Dos momentos fundidos de Machado

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A José Machado le debemos varios retratos al óleo de su hermano Antonio y también un retrato literario íntimo, Últimas soledades del poeta Antonio Machado, escrito en su exilio de español libre en Santiago de  Chile, en 1940. Resulta de lectura imprescindible por los muchos datos que aporta acerca de su biografía, especialmente de los últimos días de su vida, cuando la familia errante fue acogida en el benemérito Hotel Bougnol Quintana. Habían llegado hasta el pueblecito marinero de Colliure, hasta entonces famoso por haber servido de modelo a Matisse, y desde el jueves 23 de febrero de 1939 por guardar la tumba de uno de los más grandes poetas españoles de todos los tempos, muerto en el exilio de amor a su patria dominada por unos militares traidores, contra los que luchó con su pluma tan valerosa como la pistola de un capitán:

Pienso en España vendida toda

de río a río, de monte a monte, de mar a mar,

había escrito en 1937, cuando todavía confiaba en la victoria del pueblo agredido sobre los sublevados, fiado de su valor tantas veces demostrado en la historia. No pudo soportar el dolor de ver su derrota, debida al superior armamento proporcionado a los rebeldes por las naciones nazifascistas, y se exilió para evitar el fusilamiento seguro que le esperaba por “el pelotón de verdugos”, como hicieron con su amigo García Lorca.

Contó José Machado que “Algunos días después encontré en un bolsillo de su gabán un pequeño y arrugado trozo de papel”: allí estaba escrito el último verso creado por el poeta, un recordatorio de su niñez en Sevilla, presente constante en su memoria durante los meses finales de su vida: “Estos días azules y este sol de la infancia”, dice el último verso de Machado, escrito en Colliure pensando en su tierra natal dominada por un fanático militar fascista que impuso el terror sobre la población, y se jactaba de ello en charlas radiofónicas difundidas en los lugares conquistados. Imaginamos su angustia al conocer las noticias de su Sevilla ensangrentada. Desde el principio de la sublevación Sevilla fue martirizada por los rebeldes, y por eso mismo Machado la tuvo presente en su escritura.

Recuperar la infancia

Este alejandrino solitario confirma que al final de su vida recordaba a su tierra natal como nunca lo había hecho antes, en una recuperación lírica de la infancia. Sin duda suponía que sus horas estaban contadas, ante su deterioro físico, relatado por José, incrementado por la angustia de saber cierta la derrota del pueblo en su justa lucha defensiva. Al imaginar terminada su vida hizo un viaje interior a la infancia. Lo afirma su hermano: “No podía sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco sobreponerse a la angustia del destierro.” Vanamente intentó recuperar la infancia por su ambiente climático, mejor que por sus aventuras infantiles. Cuando su vida se estaba extinguiendo inexorablemente sin esperanza, un paisaje francés le permitió ampararse en el recuerdo de unos días seguramente felices en una familia de intelectuales comprometidos con su patria.

Consideramos a Machado con justicia el cantor mayor de Castilla, en donde pasó una buena parte de su vida, y es comprobable que su inspiración se basó en lo que constituía su entorno geográfico. La sublevación de los militares monárquicos modificó sus costumbres cotidianas, y también se reflejó en su escritura, precisamente porque salía de su intimidad más honda, incluso cuando describía paisajes naturales.

Su aspiración como poeta queda expuesta en el “Retrato” que abre Campos de Castilla, en realidad un autorretrato puesto que refiere su biografía hasta 1912, con la declaración de su ideario y sus preocupaciones vitales y estéticas. Allí se lee:

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Cumplió ese deseo, ya que su poesía es famosa por la comunicación íntima que logra con los lectores de todas las clases sociales, gusta a todos, incluso los que nada saben de poesía ni son capaces de leer a otro autor. Su mano viril evitó utilizar los adornos legítimos en la expresión lírica, para narrar con sencillez la realidad de su entorno, de personas y paisajes. Quedan tan fácilmente descritos que podían ser compartidos por cualquier persona: es un poeta del pueblo que comprendía al pueblo y debido a ello es comprendido por el pueblo, sin duda porque, según confesó en el mismo poema, “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina”, que le incitaron a ser un revolucionario en las creencias sociales.

Poeta popular

Lo significativo es que sus ideas políticas revolucionarias no influyeron en su escritura lírica. En unos años en los que los movimientos vanguardistas en las artes y la literatura destruían los cánones clásicos de la belleza, Machado se mantuvo fiel a la traición literaria castellana. Su arte poética deriva del romancero y del cancionero, más unas pocas adhesiones a los sonetos. En cuanto a la poética no es clásico ni romántico, sino popular.

La luz solar iluminaba el cielo azul sevillano, tantas veces alabado por los poetas y por los rimadores de canciones folclóricas. En Machado el color azul celeste y la luz solar fueron recurrentes, al describir su ciudad natal:  “Mi Sevilla infantil ¡tan sevillana!”, exclamó en un soneto de ese período, en el que también rememoraba “música y sol” como acompañantes y “el puro azul dormido en la fontana”. Es el mismo recuerdo que le acompañó hasta el final, cuando ya imaginaba que no podría volver a visitar los lugares en donde había vivido de niño.

Su proyecto era refugiarse en la acogedora Unión Soviética, con su madre, su hermano, su cuñada y sus sobrinas, para lo que le estaban preparando el traslado los amigos desde París y desde Moscú, pero el destino lo impidió. No iluminó su final el sol de la infancia, sino el del exilio, como les sucedió a tantos buenos españoles obligados a dejar su patria derrotada, sobre la que había caído la más negra noche de su historia.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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