‘El minicardenal Cañizares tiene razón’ por Arturo del Villar

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Resultaba muy difícil imaginar que alguna vez dijese algo sensato su menudencia enanísima el cardenal Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia, su tierra natal. Es un cargo que parece importante, aunque en su caso es degradante, después de haber sido arzobispo primado de Toledo en 2002, y prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, un título mayor que él, en 2008 con residencia en el presunto Estado Vaticano. De allí lo facturó el papa Paco a Valencia.

Es claro que en su menguado cuerpo no cabe un cerebro de tamaño normal, y eso le obliga a cometer disparates incesantemente. Para no hablar de su ridiculez cuando se pasea con la bata roja de cola de quince metros que se ha hecho confeccionar para que se le distinga y no lo pise algún sacristán corto de vista. Parece la secuencia bufa de una película de Federico Fellini. Pero cuando tiene razón es preciso reconocerlo, y en la carta pastoral dirigida a sus diocesanos el día 25 de noviembre de 2019 ha estado seguro.

Escribe su e nacencia sobre el derecho de los padres a educar a sus hijos como les dé la paternal gana en materia religiosa, a partir del tercer punto del artículo 27 de la Constitución borbónica aprobada por algunos españoles en 1978:

Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

Habría que delimitar primero el concepto de religión, habida cuenta de las numerosas sectas existentes, muchas de ellas perniciosas, principalmente en materia sexual. Pero los legisladores no pensaron en ello. ¿Y si el padre y la madre profesan religiones diferentes, habrá que partir al hijo salomónicamente en dos partes para que cada una acuda a un templo? ¿Y si un hijo no está de acuerdo con la religión profesada por sus padres, no tiene derecho a seguir sus propias creencias?

Cañizares dixit

Esas cuestiones no inquietan a Cañizares, porque están muy claras las ideas que han logrado penetrar en su escaso cerebro, y las ha expresado de esta manera tan convincente en su carta:

Es fundamental que les sea reconocido el papel primario, fundamental [se repite], originario, imprescindible, básico e inalienable a la familia, a los padres, en el campo de la educación de los hijos. Son los primeros e imprescindibles [se repite] responsables de la educación de sus hijos.

Pues muy bien, que los eduquen conforme a sus creencias. Eso es lo lógico, no lo que ocurrió durante la dictadura fascista, cuando la religión oficial del Estado era la catolicorromana, según las leyes ilegales vigentes entonces, con el beneplácito de los obispos y cardenales, muy satisfechos de sus prerrogativas. Los alumnos de cualquier centro de enseñanza tuvimos que maleducarnos en sus dogmas aberrantes, y estudiarla como asignatura obligatoria incluso en la Universidad. Debido a ello al abandonar las aulas muchos abandonamos también y para siempre la práctica del despreciable nazionalcatolicismo. De manera que consiguieron lo contrario de lo que se proponían aquellos pervertidores de las mentes infantiles.

Damos la razón a Cañizares: que los padres eduquen a los hijos conforme a sus creencias religiosas. Pero que lo hagan en sus casas, o en sus respectivos templos. Todos los vasallos de su majestad el rey católico no tenemos por qué pagar el sueldo de los profesores de religión en las llamadas escuelas concertadas, aunque mejor debieran titularse concentradas, ya que en realidad son campos de concentración para los alumnos sometidos a sus ideas, por muy extravagantes que sean. Las peores, las catolicorromanas, propaladas por fantoches como el arzobispo de Valencia, con su interminable bata de cola.

En España ha existido siempre un problema religioso, provocado por la situación hegemónica de los eclesiásticos catolicorromanos, y resuelto  muy expeditivamente: los que seguían otras creencias debían abjurar de ellas o ser muertos. Destacan dos criminales prenazis en esa tarea, declarados santos por ese motivo: Domingo de Guzmán en el siglo XIII, el fundador de la orden de predicadores o dominicos, y el dominico Vicente Ferrer en el XIV. El fatídico Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición trabajó en el asesinato de los disidentes desde 1249 en el reino de Aragón, y desde 1478 en el de Castilla.

