El Vaticano amenaza con declarar 3.500 “mártires” más

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EL panfleto impreso y muy distribuido Alfa y Omega. Semanario Católico de Información, en su número 1126, de fecha 27 de junio de 2019, entrevista al cardenal Giovanni Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos en el presunto Estado Vaticano. El motivo es su venida a Madrid para beatificar el día 22 en la iglesia catedral de Santa María la Real de la Almudena a 16 monjas concepcionistas ajusticiadas durante la guerra organizada por los militares monárquicos sublevados contra la República legítima y legalmente establecida, con la colaboración de las naciones nazifascistas Alemania, Italia y Portugal, y el dinero aportado por el supuesto Estado Vaticano para comprar armamento.

La entradilla de la entrevista es alarmante, porque nos anuncia que las 1.076 santificaciones o beatificaciones realizadas hasta ahora por el papa Paco, en estos seis años que lleva como dictador supremo e infalible de la Iglesia catolicorromana son una minucia, comparado con lo que la curia vaticana está tramitando ahora mismo:

Más de 3.500 españoles marchan camino de los altares. La mayoría de ellos por martirio.

Paco ha hecho méritos para figurar destacado en el Libro Guinness de los records, como el papa más lanzador de santos y beatos al reino de los cielos en menos tiempo. Es incansable. Habrán tenido que ampliar la zona española reservada en el paraíso celestial para dar cobijo a tantos “mártires”, porque aunque sean espíritus ocuparán un espacio físico, es de suponer. Se me plantea una duda: ¿los beatos y santos entran el reino de los cielos desde el momento de su presunto martirio, o deben esperar a que un decreto papal lo confirme para que les autoricen a pasar a ocupar un puesto en tan elitista lugar? Es una lástima que al periodista no se le ocurriese plantear esta trascendental cuestión al cardenal hacedor de santos. Los españoles estamos intrigados por esta cuestión, y no dormiremos tranquilos hasta conocer la respuesta.

Con odio fratricida  

En sus declaraciones al panfleto el cardenal repite los tópicos que estamos hartos de escuchar acerca de la guerra, porque no ha habido ningún Gobierno español que le aclarase la historia al dictador de turno instalado en el esperpéntico Estado Vaticano, creado por el fascista Mussolini, consistente en dos edificios en la ciudad de Roma. Por eso gargajea:

Sin duda España fue escenario de un enorme baño de sangre y de odio fratricida. La beatificación une a estas religiosas a la gran legión de testigos que, al ofrecer sus vidas, han mostrado cómo se puede responder cristianamente con el amor a la ceguera del corazón humano.

Estos catolicorromanos, especie en estado de extinción, son tan raros que tienen ojos en el corazón. Por lo común el corazón de los seres humanos late, pero no ve nada, mientras que el de los catolicorromanos ve, según el cardenal Becciu, y si él o dice será cierto, puesto que es uno de los príncipes de la Iglesia. Pese a ello, no lo creo.

La guerra en España sin duda la organizaron los militares monárquicos rebeldes al régimen constitucional, bendecidos por los jerarcas catolicorromanos. Desde antes de la proclamación de la República estuvo predicando contra ella el cardenal primado de las Españas, el tontiloco Pedro Segura, desde el púlpito en la catedral y desde el Boletín del Arzobispado de Toledo. Primero invitaba a sus fieles a mantenerse inamovibles con la monarquía, y después a sublevarse contra la República, lo que obligó al ministro de la Gobernación, el catolicorromano Miguel Maura, a mandarlo a Francia el 14 de junio.

Fue uno de los mayores impulsores del odio fratricida conducente a la sublevación de los militares monárquicos auxiliados por los partidos de extrema derecha y las organizaciones catolicorromanas, solamente superado por su sucesor, Isidro Gomá. Hubo un baño de sangre porque luchaban dos bandos, el agresor nazifascista y el agredido pueblo. Para un historiador imparcial de la contienda siempre estará claro que quienes demostraron odio ante el contrario fueron los sublevados, deseosos de exterminar a los republicanos leales. El pueblo español tuvo que tomar las armas para defenderse de la agresión. Los únicos culpables de la guerra han de ser forzosamente quienes la provocaron.

Innumerables mártires

Preguntado el cardenal Becciu por el significado de la insistencia vaticana en celebrar a tantos supuestos mártires como beatos o santos, responde:

Desde el punto de vista de la Iglesia muestran una riqueza de santidad, un florecer de ejemplares testimonios de Cristo; desde el punto de vista de la colocación histórica y cronológica, ofrecen también las grandes pruebas unidas por innumerables cristianos españoles en el siglo XX, en el cual se encuentran todos los componentes del martirio cristiano.

