burlonamente por el pueblo Gutiérrez. El 13 de abril de 1913 el llamado Alfonso XIII desfilaba a caballo por la madrileña calle de Alcalá, cuando el joven carpintero barcelonés Rafael Sancho Alegre se le acercó y le disparó tres tiros de pistola que erraron el blanco. Fue condenado a muerte, al pago de las costas procesales y al decomiso de sus escasos bienes personales. El fallido atentado lo aprovecharon los policías para realizar ilegales detenciones masivas de personas consideradas contrarias a la monarquía.

Sin embargo, al estar en contra del monarca corrupto la mayoría de sus vasallos, en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 le demostraron su repudio. Lo entendió el apodado Gutiérrez y se marchó a embarcar en Cartagena para el exilio, sin ningún apuro porque tenía bien colocados en bancos extranjeros sus capitales expoliados al pueblo.

Aquello que lograron los revolucionarios europeos aquí se estropeó. Sin embargo, los atentados fracasados y la triunfante Gloriosa Revolución demuestran que el pueblo español detesta la borbonidad impuesta inicialmente por el resultado de una guerra, y después por la actuación de dos militares traidores a España y a la palabra empeñada de defenderla. Por eso aquí todavía está pendiente la revolución que ha marcado en otros países la necesaria renovación de sus instituciones políticas. Unas instituciones que no pueden ser calificadas de modernas, puesto que ya la Grecia y la Roma clásicas las pusieron en práctica y con éxito.

La República fue implantada hace veintisiete siglos porque la primitiva monarquía tribal había demostrado su fracaso. No fue aceptada entonces como sistema universal de gobierno, sino que ha ido confirmando su perfección por medio de revoluciones populares. La gran mayoría de las naciones existentes hoy en día son repúblicas: la Organización de las Naciones Unidas está integrada por 165 repúblicas y 19 monarquías con diversos nombres en espera de su revolución. La República es el progreso, la monarquía una rémora social destinada a la extinción total.

Arturo del Villar, Presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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