‘Don Quijote izquierdeaba’ por Arturo del Villar

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En los idiomas vivos las palabras van cambiando su significación, al mismo ritmo que lo representado por ellas. En el capítulo 26 de la Segunda parte del ingenioso cavallero don Quixote de la Mancha se describe la descomunal batalla del caballero delirante con las figuras del retablo de maese Pedro, que él las toma por reales, y advierte Cervantes que el titiritero “vio que don Quijote izquierdeaba”. Probablemente este verbo sorprenderá a muchos lectores, si lo relacionan con la ideología política actual de izquierdas, ya que el comportamiento del caballero en sus andanzas y desventuras no se ajusta a lo que entendemos por izquierdismo.

Por ello hay que aplicarlo a su definición académica, no relacionada con la ideología política. El actual Diccionario de la lengua española, edición de 2014, dice que izquierdear es un verbo intransitivo desusado, que significa “Apartarse de lo que dictan la razón y el juicio”. Esta definición deriva de la inscrita en el conocido como Diccionario de autoridades, que en su volumen IV, impreso en 1734, explica que izquierdear es “Bastardear o torcerse, physica o moralmente”.

No han sentido nunca mucho aprecio los redactores de diccionarios por la izquierda y el izquierdismo. Por eso son académicos, naturalmente. Qué iba a hacer un escritor de izquierdas en la Real Academia Española. Bien aseguró Rubén Darío en las letanías dedicadas precisamente a don Quijote, escritas con motivo de los fastos organizados para conmemorar el tercer centenario de la primera parte del Quijote, que abominaba “de las epidemias de horribles blasfemias / de las Academias”, y rogaba al caballero que le librase de ellas para mantenerse en la sensatez.

Un hidalgo leal

Actualmente la ideología de don Quijote debemos calificarla como derechista, conservadora y catolicorromana. Su intención era cumplir las leyes del reino y las de la religión que profesaba, aunque su demencia torciese a menudo tan estricta norma de conducta. Era un hacendado, por lo que tenía interés en conservar sus propiedades, cuando no las malvendía para comprar más libros de caballerías. Si incumplió las leyes del reino lo hizo debido a su enfermedad mental, lo que le hacía penalmente irresponsable de sus actos. Claro que de haber caído en poder de la Inquisición, esa circunstancia no le habría eximido del procesamiento, la tortura y la condena.

Lo mismo es posible decir en relación con el decálogo de la ley divina: equiparaba el amor a su señora Dulcinea con el amor que como cristiano debía a Dios, pero incumplía sus mandamientos. No respetaba los bienes ajenos si le apetecía poseerlos, y si no mató a nadie fue porque no pudo, pero sus intenciones homicidas quedan bien demostradas en la novela.

El tal Alonso Quijano, de sobrenombre Quijada o Quesada o Quejana, que el autor no quiso aclararlo, era un hidalgo pueblerino acomodado, que  disfrutaba de una bien saneada hacienda, seguramente heredada de sus antepasados. Un señorito de pueblo, como los denominamos ahora, aquejado de un vicio muy común entre los de su clase social, la caza, y de otro escasamente propalado entre ellos: la afición por la lectura. Comenta Cervantes respecto a sus ocupaciones que “los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías” (I, 1.) Así se comportaba la sociedad durante el reinado de los austrias, por lo que el reino padecía una crisis económica inconmensurable, lo que no impidió a los monarcas vivir entregados a los ocios y placeres, mientras sus vasallos padecían un hambre crónica insuperable.

El mismo Cervantes criticó, por boca del labrador pobre Sancho, a la clase ociosa de los señoritos parásitos que vivían a costa del trabajo de los arrendatarios de sus tierras. Este dato constituye una censura de esos nobles a los que él mismo rendía pleitesía ditirámbicamente en los prólogos de sus libros, calificándose de criado suyo y rogándoles su protección:

   […] yo he oído decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los señores, y les dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del gobierno, y el señor se está a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, sin curarse de otra cosa;  (I, 50.)

Eso era lo que hacía Alonso Quijano antes de creerse caballero andante y lanzarse en busca de aventuras que le hicieran famoso, su gran aspiración vanidosa. Convivía con un ama cuarentona y una sobrina que no llegaba a veinteañera, ambas con papeles destacados en el relato, y “un mozo de campo y plaza”, mencionado de paso, que servía para todo y debía de ser inteligente: de otro modo no se comprende que su amo contratase como escudero a un vecino labrador pobre y honrado, “pero de muy poca sal en la mollera” (I, 7), en vez de llevarse a su criado con la promesa de hacerle gobernador de una ínsula: el criado desconfiaría de tales anuncios. En su testamento legó toda su hacienda a la sobrina, excepto unas mandas para Sancho y el ama, sin mencionar al criado. Es seguro que tuvo otros cuando la hacienda fue próspera, antes de padecer la demencia caballeresca.

Presuntuoso en su osadía

Don Quijote poseía una excelente opinión de sí mismo como valeroso y poderoso caballero invencible en los combates, contra toda evidencia. Es sabido que izquierdeaba la realidad conforme a las visiones de su locura, de modo que se encontraba muy favorecido al examinarse. Era tan petulante que después del descalabro padecido con el molino de viento, y de la dudosa victoria sobre el vizcaíno, tuvo la osadía de peguntarle a Sancho:

Pero dime, por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar? (I, 10.)