Apañados estamos con esos innumerables españoles con todos los signos del martirio, por “la colocación histórica y cronológica”, que el cardenal sabrá lo que quiere decir. Lo que resulta sospechoso es que todos los supuestos “mártires” muriesen ejecutados en el bando leal, sin que hasta ahora el Vaticano haya santificado ni a uno siquiera de los curas vascos fusilados por los rebeldes, acusados de ofrecer los sacramentos en la lengua vernácula entendida por el pueblo. A diferencia de los curas trabucaires que combatían con amas en las filas rebeldes, los curas vascos leales se limitaban a ejercer su ministerio religiosamente con los gudaris.

Así que tendremos muchos más “mártires de la Cruzada” en los próximos años, porque la Iglesia catolicorromana desea mantener viva la memoria de su triunfo sobre el pueblo español obligado a defenderse ante la agresión nazifascista. Vencieron los rebeldes y se impuso el nazionalcatolicismo en el territorio conquistado, en el que se fusilaba todos los días con un cura junto al pelotón, para hacer el paripé de que se velaba por el alma de los condenados. También en las hogueras de la Inquisición figuraban curas y frailes azuzando a los condenados a arrepentirse.

La carta colectiva 

El próximo día 1 de julio se cumplirán 82 años de la repugnantemente sectaria Carta colectiva del Episcopado español, demostración incuestionable de la alianza de la Iglesia catolicorromana con los militares monárquicos sublevados. Por eso constituye la declaración oficial de guerra de los obispos al pueblo español. Hasta ahora han rechazado pedir perdón por su participación en el genocidio fascista, pero esa Carta es la prueba de cargo que condena a la Iglesia catolicorromana como enemiga del pueblo, por lo que algún día habrá de rendir cuentas y pagarlas.  

En su génesis se encuentra el cardenal Isidro Gomá, arzobispo de Toledo, el propagandista de la “Cruzada” contra el ejército leal que se defendía de la agresión sufrida. El 3 de marzo de 1937 se entrevistó con el exgeneral Franco, elegido dictadorísimo del ejército sublevado por sus compinches, y le reclamó la derogación urgente de las “leyes sectarias” de la República, por parecerle escasas las normas dictadas ya ordenando el restablecimiento de los privilegios eclesiásticos en el territorio conquistado. Volvieron a entrevistarse el 10 de mayo en Burgos, y de esa conversación derivó la redacción de un documento muy importante, la conocida como Carta colectiva del Episcopado español, con la que el catolicismo romano en España se convirtió en nazionalcatolicismo, y así continúa todavía, ya que no ha variado su doctrina.

El militar rebelde hizo notar al cardenal trabucaire la conveniencia de que toda la jerarquía eclesiástica española manifestase conjunta y públicamente su apoyo decidido al ejército sublevado. Argumentaba a favor de esa propuesta que muchos intelectuales catolicorromanos decentes en varios países denunciaban los crímenes cometidos contra las poblaciones en los lugares conquistados. A Gomá le pareció una idea oportuna, como es natural, pero alegó que debía recabar la autorización del Vaticano, para que tuviese fuerza impositiva su gestión personal ante sus subordinados. Así lo hizo, y es innecesario añadir que el Vaticano dio su aprobación y sus bendiciones apostólicas al proyecto.

De modo que el inventor de la Carta colectiva fue el dictadorísimo genocida, y el cardenal Gomá su acólito obediente. El 15 de mayo el cardenal primado se dirigió por carta a los obispos españoles, para exponerles el deseo del dictadorísimo, preguntándoles su opinión al respecto. El 7 de junio volvió a escribirles, para contarles que las respuestas habían sido afirmativas, por lo que les enviaba pruebas de imprenta de la declaración conjunta que debían firmar todos en apoyo de la causa rebelde.

Decisiva arma propagandística

Este dato confirmado demuestra que aunque la carta, fechada el 1 de julio de 1937, fue firmada colectivamente, en realidad tuvo un único redactor en su integridad, el mismo cardenal Gomá, y un único corrector de estilo, Leopoldo Eijo y Garay, obispo de Madrid, apodado El Obispo Azul después de la guerra, por el color de la camisa falangista, debido a su unión  con los vencedores, que le premiaron su fervor fascista con innumerables cargos políticos bien remunerados.

Esta Carta colectiva del Episcopado español constituyó un decisivo apoyo a los miliares sublevados. Impresa en Pamplona por Gráficas Bescansa, en un folleto de 32 páginas, fue inmediatamente traducida y editada en los idiomas más hablados del planeta, por lo que alcanzó una tirada que debió ser enorme: solamente en 1937 llegaron a imprimirse 36 ediciones. Fue el arma propagandística más poderosa a favor de la rebelión entre los seguidores del catolicismo romano.