Durante el reinado de la Casa de Austria los llamados autos de fe se encargaban de resolver en las hogueras inquisitoriales los problemas religiosos. A los monarcas les ha interesado siempre mantener la unidad religiosa en sus posesiones, para dominar a los vasallos mediante la creencia de que el rey era el vicario de Dios en su reino, y en las monedas se grababa que lo era por la gracia de Dios. La Iglesia catolicorromana colaboró activamente en el sostenimiento de esa creencia, para beneficiarse con su hegemonía en materia religiosa, y mantener unos privilegios únicos. El altar y el trono siempre se unen contra el pueblo. Y siguen haciéndolo, según comprobamos diariamente. No en balde nuestros señores llevan el apelativo de reyes católicos, como herederos de Isabel y Fernando.

Azaña remachó

El problema se planteó cuando las Cortes Constituyentes de la República discutían el artículo 26, en la sesión histórica del 13 de octubre de 1931. Lo hizo con tanta viveza que presentaron sus dimisiones el presidente del Gobierno provisional, Niceto Alcalá—Zamora, y el ministro de la Gobernación, Miguel Maura, ambos integrantes del minúsculo partido llamado Derecha Liberal Republicana, y fervorosos catolicorromanos de misa y comunión: eran antiguos servidores de Alfonso XIII, reconvertidos en republicanos debido a los desplantes habituales en el monarca, sin ninguna otra convicción.

Ante ese inesperado embrollo se vio obligado a improvisar un discurso el ministro de la Guerra, Manuel Azaña, tan vibrante y acertado que se le designó para ocupar la presidencia del Gobierno provisional, de la que pasaría a desempeñar en diciembre la del primer Gobierno constitucional. Animado por su oratoria contundente explicó a los diputados, y desde ellos a toda la nación recién liberada del borbonismo, cuál debe ser la coherente decisión de los ciudadanos respecto al eterno problema religioso, nunca resuelto a lo largo de nuestra convulsa historia, en la que se nos asegura que intervinieron la mismísima virgen María y algunos santos en momentos decisivos:

Yo no puedo admitir, Sres. Diputados, que a esto se le llame problema religioso. El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es en la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino. […]   

La otra salvedad terminante, que va a disgustar a los liberales, es ésta: en ningún momento, bajo ninguna condición, en ningún tiempo, ni mi partido ni yo, en su nombre, suscribiremos una cláusula legislativa en virtud de la cual siga entregando a las Órdenes religiosas el servicio de la enseñanza. Eso, jamás. Yo lo siento mucho, pero ésta es la verdadera defensa de la República. La agitación más o menos clandestina de la Compañía de Jesús o de ésta o de la de más allá podrá ser cierta, podrá ser grave, podrá ser en ocasiones risible, pero esta acción continua de las Órdenes religiosas sobre las conciencias juveniles es cabalmente el secreto de la situación política por que España transcurre y que está en nuestra obligación de republicanos, y no de republicanos, de españoles, impedir a todo trance. (Muy bien.)

En Obras completas, volumen 3, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, páginas 78 y 84.

Absolutamente acertado el diagnóstico. No en balde Azaña fue alumno interno en el Real Colegio de Estudios Superiores regentado por los frailes agustinos en el monasterio de El Escorial. En su narración en parte autobiográfica El jardín de los frailes describió el horror de aquella enseñanza. Y los que hemos padecido a otros frailes, en mi caso escolapios, hemos de suscribir ese propósito expuesto por Azaña en 1931, pendiente todavía de ejecución.

De modo que debemos dar la razón al minicardenal Cañizares, y exigir a quien corresponda en el próximo Gobierno que la educación religiosa la enseñen los padres a sus hijos en el hogar, y como continuación en los templos de la creencia que profesen, pero jamás en los centros de enseñanza oficial. Las escuelas, colegios, institutos y universidades tienen que dedicarse a enseñar cuestiones importantes.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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