El rey decrépito dice que no molesta por Arturo del Villar

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Sigue haciendo declaraciones a la Prensa el rey decrépito Juan Carlos de Borbón y Borbón, exiliado en Abu Dabi con la compañía de cuatro guardaespaldas y un matrimonio filipino que hace las faenas caseras, pagados por el Gobierno español, es decir, todos los españolitos, incluso los republicanos. Resulta difícil entender qué interés puede representar el decrépito para nadie, pero en el número correspondiente a esta semana de la revista francesa Paris Match se publica una entrevista que le hace Laurene Debray, como anticipo de un libro que se pondrá la venta el 6 de octubre, aunque es problemático que se venda, debido a que el protagonista está muy amortizado.

Difícilmente revelará algo desconocido, porque es público que el decrépito es un delincuente vulgar, investigado primero en Suiza y después en España para intentar que explique el origen de su fortuna, calculada en 2.000 millones de euros por The New York Times y la revista económica Forbes. Aunque él no lo cuente es sabido que los apañó como comisionista de contratos del Estado. Ahora se están investigando los 65 millones de euros cobrados como comisionista del tren de alta velocidad entre Medina y la Meca en Arabia Saudí, con cuyo tirano mantiene una gran amistad debido a la semejanza de sus intenciones.

En un libro delirante titulado El rey. Conversaciones con D. Juan Carlos I de España, editado por Plaza & Janés en 1993, firmado por José Luis de Vilallonga, marqués de Castellbell, alférez provisional con los militares monárquicos sublevados en 1936, nuestro asombro como lectores llega al máximo al encontrar esta declaración del entones todavía no decrépito:

   A veces pongo sobre la balanza el peso de mi prestigio. No me gusta envanecerme [sic!], pero lo cierto es que el prestigio de la Corona es considerable. A veces ocurre que un jefe de Estado árabe me telefonea para decirme: “Por favor, hacedle decir al rey de Marruecos tal y tal cosa.” Sucedió a menudo durante la Guerra del Golfo. (Páginas 356 y s.)  

        Con los tiranos árabes que mantienen esclavizados a sus pueblos en la pobreza obtuvo gran consideración el rey decrépito cuando todavía no lo estaba, y ahora que lo está se ha exiliado en Abu Dabi.

Para no molestar

Cuando la periodista le pregunta por qué se fugó de España para disfrutar de su dorado exilio en un país árabe, le responde: “Desde aquí no molesto a la Corona.”  Tal vez a su coronado hijo no le moleste, pero a los españoles que ya no somos sus vasallos, pero continuamos pagando sus gastos sí nos molesta, porque lo único que deseamos es verlo comparecer ante un Tribunal de Justicia, y que nos entregue su fortuna tan mal adquirida.

Como discípulo del dictadorísimo genocida que lo designó sucesor suyo a título de rey para continuar su régimen represor del pueblo, parece haberse creído un rey amado por los vasallos. Habrá creído que eran admiradoras verdaderas las personas reunidas para recibirle con banderitas rojigualdas  cuando visitaba alguna ciudad, en tanto los republicanos se hallaban estabulados a distancia vigilados por las fuerzas brutas represoras, para que no se escucharan a distancia sus gritos de protesta. Esto le contó a Vilallonga:

Si el rey complica sistemáticamente la vida de la gente acaba por hacerse antipático. Por eso es por lo que tengo especial interés en que los españoles diferencien entre el jefe del Estado, prisionero de las obligaciones de su cargo, y el rey, un ser humano que hace lo posible para no causar demasiados problemas a sus conciudadanos. (P. 329.)

Tal afirmación nos plantea una duda: ¿Juan Carlos estaba “prisionero de las obligaciones de su cargo” cuando se dedicaba a estuprar a sus vasallas de buen ver, en número de 1.500 según los cálculos del hispanista británico Andrew Morton en su muy documentado ensayo Ladies of Spain? ¿Y también cuando había que comprar su silencio, sus cartas autógrafas o los videos que le tomaban mientras hacía el salto del tigre, tan entusiasmado que no lo advertía, siempre con cargo a los Presupuestos Generales del Estado? ¿Estaba prisionero de sus obligaciones cuando vivía una luna de diamantes con la falsa princesa Corinna zu Sayn—Wittgenstein, antes de que ella lo abandonara por inválido al regreso de la excursión a Botsuana, que debimos pagar, así como el avión medicalizado que lo trajo a Madrid para que lo operasen una vez más, y ya iban nueve? ¿Cuántos millones de euros nos han costado esas supuestas “obligaciones” borbónicas?

El gran orador

Las onerosas “obligaciones de su cargo”, además de las comisiones y los estupros, consistieron en inaugurar reuniones y leer discursos que a nadie le importaban. Nos causa gran jolgorio leer en el libro del marqués esta declaración acerca de los discursos que mal decía y leía:

   Por lo tanto es necesario ser muy claro para que todo el mundo me entienda. Precisamente es la claridad lo que molesta a esa gente a la que le gustaría que ciertas cosas permanecieran en la sombra. (P. 334.)

Será que no se escuchaba a sí mismo en televisión, porque de otra manera es imposible que se atreviera a decir que hablaba muy claro. Al leer ese párrafo cualquiera pensaría que Juan Carlos I era el Demóstenes español. Todo lo contrario. Nunca ha aprendido a hablar, lo que servía a sus imitadores para burlarse de su dicción. Se le entendía malamente lo que decía, de modo que “esa gente” a la que alude sin revelar quién es tenía que estar feliz cada vez que le escuchaba sin entender lo que decía.

El esperpento de un discurso culminó en la Pascua Militar el 6 de enero de 2014, en el Palacio Real, ante unos uniformados que no sabían para dónde mirar. No fue capaz de leer el discurso de continuo, porque las palabras no le salían de la boca. Puesto que las cadenas de televisión retransmitieron el acto, resultó inevitable que los comentaristas políticos, incluso los monárquicos, expresaran su malestar por tener una caricatura de rey al frente de Estado, para rechifla de los oyentes.

El espectáculo fue tan decadente que cinco meses después, el 19 de junio, Juan Carlos I abdicó en su hijo, sin tener en cuenta la opinión de los vasallos, como es usual en las dictaduras. Su discurso fue tan oscuro y ridículo que eligió marcharse para continuar viviendo sin hacer nada, desde entonces menos todavía, porque no debe leer discursos.

La periodista Debray le pregunta si ahora que tiene tantísimos detractores ha previsto defender su reinado, a lo que responde: “Las instituciones que dejé deberán hablar. Hablan por sí solas.” ¿Y qué es lo que dejó? Un trono otorgado por decisión exclusiva del dictadorísimo, sin consultar al pueblo, completamente desprestigiado por sus fechorías sexuales y económicas, una vergüenza internacional. Su reinado ha sido tan nefasto como el de todos los borbones, una dinastía inaugurada por un loco y formada por golfas y golfos a los que en dos ocasiones echaron sus vasallos hartos de ellos. Desde luego, Juan Carlos I es un típico representante de esta dinastía. ¡Y él cree que no molesta!

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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