Son preguntas de respuesta sabida, porque resulta inútil interrogar a un labrador analfabeto integral sobre si ha leído algún libro, y tampoco era presumible que allá en su aldea hubiese visto ningún caballero andante, aunque lo destacable es la sarta de virtudes caballerescas que se aplica. La doble respuesta negativa el escudero debía envanecer a su patrón, que en la retórica esgrimida se colocaba en el primer puesto de la profesión de caballero andante, muy poco concurrida en su tiempo.

Con tan favorable opinión sobre sí mismo, se comprende que se sobrevalorase: era un supercaballero invencible. Por eso, cuando Sancho le previno para que no se enfrentara a los yangüeses debido a la disparidad numérica, “si éstos son más de veinte, y nosotros no más de dos, y aun quizá nosotros sino uno y medio”, ya que el escudero no se valoraba mucho, respondió con su altanería acostumbrada y desmesurada: “Yo valgo por ciento.” (I, 15.)  Como era previsible, los cien quijotes y el medio Sancho acabaron molidos a palos y sin poderse levantar del suelo, aunque no por ello el jactancioso hidalgo dejó de izquierdear en su autoestima. Para él la realidad se adaptaba a su capricho.

A pesar de haber aceptado el sobrenombre de Caballero de la Triste Figura, se creía objeto del apasionamiento enamorado de todas las mujeres que lo contemplaban, ya fueran doncellas o princesas o reinas, imaginadas por su fantasía desbordante. Así se lamentó cuando Altisidora se burlaba de él: “¡Que tenga de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se enamore…!” (II, 44.) La  desdicha consistía en no poder corresponder a sus requerimientos amorosos, por estar obligado a ser fiel a su señora Dulcinea del Toboso.

Ególatra contra toda evidencia

Sus cualidades espirituales se las enumeró, sin ningún recato, al canónigo toledano, en un amplísimo soliloquio que puso a prueba la paciencia religiosa del interlocutor silencioso, quien debió quedar muy convencido únicamente de su egolatría desmedida carente de modestia y de autocrítica:

De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; (I, 50.)

Todo ello puede ponerse en duda a tenor de sus actividades a menudo delictivas como don Quijote el loco, que él era incapaz de juzgar, aunque en su personalidad como Alonso Quijano el cuerdo fue una buena persona, tal como lo reconoció él mismo en su lecho de muerte, al decir que “mis costumbres me dieron renombre de Bueno” (II, 74). Sus locuras solían estar cargadas de honradas intenciones, en su deseo de ayudar a los menesterosos, aunque por tratarse de tergiversaciones de la realidad interpretada a su manera solían terminar mal casi siempre.

Por ser íntimo amigo del cura de su aldea, demostraba cumplir con los sacramentos catolicorromanos, y él mismo al sentirse morir reclamó su presencia para confesarle sus pecados, “que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma” (II, 74).

Como resumen de su carácter añadió Cervantes un comentario definidor  en estas páginas finales de la novela, a manera de retrato moral completo. Así escribió que “en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían”.

Pero también violento

El lector de la novela sabe que no siempre fue así cuando su razón izquierdeaba, porque en muchos capítulos se relatan accesos de cólera demostrativos de que su condición no era apacible por naturaleza, sino que le incitaba a entablar combate con cualquier desconocido a causa de su insania. Por eso no sería responsable de sus actos, en el caso de ser detenido, pero lo recluirían en un manicomio de la época, lo que constituía el más severo de los castigos.

Especialmente agresivo se mostraba con quienes dudaban de su condición de caballero andante. Por ejemplo, en la discusión con el escudero vizcaíno que le insultaba, cuenta el autor que “arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida”, y añade todavía que se lanzó contra él “con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio” (I, 8). Tanto la  acción ejecutada como la intención homicida contravienen el decálogo impuesto como ley divina a los judíos y heredado por los cristianos, y lo define como provocador iracundo muy peligroso y nada apacible.

Podríamos disculpar que se lanzase, nunca mejor dicho, lanza en ristre contra los que consideraba gigantes enemigos de las gentes de menor talla,  como una acción bien pensada, e incluso que acometiera a los frailes benitos por suponer que llevaban secuestrada a una princesa (I, 8). Pero no son excusables otras actuaciones, por ejemplo la de atacar a un pobre barbero, no su amigo y convecino, sino un desconocido, para robarle la bacía que en su alucinación confundía con el yelmo de Mambrino, ya que “sin ponerse con él en razones, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte” (I, 21). Si el barbero no se hubiera tirado al suelo y echado a correr “que no le alcanzara el viento”, habría muerto sin ningún motivo ni causa, víctima de la codicia demente de quien se consideraba un buen hidalgo, pero no respetaba la propiedad privada cuando le apetecía tomar posesión de algo.

Otro tanto se describe en la descomunal aventura que le llevó a liberar a los forzados del rey condenados a galeras. No atendió a los razonamientos del comisario que los custodiaba, sino que se encolerizó porque no cumplía su orden de quitarles las cadenas: “Y, diciendo y haciendo, arremetió con él

tan presto que, sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una lanzada” (I, 22). De ese modo, quien pretendía ayudar a los necesitados y menesterosos contra los abusos de los malandrines, se convirtió en cómplice de los criminales enfrentado a la ley.

La causa de esa agresividad nos la proporciona Sancho, que en un largo y discreto soliloquio reconoce que “la gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie” (II, 10). En aquel tiempo.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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