El peso de la conciencia por Maria Martín

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Cuando recibimos en la asociación una llamada a las dos de la mañana, nos ponemos a temblar.

Sabemos quién está detrás del teléfono y en qué condiciones está. Una pobre mujer con el cuerpo apaleado, con el alma rota, desorientada y sin saber qué decisiones tomar.

Cómo consolar las lágrimas, el dolor y la desesperación a través de un teléfono. Tranquila, no estás sola. Esas son las primeras palabras. Te vistes instintivamente y coges un taxi hacia la dirección que te ha dado con el estómago encogido por la incertidumbre de no saber lo que nos vamos a encontrar. Ni se atreve a llamar a la Policía. La bestia ya no está y los niños lloran desconsolados, ya sabemos que entramos en una casa en la que por mucho que ella se empeñe es el infierno. Ella sólo respira cuando él sale por la puerta. De inmediato la abrazas y en ese abrazo sientes todo el dolor de millones de mujeres a lo largo de los siglos en esa misma situación, también de todas las asesinadas que no han podido abrazarte. Porque ese abrazo te estruja el corazón…

A partir de ahí, intentas convencerla de que denuncie, que tiene que salir de ese agujero. Pero el miedo la paraliza. A dónde va a ir con sus hijos si ella no tiene ingresos, cómo va a meter en la cárcel al padre de sus hijos, si en un momento le prometió amor eterno. Y no puede comprender por qué ese amor soñado le ha roto la vida. Cuando se decide a denunciar, empieza un periplo de urgencias, partes de lesiones que sean perfectos, para que luego no vayan a denunciarlas ellos por denuncia falsa al no coincidir unas declaraciones con otras, como nos ha pasado en algún caso, que encima de apaleada, sea condenada por denuncia falsa porque en el primer parte médico no ponía las lesiones concretas. Ella en estado de shock y el médico sin saber nada sobre violencia de género… Luego Comisaría, donde también sean especialistas, no vaya a ser que la denuncia esté mal redactada, y luego llamadas a los centros especializados de violencia en las instituciones. Cuando ella y sus hijos se quedan en un lugar seguro respiras, hoy está ya a salvo. Mañana el juicio. Y esperemos que el juez admita todas las pruebas y lo condenen. Orden de alejamiento, visitas en puntos de encuentro, abogados de oficio… Y protocolos, muchos protocolos que te quedas con la duda de que se cumplan.

Y luego pones las noticias y ves que algunos partidos que nos van a gobernar dicen que hay que derogar la Ley de Violencia de Género. Y se inventan unas cifras vergonzosas sin citar ninguna fuente. Y les dan altavoz las principales cadenas de televisión y los principales periódicos de este país. Y lo más triste es que la opinión pública, la gente de la calle se lo cree…

Me gustaría que la próxima vez que suene ese teléfono a las 2, las 3, las 4 o a cualquier hora del día pudiesen acompañarnos esos señores trajeados y engominados que tan alegremente hablan y disponen del dolor de tantas mujeres y tantos menores que quizá no puedan tener ni un teléfono para llamar para pedir ayuda y acaben asesinadas. Si, señores engominados y quienes los apoyan, no olviden que todas esas víctimas las llevarán sobre su conciencia…

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