Aparece firmada por dos cardenales, Isidro Gomá y Eustaquio Ilundain; seis arzobispos, treinta y cinco obispos, y cinco vicarios capitulares. Negaron su firma el cardenal Francesc Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona,  y Mateo Mugica, obispo de Vitoria–Gasteiz, exiliados en Italia, por no estar conformes con la letra del escrito ni juzgarlo oportuno. Al parecer no se tuvo en cuenta al también exiliado cardenal Segura, por ostentar un cargo en la Curia vaticana y no hallarse adscrito a una diócesis española; sin embargo, Mugica había “renunciado” también a su diócesis obligado por las amenazas de muerte hechas contra él por los rebeldes. La redacción es hedionda. Se empieza por justificar la guerra cuando es

El remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia [catolicorromana], aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Órdenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.

Se les olvidó citar la condena a morir en la hoguera hecha por el sarcásticamente llamado Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición contra judíos, mahometanos, reformadores eclesiásticos, traductores o lectores de la Biblia, científicos bien informados, escritores con ideas propias, brujos, homosexuales y demás víctimas inocentes de su fanatismo.

Las dos Españas

Tras regodearse todo un capítulo en enumerar los considerados por los firmantes graves daños causados por el comunismo, pasan a describir las dos tendencias políticas enfrentadas en la guerra española, según su opinión muy parcial, basada en una interpretación maniquea de la historia, pese a estar condenado por ellos el maniqueísmo como doctrina herética:

La espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima “civilización” de los soviets rusos.

Más adelante añaden que el pronunciamiento militar tuvo un “sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión”. Es decir, que era una cruzada de los píos cristianos contra los infieles, en el mismo sentido que las medievales bendecidas por los papas. Con la diferencia de que los cruzados medievales luchaban contra los mahometanos, y entonces el ejército rebelde contaba con un cuerpo de marroquíes seguidores de Mahoma que cometieron atroces crímenes contra los republicanos, como hacerse collares con los ojos que les arrancaban y colgárselos al cuello.

La carta reconoce la implicación de la Iglesia catolicorromana en la preparación del golpe de Estado, en connivencia con los militares monárquicos contrarios a las libertades aportadas por la República, cuando anota:

Afirmamos que el levantamiento cívico–militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular un doble arraigo: el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión.

Los únicos civiles que se unieron a los militares golpistas fueron los grupos fascistas, organizados en milicias paramilitares, entre los que figuraban ultracatólicos. No puede hablarse de un “levantamiento cívico—militar”, porque los civiles armados contra la República estaban entrenados para combatir y matar enemigos, con las mismas ideas, consignas y banderas.

Toda mentira

Sin pararse ante nada, los obispos tuvieron el inmenso cinismo de justificar los asesinatos de los curas vascos por los sublevados, con estas palabras que los califican perfectamente como propagandistas del odio:

Dos palabras sobre el nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que se ha hecho arma contra el movimiento nacional. Toda nuestra admiración por las virtudes cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda nuestra caridad por la gran desgracia que les aflige, que consideramos nuestra, porque es la de la Patria. Toda nuestra pena por la ofuscación que han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia. Pero toda nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia.

De donde se deduce que los curas vascos no eran Iglesia. Además de estar luchando las dos españas también combatían las dos iglesias, la fascista involucrada en la rebelión y la popular unida al pueblo. Facilita unas cifras de iglesias destruidas y sacerdotes muertos mediante violencia que son absolutamente imposibles, y narra unas historias delirantes cometidas por los “sin—Dios”.

Por el contrario, disculpa los “excesos” cometidos por los sublevados, ya que “tiene toda guerra sus excesos”, y añade “que va una distancia enorme, infranqueable, entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte”. Y rechaza las objeciones presentadas en alguna publicación catolicorromana europea sobre el comportamiento de los rebeldes, porque asegura eran debidas a la mala información de los autores. Asimismo, reprueba la acusación de que la Iglesia española se alineaba con los ricos e ignoraba a los pobres, lo que motivó el anticlericalismo de los obreros.

Se cumplen 82 años de esa declaración de guerra por parte de la Iglesia difusora del nazionalcatolicismo al pueblo español, y sigue empecinada en su lucha. Continuamente mantiene vivo el espíritu revanchista de quienes ganaron la guerra y bendijeron los crímenes de la posguerra, con la declaración de beatos y santos a quienes murieron en uno de los dos bandos. Está preparada la promoción de 3.500 santos o beatos más, por ser “mártires de la Cruzada”. Los gobernantes españoles se lo toleran, y no se escucha una voz de protesta, ya que los medios de comunicación de masas son todos de derechas.

Deseémosle un feliz cumpleaños de la Carta colectiva del Episcopado español. Cuanto más tiempo pasa más vergonzosa resulta su actitud canallesca contra el pueblo, por la que tendrán que pagar las consecuencias.

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